A propósito de la dignidad
de la persona humana.
No hace mucho observé a dos señoras de mediana edad enfrascadas en una
discusión que desembocó en una muy criolla bronca callejera pues ambas querían el
último litro de leche que quedaba en la casilla. Las dos eran amigas y vecinas desde la
niñez. Lo que se dijeron no debo escribirlo aquí. Gracias a Dios, otro vecino, al ver el
espectáculo y oír las palabras pronunciadas le dio a una de ellas el litro de leche que
él había comprado y les pidió, por favor, que no echaran a perder su amistad que
"vale más que un litro de leche".
Por esos mismos días observé también la estancia en un pequeño pueblo de un
cubano residente en Miami. No sé cómo ni porqué trajo muchos dólares y los repartió a
sus anchas entre familiares y amigos. La casa donde se hospedaba estuvo todos esos días
llena de visitantes que parecía que le miraban más la maleta y los bolsillos que la
cara. Una persona que lo conocía desde niño me dijo: "el se fue para afuera en el
80. ¡Y lo que padeció para irse!" Y para aumentar más mi preocupación, también
en esos mismos días una amiga me recordó el "chiste" tragi-cómico del niño
que. Preguntando, respondió que cuando sea grande desearía estudiar para extranjero.
Estas cosas que son tan comunes y corrientes hoy en día nos recuerdan lo
necesario que es laborar para que se viva eso tan propio del mensaje cristiano sobre la
dignidad del hombre, y que Pablo VI sintetizó diciendo que consiste en ser más y no en
tener más.
Desde las primeras páginas de la Biblia nos encontramos con el acontecimiento
impresionante de que la persona humana, hombre y mujer, tiene el honor de ser criatura de
Dios. La persona humana lleva en sí misma una imagen y semejanza de Dios. Y no sólo es
criatura de Dios, sino que, como nos ha revelado Jesucristo, es también hija de Dios.
"Vean que amor tan singular nos ha dado el Padre: que no solamente nos llamamos hijos
de Dios, sino que lo somos". (1Jn.3,1).
Me parece oportuno recordar algo de lo expresado en la III Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla de los Ángeles, México, en enero de
1979. Allí, al reflexionar sobre la dignidad del hombre, se dijo que la realización de
ésta se logra por la libertad (cfr. D.P. 321-339). Según nuestra fe, la libertad es meta
del hombre puesto que "Cristo nos liberó para que fuéramos libres" (Ga 5,1) a
fin de que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cfr. Jn 10,10) como hijos de Dios y
coherederos con Cristo (cfr. Rm 8,17). De su dignidad brota la exigencia de que el hombre
se relacione con la naturaleza como señor, con las personas como hermano y con Dios, como
hijo. Por la libertad el hombre humaniza al mundo a través del trabajo y de la
sabiduría. Por la libertad el hombre no se hace esclavo de los valores materiales del
mundo (cfr. Dt 8,3), sino que va hacia el plano superior de las relaciones personales.
Allí, en ese plano, es donde el hombre se encuentra consigo mismo y con los
demás, y realiza su dignidad en el amor fraterno que incluye el servicio mutuo.
Pero, aunque a menudo el hombre parece ignorado, es en el plano de la relación
con Dios en el que se juega nuestra libertad. Este es el plano de la confrontación con el
misterio divino de alguien que como Padre ama al hombre, lo capacita para ser libre, lo
guía providentemente y lo juzga según lo que el mismo hombre ha realizado libremente. En
este plano entramos en comunión con Dios como hijos: participamos de su misma vida. Lo
contrario es rechazar al Padre. Estas son las dos posibilidades extremas que la
revelación cristiana llama gracia y pecado. Gracia y pecado se realizan extendiéndose a
los otros dos planos antes mencionados: relación del hombre con las personas y con la
naturaleza. Esto trae consecuencias positivas o negativas para la dignidad del hombre.
La comunión de amor con Dios que nos dignifica se vuelve por necesidad comunión
de amor con los demás hombres y comunión de amor con la naturaleza de modo que el
dominio, uso y transformación de los bienes de la tierra, de la cultura, de la ciencia y
de la técnica vayan realizando en un justo y fraternal señorío del hombre sobre el
mundo. Pero la ruptura con Dios se vuelve laxitud de egoísmo, orgullo, ambición,
envidia, que generan injusticia, dominación, violencia a todos los niveles. La injusta
distribución de los bienes de la tierra es una expresión de violencia y puede producir
escasez de bienes materiales necesarios básicamente para la vida humana (sea cual sea la
causa de esta escasez) puede llegar a ofuscar tanto al hombre que no llegue a alcanzar el
plano superior de la fraternidad. La vida cotidiana nos lo muestra con frecuencia...
infelizmente.
A mediados del mes de mayo participé en una refrescante conversación entre
amigos acerca de algunos problemas de actualidad. Allí se dijo que tenemos que sembrar
ideas ennoblecedoras en la gente. Ciertamente que sí. Y la tarea de crear conciencia
acerca de la dignidad del hombre es algo muy importante entre las muchas "ideas"
que la Iglesia desea sembrar cordialmente en los cubanos. Así quizás, menos niños
querrán estudiar para extranjeros cuando sean grandes. Y más querrán ser grandes desde
niños siendo cubanos.
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