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LECTURAS
 

DULCE MARÍA LOYNAZ

y el Quijote

por Aldo Martínez Malo

 

 

Por boca de la propia Dulce María Loynaz supe que había sido la última, de los cuatro hermanos, en leer «Don Quijote de la Mancha», y que otros escritores españoles como Azorín, Miró, Unamuno, Machado, lograron captar su interés antes que Cervantes.

-Lo consideraba aburrido- me decía, -y no había manera de lograr pasar las veinte primeras páginas, pues bostezaba y los párpados se me cerraban. Mi hermano Carlos Manuel me consideraba una iconoclasta.

Fue el general Enrique Loynaz del Castillo quien le regaló una bella edición del Ingenioso Hidalgo, indicándole, algo contrariado, la importancia de su lectura y la capacidad milagrosa que tenía de hacer pensar y hacer reír. Así la cubana, gracias a su padre, rindió el mejor homenaje a un escritor conociendo y nutriéndose de su obra.

Dulce María fue más allá de la lectura abarcadora, de su asimilación, creándose un estilo poético, íntimo, puro, que tocaba a todas las puertas y compartía el pan en todas las mesas.

En ocasión memorable, dijo ella: «Mi poesía es limpia y concisa y está escrita para todo el mundo. Por eso todo el mundo me la entiende. Y no hay cosa que me lastime más profundamente, que el que se diga que mi poesía no es para el gran público».

Y fue más allá presidiendo la Academia Cubana de la Lengua, resolviendo dudas, corrigiendo errores, aclarando conceptos, limpiando, fijando y dando esplendor al idioma.

En 1987, sin previa consulta, fue nominada para el premio Miguel de Cervantes, siendo la primera mujer que aparecía como candidata al llamado «Nobel de las letras españolas», y que según constancia de personas cercanas al jurado, siguió detrás del mexicano Carlos Fuentes, y muy por delante del paraguayo Augusto Roa Bastos, del cubano Nicolás Guillén, y los españoles Camilo José Cela y Francisco Ayala. Obteniéndolo el autor de «La Muerte de Artemio Cruz».

Reuniendo en sesión extraordinaria, solemne, a los académicos nuestros les hizo prometer que su nombre no volvería a aparecer en ninguna terna literaria. Caso omiso, en 1992, compitiendo de nuevo con Camilo José Cela, Miguel Delibes, entre otros, se alza con el Premio Miguel de Cervantes, causando revuelo en el mundo de las letras hispanas.

En su discurso de recepción en Alcalá de Henares, el 23 de abril de 1993, Loynaz revivió un pasaje, escrito por su padre en «Memorias de la guerra», en que leyendo el «Quijote» (en situación difícil), no podía contener las carcajadas que le producía el texto, afirmando ella:

«La risa, cuando puede participarse, hermana a los hombres (...) La risa es una sustancia volátil, quiero decir difícil de conservar (...) La hazaña de Don Quijote es que sigue haciendo reír a pesar de los siglos transcurridos...».

No quiero terminar sin recurrir a una anécdota que Dulce María plasmó en una conferencia pronunciada en la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, el sábado 23 de marzo de 1952, y que personalmente considero excepcional, por más de un motivo. Dice así:

«Hace unos pocos días, al regreso de un largo viaje, ocupábame yo en ordenar mi biblioteca y disponer en ella espacio para los libros traídos de otras riberas. Me asistía en esa labor la fiel Teresa, juventud y alegría de mi casa, que en tantas cosas se descansa en ella...

Pues bien, en eso estábamos cuando de pronto la muchacha sacando un gran volumen de su estante, se volvió a mí, para decirme con un cierto aire de malicia:

- Se equivocó Ud., señora... Ha puesto a «Don Quijote» entre las novelas.

Yo vacilé un instante y viéndola dirigirse muy decidida, sin esperar respuesta, en busca de otra estantería, me atreví a preguntarle:

-Bueno Teresa... ¿Y dónde vas a ponerlo?

Y Teresa respondió tajante, casi extraña de la pertinencia de mi error:

-En la Historia, señora... En la Historia.

Y así fue, como «Don Quijote» fue devuelto a su justo lugar, al que le era propio por derecho de Conquista, que quizás sea al fin y al cabo la fuente primitiva de todos los derechos.

Desde ese día el inmortal caballero ocupa el puesto que le corresponde, que era precisamente donde no lo tenían aún, pues en realidad hace ya mucho tiempo en todo el mundo que «Don Quijote» pertenece a la Historia, es decir, a la verdad, a la posteridad, al amor de los hombres, que no otra cosa viene a ser el recuerdo infinito de la vida...

En este Día del idioma, en nombre de todos los que amamos la literatura, en recuerdo a Dulce María Loynaz, en el primer año de su desaparición física, muchas gracias.

 

Abril 24 de 1998. 

 
 

 

DE GUSANO A MARIPOSA

Crónica para el nacimiento de un INFANTE

por Yomar González

 

 

Ellos. El pronombre siempre parece llevar implícito una pizca de segregación. Ellos; a los que quiero referirme hoy, una vez me asustaron. Me asustaron sus nombres que me situaban en desventaja -desventaja ignorante, claro- frente al amigo que los mencionó de memoria. Decía así: Severo Sarduy, Gastón Baquero, Heberto Padilla, Enrique Labrador Ruíz, Lino Novás Calvo, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas... (la lista se extendía). Era yo un adolescente que, tratándose de escritores cubanos, admiraba a Martí y a Carpentier. Creía que nuestros escritores estaban muertos. Por eso los ojos abiertos ante la arenga de mi amigo: lo envidiaba. Por suerte la conversación terminó con un libro en las manos, las tres T, cuídalo que eso explota me dijo. Después, gracias al canje por debajo de la mesa -en Cuba la lectura underground producto al presta-presta es la mejor vía de circular los libros- fui conociéndolos. Así llegaron a mis manos, además de Tres Tristes Tigres, Habana para un Infante Difunto, El Mundo Alucinante, Antes que Anochezca, Fuera del Juego, Hombres sin Mujer, De Dónde son los Cantantes... (la lista seguía extendiéndose). Todos, o casi todos, excelentes libros, literatura de verdad, gran literatura. Literatura del exilio.

Aquí llega mi primera pregunta: ¿Por qué literatura del exilio? Tal parece como si existiera un señor llamado Exilio capaz de poner todo patas arriba. Una cosa curiosa, cuando un escritor (cubano) del exilio muere, desaparecen los paréntesis y el calificativo segregante. Sí, porque en realidad ese del exilio -que es tan general y poco práctico como responder a una pregunta de adónde vas con un por ahí desorientador- es como si se dijera en la Alemania de los cuarenta judío.

Es una pena que tuviéramos que esperar la muerte de Montenegro, la de Severo, la de Lino Novás, la de Gastón, para salir gritando a los cuatro vientos la «cubanidad» de cada uno. Fueron y son escritores cubanos. Como lo fueron y lo son otros que no corrieron la misma suerte. Como lo son aquellos que escriben y hacen su obra en otros países, los que, como nosotros, como ustedes, están haciendo lo que pueden por esa causa -un poco perdida- que se llama Literatura.

Otra pregunta: ¿Es necesario tratar de ignorar, mientras casi todos lo celebramos -excuso de esta fiesta a algunos que se sientan dolidos-, el otorgamiento del Premio Cervantes de Literatura a otro cubano, a Guillermo Cabrera Infante? Dice Cabrera Infante que a veces se siente como un fantasma. «A veces me creo invisible». Sin embargo, como cuerpo presente, como su figura, aparecen los libros. Libros que son leídos en Cuba con desesperación, libros que -junto a otros de la lista negra, cito a Mario Vargas Llosa, por ejemplo- han influenciado de gran manera la narrativa cubana de los noventa.

Dice una ley marxista que las contradicciones son la fuente del desarrollo. El enfrentamiento ciego no ayuda. El no enfrentamiento, el ni siquiera reconocer otra voz, es la perdición. Lo dijo Marx (¿o fue Engels, o fue Lenin, o son todos la misma cosa?) y lo digo yo sumándome.

Alegría debe haber en Cuba. Nuestro tercer Premio Cervantes. Aunque la literatura no es una olimpiada con un cuadro de medallas -no debe serlo-, los cubanos debemos sentirnos bien. Porque siempre hay en nosotros mucho de patriota. Por eso me alegra que Liván Hernández haya sido el mejor pitcher en el play-off de la Serie Mundial, que Arnaldo Tamayo haya viajado al cosmos, que un cuadro de Lam, tan chino como tan negro, se haya vendido en más de un millón doscientos mil dólares, que Débora Andollo sea recordista en inmersión, que GCI gane el Cervantes.

Alguien -nombres que se pierden en esa vaga niebla que llaman la nada- llegó a pronunciar, a declarar, a meter la pata. Cabrera Infante no era ni siquiera digno de llamarse escritor, era malo, muy malo. Señores, lo Cortés no quita lo Pizarro. Estamos ante un gran escritor, ante un monstruo más bien. Resérvese usted, señor comentarista, a sus comentarios.

¡Zapatero, a sus zapatos!

Me interesan sus libros, la literatura. Me conmueve, eso no puedo negarlo, su vida. Trabajó y trabaja duro sirviendo a ese precepto Joyciano del arte. Me interesan los tigres sueltos en La Habana, las viñetas de Vista del Amanecer desde el Trópico, La Habana para un Infante (Cabrera) Difunto (o non nato). Y más, me enorgullece que haya previsto la posibilidad que tenían los escritores cubanos de convertirse, algún día, en mariposas.