mayo-junio. año 4. No.19. 1997 |
ECONOMÍA
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¿HACIA DÓNDE VA LA ECONOMÍA CUBANA? por José A. Quintana |
Estamos acostumbrados a ver que la ciencia abre caminos. Siempre, antes de la difusión de las soluciones científicas hay un arduo programa de investigaciones cumplidas y, algunas pocas veces, un descubrimiento inesperado. En ocasiones, la sorpresa científica estimula el sentido del humor, como en el caso del yodo, del que se dice que descubrió a su descubridor. Pero no existen dudas de que se disfruta de la civilización actual y se avanza al paso acelerado del progreso de hoy gracias a los resultados de una ciencia programada y tenaz, e hija, sobre todas las cosas, y como con sus respectivos matices creyeron Marx y Bretch, de la duda, dada la necesidad como un dato esencial. La duda colocó al hombre frente al televisor, lo llevó a la luna, a él en persona y gracias a la cibernética, a una máquina solitaria en representación suya. El hombre dubitativo y saludable que venció terribles enfermedades y vive casi 80 años como promedio, que vuela, se desplaza raudo de uno a otro continente y se comunica instantáneamente, es dueño del láser y ha descubierto y domina fuerzas que pueden salvarlo o hacerlo desaparecer. El hombre ha dudado y ha creído, porque también es la fe la que mantiene a millones de menesterosos asidos a la esperanza de que el progreso de la ciencia se convierta en pan y libertad compartidos. La ciencia económica también ha progresado, pero no ha podido "ir a la luna" aunque parece, a veces, que "está en la luna". Hizo posible al capitalismo paliar sus crisis, reanimarse y avanzar. Tiene muchas respuestas. Procesa muchas otras. Pero el hambre y el desempleo parecen invencibles a la par que la degradación ecológica ha devenido en neoplasia fatal del globo terráqueo. La ciencia económica dio miles de respuestas, de fórmulas y recetas en cientos de libros y no consiguió evitar el desplome del socialismo este-europeo. ¿Será que la ciencia económica por sí sola es incapaz de producir una economía eficiente y democrática? ¿No será que la política, o los políticos, y el juego de intereses que representan impiden a la ciencia económica realizar sus mejores proyectos? Tampoco en Cuba la ciencia económica ha podido resolver los más esenciales problemas del socialismo. La economía cubana tiene males crónicos. ¿Qué ha hecho la ciencia económica para resolverlos? ¿Qué, además de avalar lo que dijo Marx hace más de un siglo acerca de la conveniencia de la propiedad social sobre los medios de producción y las bondades de una economía planificada? ¿Qué, además del reiterado discurso sobre la autonomía relativa empresarial, el equilibrio de los estímulos morales y materiales y la participación de los trabajadores en las decisiones? ¿Qué, además de repetir la necesidad de que las empresas sean rentables y de que no se deteriore la relación salario medio-productividad del trabajo? Seguramente ha hecho algo más, pero ni con lo aquí relatado ni con "lo otro" se han podido resolver los álgidos problemas de la economía. Desde hace más de 30 años la mayor parte de las más importantes empresas del país no son rentables; y en algunas ramas específicas, como en la agricultura, se ha llegado a gastar 7 pesos para producir uno. El más reciente esfuerzo organizativo, las unidades básicas de producción cooperativa (UBPC), ha sido un fracaso. De 1287 de estas estructuras productivas dedicadas a producir caña, sólo 70 obtienen ganancias (1996). El costo de la tonelada de azúcar es prohibitivo. En el tabaco, la producción de capas bajó del 40 por ciento que era en el capitalismo, a menos del 5 por ciento habitualmente, y en ocasiones hasta menos de un uno por ciento. Nunca se ha podido distribuir el anunciado per-cápita de viandas y vegetales (120 libras anuales) a la población. El comercio ha perdido cientos, miles de millones de pesos, y últimamente hay decenas de millones de dólares en faltantes en las shopping. En 1996. el crecimiento del consumo de energéticos es tres por ciento superior al crecimiento del producto interno bruto. La ganadería quebró antes del período especial. La calidad es rara avis. ¿Qué le sucede a la economía? ¿Qué le ha sucedido a una economía que disfruta de los beneficios de la propiedad social sobre más del 80 por ciento de los medios de producción, y de la planificación centralizada? ¿Qué le ha sucedido a una economía que es dueña de la banca y monopolizadora del comercio exterior, así como del comercio minorista; a una economía con 10 veces más tractores y maquinaria agrícola que los que tuvo antes de 1959, con más presas y agua que las que jamás soñó, con un pueblo con un nivel de escolaridad promedio de noveno grado y 13 veces más técnicos y profesionales que antes del triunfo revolucionario? ¿Qué le ha sucedido a una economía popular, en la cual los trabajadores son los dueños del poder político y están unidos y apoyan su propia obra? ¿No eran estas las premisas que la economía política exigía a la historia para acabar con la anarquía de la producción, aumentar la eficiencia de la producción social, instaurar la planificación y conquistar el reino de la abundancia? Si las premisas se han dado con holgura, ¿por qué no se cumplen los resultados? Se ha hablado del bloqueo, del imperialismo; se ha citado a Lenin, pero no se ha respondido convincentemente. La ciencia económica no ha respondido aún, o ha respondido en voz baja. ¿O no se le habrá querido oír? Tal vez ha confiado demasiado y ha dudado poco, quizás heredó de Marx muchas citas y frases, pero no aquella milagrosa capacidad suya de "dudarlo todo". Sin embargo, la ciencia económica no necesita inventar todas las herramientas o descubrir todos los métodos que precisa para aplicar a la economía de Cuba. No tiene tampoco que "calcar". Mucha ciencia conocida se ha ignorado o temido o ante la cual se ha sido indiferente, superficial o irresponsable. Y, desde luego, lo conocido necesita adecuación, ajuste a la compleja situación de país bloqueado, solitario en sus aspiraciones y carente de recursos propios una adecuación cuasi milagrosa. Particularmente pienso que hay que introducir sin cortapisas las técnicas modernas de gestión en la economía cubana. Introducirlas en las empresas, en el curso de la vida comercial y productiva y no sólo en las escuelas y en la propaganda. Es hora de cuestionar -o mejor, de abandonar- como únicos y milagrosos expedientes de solución el apoyo de los llamados factores políticos, los grupos globales y multidisciplinarios, el informe "rosado", la ayuda de la ANEC, el taller, la mesa redonda, los planes libros, los congresos y plenarias, la revisión profunda en el consejo semanal de dirección y toda la parafernalia de una gestión volitiva y determinista enfrentada a un entorno mutante y desequilibrado. Se trata de asumir y enfrentar el riesgo, y sustituir las metas ciertas y seguras por valores esperados y rangos probables de cumplimiento. Las probabilidades, decía Cicerón, dirigen la conducta del hombre sabio. Pero se sigue apostando a lo cierto. La certidumbre, vástago de una fe atea, domina falazmente el pensamiento económico. La duda existe, pero aún como un débil superego freudiano. Hay quienes persisten en el afán de planificar exactamente la economía nacional. Pero, si ésta pudiera ser prevista, todo pudiera ser previsto. El nuestro sería un mundo predictible para el que, desde luego, no estamos concebidos. Las rutinas, de ser así, implantarían definitivamente su totalitarismo; el libre albedrío pasaría al museo y los afanes al olvido. Unos hombres, los intranquilos y creativos, morirían de tedio, y la mayoría devendría ganado. Max Weber, sería el nuevo Dios de ese aburrido escenario de fin de la historia. Parece que ya no es el tiempo de maximizar o minimizar -en un modelo matemático explícito o en uno subconsciente, habitual, reminiscente- la producción, la ganancia o los costos, según proceda, sino las variaciones esperadas de los mismos como aconseja la programación por metas. Ni es la hora de buscar la explicación del futuro por la extrapolación de las conductas y datos del pasado, sino de hacer del porvenir posible la razón del ser del presente; de avanzar hacia los sueños razonados con los dedos puestos sobre el pulso de los portadores de cambio; de los eventos, signos y señales percibidos como gérmenes de lo distinto a lo que no se debe temer. No se puede ser revolucionario sin cambiar. Si los intereses creados históricamente por un grupo revolucionario le impiden consustanciarse con el inapelable devenir, entonces ese grupo es partidario y sostenedor del statu quo, ignora la necesidad del cambio y es reaccionario. Fue lo que le sucedió a Montgomery Ward, el gurú de los almacenes de su apellido en Estados Unidos. Creyó que todo, después de la guerra, sería igual que fue siempre después de las guerras: la depresión. Pero Sears intuyó otro futuro. Supo o pudo ver, en algo especial, gérmenes portadores de cambio. Y construyó, a despecho del pasado, las grandes tiendas que constituyen su éxito. El pasado tiene su valor, pero hasta hoy se le ha sobrestimado en el mundo. Si no se está de acuerdo, recuérdese lo que sucedió con la Línea Maginot. Esta habría detenido las divisiones alemanas en la primera guerra mundial. pero resultó obsoleta para el asalto blindado, relámpago, masivo y taladrador alemán en la siguiente guerra. De Gaulle lo pudo, o lo supo ver, pero no lo creyeron. Las fuerzas del pasado se impusieron. Los franceses perdieron por no saber cambiar. Los alemanes ganaron por la falta de visión francesa y porque comprendieron el futuro. Lo que no tuvieron fue medida, como los soviéticos 50 años después. Casi toda la vida humana, dijo Voltaire, depende de las probabilidades. Si se le cree, entonces se podría estar de acuerdo en que las empresas, para la toma de las decisiones con incertidumbre, deberían usar los métodos cuánticos disponibles, así como la proyección estratégica de rumbos y metas. Usar las matrices de pago y los árboles de decisión como una insustituible ayuda de la experiencia y la intuición a la hora de decidir. Valerse de las síntesis que brindan los perfiles estratégicos y las matrices DAFO, BCG u otras. Ayudar con ellas al pensamiento y al entrenamiento de los grupos decisores. Que sean algo natural en el proceso de dirección y no el raro expediente de iniciados que constituyen hoy. Y por favor, que no se inserten -como ya ocurre- en un portarretrato y se conviertan, colgados en la pared de una pretenciosa oficina, en arte administrativo o en vírgenes o santos del management "adecuado". La computación es otro de los recursos que se subutilizan. Es la máquina de escribir cibernética y el archivo electrónico. También es un juguete, una adorada y mágica caja de juegos infantiles (?). Pero, es obvio que debe ser algo más que eso. Como sabe cualquiera, debía ser un archivo dinámico e inteligente, capaz de hacer interactuar al pasado con el presente y el futuro, y convertir los datos en decisiones. No son la rapidez y la exactitud las mejores virtudes de una computadora, sino su servicio casi inteligente y su capacidad de auxiliar en la toma de decisiones. Otros conceptos que necesitan vivificarse son los de Marketing e Investigación y Desarrollo. Vivificarse es cobrar vida, entrar en el escenario de lo real, ser el papel que interpreten ciertos directivos que ganen y pierdan por la forma en que actúen y por el impacto que tenga su actuación en los resultados de las empresas. Vivificarse es dejar de ser consigna, párrafo, caso, meta siempre diferida, punto decorativo de agenda, para ser algo mucho más importante que la gasolina de los carros de los directivos; es, en fin, ser un humor vital del fisiologismo empresarial. Mucho hay que hacer. Mucho se puede hacer. Pero, antes de que cualquier cambio de los discutidos se haga de un lugar definitivo en la economía, las empresas deben tener un grado de autonomía del que sólo disfrutan algunas teóricamente. Autonomía para tomar decisiones importantes de producción, de inversiones, de ahorro, de estímulos, de cuánto pagar a quién. Esa autonomía no existe, ¿o es que son autónomas las empresas a las que les son controladas las dietas por el organismo superior? Autonomía para correr riesgos, para decidir en ambientes inciertos y participar de los beneficios si se gana o pagar con el bolsillo de todos los involucrados si se pierde. Ahora El Estado urge a las empresas a que sean rentables, pero si incurren en pérdidas él las asume. ¿Quién las va a asumir sino el que asume los beneficios? Hay una ley de responsabilidad material que castiga al custodio de una bicicleta, de una máquina de escribir o de un termo si estos se deterioran irresponsablemente o se extravían. Pero nada les sucede a los directivos y a los colectivos laborales que incurren en millones de pesos de pérdidas durante décadas. ¿Por qué? Porque el estado sabe que él es, en gran medida, culpable de esas pérdidas, porque él es el que ha puesto las reglas del juego según las cuales un director recibe y cumple más órdenes que lo que crea y decide, sobre todo en los sustantivos temas de qué producir, a quién vender, cómo administrar las finanzas y en qué y cuándo invertir. Se conoce que la autonomía real y extendida precisa de un marco legal que garantice su funcionamiento dentro de lo que es eficiente en economía y eficaz socialmente, es decir, dentro de una racionalidad que supere las estrecheces y egoísmos del paradigma liberal-mercantil. Y ahí debería estar situado el papel del estado, es decir, debería crear las condiciones jurídicas y normativas que propicien que, siendo él administrador o dueño siempre que logre hacerlo eficientemente, las empresas cumplan su rol de incrementar la riqueza nacional, agregar valor, ser competitivas, estimular a sus cuadros y trabajadores y engrandecer la nación. Estas reglas o normas jurídicas no pueden ser aplicadas a unas empresas y a otras no. Ni pueden aplicarse a medias. Es el sistema el que debe ser una unidad de autonomías económico-jurídicas, encaminadas a sostener e incrementar la parte material del bien común. De la participación activa, interesada y responsable de todos en el bienestar de todos, asumiendo riesgos, beneficios y castigos, también saldrá beneficiada la parte espiritual del bien común. Apurémonos, el futuro se aleja.
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