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mayo-junio. año V. No. 25. 1998 |
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| ARTE JOVEN del Mito y sus Ecos por Amalina Bomnín
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La reciente edición del Salón de Arte Joven, inaugurado en el Centro Provincial de Artes Plásticas de Pinar del Río, constituye un epítome del escenario de estas manifestaciones en nuestra localidad; lo cual resulta desalentador para aquellas miradas que pretenden corroborar la existencia de un quehacer artístico acorde con las prerrogativas más afanosas de la creación contemporánea. Esta muestra representa algo así como enfrentarse a la dicotomía de ser o tener. Digo esto porque a veces confundimos la posesión de algo con la esencia. Enarbolamos un banderín, y con él una serie de pretextos que justifican ante la casi nula producción un oasis incierto nacido de puros espejismos. La institución gestora de este proyecto, la Asociación Hermanos Saíz, desde hace dos años ha empeñado esfuerzos en promocionar las manifestaciones plásticas y en enriquecer en el marco de eventos teóricos la crítica artística a pesar de la indolencia cultural que padece este contexto. Pero, ¿hasta qué punto estos intentos se han establecido como arquitrabes de una creación no sustentable como fenómeno potenciador? En un momento no lejano en el tiempo la plástica en Pinar gozó de la inquietud y la búsqueda repertorial y estética; actualmente, acusa pereza en la producción de sentidos. Se ha operado un vuelco: si entonces la teoría no confrontaba con la praxis, ahora se erige en el deus ex machina de un presente ineficaz. ¿Qué opinar de un certamen donde de dieciséis participantes sólo tres consiguen medianamente mover la lectura a partir de reflexiones que, al menos en el orden visual, establecen un diálogo provechoso con el público? Las piezas de José Luis Lorenzo y José Miguel Díaz resultan el retazo por donde cortar algún cuestionamiento con sutileza artística. En el caso de Ramón Vázquez queda como un apetecible paisaje que se autocomplace con su exquisitez técnica y frondoso colorido. El resto de las propuestas, si atendemos a los postulados que pretende instituir el proyecto, no revelan un nivel de indagación técnico y conceptual de acuerdo con las tensiones que impone el mundo de hoy. La elaboración de sentidos en la actualidad -y aún más en el arte por ser un elocuente transmisor de ideología- debe sustentarse en una agudeza capaz de construir alternativas adultas de visión. Las salvedades que hago son para El pensador de Lorenzo y Los sanos no tienen necesidad de médicos sino los enfermos de Díaz, ambas solucionadas a través de la instalación resultan operantes para un medio artístico local, pero vale aclarar que salidas de éste podrían causar aburrimiento. La primera toma como referente a la del mismo nombre, de Augusto Rodin, con el ánimo de parodiar ciertas situaciones. El nuevo personaje es un caballo, figura reiterada en la iconografía del autor, y que en esta ocasión se viste con hábitos de magistrado o religioso. Es un equino de grandes proporciones que resalta por su realismo y majestuosidad en un ambiente compuesto de luces y materiales reciclados y naturales. Se confeccionó con papier maché y excremento de caballo, y a su alrededor se han colocado arbustos que remedan las palmas cubanas. El traje de yute le otorga solemnidad a la vez que se integra en las connotaciones ecológicas de la pieza, este animal meditabundo establece una servidumbre por la fortaleza de su pose intelectual, acentuada por la mirada y hasta las emanaciones que provocan las heces. La utilización de la mitología y la hibridez de contenidos que alternan entre el reino animal y humano ha sido recurrente en la creación de Lorenzo, y esta vez decide en la realidad con un personaje mixto con el que nos identificamos. Su naturaleza dual nos atrapa: es doméstico pero al unísono portador de una reciedumbre admirable. ¿Será acaso un Mesías, un redentor, un patriarca, un Noé posmoderno? De la obra me disgusta la unidireccionalidad del discurso. Su fisicidad reduce los significantes a una lectura premodelada. En Los sanos no tienen necesidad de médicos... José Miguel recalca sus intenciones de continuar la vertiente instalacionista y su atención a la precariedad en los contenidos tratados. Los pre supuestos conceptuales que maneja en este juego a partir de una cita bíblica, repercuten de manera sutil en la percepción. Él ha implementado una cama que tiene por bastidor cámaras de bicicleta y en sus patas ruedas de este vehículo. De la cabecera cuelga un indicador lumínico intermitente de alarma que funciona conectado al fluido eléctrico. En la pared ha gratificado algunos elementos referentes a las cargas eléctricas y encabeza el boceto el texto que da nombre a la pieza. Siempre he admirado en José Miguel esa capacidad satírica que no alitera sino todo lo contrario, desplaza, extiende su registro hacia otras connotaciones no necesariamente previstas. El uso de la cita de Mateo contiene un sentido lúdrico de profundas inquietudes morales. Los sanos no necesitan médicos, sino los enfermos versa la frase, y alude a la caridad y piedad cristiana. Díaz establece un paralelo entre ésta y la urgencia de solución de situaciones contingentes. Enfoca la indolencia humana desde una referencia al contexto que no se agota en los límites de su territorialidad material sino que involucra conjuntamente a otras problemáticas cercanas como la pobreza y el descrédito. No me atrevo a comentar acerca de otras obras porque considero que sería engañoso. El dinamismo que supone hoy asumir el hecho artístico por el flujo de la información y la reescritura de la Historia del Arte convierte dichas propuestas, en la mayoría de los casos, en soluciones pueriles y manidas. El salón en lo adelante tendrá que reconsiderar su estrategia en lugar de buscar culpables. Por esta vez los premios se distribuyeron entre las piezas El pensador, Paisaje, de Ramón Vázquez y Los sanos no tienen necesidad de médico.... Sería bueno acercarnos a la cita mencionada por José Miguel y pensar que lo mejor está aún por hacer. El proyecto es joven como sus participantes y tiene a su favor la buena voluntad de los que nos sentimos atraídos por el buen arte.
Mayo, 1998. |
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