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mayo-junio. año V. No. 25. 1998 |
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PREMIO UCLAP´97 |
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| Ascender al dolor: LA PASIÓN
SEGÚN MARTÍ por Ileana Álvarez
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¡Dolor!¡Dolor! eterna vida mía, Ser de mi ser, sin cuyo aliento muero. J.M.
Desde Montecristi, 19 días antes de morir, Martí en una carta a Gonzalo de Quesada, que se conoce como su testamento literario, iluminado por la certeza de que una vez más acataba en su vida la voluntad manifiesta de su tierra, el martirio por la Patria, exclamaba: «en la cruz murió un hombre un día, pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días»1. Estas palabras reveladoras, anunciadas con el júbilo que provoca el haber bebido ya del amargo cáliz del sacrificio, y reafirmadas por otras no menos deslumbrantes -»servir es la mejor manera de hablar»-, nos perfilan como ningunas el Martí al que hoy tímidamente pretendo acercarme. Siendo aún una adolescente, cuando la confusión propia de la edad y lo turbio del entorno me impedían discernir con lucidez las dualidades del hombre, sus penumbras de sus soles, y en la medida en que iba conociendo de forma personal al Apóstol a través de su obra, restallaba en mí infinitas veces el grito del poeta Rubén Darío: «Oh, Maestro, qué has hecho». No cesaba, como otrora aquellos que lo llamaron el «Cristo inútil», de recriminar su ofrecerse íntegro a lo que él consideraba el Deber Mayor, La Patria, en detrimento de su entrega al genial escritor que llevaba dentro. Desde mi ingenua visión, él había escogido un servicio al que no estaba destinado. Pero la vida, que no hay mejor sermón que la propia vida, la batalla de y por la vida, y el conocer, tratar de entender a Jesucristo, fueron rechazando aquella concepción inicial, hasta llevarla a su extremo, a una dimensión distinta y más honda que de alguna manera toca a aquella, complementándola de una forma poco comprensible para esos espíritus que no han logrado nacer desde sí mismos. Mucho me ha costado tratar de entender a Martí, que los grandes hombres siempre nos rebasan y se proyectan más allá de nuestras mezquindades y limitaciones, pues nos espantan con su luz y nunca logramos esculpirlos en la verdad que fundaron y sobre la que alzaron el rostro futuro de una patria más humana. Mucho me ha costado encontrar su lado majestuoso, sublime, entender sin sordidez cómo asumió desde las blancas islas de la honradez su condición de siervo. Aún me duele mi ceguera, me hiere mi incapacidad de abarcar su ser más íntimo, ese que en silencio forjó, en sí mismo, para un horizonte que no vería. De las formas más diversas, unas veces oscuras y paradójicas, otras esclarecedoras, siempre amorosas, aparece la figura de Jesús de Nazaret en la obra martiana. Y es que tempranamente es Jesús paradigma esencial para el Maestro. Algo que se evidencia con claridad en las innumerables citas directas o indirectas del Nazareno que recorren como filón de oro toda su creación. Con 18 años, en 1871, en El Presidio Político en Cuba, conmoviéndose hasta la raíz recóndita con la pena y el sufrimiento ajenos, sintiendo en carne propia ese dolor como si se lo hicieran al mismo Dios, espeta en una prosa esmaltada y dolida: «Los hombres de corazón escriben en la primera página del sufrimiento humano: Jesús» (T.I, p-56). Y el Hombre de corazón abierto, sólido tal columna invisible sosteniendo nuestro cielo, escribió en ella, y lo hizo con la savia indeleble de la herida y el grito apretado en la garganta. Qué había en la persona de Jesucristo, en su historia que atrajera e impactara tanto a Martí. Qué luz de Aquél lo tocó en lo más hondo y puro de su adentro para que siempre lo tuviera vivo como signo de la plenitud que debía alcanzar. Hay varias cualidades de la personalidad desbordante y vivificadora de Cristo que encontramos en Martí. Podríamos agruparlas en tres líneas que se tocan tanto hasta confundirse, acrisolarse en un solo círculo. Estas son: el amor ágape, amor de entrega total, que lo soporta y espera todo, amor manifestado en el servicio constante a los demás; la conciencia, el claro discernimiento de cuál era su misión, su apostolado, del cumplimiento de un deber para el que ha sido elegido; y la vida que se levanta, que crece y se forja en el sufrimiento, en el dolor callado como única opción para transgredir y redimir la propia hostilidad de a quien se sirve. Martí reconoce una coincidencia esencial con Cristo, al tener la certeza de que ha de cumplir su misión, obedeciendo a una voluntad que está por encima de la suya: «lo que yo sí acataré toda mi vida es la voluntad manifiesta de mi tierra, aún cuando será contraria a la mía» (T.I, p192), dirá resueltamente aclarando un malentendido, en carta a Ricardo Rodríguez Otero en 1886. Su identificación con Cristo es vertical como el astil de la cruz. Sabe como Jesús, imitándolo, que ha de ser alzado, que ha de cargar su propia cruz, cuyo peso, aumentado por las incomprensiones, no conduce a la muerte, sino que acaba abierto como una espada solar en lo alto:
Como ningún otro héroe en Latinoamérica padeció el martirio por la patria, cual un servicio ceñido en el amor. Es una redención del rostro vejado, triste, llagado de los pobres de Yavé, los anawin bienaventurados del sermón del monte («Bendita sea la mano que baja a los pobres» T.X, p-448). sí, por el servicio y el amor a esos rostros sufrientes, desamparados, hambrientos, por esas frentes de ancianos, niños, negros, individualizados bajo los nombres de Nicolás del Castillo, Lino Figueredo, Juan de Dios y otros, es necesario aprender a morir en la cruz todos los días, sintiendo el aguijón del tábano en los hombros, no reposar, ni temblar, cuando se empeña el cáliz rebosante de nuestra sangre, porque se ha venido al mundo «para ser vaso de amargura» (T. XX, p-125). Y para que esto ocurra, para que este mandamiento sea verdaderamente nuevo, redentor, es imprescindible amar en la dimensión sin límites con que Cristo nos amó, hasta la muerte y más allá. Llevar esa cruz es para Martí un resurgir desde el fango de los egoísmos y medianías humanas, despojado de toda mancha, un nacer de nuevo con la seguridad de que se ha cumplido bien la obra de la vida. Desear la cruz para él es desear dar cumplimiento, con todos sus matices, a la misión de entrega por el prójimo doliente, por la patria esclavizada. Misión para la que ha sido escogido por una voluntad que arrasa todas las vanidades. «Y mi cruz que no me llega» (T.I, p-299), dice en 1892 en carta a Serafín Bello, indignándose por el sobrenombre de Jesús Inútil con que algunos enemigos lo llamaban tratando de convencerlo sobre lo imposible de hacer realidad los grandes sueños que tenía para su país. Para Martí la grandeza del cristiano, al que bien definía como seguidor de Cristo, estribaba en ese querer infinito el mejoramiento propio, el ansia por el mejoramiento de todos, entregar la vida por el bien, «la sangre por la sangre de los demás» (T.XXI, p-18). Siempre creyó, y esto se hace recurrente tanto en su poesía como en su prosa, que la vida había que llevarla con bravura, en el dolor callado y reposado que «conforta, acrisola y esclarece», y que también la muerte habría que esperarla serenamente con un beso. Es un llevar la carga sin queja, en el silencio, casi feliz. Con los labios apretados bajo el látigo y los clavos, para que solo salgan como briznas de luz las palabras de perdón, de reconciliación: ¡Con el dolor, al grave compañero! Vivir se debe, y perecer entero. ¡Vuélvete atrás -coqueta de la pena! ¡Boabdil impuro, flaca Magdalena! El que en silencio y soledad padece derecho adquiere de morir y -¡crece! ¡A mí hierros y aceros! Y en mi pecho Clavados, dadme de morir derecho! («Qué me pides, lágrimas») ¡Eso es amor! Andar con pies desnudos, Por piedras, por espinas. («Desde la cruz»).
Y es precisamente ese amor al prójimo, ese amor que lava con alegría los pies sucios del otro, rebajando hasta la condición de siervo, lo que más amó Marti en Jesús. Amor este que lo soporta todo esperándolo todo, que no tiembla al arrancar la yedra venenosa de las paredes de los templos, amor que olvida de sí hasta el mendrugo de pan necesario. Anfora amarga que se empina sabiendo lo más difícil: pocos podrán entender la inmensidad del sacrificio. La plenitud de vida que halló en Cristo, la fue penetrando mejor en la medida en que hurgaba y potenciaba su propia naturaleza. Bajó a sí mismo y abrió más sus ojos, que nunca durmieron del todo, y vio con alegría su infinita capacidad de amor y entrega por el Otro, la Patria que en él adquiría connotaciones divinas (El martirio por la patria es Dios mismo. T.I. p-61). Plenitud que quería seguir con la humildad y grandeza del pescador que lo dejaba todo, familia, trabajo, hogar. Con el desgarramiento interior que esto significa, el sacrificio enorme de ir dejando de ser uno mismo para estar en los demás (Servir es nuestra gloria y no servirnos. T.IV, p-163). Entrega desbordada por la justicia y el bien que entrañaba otro enorme dolor, el de la ingratitud: Yo me veo en el portal de mi tierra con los brazos abiertos, llamando a mí a los hombres y cerrando el paso a los peligros. Pero así no más me veo, seguro de que me harán morder la tierra los mismos a quienes he ayudado a salvar. (T.II, p-123). Es tal vez Jesús la personalidad histórica con la que más dialoga Martí en toda su vida. En la medida en que iba reconociendo la semejanza de su destino con aquella pasión del Dios hecho hombre, sentía la iluminación, y legitimaba sus actos aunque con cada uno de ellos ahondara más en la soledad, en la pobreza, es decir, precisamente por estas mismas razones. Su vida adquiría una verdadera dimensión trascendente, pues al salvar se salvaba. Cuando en 1886, desde Nueva York, escribía para el periódico argentino La Nación sus impresiones sobre el Cristo de Munkacsy, con una prosa fiera, viva, nos decía que era preciso batallar para entender bien a los que han batallado, que es preciso para entender a Jesús venir al mundo en pesebre oscuro, con el espíritu limpio y piadoso, palpando en la vida la pequeñez del amor, que era preciso haber aserrado la madera y el pan entre el silencio y la ofensa de los hombres; cuando decía estas palabras, estaba hablando por sí mismo, y nadie como él entonces para conocer a plenitud a Cristo. Quiero terminar estas líneas con un fragmento tan revelador que no puedo dejar de citarlo casi en su integridad. Se trata de una carta inconclusa a un supuesto amigo que le ha recriminado el hecho de que no dedica el tiempo suficiente a la literatura, recogida en el cuaderno de apuntes 17. Con esto quedan esclarecidas todas las dudas que hube de experimentar una vez. Él, que había visto al ángel de fuego, tenía para mí un siglo antes las respuestas a las preguntas que yo estaba formulando un siglo después:
«¡Jesús, amigo mío, escribo tan poco! Ganar un alma, consolar un alma ¿no es mejor que escribir un artículo de oropel, donde se prueba que se ha leído esto o aquello? Menos palmas y más almas. Yo quiero consolar al triste, enseñar al confuso lo que hay de verdadero en su doctrina, y no lo que hay de ira y soberbia, y mucho amor de sí; yo quiero que el rico vea y entienda la amargura toda y la amarga raíz de la vida del pobre (...) Morir no es nada, morir es vivir, morir es sembrar. El que muere, si muere donde debe, sirve. En Cuba, pues ¿Quién vive más que Céspedes, que Ignacio Agramonte? Vale, y vivirás. Sirve y vivirás, despídete de ti mismo y vivirás. Cae bien y te levantarás.»
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