mayo-junio. año 4. No.19. 1997 |
EDUCACIÓN CÍVICA
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LA AUTOCENSURA por Dagoberto Valdés Hernández |
Han pasado algunos días desde que me encontré con un amigo que, llamándome con mucha alegría, como la de quien tiene una buena noticia que dar, y luego de los saludos casi precipitados me dice que ha decidido entregar algo que hace bastante tiempo quería escribir pero que no se atrevía a hacerlo por «varias razones que ahora no te cuento" -me dice-, al tiempo que me entrega las hojas dobladas y casi sin despedirse, pero con una sonrisa de oreja a oreja, se perdió en la primer esquina. Como siempre me pasa, no pude esperar a que llegara el día de la reunión del Consejo de Redacción, sino que esa misma noche me leí con mucho interés el artículo entregado por aquel amigo. Verdaderamente la colaboración era de apreciarse porque tanto su contenido como la forma en que estaba redactado eran muy buenos. Pero algunas preguntas quedaron dándome vueltas... ¿Por qué hacía tiempo que no se decidía a escribir el artículo teniendo algo importante que decir y sabiéndose expresar tan bien? ¿Cuáles serían las razones que lo desanimaban a escribir? ¿Por qué tanta alegría al entregar su obra?
Pasados dos días fuí a casa de mi amigo y la conversación que tuvimos me ha impulsado a escribir esta sección. Hay muchas personas que sufren, con frecuencia, de algo que se llama autocensura. Si buscamos en el diccionario encontramos que su significado es: «limitación voluntaria de las propias facultades o actuaciones.» La autocensura se diferencia de la censura en que esta última viene impuesta desde fuera de nosotros. El censor, es decir, el que tiene como misión prohibir la publicación de algo, impedir un acto en un lugar determinado, amenazar a otros para que no hagan algo que él o su institución consideran que no se debe hacer, es una persona o grupo que, por lo general, necesitan hacerse visibles y podemos conocerlos. La censura es dura, pero tenemos la oportunidad de discutir con el censor, de saber sus «razones» o imaginarnos «quién lo mandó», aunque últimamente son más los que, al prohibir algo, comienzan diciendo: «Yo no tengo nada que ver con esto, pero me orientaron que te alertara...» Pero en la autocensura, el censor lo llevamos dentro, no lo vemos, se confunde con buenos sentimientos y con complejos que arrastramos. Es un policía que se ha apostado en nuestro cerebro y trabaja las veinticuatro horas del día. La autocensura no siempre obra con razones, sino muchas veces mezcla reacciones instintivas con miedos inconfesos para poder sobrevivir.
Lo peor de la autocensura es que no resulta fácil discutir con nosotros mismos como lo hacemos con el censor que nos convoca. La autocensura es un roedor silencioso e incansable que constantemente nos está carcomiendo las entrañas. Sin descanso nos está alertando con una voz imperceptible y machacona: tú no puedes, no te conviene, ten cuidado, no le sirvas de escalera a nadie, eso te puede perjudicar... La primera de estas era la causa que detuvo a mi amigo, pero la conversación sirvió para encontrar las otras, para desenmascarar al policía que llevamos dentro, para hacer conscientes y claras sus advertencias y buscar lo principal: ¿Quién ha colocado este censor dentro de nosotros sin pedirnos permiso para entrar en nuestra interior? ¿Qué hacer para que el guardián interior no nos paralice de miedo lo que nos perjudica, cuando lo que nos perjudica de verdad es vivir siempre con miedo?
La primera pregunta no encontró fácil respuesta, tan entrampado estabamos en el laberinto de no saber a ciencia cierta quién nos ha inculcado estas restricciones, estos miedos, estas desconfianzas en nosotros mismos y en los demás, estas fiebres de misterio, ese «Tabo» que saltó del televisor y sin darnos cuenta se «coló» en nuestra conciencia.
Pero pudimos encontrar varios causantes: El primero, la poca autoestima, es decir, que no nos tenemos la consideración y el respeto que nos debemos y nos paraliza pensar que no sabemos, o que no podemos, porque una avalancha de cifras y ciencia y técnica y palabrerías con ropaje de inteligencias, nos han convertido en los que «no sabemos», en los que «no dominamos las cifras» en los que «no tenemos acceso a la información», en los que «no le llegamos al problema porque está muy arriba», en los de abajo que «no conocemos los mecanismos», pero nos dejan que los imaginemos grandes y complicados, infranqueables y cronometrados como un antiguo reloj, etc. ¿Quiénes nos han hecho creer en todo este «monstruo del saber, del tener y del poder» que nos deja como indefensos y paralíticos ante lo imposible?
El segundo, las continuas llamadas de atención y las innumerables restricciones escritas, dichas, improvisadas, desconocidas, «bajadas», discutidas sin atender, leídas o puestas en video a los directores y dirigentes, y no a los trabajadores y pueblo en general. En un ambiente de vigilancia continua y de prohibiciones llega el momento en que reaccionamos de manera incondicionada. Pongo, por ejemplo las entradas de empresas y organismos, las carnicerías y bodegas, las escuelas y hospitales, y ya se van sumando también las tiendas en que se compra con dólares que van introduciéndose en esa costumbre de llenar de letreros y avisos de prohibiciones y restricciones las paredes y murales. He escuchado por la radio recientemente que «la vigilancia era la solución para erradicar las indisciplinas sociales», término que, por otro lado, no se sabe bien hasta dónde abarca. Los padres y educadores sabemos que las conductas incorrectas no se arreglan o evitan a fuerza de vigilancia, sino con mucha educación y convencimiento.
La tercera causa de la autocensura podría ser la falta de espacios de libre participación donde las personas puedan ir tomando confianza en sí mismos y puedan comprobar que se puede expulsar de nuestras entrañas ese guardián invisible que nos paraliza.
Cuando mi amigo, poco a poco, fue sacando de su interior ese miedo a no se sabe qué, ni quién, y fue preguntándose cada vez que se sorprendía autocensurándose: ¿por qué yo mismo me voy a limitar? ¿Quién me va a prohibir esto? ¿A quién y a qué concretamente le tengo miedo? ¿Por qué no probar antes de decir que no podemos hacer algo?; entonces pudo ir venciendo la autocensura que lo acorralaba. Y eso le produjo una gran alegría. En efecto, los que viven continuamente en el miedo, del «qué dirán», del «no sé si pueda», del «creo que no me conviene»; los que sienten continuamente dentro de sí mismos esa voz que le amedrenta con el «cuidado no te vaya a perjudicar». Esos no pueden tener paz en su interior. Viven en una continua tortura sicológica, no llegarán a ser dueños de su propia vida, serán siempre marionetas que se mueven atadas a los hilos de las prohibiciones y movidos por la mano oculta del miedo. Y el miedo siempre engendra tristeza.
La alegría que sentía mi amigo no era tanto por haber comprobado que podía escribir un artículo bueno sino por haberse despojado de la carga insoportable del guardián interior que es la autocensura. Esto es parte de la educación cívica que necesitamos los cubanos de hoy. La autocensura, no sólo paraliza al que la siente, sino que empobrece a la nación porque bloquea la libertad y la creatividad de sus hijos. La autocensura bloquea el alma de los pueblos, y la educación en la libertad y la responsabilidad libera la fuerza creadora y las iniciativas ciudadanas que es el único camino para salir adelante. Así pudo liberarse mi amigo que, por cierto, no he dicho todavía su nombre... ¿decir su nombre?...¿Y si lo perjudico? |