enero-febrero.año 3.No. 17. 1997 |
| RELIGIÓN |
TERTIO MILLENNIO ADVENIENTE por P. Antonio Rodríguez Días. |
Con estas palabras latinas inicia Juan Pablo II su carta convocatoria para celebrar el tercer milenio de la era cristiana. Una antigua costumbre identifica los títulos de los documentos papales, conciliares o de algún dicasterio romano con las primeras palabras con las que empieza cada uno de los mismos, escritas en lengua latina, que es la oficial de la Iglesia. La traducción castellana de la expresión latina "Tertio Millennio Adveniente" es "Ante el Tercer Milenio". Nos encontramos, pues, ante el tercer milenio del cristianismo y el Papa quiere que estos dos mil años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo constituyan mucho más que un acontecimiento conmemorativo, un momento de gran renovación para la vida de los creyentes en Jesús, el Cristo. Existe en la Iglesia la tradición de celebrar cada veinticinco años el nacimiento de Jesucristo. A ese año se le da el nombre de "jubilar" o "año santo".
¿Cuándo comenzó el uso de los jubíleos? Los jubileos en el Antiguo Testamento eran un tiempo dedicado de modo particular a Dios. Se celebraban cada siete años, según la ley de Moisés. Era el año sabático, durante el cual se dejaba reposar la tierra y se liberaban los esclavos (Ex. 23, 10-11; Lv. 25, 1-28; Dt. 157 1-6). También se perdonaban las deudas. Lo referente al año sabático valía también para el año jubilar, que tenía lugar cada cincuenta años, y se celebraba con mayor solemnidad. Sin embargo, gran parte de los preceptos del año jubilar no pasaron de ser una expectativa ideal. Pero, Juan Pablo II nos dice que en los preceptos del año sabático (liberación de esclavos, perdón de deudas), se descubre una cierta doctrina social, pues él debía devolver la igualdad entre todos los hijos de Israel, abriendo posibilidades a las familias que habían perdido su propiedad, incluso su libertad. Recordaba a los ricos que los esclavos israelitas, de nuevo igua-les a ellos, podían reivindicar sus derechos. Asimismo el Papa nos explica el fundamento teológico del año jubilar: a Dios, como creador, le corresponde el señorío de todo lo creado. Si Dios le había dado la tierra a todos los hombres, esto significa que las riquezas de la creación se debían considerar como bien común a toda la humanidad. Por eso, quien poseía los bienes como propiedad suya, era solo un administrador, encargado de actuar en nombre de Dios. El año jubilar debía servir al restablecimiento de la justicia social. Por eso en esta práctica del año jubilar encuentra sus raíces la Doctrina Social de la Iglesia.
El año jubílar en la vída de la Iglesia Después del nacimiento de Jesucristo, todos los jubileos hacen referencia a la misión de Cristo como Mesías, la cual comienza cuando en la sinagoga de Nazareth, éste anuncia un gran jubileo: pregonar un año de gracia de Yavé (Lc. 4,16-36). El jubileo anunciado por Jesús en Nazareth consiste en el anuncio de la buena noticia a los pobres, en la liberación de los cautivos y de los presos, y en dar la vista a los ciegos. De esta forma se anuncia el año de gracia del Señor, que es una característica de toda la actividad desarrollada por Jesús, y no solo de la conmemoración de un cierto aniversario. El jubileo anunciado por el Señor comienza con su misión como Mesías y se prolonga en la vida del mundo. Ya ha comenzado y finalizará cuando Cristo se manifieste plenamente al final de los tiempos (1 Cor. 15, 20-28). A este inmenso y prolongado año jubilar que ya lleva dos mil años de tiempo, previos al segundo advenimiento de Cristo, es lo que denominamos los últimos tiempos. Cada veinticinco años la Iglesia celebra un año jubilar, al que nombra "Año Santo". ¿Qué significado tíene para la Iglesía en la actualidad la celebración del Año Santo del 2000? El capítulo cuarto de la carta apostólica "Tertio Miliennio Adveniente" constituye el núcleo de la misma. Tres etapas aparecen marcadas para la celebración jubilar: -Primera etapa: Tiene un carácter de sensibilización; a partir de una toma de conciencia acerca de las actitudes llamadas a conversión en cada uno de los cristianos. Ahora nos encontramos en esta fase. -Segunda etapa: Es la fase preparatoria, la cual consta de un trienio que va de 1997 a 1999; y se subdivide en: -Año de Jesucristo (1997): En el mismo debe reflexionarse acerca de la fe, en la significación del sacramento del Bautismo y en la vuelta renovada a la Sagrada Escritura como alimento y fortaleza de la fe de los cristianos. -Año del Espíritu Santo (1998): En el mismo debe reflexionarse acerca de la esperanza, que nace de la presencia animadora del Espíritu Santo en la vida de la iglesia. La confirmación será el sacramento en el cual se insistirá durante este año, considerado como signo eficaz de la unidad en la diversidad de los diferentes carismas ya distribuidos en la Iglesia. -Año de Dios Padre (1999): Se reflexionará acerca de la caridad, virtud que expresa el amor a Dios, padre común, y el amor a todas las personas, a quienes Dios ha hecho hermanos, especialmente los pobres y marginados. La penitencia es el sacramento en el cual se insistirá durante este año. -Tercera etapa: Es ya la celebración del Año Santo, que se celebrará en el 2000 de modo si-multáneo en Roma, Tierra Santa y en las iglesias locales (diócesis) de todo el orbe. Habrá un Congreso Eucarístico Internacional en Roma. El sacramento de la Eucaristía, debe marcar este año. Ya dijimos que el Año Santo del 2000, más que recuerdo conmemorativo del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, debe ser conversión de la Iglesia y de cada uno de los que la integramos. El Papa tiene un deseo ardiente, un objetivo claro que signifique la celebración jubilar: el trabajo para que se alcance la plena comunión de todos los hombres y mujeres que reconocen a Jesús como "el Cristo"; pero que estamos divididos. La separación existente entre la Iglesia Católica y las demás iglesias cristianas es una llamada a nuestra oración durante todos estos años venideros para que algún día desaparezca. Es necesario que todos demos pasos concretos para lograr la realización de la unidad de la Iglesia. Octubre de 1996. |