mayo-junio. año 4. No. 19. 1997


REFLEXIONES

 

 

SABIDURÍA, COHERENCIA, HONESTIDAD. DR. MANUEL DORTA DUQUE IN MEMORIAM

por P. Carlos Manuel de Céspeces y García Menocal

 

Desde hace años me preocupa el olvido o, al menos, la minusvaloración en la memoria colectiva de nuestro pueblo de figuras del pasado cercano que tuvieron un peso específico muy significativo en el sector en el que se desarrolló su existencia. De algunos apenas se habla; otros resultan desconocidos en modo absoluto para las generaciones más jóvenes. Si ésto ocurriera solamente con personas lejanas en el tiempo, la distancia explicaría la desmemoria, aunque no siempre la legitimase. Pero me estoy refiriendo a personas que murieron hace cincuenta años o menos, a quienes los que estamos inscritos en mi generación y, evidentemente, los mayores, conocimos y valoramos.

Movido por esa preocupación, redacté la ponencia sobre el Eminentísimo Señor Cardenal Manuel Arteaga y Betancourt, Arzobispo de La Habana, cuya amable figura se ha desdibujado y cuya sonoridad ya apenas escuchamos, a pesar de que, según mi criterio, es el eclesiástico que más y mejor ha contribuído a la encarnación de la Iglesia Católica en la realidad cubana, en la cultura cubana, en este siglo que toca ya los bordes de su ocaso. Nuestra deuda interna con él es impagable. Hace poco tiempo, un Obispo a quien mucho quiero y con el que intercambiaba criterios acerca de este tema, recordaba la frase de un sacerdote cubano, sabio y bueno, ya difunto, que los dos apreciamos mucho, quien solía decir: «Hemos sido tan mal agradecidos con el Cardenal Arteaga que Cuba no se merece que el Papa le designe un Cardenal en mucho tiempo». Al parecer, los mecanismos de la dinámica parapsicológica funcionaron y discurrieron más de treinta años entre la muerte del Cardenal Arteaga y la designación del Cardenal Ortega, con el que -confío- no seremos tan desagradecidos y desmemorizados.

Hoy evoco al Dr. Manuel Dorta Duque, de quien oímos hablar aún menos que del Cardenal Arteaga. Y si éste, como clérigo, Obispo y Cardenal por añadidura, contribuyó en medida eminente a hacer presente a la Iglesia Católica en la médula de nuestra identidad nacional -y algunos ya no reconocen su huella, de cuyas rentas vivimos-, Dorta, como laico, hizo otro tanto. Creo que muy pocos laicos católicos -si ha habido alguno- en nuestra historia republicana, ha sido tan laico y tan hombre de Iglesia, diáfanamente identificado como tal, y tan activo y eficaz en el ejercicio de sus tareas profesionales y políticas para que el Evangelio no fuera simplemente una palabra hermosa, sino una realidad imbricada eficazmente en la vida nacional cubana.

Mi primera noticia y valoración de Manuel Dorta Duque fue hogareña. Había sido Profesor de mi padre en la Facultad de Derecho y después, a pesar de la diferencia de edad (Dorta era 11 años mayor que mi padre), fueron amigos. Papá sentía una genuina veneración por su antiguo Profesor y Dorta lo estimaba mucho. Tanto, que fue él quien, por iniciativa personal, «despidió el duelo» cuando murió papá. Aunque yo era todavía un niño de nueve años, quise ir con mi madre al entierro, cuya imagen nunca se me ha borrado; podría reconstruir todo, velatorio y entierro, paso a paso, ya que la muerte de mi padre no sólo fue muy dolorosa, sino que significó, en muchos aspectos -y no es éste el lugar apropiado para enumerarlos- un cambio sustancial en mi vida. Dorta Duque comenzó su oración fúnebre con la cita evangélica: «El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado», para, apoyado en ella, describir las cualidades de mi padre. Creo que fue objetivo, pero con la objetividad del cariño benevolente. Y esta bonhomía de Dorta Duque -me di cuenta después, ya joven y adulto- era uno de los rasgos personales por el que todos los que lo conocieron lo recuerdan.

Manuel Dorta Duque nació el 27 de Junio de 1896, en el entonces llamado Corral Falso de Macuriges, hoy Pedro Betancourt, en la Provincia de Matanzas, proveniente de familia muy comprometida en las luchas independentistas de nuestra Nación. Estudió en La Habana; primero, en las Escuelas Pías, después en el Colegio de Belén, en el que se graduó de Bachiller en 1914. Pasó luego a la Facultad de Derecho de la Universidad, en la que obtuvo el grado de Doctor en Derecho Civil en 1918, después de haber fundado la Revista de Estudiantes de Derecho (científica e informativa), de haber sido Presidente de la Asociación de Estudiantes de Derecho y de haber organizado, con los Presidentes de otras organizaciones estudiantiles, el primer Directorio Universitario, que él presidió.

Estableció enseguida su Bufete de Abogados, ganando rápida y merecidamente fama de profesionalismo y honestidad poco comunes. Contrajo matrimonio con la Sra. Carmen Ortiz Reyes en 1919, con la que formó una familia ejemplar en mucho sentidos. Durante la dictadura del General Machado defendió sin tregua, ante los Tribunales y Consejos de Guerra, a los profesores y estudiantes universitarios más perseguidos. Se desempeño como Profesor de Derecho Hipotecario y, gracias a su gestión, se creó la Cátedra de Derecho Agrario, de la que fue primer Profesor Titular. En 1934 redactó la Ley de Corporación del Turismo, declarada «modelo» en el Congreso Panamericano de Turismo de Panamá. En 1936, durante la Presidencia de ese cubano noble que fue Miguel Mariano Gómez, reorganizó y puso a funcionar el Instituto de Estabilización del Café y en octubre de ese mismo año fue designado Ministro de Hacienda, logrando agrupar en torno suyo a los mejores y más limpios especialistas en cuestiones financieras que podían encontrarse en nuestro maltrecho país. Si no logró llegar más lejos en sus programas en este período, se debió a la injusta destitución del Presidente Gómez por un Congreso manipulado por el General Fulgencio Batista. Años después, en 1951, siendo congresista, el propio Dorta Duque logró la rehabilitación en el Parlamento del ya entonces difunto ex-Presidente Miguel Mariano Gómez.

Fue miembro de la Asamblea Constituyente de 1940 que elaboró una de las mejores constituciones del continente americano, la cual muy poco a poco y por senderos zigzagueantes, permitió restaurar una cuota apreciable de «estado de derecho» en la Isla. Posteriormente, se desempeñó como miembro de la Cámara de Representantes. Perteneció, primero, al Partido Republicano del Presidente Gómez y, posteriormente, al Partido Ortodoxo, fundado por el Dr. Eduardo Chibás, que lo llevó de nuevo a la Cámara de Representantes en 1950.

De su labor como congresista, destaco: -su Proyecto de Ley Orgánica del Tribunal de Cuentas, que fue aprobado, y fue Ley del Estado cubano, destinada a lograr una mayor limpieza administrativa y económica; su coautoría de la Ley que creó el Banco Nacional de Cuba y de la Ley de Presupuestos; su Proyecto de Código Cubano de Reforma Agraria, presentado por el Dr. Dorta Duque el 15 de Mayo de 1947 y que, lamentablemente, nunca fue aprobado. De haberlo sido y si se hubiese llevado a vías de hecho, muchos quebraderos de cabeza nos hubiéramos quitado de encima como Nación. Fue también Delegado del Congreso de Cuba a la Conferencia de Chapultepec de 1945.

No dejo de señalar su labor, imposible de cuantificar, en orden a consolidar las instituciones democráticas y a difundir una «mentalidad» y un «estilo» civilista en la sociedad cubana, desde los años veinte hasta los cincuenta, años en los que la fragilidad de nuestras instituciones civiles se nos hizo evidente (nuevo «golpe de estado» de Fulgencio Batista, abandono fácil del poder por parte del Dr. Carlos Prío, «apatía» de instituciones y de personalidades ante la quiebra que todo ello significaba, etc.). Para ello utilizó la oratoria, las publicaciones, sus responsabilidades en la Academia de Derecho y en la Facultad de Derecho de la Universidad, etc. Fue un auténtico polemista, a la altura de los mejores polemistas y contertulios de nuestra vieja tradición jurídica; parlamentario que nunca perdió los controles del respeto, nacido de su educación exquisita, de su cultura vastísima y de la ética cristiana que le lustraba el alma. Hoy diríamos que era un hombre que apostaba por el diálogo y por las soluciones negociadas, no violentas, en toda conflicitividad social y política, entrelazadas indefectiblemente. El «otro» nunca dejó de ser para él un «hermano» y como a tal se dirigía y como a tal escuchaba.

Así recuerdan a Dorta algunos de los que más fuertemente contrastaron con él puntos de vista y proyectos acerca de muy variadas cuestiones, fuese en el Congreso, fuese en otras tribunas. Y ésto lo he oído de labios de algunos de esos «opositores» -casi siempre marxistas o ultraliberales «silvestres» de su generación- que siempre lo estimaron y lo recordaron con igual dosis de respeto, reconociendo en él una coherencia indefectible y una capacidad de colaboración, sin límites ni manipulaciones desleales, con cualquiera y en todos los campos en los que esta colaboración, en conciencia, le resultaba posible y apetecida; p.e. en la concepción de «función social de la propiedad privada» incluída en nuestra Constitución de 1940, en la preocupación por el problema agrario y por el establecimiento de relaciones laborales más justas, etc.

Fue miembro de la Orden de los Caballeros de Colón, de la que fue durante muchos años Diputado de Estado. Ignoro las razones por las que el Dr. Dorta Duque escogió esta «asociación católica» y no otra para calificar de manera evidente su pertenencia eclesial católica, pero sí sé las razones que tuvo mi padre, Caballero de Colón también (llegó a ser Gran Caballero Delegado del Consejo «San Agustín», del Vedado, cuando el Dr. Rogelio Valmaña, otro laico del cual habría también que hacer memoria, era Gran Caballero). Según el criterio de mi padre, que -probablemente- dependió de alguna experiencia negativa, la agrupación Católica Universitaria, que frecuentó en sus inicios, convocado por el Padre Rey de Castro, S.J., a quien admiraba, y la Acción Católica incipiente, en la que también hizo sus intentos, igualmente llamado por laicos y sacerdotes amigos, eran instituciones excesivamente «clericales», en las que el sacerdote asumía funciones que, de acuerdo con su opinión, eran propias del laico. Se sentía, en ese sentido, más estimulado por el «estilo» de los Caballeros de Colón, quizás derivado de una mayor dosis de «laicismo eclesiológico», en el terreno sociopolítico y económico, de corte norteamericano. Cuando yo era niño, estaban asesorados por quien era, entonces y durante años, confesor y director espiritual de mi padre, el Sacerdote Pedro Rifet, Sch. P., pionero en ésto de reconocer la autonomía del laico en las responsabilidades temporales. Pienso que, probablemente, a Dorta, a Valmaña, a Jorge Hyatt y a tantos otros, esa misma experiencia los condujo a los Caballeros de Colón, dotados entonces de un cierto dinamismo espiritual y de una conciencia de responsabilidad eclesial que, supongo, hoy conservan en los países en los que están presentes. De hecho, yo fuí Escudero de Colón (Rama Juvenil) en los inicios de la década de los cincuenta y recuerdo mi pertenencia a esa institución como algo gratificante. Aunque sólo permanecí durante un año en ella, siempre conservé relaciones muy cercanas con los amigos escuderos, cuando, ya en la universidad, preferí el «tono» de la Juventud Universitaria Católica, que se avenía mejor con mis inquietudes y con mi temperamento.

El Dr. Manuel Dorta Duque fue también Rector de la Academia Católica de Ciencias Sociales, miembro de la Academia de Altos Estudios Jurídicos de La Habana y de la Sociedad Cubana de derecho Internacional.

En todo momento y por todos los medios a su alcance fue un difusor estrenuo de la Doctrina Social de la Iglesia y un trabajador incansable por traducirla en normas eficaces, vigentes en la vida nacional. Probablemente fue el mejor movilizador de la sociedad cubana y el más eficaz orador y "gestionador" parlamentario contra el llamado "proyecto Marinello", que ponía en peligro la enseñanza religiosa, la misma existencia de la enseñanza privada y hasta la libertad de cultos; proyecto que afortunadamente, gracias al Dr. Dorta Duque y a la colaboración laboriosa de las asociaciones de padres de alumnos de los colegios privados, de la Iglesia y de otras fuerzas vivas de la sociedad cubana, nunca fue aprobado en las Cámaras del Congreso de la Nación.

Dorta era amigo desinteresado y consultor de sacerdotes, religiosos y Obispos, a quienes brindó no sólo sus servicios profesionales (a veces en asuntos sumamente delicados), sino y, quizás, sobre todo, su consejo, en materias jurídicas, culturales y políticas; o sea, en todo lo relacionado con asuntos "públicos". Todo ello, sin los frecuentes alardes propios de la "beatería" obsequiosa de nuestras sacristías y de nuestro mundillo eclesiástico y político. Su Eminencia, el Cardenal Arteaga, hombre y sacerdote de gran clase, promotor del laicado responsable en nuestra Iglesia, lo apreció y mantuvo siempre una comunicación estrecha con él (el Bufete del Dr. Dorta Duque estaba en la Calle Tejadillo, al doblar de la esquina del Arzobispado); debido a sus gestiones. S. S. Pío XII le concedió la distinción Pro Ecclesia et Pontífice el 27 de Julio de 1950.

Me he hecho el propósito de estudiar un poco más a fondo la personalidad del Dr. Dorta Duque. Sea, pues, este breve artículo, sólo un "avance" de ese ensayo más amplio y meditado que deseo elaborar.

La Sra.Carmen Ortiz Reyes murió el 5 de Enero de 1959 y el Dr. Manuel Dorta Duque el 6 de Julio de 1964, en La Habana, nuestra ciudad, testigo de sus mayores empeños eclesiales y civiles. Los designios de la provindencia han dispuesto que, al ser párroco de San Agustín, tenga ahora bajo mi cuidado pastoral la zona en la que Dorta vivió durante una buena parte y los últimos años de su vida: el reparto Kohly. En la que fue su casa vive todavía su hija María Elena y su esposo Julio Fernández Cossío, amigos él y su hermano "Pepé" desde que éramos niños y, sobre todo, en las aulas universitarias, muy cercanos y vinculados con cariño fraterno genuino, el que no se apaga porque discurra un cierto tiempo sin encontrarnos debido a las obligaciones distintas que nos amarran a todos. Gracias a María Elena y a "July" he podido recopilar estos datos y, si Dios quiere, también gracias a ellos podré traer a una luz más diáfana en nuestra memoria la amable y fecunda existencia del Dr. Manuel Dorta Duque, de quien nuestra Nación y nuestra Iglesia serán siempre deudoras.

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