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CINE
 

VIOLENCIA fílmica y catársis SOCIAL

por Antonio Mazón Robau

 

 

 

No deja de causar cierto asombro, por su persistencia, la extrema inquietud que existe en algunos sectores de nuestro medio por la presencia de la violencia y el sexo en el cine actual. Máxime si partimos del presupuesto de que desde el mismo nacimiento del cine estos componentes –íntimamente relacionados entre sí- forman parte sustancial de una buena parte de la producción cinematográfica.

Una posible razón que explica la larga permanencia del sexo y la violencia en la cinematografía de todos los tiempos tiene un origen genético. Nuestros más remotos antepasados desarrollaron estos instintos que les permitieron reproducirse y sobrevivir en un medio hostil, y el hombre de hoy los tiene incorporados en su código genético, contenidos por la tradición y la educación, es decir, por la civilización.

La industria cinematográfica, de siempre, ha acudido a estos instintos primarios y comunes a todos como un recurso para atraer a los espectadores y garantizar la rentabilidad de sus productos. Aunque no siempre ha sido igual. A medida que las sociedades han evolucionado en sus costumbres, a lo largo de este siglo, los niveles aceptables de permisividad han aumentado paralelamente. Los Amantes fue para los años 50 lo que El último tango en París fue para los setenta o Instinto básico para los noventa, es decir, filmes que rebasaban los niveles tolerados hasta ese momento y provocaron fuertes conmociones. Sin embargo, hoy en día, nadie se ruboriza ante ellos. Algo semejante sucede con filmes considerados muy violentos en la actualidad, como Pulp Fiction o Asesinos natos, los cuales provocarían, con toda probabilidad, la sonrisa irónica de nuestros descendientes, quienes se preguntarán: "¿Y era para tanto?.

Sin intentar dictar cátedra de sociología cinematográfica, y teniendo en cuenta que el tema es muy controvertido, me atrevo a afirmar que estas películas tienen una indiscutible utilidad como catarsis social. El espectador proyecta a través de ellas su agresividad reprimida y la compulsión, en fin, de sus instintos primarios en la inocencia y pacífica oscuridad de las salas, algo preferible a la represión y/o expresión de los mismos en su vida diaria.

 

La violencia, según ciertos criterios, a veces parece ser perjudicial cuando el receptor es menor de edad y recibe continuos mensajes de esa índole en pleno proceso de formación de la personalidad. Creo ésta es una verdad relativa. Mi generación, como la actual, creció viendo cartones muy violentos, de persecuciones y golpizas (El Pato Donald, Las Urracas, Tom y Jerry). Y los psicólogos han estudiado, exhaustivamente, el carácter terrorífico y violento de una buena parte de las producciones de la firma Walt Disney, piensen, por ejemplo, en las crueldades de que es víctima Pinocho o en la galería de espeluznantes brujas y seres malvados que pueblan sus largometrajes animados. Sin embargo, hasta donde sé, ninguno de estos materiales ha sido el responsable de conductas insanas. Y en cuanto al cine para adultos, tampoco conozco de alguien que se haya convertido en caníbal por haber visto El silencio de los corderos.

De todo esto se infiere que a veces las sociedades –y la nuestra no es una excepción- le conceden demasiada importancia al cine, como si las películas fueran la causa de los desórdenes de ciertas conductas. Vivimos en un mundo violento, y el cine es sólo un pálido reflejo de lo que acontece, o sea, la realidad supera con creces a las ficciones de la pantalla, y por ello no dejo de asombrarme ante aquellos que en nuestro medio culpan a cierto tipo de cine de problemas originados por desajustes sociales que nada tienen que ver con la cinematografía.

Disminuir la presencia de este tipo de cine, tal como ocurre en los últimos tiempos, no sólo va en contra de la propia catarsis social que implica su exhibición, sino que lesiona los deseos de un sector social significativo cuyas limitaciones intelectuales las convierte en su única opción de entretenimiento. Este sector difícilmente accederá a ofertas más elevadas y justo es que tengan la posibilidad de disfrutar del tipo de cine que les interesa. Además, hasta los espíritus más cultivados, pasando por una enorme franja intermedia de público, necesitan alguna que otra vez la posibilidad de evadirse de las dificultades de la cotidianeidad y de la rutina de sus existencias, apropiándose por un rato de las vidas de los héroes cinematográficos como modernos lectores de historias de caballería. Y, dicho sea de paso, existe cierto grado de similitud entre las gustadas novelas de aventuras de siglos pasados y los modernos thrillers: estructura clásica (presentación, nudo, desenlace), personajes buenos, malos y con matices de ambos, la venganza como fundamental motivación dramática y mucha, mucha acción.

Nuestro público está cautivo de la pequeña pantalla. Las dificultades para transportarse, los bolsillos vacíos o poco menos, y la escasa probabilidad de acceder a la red de establecimientos en divisas –especialmente en la capital del país- son algunas de las razones por las cuales las personas permanecen en sus casas. Sólo queda, para la mayoría, la opción de la televisión. Y el público le exige lo que necesita. Si no se siente complacido, sencillamente apaga el televisor.

Con frecuencia he escuchado cierto argumento relacionado con los materiales "sólo para mayores" que se exhiben en la televisión. Algunos padres no tienen poder de convencimiento ante sus hijos menores para impedir que vean este tipo de programas, y luego culpan a la televisión de su propia irresponsabilidad. La televisión es el espectáculo familiar por excelencia, pero no siempre: un padre no tiene por qué ver Tanda Infantil ni sus hijos pequeños Cine de Medianoche. La ineficaz "calabacita" debía ser sustituida por medios más convincentes, si bien la última palabra la tienen los padres, quienes son en definitiva los máximos responsables de la educación de sus hijos, al margen del papel que desempeñan en su formación la escuela y otras instituciones.

Quiero dejar sentado, por último, que el aspecto artístico o estético del tipo de cine al que he hecho referencia no está tratado aquí por expresa voluntad. Eso sería tema de otra reflexión.