mayo-junio. año 4. No.19. 1997 |
| RELIGIÓN |
INMORTALIDA Y SALVACIÓN por Pedro Pablo Arencibia Cardoso |
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A la memoria de María Josefa Cardoso, mi tía Fefa, y a la de todas aquellas que hicieron de sus sobrinos sus hijos.
"Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo" 1 Juan 5,11
PRIMERA PARTE El destino del hombre después de la muerte ha sido una de las temáticas universales de todos los tiempos. Nuestra fe católica posee con respecto a esa temática criterios muy bien definidos. Estos criterios están basados en el estudio de las Sagradas Escrituras, la Tradición Apostólica y en un profundo desarrollo teológico. En el presente trabajo, el cual consta de dos partes, deseo mostrar algunos elementos bíblicos, históricos y lingüísticos que forman parte de la base teológica, sobre la cual los católicos nos apoyamos para realizar diferentes acciones como son: orar por nuestros difuntos, pedir la intercesión de los santos que se encuentran gozando de la presencia de Dios, etc.
INMORTALIDAD En el Nuevo Testamento la inmortalidad del hombre está relacionada con su espiritualidad, pero no en el sentido que planteaban las culturas griega y latina, en las cuales se mostraba la inmortalidad como una consecuencia necesaria de la espiritualidad, o sea, de la existencia de espíritu en el hombre. En el Nuevo Testamento la inmortalidad del hombre se muestra como una gracia (un regalo) de Dios hacia el hombre. La inmortalidad del justo como la comprendemos los católicos presenta dos elementos: primero, un valor espiritual, un estado de felicidad después de la muerte, y segundo, el estar libre de la muerte corporal por medio de la resurrección al final de todos los tiempos (resurrección escatológica). En este trabajo solamente estudiaremos el primer elemento pese a que el segundo elemento es el más importante y el más ampliamente tratado en La Biblia y sobre todo en el Nuevo Testamento, pues es la retribución definitiva y total que le tiene prometida Dios al hombre. No se concibe un cristiano de cualquier iglesia que no crea en la resurrección al final de todos los tiempos, aunque esta resurrección escatológica no se concibe de la misma manera en todas las iglesias. La razón por la cual estudiaremos el primer elemento es por lo estrechamente relacionado que está ese momento con la petición de intercesión que le hacemos a nuestros santos celestiales. En el Libro de Job ( 19,25-27; 31,14-15), se esboza de cierta manera una esperanza de retribución después de morir diferente a la resurrección escatológica; pero es en el Libro de la Sabiduría donde por primera vez esa retribución aparece planteada de forma clara y determinante. El Libro de la Sabiduría fue el último libro escrito del Antiguo Testamento (150 a.C.- 30 a.C. aproximadamente). En este libro se habla de la retribución al final de los tiempos (Sab 3,7-8), pero también se habla de otra retribución, que se manifiesta mediante la diferencia entre la suerte del justo y la del pecador al morir: «Sin embargo, las almas de los justos están en manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará» Sab 3,1 Aquí alma significa, según el sistema conceptual del libro, la persona misma del hombre que no muere cuando se deshace el cuerpo. No significa el aliento, el hálito de vida que pertenece a Dios por él haber soplado sobre las narices del hombre su aliento divino; como por ejemplo: « Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad. Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo. ¿Quién sabe que el espíritu de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra? « Eclesiastés 3, 19-21 Veamos seguidamente algunos de los argumentos bíblicos que sustentan la existencia del primer elemento de la inmortalidad. « Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros.» Filipenses 1,21-24 «Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o malo.» 2 Corintios 5,6-10 En ambos fragmentos san Pablo plantea su estancia con Cristo como algo inmediato después de su muerte. El apóstol no plantea ningún argumento, condición o situación que pueda dilatar su encuentro con Cristo al morir. En el primer fragmento (Filipenses 1, 21-24), san Pablo plantea lo que es la verdadera Vida: vivir con, en y para Cristo, y la diferencia implícitamente del vivir en la carne aunque sea para beneficio de la obra. La personalidad y la obra de san Pablo no es compatible con la idea de que el estar dormido con Cristo sin hacer absolutamente nada por sus hermanos, sea para él muchísimo mejor que vivir en la carne para beneficio de la obra. Es cierto que la lectura de determinados fragmentos bíblicos del propio san Pablo, pueden parecer contradictorios con lo expuesto sobre el papel activo de los santos celestiales. Veamos el fragmento que puede ser el más conocido: « Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.» 1 Tesalonicenses 4,13-14 Para entender este fragmento debemos recordar que el Nuevo Testamento fue escrito en griego y que en la cultura griega se utiliza mucho la expresión de dormir como un recurso literario para hablar de la muerte; un ejemplo concreto de esa utilización lo podemos ver en el uso de la palabra cementerio, la cual significa dormitorio. San Pablo, conocedor profundo de la cultura griega habla en estos versículos de los que murieron con Cristo y la palabra dormir es sencillamente una metáfora de morir. Mucho más convincente que los argumentos literarios antes expuestos, es la lectura de un pasaje bíblico donde se muestra claramente la utilización de este recurso literario o eufemismo en el idioma arameo, el idioma de Jesús. «Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle. Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, sanará. Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño. Entonces Jesús les dijo claramente; Lázaro ha muerto;» Juan 11, 11-14 La existencia del primer elemento de la inmortalidad, aparece claramente planteada por Jesús al no dilatar para el final de todos los tiempos la estancia en el paraíso de uno de los dos malhechores que morían junto con él. «Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» Lucas 23,43 Algunas personas opinan que esas palabras son simbólicas, pero no explican convincentemente ese simbolismo, ni las razones de su utilización. En la Biblia, salvo en el versículo anterior, nunca se dice explícitamente que esa retribución se recibe inmediatamente después de la muerte del justo, pero esto se plantea de manera implícita en Lucas 16,19-31, en la parábola de Lázaro y el hombre rico. En esa parábola se expone cómo después de morir Lázaro (v.22) y antes de llegar el final de todos los tiempos ( v.27-28), Lázaro es llevado por los ángeles a la presencia de Abraham (v.22) y consolado (v.25). Lázaro no está en un estado de inconsciencia, pues en el versículo 26 se plantea la imposibilidad de pasar de un lado para otro para aquellos que lo quisieran. En la parábola, en los versículos del 27 al 31, no se plantea la incapacidad de Lázaro de hacer algo por los que están vivos, sino el hecho de que ya esas personas poseen los elementos religiosos necesarios para persuadirse (v.31) de cómo se debe vivir. Esa parábola no plantea, ni da elementos que lo infieran, que después de muerto Lázaro no pueda orar y pedirle a Dios, por ejemplo, que aquellos que llevan esa mala vida se arrepientan a tiempo de ella. La parábola es un elemento de ficción que se utilizó por Jesús para enseñar a los que lo escuchaban, pero es imposible que en ella se utilizara el marco de una retribución inmediata del justo después de la muerte, si ella no existiera, pues las enseñanzas de Cristo eran para iluminar y no para confundir. Cristo no situó esa retribución de Lázaro en el final de todos los tiempos, pese a que en muchos momentos de su ministerio habló de esa otra retribución total y definitiva. Nuestra Iglesia Católica reconoce la imposibilidad de las almas de pasar del Infierno al Paraíso o viceversa. Las peticiones que hacemos por nuestros difuntos y para la cual pedimos en ocasiones la intercesión de los santos del cielo, son para aquellos que se están purificando en el Purgatorio. Esas peticiones las hacemos generalmente en La Misa, porque ella es el mejor sufragio por los difuntos para que sus almas sean purificadas con la Sangre de Cristo, aunque no es el único momento para hacer esas peticiones. No deseo en este trabajo analizar la existencia y la concepción actual de lo que es el Purgatorio, palabra esta que no se encuentra en toda la Biblia; ni tampoco entrar a exponer la concepción actual que tiene nuestra Iglesia sobre lo que son el Paraíso y el Infierno. Esos serán temas, Dios mediante, de otro artículo. Hay personas, como por ejemplo Elena G. de White, que toman las ideas del libro apócrifo «La Asunción de Moisés» sobre la resurrección de Moisés y su posterior subida al Cielo, para así justificar la presencia de un muerto no dormido ni inconsciente en el pasaje de la Transfiguración de Cristo, en Mateo 17, 1-13, y de esta manera mantener su negativa de una retribución inmediata del justo al morir. Sabemos que Cristo fue el primero en subir a la presencia del Padre después de haber vivido en La Tierra (leer Juan 3, 13), pero eso no elimina la posibilidad que los justos que vivieron y murieron anteriores a ese suceso, hayan tenido otro tipo de retribución. En 1 Pedro 3, 18-20, se habla del descenso de Cristo después de muerto y antes de subir al Cielo, a los infiernos (no confundir con el Infierno), el cual era un lugar en el que se encontraban los espíritus de ciertas personas. Para la mayoría de los exegetas (estudiosos, eruditos de La Biblia) católicos, estos versículos son un anuncio de la redención ya cumplida de todos los justos del Antiguo Testamento; sin embargo, para la mayoría de los exegetas no católicos, estos versículos muestran nada más el hecho de ofrecer la fe y la justificación a los pecadores que estaban allí; pero aún en este último caso, podemos leer literalmente en el versículo 19 que Jesús le predicó a los espíritus encarcelados; luego, no estaban en un estado de inconsciencia tal que no pudieran «oír» o «entender» la predicación; además, esos espíritus, guiándonos por el punto de vista no católico, al menos iban a recibir una retribución al final de los tiempos, lo cual difiere de lo planteado literalmente en Eclesiastés 9, 5-6: « Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol.» Estos versículos son muy utilizados por algunas personas para negar «bíblicamente» la petición de intercesión que le hacemos en ocasiones a un determinado santo. Esos versículos, al plantear que los muertos nada saben y que nunca tendrán parte en todo lo que se hace en este mundo terrenal, niegan en efecto, la posibilidad que los santos oren porque Dios nos ayude en lo que le pedimos. Pero observemos que también en esos versículos se niega que los muertos vayan a recibir retribución o recompensa alguna («ni tienen más paga»), lo cual difiere de toda la teología de la retribución cristiana que aparece fundamentalmente en el Nuevo Testamento (N.T.). El problema planteado con esos versículos y su interpretación, es muy frecuente cuando extraemos fragmentos bíblicos y los citamos, sin tener en cuenta la posición que poseen esos textos en la revelación bíblica progresiva que culmina con Cristo. El grado de revelación que tuvo Dios con Moisés, fue diferente al que tuvo con Abraham y el conocimiento sobre Dios que trajo Jesús fue muy superior al que nos mostró Moisés. En general, este proceso progresivo de la revelación pasó por muchas etapas intermedias que es necesario reconocer para entender las Sagradas Escrituras y no confundirse. El Eclesiastés fue escrito entre el siglo IV y III antes de Cristo y no es hasta que se escribe el Libro de Daniel, en el siglo II antes de Cristo, que aparece planteada por primera vez de una manera clara la resurrección de los muertos. Esta resurrección según la lectura literal de la Escritura será para los justos del pueblo de Israel y para sus más sobresalientes enemigos; pero algunos exegetas consideran que en esos mismos versículos, capítulo 12, se plantea de manera implícita la resurrección de todos los hombres. Deseo aclarar que en ocasiones se toman los capítulos del 24 al 27 del Libro de Isaías, escritos antes que el Libro de Daniel, como la primera alusión a la resurrección; pero, los muertos de los que ahí se habla pueden ser personas vivas que están muertas por su ceguera espiritual y en este caso, su resurrección será un retorno a la fe en Dios. Regresando al Libro del Eclesiastés, diré que en general, con su universo filosófico y teológico un tanto desconcertante en determinados aspectos, corresponde a un nivel inferior en la historia o economía de la salvación y de la revelación bíblica progresiva. En los libros Sabiduría y Eclesiástico (conocido también este último por Sirácides), escritos años después, se corrigen y posibilitan nuevas soluciones al sistema sapiencial que se plantea en este importante libro como es por ejemplo, lo concerniente a la retribución que recibe el hombre tanto en la vida como después de su muerte. Un ejemplo que muestra fehacientemente el grado inferior de la revelación bíblica que posee el Eclesiastés en lo relativo a la economía de la salvación, son los versículos ya citados de Eclesiastés 3, 19-21. En esos versículos, espíritu significa nada más que el aliento o hálito de vida del ser vivo; Dios, mediante su pedagogía divina, no le había revelado aún a los israelitas el espíritu en su concepción más desarrollada y filosóficamente acabada. Dios, a través de las ideas, acciones y lenguajes de los hombres, aún no le había revelado a los israelitas un conocimiento superior sobre el espíritu ni tampoco sobre el alma. Dado que el alma y el espíritu son conceptos muy importantes para comprender nuestra fe, y teniendo en consideración que no siempre han tenido el significado que hoy tienen, deseo hacer un muy breve estudio sobre el origen y evolución de cada uno de estos conceptos, para así comprender mejor el mensaje que sobre ellos encierran las Sagradas Escrituras. Para los israelitas del A.T., el espíritu representaba la fuerza vital (Jer 10,14; 51,17), el hálito de vida (Génesis 6,17; Ez 37,10-14), el ánimo (Josué 2,11; 1 Samuel 1,15), etc. La razón de la similitud tan grande (no igualdad) entre esta concepción del espíritu y la concepción del alma que existía en aquella época, radica en que la palabra hebrea para designar el espíritu es rûah, que significa aire en movimiento, aliento o viento; su significado más antiguo es el de aliento, mientras que la palabra hebrea utilizada en casi todo el Antiguo Testamento para designar el alma, es nefes. Nefes originariamente significaba garganta, fauces, pero debido a los significados de la palabra hebrea de la cual ella se deriva: nfs, que son soplo, hálito, aliento y del hecho que el aliento es señal de la vida, tomó otros significados, entre los cuales los más frecuentes fueron: hálito de vida (1-Reyes 17,22; 1-Samuel 1,10), fuerza vital (Jer 38,16; Job 12,10), la vida misma (Sal 34,22). El espíritu y el alma no son en el Antiguo Testamento conceptos exactamente iguales. Una de las diferencias que existía entre las concepciones del alma (nefes) y el espíritu (rûah), es que al alma desde el punto de vista del asiento de la vida, se le consideraba más íntimamente atada al cuerpo que el espíritu. De los significados del alma expuestos anteriormente, se infiere que el alma para los antiguos israelitas y para la inmensa mayoría de los escritores del Antiguo Testamento, no significaba lo que para nosotros significa actualmente: el principio imperecedero de la vida que perdura después de la muerte. En el libro de la Sabiduría, libro escrito en griego, fue donde apareció por primera vez el alma con esta nueva concepción, la cual sería posteriormente empleada y desarrollada en el N.T. Veámoslo: « Las almas de los justos están en las manos de Dios, donde no los alcanzará ningún tormento. Para los insensatos, ya no son más que muertos; su salida de este mundo es tenida como una desgracia, y su alejamiento de entre nosotros como una calamidad; pero ellos están gozando en la paz» Sab 3,1-3 En el Nuevo Testamento, el espíritu o alma se concibe como el principio de la vida que cuando se entrega o se va, el hombre muere (Santiago 2,26; Mateo 27,50) y que además, no muere al separarse del cuerpo (Lucas 8,55;23,46) y puede ir al cielo como se muestra en Hebreos 12,23, o a los infiernos ( no confundir con el Infierno), como aparece en 1 Pedro 3,19. Desde un punto de vista lingüístico, existe compatibilidad entre los significados de las palabras utilizadas en el A.T. y en el N.T. para designar el alma. El Nuevo Testamento fue escrito en griego, la palabra griega que fue utilizada para denotar el alma es yuch, que viene de yucw (soplar, tomar aliento); yuch tiene originariamente el mismo significado que en el Antiguo Testamento tiene la palabra hebrea nefes; sólo le falta el significado de «garganta» y «hálito de vida», pero filosóficamente como ya se ha mostrado, está concebida de una manera mucho más acabada que el concepto encerrado en la palabra nefes. Con relación al espíritu en su concepción neotestamentaria, diremos, que por lo general se le llama espíritu al alma que ha abandonado el cuerpo; no obstante, se encuentran versículos como Marcos 14,38 en los que se habla de espíritu aunque el alma no haya abandonado el cuerpo. Con respecto a las diferencias que algunos estudiosos plantean entre el alma y el espíritu en el contexto neotestamentario, basándose para ello en 1 Tesalonicenses 5,23 y Hebreos 4,12, la mayoría de los exegetas opinan que no la hay. Estos últimos argumentan que acaso san Pablo en Primera de Tesalonicenses diferencia, como hebreo que era, ambos conceptos como lo hacían los israelitas del Antiguo Testamento, pero no en el sentido de la tricotomía griega: razón, alma y cuerpo. En la Carta a los Hebreos consideran que el autor utiliza esas expresiones con el objetivo de dar una idea de la fuerza de la palabra de Dios. El Libro de la Sabiduría y el Libro del Eclesiástico, mencionados en esta primera parte, son de los libros llamados por nosotros los católicos: Deuterocanónicos. Los libros Deuterocanónicos no aparecen hoy en la mayoría de las Biblias utilizadas en las Iglesias Evangélicas (Protestantes). En la Biblia de Estudio Dios Habla Hoy, publicada en 1994 y perteneciente a las Iglesias Evangélicas, se incluyen estos libros y se puede leer en la página 1227, que los primeros cristianos, o sea la iglesia primitiva, se servían de estos libros a la hora de formular su fe. Los Deuterocanónicos del A.T. fueron escritos por judíos antes de la fundación de nuestra iglesia por Cristo y varios siglos antes que la "oficialización" de la Iglesia Católica por Constantino, en el siglo IV d.C. En la segunda parte de este artículo, expondré ciertos elementos fundamentales para alcanzar la inmortalidad.
SEGUNDA PARTE
En la primera parte se expusieron algunas ideas fundamentales sobre la inmortalidad; en especial nos ocupamos de su primer momento. Ese primer momento consiste en la retribución que tiene el justo al morir al poder gozar de la presencia de Dios. En esta segunda parte, abordaremos la problemática relativa a cómo el hombre en su peregrinar en esta vida, puede alcanzar la inmortalidad.
SALVACIÓN
San Pablo, en 1 Corintios 13,8-10 escribió: « El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará « 1 Corintios 13,8-10 Luego, para san Pablo aún después de morir el hombre, el amor o caridad pervive. Nuestra Iglesia Católica concibe a todos los santos que están con Cristo y en particular a san Pablo no como espíritus dormidos, sino espíritus que siguen practicando la caridad que siempre tuvieron hacia sus semejantes. Este amor lo siguen manifestando mediante sus oraciones a Dios. Las oraciones de los santos son el perfume o incienso que se le ofrece al Cordero, según se puede leer en Apocalipsis 5,8. Para nuestra Iglesia, el amor o caridad es la vida del alma, ella constituye el lazo más íntimo que le une con Dios y le hace partícipe de la vida eterna. « Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.» 1 Juan 4,16 Este papel fundamental del amor en la vida terrenal y en la vida eterna, es compatible con el criterio paulino que el amor es aún más importante que la fe y la esperanza (1 Corintios 13, 13), y con los mandamientos para tener vida eterna que leemos en Lucas 10, 25-28. Nuestra Iglesia concibe la salvación del hombre como una gracia de Dios, muy relacionada con los mandamientos de amor que Cristo nos dejó; en ellos, el amor a nuestro prójimo debe ser tan espontáneo, sincero y sin condiciones como el que él nos manifestó (leer Juan 13,34); no puede ser por ejemplo producto del miedo al poder de Dios: « En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.» 1 Juan 4,18 Ni tampoco producto de una búsqueda hipócrita y oportunista de nuestra salvación. Los católicos tenemos el criterio que no es suficiente creer en Jesucristo para ser salvo, ya que los demonios también creen y tiemblan (Santiago 2,19). Lo que se plantea en versículos como Hechos 16,30-32, Juan 6,47 y otros donde se habla, de que basta creer en Jesús para ser salvos, nosotros lo entendemos como creer y ser consecuente con la doctrina de Jesús o sea, seguir a Jesús. La fe es muy importante, no hay duda, pero: «...si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor nada soy « 1 Corintios 13,2 Luego la fe en Jesucristo que salva o justifica (Romanos 3,21-23;9,30-33) es aquella que está acompañada por el amor a Jesucristo, pero este amor está sujeto al cumplimiento de sus mandamientos: «El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, yo le amaré, y me manifestaré a él» Juan 14, 21 y entre esos mandamientos se encuentra: «...como yo os he amado, que también os améis unos a otros.» Juan 13, 34 Y no podía ser de otra manera pues: « Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿ cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» 1 Juan 4,21 Conozco personas que propagan ideas «facilistas» con respecto a la salvación. Esas ideas son en ocasiones, el resultado de que esas personas «se atan» a la lectura literal de algunos fragmentos de Las Escrituras y no van a una lectura más profunda y completa. Tengo el criterio que: «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.» 2 Timoteo 3, 16 pero a la luz de: «el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.» 2 Corintios 3,6 Luego debemos a través de la letra ( que indudablemente hay que conocer y escudriñar) y las Tradiciones de los Apóstoles, extraer el espíritu que está encerrado en las letras que componen nuestras Sagradas Escrituras Cristianas, pues dichas Tradiciones nos indican cómo los primeros cristianos entendieron las enseñanzas de Jesús y las llevaron a la práctica; esto es muy valioso pues Jesús, aunque sabía leer y escribir nunca escribió sus enseñanzas y sus razones tendría para ello. En otras ocasiones, esas ideas «facilistas» sobre la salvación son producto de una política de captación fácil y rápida de nuevos cristianos para las iglesias (todos deseamos la vida eterna), sin mostrarles en ese momento lo difícil que resulta ser cristiano y alcanzar una real conversión. Reconocer a Cristo como su Salvador no basta para ser salvo por la gracia de Dios, por muy conveniente y atractiva que nos resulte esa idea, hace falta también ponernos en seguimiento de Jesús pidiéndole al Espíritu Santo que nos ayude en esa tarea. En el pasaje Lucas 23, 39-43, Jesús hace salvo al buen ladrón no solamente porque este lo reconoció como su Salvador, sino por haberse producido en este malhechor una sincera conversión. Creer en Jesús es uno de los posibles pasos iniciales para obtener la salvación por la gracia de Dios, pero no es suficiente. Para alcanzar una real conversión debemos tener dos cosas fundamentales: la primera, es tener la gracia o el favor de Dios para convertirnos, la cual siempre se tiene; la segunda, es tener una voluntad firme y decidida de cambiar. La conversión debe estar sustentada esencialmente en tres pilares o columnas: 1) La oración o sea, la comunicación con Dios. 2) El ayuno como muestra de humildad y penitencia. El ayuno también nos predispone para un intercambio espiritual más intenso con el Creador. 3) La limosna o ayuda fraterna. Dar limosna no consiste solamente en dar lo que nos sobra o ya no nos gusta, sino también en desprendernos de cosas que necesitamos para que otros tan o más necesitados que nosotros las utilicen. Es dar algo que refleje concreta y realmente nuestra fraternidad con el prójimo. La limosna como signo de amor cristiano, debemos darla discretamente: «Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna no sepa tu izquierda, lo que hace tu derecha» Mateo 6, 2-3 La limosna o ayuda fraterna no debe darse para alimentar nuestro orgullo y vanidad. Tampoco debe estar acompañada de favoritismos hacia uno u otro necesitado y mucho menos, el ser utilizada persiguiendo ocultos y a veces aviesos objetivos. Nuestra Iglesia no cree en la salvación solamente por las obras (Efesios 2,9), pese a que en un momento determinado de su historia, su jerarquía recurrió en cierta medida al uso inadecuado de la Doctrina de las Indulgencias para resolver determinados problemas financieros como fueron por ejemplo, los que se presentaron en la construcción de la Basílica de San Pedro. Es bueno aclarar que Martín Lutero, el fundador de la Reforma, nunca se opuso a la Doctrina de las Indulgencias, sino a la comercialización de ellas. La gran importancia de las obras puede inferirse a partir de que la fe sin obras, es muerta (Santiago 2, 14-26) y del citado 2- Corintios 5, 6-10: «... para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o malo.» Obra no necesariamente significa una ayuda material; ella puede ser también una ayuda de carácter espiritual, pero Dios sabe diferenciar perfectamente qué obras somos capaces de hacer, las que realmente hacemos y por qué las hacemos. Los católicos creemos en la salvación por la gracia de Dios (Efesios 2,4-8), la cual consiste brevemente en lo siguiente: Dios quiere que todos los hombres sean salvos (1 Timoteo 2,4), pero la inclinación del hombre al pecado hace que este nunca llegue a cumplir plenamente su parte en la Alianza o Pacto que tiene con Dios y por tanto nunca llega a ganar la salvación, o sea, nunca alcanza por derecho la vida eterna; pero Dios, teniendo en cuenta los méritos acumulados por Jesucristo hombre (único Mediador), da la salvación como regalo o gracia a aquellos que hayan tratado de mantenerse fieles a él. En los versículos Gálatas 5, 5-6 podemos leer que para Jesucristo lo que importa es la fe que obra por medio del Amor; en esta importantísima integración de estos tres elementos, vemos lo absurdo de determinadas discusiones que algunas personas establecen al valorar y contraponer el papel de la fe y las obras en nuestra salvación. En un párrafo anterior utilicé la expresión: "posibles pasos iniciales" para obtener la salvación, porque nuestra iglesia tiene el criterio de que una parte de aquellos que no conocieron, no conocen o no oyeron hablar de Cristo pueden ser salvos. Un texto bíblico sobre el cual se apoya este criterio es Mateo 25, 31-46 (juicio de las naciones), el cual plantea sobre qué bases se juzgará a esas personas en la segunda venida de Cristo a la Tierra, al final de todos los tiempos. Este criterio no ha ido en contra del espíritu misionero y de la actividad de predicación del Evangelio que nuestra Iglesia ha desarrollado durante milenios, siguiendo el mandato que leemos en Mateo 28, 18-20. Tampoco creemos que todos aquellos que han oído la Buena Noticia serán salvos, pues muchos le dirán a Cristo, Señor y no entrarán al reino de los Cielos (Mateo 7, 21-23).
ALGO DE MÍSTICA Y ESPIRITUALIDAD
La identificación que hace San Pablo de la Iglesia como el cuerpo místico de Cristo, la cual se lee en 1 Corintios 12,12-27 y en Efesios 4,11-16, también nos ayuda a comprender aún más las ideas de nuestra Iglesia Católica con respecto a los santos que murieron en Cristo. Veamos: Cristo vino a la tierra para que los hombres tengan la Vida y la tengan más abundantemente. La Vida de la que Dios quiere hacernos partícipes es su misma vida divina, es la vida de Cristo. El participar de la vida de Dios significa concretamente participar de la vida gloriosa del Señor. El estar unido a Cristo resucitado y ser miembro de su Iglesia significa ser miembro del cuerpo místico del Señor resucitado. Desde que estamos en la tierra participamos como integrantes de ese cuerpo místico, de su vida gloriosa (Efesios 2,6), aunque esa vida , a causa de nuestra inclinación pecadora, tan solo puede tener su pleno desarrollo en la resurrección final o escatológica. Para los católicos, el sacramento que nos inserta en el cuerpo místico de Cristo es el sacramento de la comunión o Eucaristía En la mayoría de las iglesias cristianas se desarrolla cada vez más el sentido eclesial y social entre los miembros que la conforman. Este sentido eclesial y social, va mucho más allá de la unión en un lugar y en un momento determinado con el resto de sus miembros; es una unión espiritual de todos sus integrantes entre si, con Cristo. Ahora bien, al ser única la Iglesia y formarla todos aquellos que son de Cristo, a ella pertenecen las personas que están vivas pero también aquellas que murieron después de haber vivido según las enseñanzas de Cristo y que se encuentran gloriosamente transformados en el Señor y unidos indefectiblemente con él, ya que todos aquellos que son de Cristo, poseen el Espíritu Santo. El criterio antes expresado sobre la estructura de la Iglesia, no es exclusivo de la Iglesia Católica: Juan Calvino (1509-1564) en el IV tomo y páginas 1, 7 y 9, de su obra «Institución de la religión cristiana», la que muchos consideran la suma teológica del protestantismo reformado, plantea: « La sagrada Escritura habla de la iglesia de dos maneras. A veces, usando este nombre, entiende la iglesia tal como es de verdad y en la que están comprendidos los que por la gracia de adopción son hijos de Dios y por la santificación de su espíritu son verdaderos miembros de Jesucristo. Y entonces no sólo habla de los santos que habitan en la tierra, sino de todos los elegidos que han existido desde el comienzo del mundo.» Y después de exponer la segunda manera de cómo se habla de iglesia en Las Escrituras: el conjunto de bautizados que hacen una misma profesión de fe y de hacer determinadas observaciones sobre ella, agrega: «Así, pues, lo mismo que necesitamos creer en la iglesia que es invisible para nosotros y conocida sólo por Dios, así se nos manda honrar la iglesia visible y mantenernos en su comunión» Para nosotros los católicos, la parte más viva de la Iglesia no es paradójicamente la que está peregrina en la tierra, sino aquella que reina con Cristo en el cielo. Esta concepción de lo que es la verdadera vida está de acuerdo con Juan 5, 25 y : «Y dijo a otro: Sígueme. El le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tu ve, y anuncia el reino de Dios.» Lucas 9,59-60 La unión entre las dos partes de la Iglesia es fortalecida mediante la comunicación de bienes espirituales, pero la parte celestial al tener una unión más íntima con Cristo aporta lo más preciado. Algunas personas limitan la relación de los miembros de la Iglesia celestial a su común unión con nosotros, los peregrinantes, en los actos de alabanza que ofrecemos a Dios como es por ejemplo la Eucaristía; pero esa relación abarca otros aspectos, veamos uno de ellos: Una persona al abrir su corazón a Cristo, permite que el Espíritu de Cristo continúe presente en el mundo y viva en esa persona algunas situaciones (modos existenciales) que Cristo no pudo vivir en su naturaleza humana individual. Esas personas, portadoras del Espíritu de Cristo, difunden con su vida el amor de Cristo de una manera concreta, objetiva, en las circunstancias concretas del ambiente y del mundo en que viven; ellas al morir no son abandonadas por ese eterno Espíritu y siguen brindando su amor hacia sus semejantes, al igual que lo hacían en su vida terrenal. Los católicos en nuestras oraciones nos dirigimos frecuentemente al Padre; muchas veces nos dirigimos a él por medio de Jesucristo pero otras, como por ejemplo al rezar el Padre Nuestro, lo hacemos directamente a él. En ocasiones, al igual que otros hermanos cristianos de otras iglesias, les pedimos a nuestros hermanos que oren por nosotros o sea que intercedan. Lo que nos diferencia a los católicos de muchos hermanos de otras iglesias, es que no excluimos en esa petición de oración a los hermanos que están gozando de la presencia del Señor y en particular a la Virgen María, ya que la oración eficaz, o sea insistente, del justo puede mucho ( Sant 5, 16); además, de esa manera cooperamos a que sigan manifestando ante Dios el amor que tuvieron en su peregrinar por la tierra. En nuestras oraciones hacia Dios, todos los que oramos ponemos ante él, no nuestros méritos personales, que en el caso de los santos celestiales son notables, sino los méritos conseguidos en la tierra por Jesucristo hombre, único Mediador entre Dios y nosotros (1 Timoteo 2,5) pues él con su muerte voluntariamente aceptada, se convirtió en la prometida ofrenda de reconciliación.
CONCLUSIONES
En días recientes fallecieron varias personas muy queridas. Una era una señora mayor que la considerábamos de la familia; era adventista del Séptimo Día. Desde que la conocimos siempre fue una cristiana ejemplar. Pocas horas antes de morir aconsejó a cada uno de los familiares presentes y les pidió que no se pusieran tristes como los que no tienen esperanza (1 Tesalonicenses 4,13) y que siguieran siempre a Cristo. Murió orando porque no flaqueara en esos momentos su fe cristiana. Ella según su iglesia, duerme hasta la resurrección al final de todos los tiempos. En su funeral los hermanos de su Iglesia cantaron el himno «Más cerca Oh Dios de ti» que para aquellos que no lo conozcan, es el bello himno que se canta en la película «La última noche del Titanic» en sus momentos finales. Otra persona fue una religiosa. La humildad, tranquilidad, discreción y fe con la que murió solamente la tienen aquellos que han llevado a Cristo dentro toda su vida. En su entierro los sepultureros respetuosos y asombrados, no comprendieron por qué las hermanas cantaban, pero la intuición les decía que algo grande estaba sucediendo. No estaban equivocados, pues según nuestra fe católica, nuestra hermana iba a encontrarse en ese momento con Cristo y gozar de la presencia de Dios. La separación de personas que queremos siempre nos causa tristeza; eso nos ocurre aún cuando la muerte no está presente y esas personas van a vivir donde desean y disfrutarán de un futuro mejor, pero esos sucesos y otros marcadamente tristes me han permitido comprobar las palabras que le oí en una ocasión a Monseñor Mario Aguilar, cura de mi parroquia: «en mis 24 años de cura he visto morir muchas personas, pero es muy diferente la muerte como la enfrenta un cristiano y como la enfrenta otro que no lo es» Permita Dios que cuando, por su gracia, nos acerquemos a la Jerusalén celestial
« a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.» Hebreos 12,23-24 hayamos enfrentado anteriormente ese difícil momento de la muerte con estas muchas veces incomprendidas palabras: «Porque para mi el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» Filipenses 1,21
Bibliografía:
La Biblia (Latinoamérica),Edición Pastoral, Editorial Verbo Divino, Navarra, España, 1972 Diccionario de la Biblia, Haag H., Van den Born A y de Ausejo S., Editorial Herder, Barcelona, España, 1987 Biblia de América, Editorial La Casa de la Biblia, coeditan Atenas, PPC, Sígueme, Verbo Divino, Madrid, España, 1994 La Santa Biblia. Antiguo y Nuevo Testamento (Reina-Valera), Sociedades Bíblicas Unidas, Corea, 1989. Nuevo Diccionario de Espiritualidad, de Fiores S. y otros, Ediciones Paulinas, Madrid, España, 1985 El Deseado de Todas las Gentes, de White Elena G., Casa Editora Sudamericana, Florida, FCCA, Buenos Aires. Argentina, 1947 La Historia de la Iglesia, Comby J., Editorial Verbo Divino, Navarra, España, 1988
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