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MEMORIA

CULTURAL

 

PONER NOMBRE A LAS COSAS

Centro Cultural Pasionista "Beato Germán Pérez Jiménez"

Su razón de ser, de hacer, de esperar

 

por P. Manuel Jiménez CP.

 

 

 

«El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre...» Es la primera afirmación de Gabriel García Márquez en su novela Cien Años de Soledad, después de señalar primero el sujeto: el coronel Aureliano Buendía, asustado ante el pelotón de fusilamiento y de indicar después el territorio: el ignoto Macondo, lugar de espejismos. Y si las cosas carecían de nombre, había que ponérselo para saber estar, para poder relacionarse. Tarea urgente, impostergable.

El premio nóbel de la imaginación no es original. Copia a la letra al autor bíblico del Génesis deuteronómico: Adán, recién creado, pone nombre a las cosas del cielo y de la tierra, recién hechas. Poner nombre significa, en aquella cultura, apoderarse de, ser dueño de, hacerse cargo de, cargar con la cosa nombrada. Por eso Dios no tiene nombre, no es objeto de dominio.

El nombre, la palabra correspondiente, define, concreta, da categoría, carta de «ciudadanía» a personas y cosas en un mundo de relaciones. Al niño que va a nacer lo primero que se le busca es el nombre, para saber identificarlo, distinguir su diferencia, su propiedad, su gracia. El nombre como «gracia». Todavía hay quien pregunta por el nombre del otro, expresando la quintaesencia de la cultura recibida, diciendo: ¿Cuál es su gracia? Y quien tiene que pagar a un abogado para que le borre la «desgracia» de un nombre impuesto y no adecuado, «desgraciado». Otros se cambian el nombre por motivaciones más profundas. Nuestro Patrono, el Beato Germán, por ejemplo. Cuando hace su profesión religiosa pasionista se siente criatura nueva, con una misión nueva, con ideales y horizontes nuevos, se cambia el nombre de Manuel por el de Germán. Todavía los Papas lo hacen. A situación nueva, a gracia nueva, nombre nuevo.

«En el principio era la Palabra» y la palabra se hizo carne, se hizo gracia, se hizo cultura. El lenguaje se dilata con la capacidad de pensar, de razonar, de expresar los sentimientos. el pensamiento se acrecienta y perfecciona con la adquisición del lenguaje. La lengua es el fundamento solidario de la comunidad cultural a la que se pertenece. La lengua es el vínculo vivificante de un grupo comunitario que comparte la misma historia, el mismo destino humano. Manejar la lengua con toda su riqueza e idoneidad es una manera congruente de sintonizar con una comunidad y sus valores, de comprender el mundo, de situarse en el universo.

Si la lengua es un sistema de signos, es porque está al servicio de un ser, el hombre, que sufre la gozosa pretensión de andar buscando su propio significado y el sentido último de las cosas. El lenguaje es el signo por excelencia de la capacidad creadora del hombre, de la expresión de su propio ser, de su dignidad superior.

 

 

Hoy ya no llamamos a las cosas

por su nombre exacto, original.

Nuestra pobreza de lenguaje nos ha empobrecido la capacidad de pensar, de diferenciar. Y, consiguientemente, de comunicarnos.

 

 

La palabra crea conciencia de pueblo, es memoria de un patrimonio espiritual y compartido, crea comunidad distinta y organizada, sustenta, configura y endereza el sentido, la razón de ser, de existir, de esperar de un pueblo. La palabra vertebra la historia, engendra cultura; es mandato y transmisión, es vivencia, anuncio y comunicación; es promesa y continuidad histórica. Los espejismos, las figuras, las cosas mismas pasan. «Cielo y tierra pasarán». La palabra queda. Es el logos de una cultura.

La primera tarea nuestra al nacer, (y el Centro Cultural Pasionista está naciendo) y abrirnos a un mundo hecho y ya nombrado es aprender la palabra original, adecuada y exacta de cada cosa, para poder entendernos, para saber a qué atenernos. El logos fecunda y da a luz al ethos de un pueblo.

El ethos, para la paideia griega, era el carácter, las costumbres, los valores más elevados, las concepciones ideales de la vida, las inspiraciones más nobles del comportamiento humano.

El ethos es el ideal colectivo que da la más profunda razón de ser, designa las cualidades y finalidades más altas de la cultura y tiende a condicionar la conducta de sus miembros. Condicionar no es restringir, debilitar o agostar. Es proporcionar el espacio exacto, justo y debido. Lo sub-line es lo que está bajo el límite, enmarcado en el canon de la belleza. Un lienzo sin marco es un cuadro desnudo, deshilachado, sufre el desprecio del abandono. El esperpento, la extravagancia, el gigantismo nunca fueron modelos de perfección.

El mundo romano hereda, asume y asimila el ethos griego con el nombre de Humanitas, cuyos horizontes últimos son la Belleza, la Bondad y la Verdad. El ethos del Evangelio encontrará el camino abonado para inculturar, con sus valores específicos, la Paideia y la Humanitas. Y recorrerán juntos, el ethos de la cultura y el ethos del Evangelio, toda la Edad Media hasta casi nuestros días. La Universidad de La Habana hasta hace poco otorgaba títulos académicos de esta asignatura, siempre pendiente. El que les habla tiene tan sólo un título acreditado: Bachiller en Humanidades.

Un pueblo, una cultura, se empobrecen, se extenúan, se destruyen cuando se depaupera el lenguaje. Si no hay univocidad de sentido, fluye, desesperante, la confusión en la comunicación. Ahí está el mito de la Torre de Babel para demostrarlo.

La Torre de Babel que fue y que sigue siendo. Es nuestro pathos. Hoy ya no llamamos a las cosas por su nombre exacto, original. Nuestra pobreza de lenguaje nos ha empobrecido la capacidad de pensar, de diferenciar. Y, consiguientemente, de comunicarnos. Antes decíamos familia o matrimonio y sabíamos a qué atenernos. Hoy matrimonio es cualquier cosa. Y podríamos inventariar una serie de palabras devaluadas. Se confunde cerebro con pensamiento, sexo con amor, educación con aprendizaje en el uso de instrumentos. Se confunde reivindicación de grupo con odio de clases, nostalgia con valoración del pasado, poesía con verso, música con ruido planificado, símbolo con rito. Ya había advertido el poeta Antonio Machado: Confunde el necio, valor y precio.

Impera el confusionismo, el estereotipo, la permisividad, el relativismo, la agresión cultural. Y la comunicación verdadera anda malherida por los «profesionales de la comunicación social» y busca con urgencia refugios donde curarse y cultivarse. Ojalá el centro Cultural Pasionista sea uno de ellos.

Hoy los «estudiosos», los que imponen nombre a las situaciones históricas, nos están diciendo que el desarrollo de la razón, legado de la cultura griega, ha convertido a la razón en diosa y el desarrollo de la voluntad (Homines sunt voluntates, el hombre es voluntad, sintetizó Cicerón al mundo romano), la voluntad, convertida en poder, intensifica su desgajamiento doloroso en formas plurales de racionalidad voluntaria, haciendo estallar en pedazos el horizonte de comprensión necesario a toda cultura. Esta fragmentación posibilita el dominio técnico/formal de aspectos de la realidad, pero anula la idea clásica de una cosmovisión unitaria, carente de sentido para una cultura.

La utilidad, la inmediatez del mito científico/técnico, llamado progreso, ha destruido la gratuidad de la Belleza, de la Bondad y de la Verdad de la existencia. La autosuficiencia de la «razón desarrollada», que constituye la «razón pura» de la Modernidad, nos ha llevado a una situación turbia, tenebrosa y trágica; sin nombre debido, sin palabra adecuada. Postmodernidad es el mote provisional de la época que nos ha conducido a la erosión de la razón como instancia última y sustantiva para definir decisiones, proyectos, esperanzas, utopías, formas de vida deseables para todos.

La postmodernidad se ha posesionado del reino de la inmanencia, de lo concreto de la eficacia efímera. La inexistente y prejuiciada «ley del mercado» pretende hoy «poner nombre», encargarse de la realidad, decir la última palabra, crear cultura, sustituyendo al hombre en esta tarea. El yo soy yo y mi circunstancia del pensador Ortega y Gasset, grito de protesta ante el caos impositor, ha enmudecido. Y hoy la circunstancia ha ocupado el lugar del yo; es la que manda, la que tiraniza. Y la persona, la comunidad cultural, están a merced del vaivén circunstancial, caprichoso, arbitrario y deshumanizante. Y el sujeto, al verse sin fundamento, sin seguridad, sin voz propia que afirme su identidad, se ve corroído por el escepticismo, la angustia, la sospecha el nihilismo en filosofía, en antropología, en política y en religión. Es la invertebración personal y social. Cunde el pánico, la intolerancia, la agresividad, los fundamentalismos, las evasiones de la realidad. Es nuestro pathos.

Cuando hace doce años al ingresar a Cuba y tomar el cargo de acompañar la Cruz del V Centenario de la Evangelización por los pueblos de La Habana y Matanzas, durante 16 meses, a partir de mayo de 1986, fui tratando de ver, de escuchar, apreciar y diferenciar. El ENEC nos acababa de dar un mandato: hermanar Fe y Cultura. Y me di a la tarea de descubrir el logos, el ethos y el pathos del pueblo cubano. Tarea siempre inconclusa.

Y me dediqué, siendo ya Superior de los pasionistas en Cuba, a mejorar la biblioteca, a inculturarla, como ahora se dice, y a relacionarme con el «mundo de la cultura», pensando, deseando, haciendo «pintos» para continuar la tradición cultural de la Víbora. Ilusiones, anhelos y proyectos que se han cristalizado hoy en esta flamante criatura a la que hemos impuesto el nombre de Centro Cultural Pasionista. Centro porque va a ser congregante y trasmisor, consistente y definido. Cultural, no sé si para «transformar la realidad», como quería, tal vez con demasiada pretensión, Carlos Marx, pero sí para develar y señalar, revivir y acariciar, seleccionar y ofrecer lo más significativo de nuestra identidad diferenciada, fuente de belleza, de gratuidad, de subjetividad, de esperanza, de trascendencia. Y Pasionista: hacer memoria de esa Palabra hecha carne, de ese Hombre/Dios, Jesucristo, «que por nosotros y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato... Y resucitó al tercer día». Palabra que crea comunidad y es centro y cumbre de nuestra cultura.

El Centro Cultural Pasionista nace bajo el Patronazgo del Beato Germán Pérez Jiménez, sacerdote pasionista, sencillo, estudioso, reflexivo, emprendedor, gran predicador, conferencista brillante, que usó todos los medios a su alcance para decir su palabra: entre ellos y por primera vez en Cuba trasmitió la misa por radio en octubre de 1929, desde Caibarién, donde era vicepárroco. El asturiano Manolín Álvarez había instalado la primera emisora del país precisamente en Caibarién y el P. Germán la usó todas las semanas hasta el mes de julio de 1935 en que fue destinado a Daimiel, España, donde sería martirizado por la fe cristiana en julio del 36. Había nacido el 7 de septiembre, víspera de la fiesta de la Virgen de La Caridad y en 1998, Año «significativo y conmemorativo» para Cuba y España. Para esa fecha el CCP debería escribir y publicar la biografía del Beato Germán.

Nuestro Centro Cultural descubre «un mundo herido y cansado, de un negro pasado de guerras sin fin, teme la bomba que hizo y la fe que deshizo; un mundo invadido por la fiebre de la edificación, de la construcción. Se pretende construir el Estado del Bienestar, construir un mundo mejor, el hombre nuevo; construir la democracia, el socialismo, la paz, la justicia y un largo etc. Sin embargo, el descontento, la desconfianza, el desaliento, la desesperanza cunden por doquier. Todos vivimos a la intemperie, sin raigambre; náufragos sin balsa, sin ruta, sin puerto; sin horizontes precisos y confiables, sin universo de sentido, sin paradigma.

Parece como si la pretendida edificación se cimentara sobre egoísmos babélicos, infantilismos caprichosos, intereses personales y de grupo, elevados, descifrados todos, con nombres tan rimbombantes como ciencia, técnica, eficiencia, derechos humanos, libertad, etc. Es la insensatez del que edifica sobre arena, que nos recuerda la parábola, siempre vigilante, del Evangelio.

Habrá que edificar sobre roca. Toda cultura, nos dijo el Papa en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, es decir, el logos, el ethos y el pathos de un pueblo, es un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo y, en particular, sobre el misterio del hombre. El hombre que se esfuerza por hacer más humana su vida y acercarla, aunque sea a tientas, al misterio de Dios... a través de Cristo con la fuerza sanadora de su gracia, infundiéndole un dinamismo nuevo y potente, el dinamismo del Espíritu Santo, que lleva al hombre a su máxima realización y a la actualización de sus potencialidades humanas.

Una de las virtudes que caracteriza a toda cultura es la resistencia a cualquier agresión cultural. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡Es nuestro vino! Insistía José Martí el 1 de enero de 1891 en Nuestra América, publicada en castellano en la Revista Ilustrada de Nueva York, defendiendo el ordenamiento político de la futura república de Cuba independiente. Se apoyaba no en las agruras del vino, sino en que era nuestro y en la pretensión seria y audaz, reflexiva y compartida de mitigar lo agrio y aceptar la dulzura de otros vinos ofrecidos, no impuestos.

El P. Félix Varela, vino nuestro, piedra angular de nuestra nacionalidad cubana, maestro de generaciones, síntesis verdadera entre fe cristiana y Cultura cubana, nos enseñó que para asumir responsablemente la existencia, «encargarnos de la realidad», lo primero que el hombre debe aprender es el difícil arte de pensar correctamente y con cabeza propia y expresarse con lenguaje apropiado; de educarse para la libertad y responsabilidad, con un proyecto ético forjado en su interior que asuma lo mejor de la herencia de la civilización y los perennes valores trascendentes...

Diálogo cultural, que es garantía de un crecimiento armónico y de un incremento de iniciativas creadoras de la sociedad civil. Finalidad común: servir al hombre, cultivar todas las dimensiones de su espíritu y fecundar, desde dentro, todas sus relaciones comunitarias. Y así alcanzar una civilización de la justicia y de la solidaridad, de la libertad y de la verdad, del amor y de la paz, como «base del gran edificio de la felicidad» (P. Varela. Juan Pablo II, discurso al mundo de la cultura). Todos «Elpidios», preñados de esfuerzo y esperanza, en esta Cuba nuestra.

Dentro de poco se van a cumplir apenas 90 años cuando comenzaron a poblarse los Altos de la Víbora. Se fue creando la Comunidad y le cupo a la Congregación Pasionista, desde 1911, asistir a su crecimiento, a su cohesión, a su consistencia. Los Pasionistas supieron animar «darle el alma», con su saber estar, saber escuchar, comprender; saber rezar, enderezar conductas torcidas, en definitiva, saber decir su palabra, crear y cultivar símbolos, celebrar tradiciones.

Junto a las piedras vivas de la comunidad humana y cristiana, los Pasionistas fueron colocando las «piedras muertas» del templo, orgullo hoy de la arquitectura cubana. El 14 de septiembre de este año se cumplen 50 años de su inauguración. El CCP tendrá que hacer una «memoria» de la construcción del templo y de su significación.

Con su permiso, me atrevo a señalar otra tarea: la «memoria» de la construcción de la comunidad de la Víbora y la influencia de los Pasionistas en esta edificación. Hay testigos agradecidos que podrán dar con gusto sus testimonios.

¡Bienvenido seas, Centro Cultural Pasionista a este mundo deshecho! Tienes la misión de «poner nombre a las cosas», para hacerte cargo de su identidad, de su diferencia, de su densidad real.

Que tu andadura sea alabada por la posteridad.

Y termino con el poeta Adolfo Martí, contemporáneo, resucitador de la décima. Habla de aspiraciones, de cantares, de altos vuelos, de ferocidad impuesta, de angustia, de presencia, de sujeto en relación, de palabra, bajo uno de los símbolos de Cuba, La Palma.

 

 

Aguja fina hacia el cielo

que en verde penacho canta,

recia columna levanta

tu capitel de alto vuelo.

Presencia en recto desvelo

que denuncia el yugo atroz;

tú, centinela precoz,

verticalmente en el llano.

Palma, angustia de mi mano

que quiere alcanzar tu voz.