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mayo-junio. año V. No. 25. 1998 |
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| NARRATIVA | ||
| MARGARITA por Manuel Alberto Ramy Álvarez
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Si los holandeses fueran de esta tierra no habrían desecado el mar, sembrarían tulipanes en la cresta de las olas. ¿No me cree? ¿Exagero? No se sorprenda de nada que aquí el absurdo y la maravilla son pan cotidiano: ¿acaso no construimos un puesto naval en la cima de la montaña?; ¡no le dimos certificado de retorno a un muerto que nunca murió como es el caso de Clemencio que tocaba a todas las puertas y, para no escucharlo, clausuramos los oídos dejándolo vagar a sus anchas la condición de muerto con licencia del cementerio? ¿Qué por qué actuábamos así? Simplemente lo necesitábamos de ese modo porque sin darnos cuenta -a más de lo enrevesado que de natural somos- no nos quedaba otro remedio que aferrarnos a una fantasía. Así de aplanado quedó el pueblo desde aquella madrugada en que despertó con seis muertos flotando a sus pies y catorce más sembrados en el vientre de la bahía. Pero mi amigo, un espíritu que regresa -aunque se cobre alguna cuenta pendiente, como Clemencio- no es una victoria de la vida, si acaso es una transitoria fuga de la muerte y nosotros precisábamos de una esperanza. Y fue en el fogón de la casa de Manolo y Soledad -ella peluquera, él, carpintero de ribera- que comenzó a cocinarse la ilusión. Los dos eran muy queridos por todo el pueblo a excepción de los «apapipios» del gobierno; de condición tierna como el maíz que sembraban en el patio de la casa, poseían esa irreductible tozudez del mangle que crece en el río. A ella un muerto le aumentaba el respeto, su hermano Roberto -líder de la Hermandad Obrera que paralizó centrales azucareros más de una vez dejando sin azúcar los postres de los poderosos cuando éstos quitaban mesa, mantel y comida a los trabajadores-, había sido asesinado y aunque el cadáver nunca apareció, el entierro simbólico vació las casas llenando de margaritas los canteros del parque central. Una tarde en la que Soledad trajinaba en la cocina con más soltura que Dios durante los siete días de la creación, murmuró para sí -el soliloquio es un vicio que engendran las tiranías- sí, necesitamos una esperanza. Manolo desde el comedor respondió sí pero sabe Dios a qué y con la vista la recorrió del tobillo al cuello pero no como marido en celo sino con centímetro de sastre: piernas sólidas, muslos apetecibles, cintura estrecha y caderas anchas aunque nunca había parido. Con veinticinco años de matrimonio y miles de millas navegadas a plena vela sobre el mar de sábanas blancas, no tenían hijos; el afán por lograrlos les llevó a agotar el recetario popular para úteros difíciles: lavados con cocimientos de canela, ungüentos de aceite de coco con jazmín de cinco hojas bien macerado. Acostarse con luz de luna en cuarto menguante durante los días en que el Sol estuviera en casa de Venus les recomendó un libanés trotamundos que desplegó cartas astrales sugiriéndoles que realizaran posturas en la cama que imitaran la configuración de las constelaciones. Nada lograron salvo amanecer él con el cuello virado mirando fijo hacia el Este y ella con dolores lumbares. Y lo más grave -que me lo contó el propio Manolo- entre espérate de Soledad, que aún no me he lavado con canela o Manolo tener que aplacarse los ímpetus para observar en el mapa celeste cuál constelación les tocaba escenificar, mi virilidad menguó. Hasta que botando emplastes y menjunjes retornaron al modo apacible y sencillo como dicta el natural. Pero realmente necesitaban un hijo como el pueblo una esperanza y Manolo pensó que si todos, poco a poco, habíamos seguido el juego del Clemencio resucitado que puso en vilo a la dictadura, bien podíamos hacer una conspiración de sobrentendidos a la que los vecinos se sumarían en la medida en que le cogieran el hilo. Así discurría Manolo mientras, centímetro a centímetro, medía el cuerpo de su mujer que tapaba las cazuelas para mantener el calor mientras te bañas y cuando ella le pasó por el lado, voy a buscarte la toalla, él le dijo luego, ahora vamos a hablar de nuestro hijo y la sentó sobre sus piernas siempre mirándola a lo sastre porque esta esperanza tiene que ser a la medida. A media mañana de un sábado nuboso cuando Soledad compraba en el mercado de Nando -el más concurrido del pueblo- tuvo vómitos tibios que según Ña María, la que lava para la calle, le pusieron la cara pálida, como las Santas de la iglesia; varios de los presentes, cargándole los mandados, la llevaron a donde Manolo con la monserga de no es nada, sólo mareos. Ese mismo sábado a las siete de la tarde había retreta en el parque que se llenó de gentes que aguardaban por los danzones de la banda municipal comentando los sucesos de la semana. Rompió la música, las señoras cerraron los abanicos, bailaban; cuando la banda tocaba aquello de «allá en la Siria hay una mora que tiene los ojos más negros», los de Soledad, en blanco, se cerraron desfalleciéndose entre los brazos de su marido. Las parejas cercanas -entre ellas yo que bailaba con Ña María pues aunque ella se entiende con el chino Luis, el de la tintorería, prefiere danzonear conmigo ya que el chino baila como escribe, de arriba pa´bajo convirtiendo al danzón en pasodoble- tropezamos y al percatarnos de lo ocurrido, fuimos en auxilio. El desvanecimiento de Soledad empujado por la brisa susurrante de los abanicos pasó de pareja en pareja que la miraba caminar apoyada en su marido. De los abanicos pasó a los rosarios de la misa dominical cuyas avemarías son por tu salud, porque no sea nada, hija pero deseando que fuera «algo»; y de los rosarios saltó a los sombreros de los caballeros católicos, que siga bien, quitándoselos a su paso y palmeándole el hombro a Manolo -por primera vez fue a misa- a la manera que se felicitan los peloteros cuando botan la pelota. El cura anunció que comenzaría un novenario para que la fecundidad volviera al pueblo -desde los veinte asesinatos, hacia años, no había un nacimiento. Las solteronas -intentaron crear una cofradía de vírgenes- corrieron el rumor de que el primer embarazo vendría de un hímen puro, no obstante sus «totonas» permanecieron intactas. Todos sabíamos que la esterilidad no era por falta de empeños porque ¡mire que el trópico es caliente! Soledad tenía en vilo a la población, en su vientre, fecundo o estéril, comenzó a cobijarse el destino de todos porque como dijo el presidente de las fuerzas vivas en reunión extraordinaria, un pueblo que no pare, no tiene futuro ya que no habrían brazos para trabajar ni bolsillos que compren, vaya, que nos puso cucharadas de hambre en la boca. Gil, el médico, soltero por vocación y mujeriego a toda falda, explicó en la reunión que en el interior de hombres y mujeres hay como una huelga de la vida, de la naturaleza. (Cuando esto dijo, el alcalde que estaba presente comentó a su secretario mientras la huelga sea pellejo adentro, no es política). Uno de los participantes interrogó al médico por los motivos de esa huelga y Gil comenzó a responder sin decir y a mirar sin ver, a sonar alto hablando bajito y a hablar alto pintando gestos que no venían al caso. Todos comprendimos; no era preciso ser médico, simplemente vivir el terror. Por eso es que Soledad tenía en vilo a la población, ella era la esperanza. Cincuenta y seis días después del primer desmayo, al salir el médico de hacerle el reconocimiento semanal, un remolino de faldas ansiosas le inquirió a una sola voz ¿y por fin? Gil, abriéndose camino con su maletín negro, sonrió -cosa habitual en él- pero las mujeres, con Ña María al frente, gritaron: ¡preñada! y el grito fue más fuerte y largo que el silbato del central que, minutos después, convocó a la alegría. Los chinos de la lavandería lanzaron cohetes y voladores y salvas de carburo en cañones de cañabrava tan vívidos que Lalo, el sordo del pueblo, salió a la calle en calzones de sueño y machete en mano gritó es la revolución, carajo. Centímetro a centímetro, el sastre Manolo cosía el alma popular. La casa tomó aires de mercado: unas le regalaron pollonas bien tiernas para caldos de buena digestión, otros, carneros de apenas tres berridos, criados a soga engordan rápido y dan carne tierna; aquellos, los de la loma, cestas con huevos de codorniz que hacen músculos ágiles y pies veloces, los del bajío, malangas que por ser de la tierra tientan a los ángeles que de noche bajan a comerlas al pie del surco; los de la acequia, perejil, no sólo para la sazón, vecina, sino para que el crío tenga pico fino que embelese a las muchachas, y guayabas y naranjas y mameyes de pulpa suave. En fin les pusieron el paraíso en la casa. Las costureras -todas de la cofradía de las solteronas- tejieron boticas de estambre para las noches de frío y capoticos de algodón que no da salpullido para los calores del verano; y que el color tiene que ser azul porque será varón terciaba una mientras otra, contradiciéndola, rosado, si es niña ¿no lo ven? Le descubrían el sexo por el brillo en las pupilas de Soledad -que por cierto era el mismo de siempre-. La disputa fue tan álgida que Ña María -experta en pronosticar sexos en formación pero más aún en palpar vergas de hombres de monte- trajo un cuchillo y una cuchara poniendo cada uno en un taburete y tapándolos con un paño. Ven, siéntate donde quieras le pidió a Soledad que se sentó donde la cuchara. Es hembra pontificó. Soledad, incorporándose del taburete fue lacónica: se llamará Margarita. Margarita, sin nacer, nos fue cambiando el rostro del duro tenso al relajado sonriente; de la seca permanente que cuarteaba el ánimo como a cualquier cosecha, su solo nombre nos lavó los ímpetus, sonreíamos, saludábamos los buenos días, las tardes y las noches con el mejor deseo palpitando en las palabras como el corazón en el pecho; y nos brindó seguridad porque venía una niña que valía más que la cobardía de no decir escribiendo o gritando a los cuatro vientos lo que pensábamos, como sucedió con un cartel bien grande que colgaron a la puerta del regimiento; o la siembra de estiércol fresco en el portal del alcalde, un cagajón en cada loseta del piso: canteros con flores de mierda, dijo él tapándose la nariz con un pañuelo; al menos no te ponen bombas, lo consoló su mujer. Al otro día, a pesar de la vigilancia -o contando con ella ¿quién sabe?-, le aparecieron más y mejores acompañados de una regadera con un letrero que rezaba ¡riéguelas! Tomó la regadera y lanzándola a la calle partió la frente a su mujer que venía por la acera con el pan matinal en la cesta; al ir a socorrerla las suelas de los zapatos se le llenaron de mierda, resbaló y tambaleándose, cayó como un trompo al que se le acaba el impulso. Entre dos asistentes lo incorporaron tomándolo cada uno por una axila y una mano; había que verlo, impresionaba como lo que comúnmente llamamos hombrecito recortado a quien regañan por jugar con caca. De inmediato mandó llamar al secretario y al capitán de la rural dictándoles un bando de urgencia mediante el cual -dada la imposibilidad de confiscar los culos de los ciudadanos- exigía a cada poblador hacer sus necesidades en orinales que vaciaríamos en latones y señalando al secretario, la municipalidad los colocará en cada esquina; y al capitán, punteándolo con el índice en la pechera de la camisa, me pones una pareja de guardias las veinticuatro horas en cada bocacalle. Los despidió guardándose lengua adentro la espina que le pinchaba: ¿por qué nadie en los informes diarios, detallaba si la barriga de soledad crecía o no? Ciertamente la barriga de Soledad no aumentaba como los ánimos del pueblo cosa que a nadie importaba, salvo al alcalde -como le dije- que atemperó sus temores recurriendo al refrán de la alcaldesa: hay críos que no se hacen de notar hasta que dicen aquí estoy yo. El día que estrenaron las disposiciones municipales Manolo, Soledad, Ña María y yo, jugábamos al dominó cuando el médico entró a la casa con unas ojeras más violentas que los paños con que tapan a Jesucristo los viernes santos y la cara pálida; había visto parejas de guardias en las esquinas y, hombre dedicado a sanar, la violencia acurrucada en los cerrojos de los fusiles le atemorizaba. Puso el maletín en el piso y estamos yendo muy lejos en la lengua así que Manolo, hay que parar esto, la gente cree. Pícaro con las mujeres, preciso en sus diagnósticos, desconocía la maraña de complicidades que tejen la frustración, la rebeldía y los sueños. Médico, aquí nadie está confundido, dijo Manolo sin levantar la vista de las fichas, ¿no ve que todo el mundo está haciendo su juego? Me doblo al tres dije yo. Siéntate. Manolo le brindó un taburete mientras bajaba un tres/cinco, ¿no sabes que se trata de un juego de sobrentendidos? Gil lo miró hondo. Cansado de pensar volteó sus ojos hacia adentro perdiéndose en un territorio donde el sueño y la vigilia trafican en frontera imprecisa. Volvió a la realidad con el sonido del doble cinco sobre la mesa y la voz de Soledad, suavemente firme, se trancó el partido. Vamos a parir. ¿Quién les avisó si no hubo llanto anunciador que al filtrarse por las paredes de tablas, convocara a la cita? ¿Quién?, pregunté a Manolo que no estaba sorprendido. Me respondió Soledad: ¿quién tú crees que le avisa a una mujer sola en la casa y lavando en el patio que los frijoles ya están a punto? Comprendí que el alma de los hombres estaba en sazón. Abrir la puerta de la casa y entrar aquella tromba de mujeres y hombres vestidos a como dé lugar, fue lo mismo; atravesaron el zaguán corriendo a lo marioneta hasta llegar a la comadrita en la que se balanceaba Soledad. Margarita, extraída del baúl de los deseos insatisfechos, era una y a la vez tan variada como las miradas que la moldeaban al capricho de los anhelos rotos; era la nieta de cualquiera que tuvo el destino de las cartas sin remitente; o de aquél que, frustrado por las emboscadas de la vida, ahora, renacido, podría enmendar las huellas, ganar la partida de un sueño; poseía los signos de los muertos de cada familia las que, a través de un simple detalle, el hoyuelo en la barbilla, el pelo, lacio o rizo, las manos de pianista o médico, los dedos de punteador de «tres» o los ojos, azules o verdes fosforescentes, de los desaparecidos en el hondón de la bahía, los rencontraban. Al alcalde la noticia le llegó de sopetón; cuando abrió las ventanas de su despacho, en el segundo piso de la alcaldía, descubrió más tendederas con pañales al viento que casas tiene el pueblo; ¿pero habrá parido todo el mundo o qué coño es esto?, exclamó. Sus acólitos alzaron los hombros como si los tuvieran colgados en percheros de «qué se yo» por lo que determinó que investigaran. Al cabo de una hora regresó el secretario con un mendrugo de respuesta: se llama Margarita, dijo, y según cuentan se parece a todos y a nadie en particular. Aficionado a los enigmas baratos de la charada, la respuesta fue el reto de una cábala cuyo embrujo, atrapándolo, comenzó a desordenarle la vida. Improvisó espías que con cámaras de magnesio debían fotografiarla de noche, regresando al alba con unas imágenes cubiertas de neblina, Vistió de paisano a guardias del páramo para que entre el tumulto de visitantes entraran a la casa trayéndole información; descubiertos por el tufo a cuartel, regresaron colmados de atenciones y con versiones contradictorias en cuanto a los colores de la piel, de los ojos y del cabello. Pero cuando le dijeron es la niña que juega al pon todas las tardes, explotó como un temporal de furias. Y esto no fue nada, mi amigo, el disloque ocurrió al otro día cuando Manolo y Soledad, sentados en el portal, empezaron a construir con recortes de cartón un nacimiento y los vecinos -ya todos estaban en el ajo-, montaron tarimas con puercos fritos, guanajos vivos, casabe con picadillo, tamales con aceitunas y la gente sacó rostro de jolgorio y charangas de advenimiento porque, aunque en mayo, mañana es Navidad explicaron al alcalde quien perdió la noción del tiempo, echó barbas de desidia, mugres de no bañarse, se mordió las uñas rumiando impotencias y comenzó a grabar en las paredes de su mente el nombre que lo obsesionaba. Al empuje de las ansias de libertad, Margarita crecía rápido: por la mañana se graduaba de primaria, a la tarde, de secundaria, recibiendo por sus virtudes y aprovechamiento escolar, el Beso de la Patria; la abrumaron de fiesta y bailes pues, de hoy para mañana, ¡cumple quince años! Desconcertado ante el veloz ritmo del tiempo, el alcalde clamaba porque el meridiano de Greenwich le restableciera la temporalidad perdida, lo rescatara de ese bamboleo en el que el presente y el futuro, confundidos, le causaban vértigos. En espera de la respuesta le llegó el anuncio de que a las ocho de la noche Margarita, -¿cuál de ellas pues ya le habían mostrado a varias?- canta en el coro de la escuela esta noche y saltando techos -para sorprender desde las alturas-, con sus acólitos detrás, levantó tejas en un ángulo de visibilidad perfecta con la habilidad de un rascabucheador de adolescentes. En el centro del escenario dieciséis muchachas, todas igualmente vestidas de blanco, cantaban. Pretendió, partiendo de las voces, armar al modo de un rompecabezas el rostro de sus angustias apartando a tiples de mezzosopranos rubias, a éstas de las contraltos morenas y a todas las castañas de las sopranos, pero sólo obtuvo disonancias hasta que no pudiendo más, gritó con apremio ¡Margarita! El coro, a una sola voz, respondió ¿qué? Lo bajaron del techo con fiebres de delirio en las que urgía a un equipo de ingenieros a fabricarle en su despacho un piso acerado y a colocarle en la silla del alcalde un imán que la mantuviera en su lugar ya que en las noches, afirmaba, sentía que se rodaba. Se desmayó cuando alguien le insinuó ¿y cómo le van a mantener el trasero en la silla? Recuperado, exigió que le condujeran esposado si es preciso al brujo de la loma quien le aseguró: silla se tambalea porque tiene muertos debajo y el imán no detiene a huesos con corcomilla. Como un sonámbulo extraviado en los entresijos de un poder carcomido llamó al capitán de la rural pero le respondió el ujier con la merienda; procuró al secretario pero se le presentó el jefe de los barrenderos; buscó a su mujer y en su lugar encontró a la sirvienta frente al espejo untándose coloretes de parranda y tratándolo con displicencia de iguales. Manolo y Soledad, al corriente del caos reinante en la municipalidad -a los espías enviados y a las tropas curiosas por ver a Margarita, los habían seducido-, creyeron llegado el momento. Soledad, con desgarraduras en la voz y tribulaciones en el rostro, salió a las calles voceando Margarita está presa en la municipalidad en el justo instante en que el alcalde, decidido a tomar el pueblo por asalto, convocaba a la guarnición para que formara en la cochera respondiéndole el limpiabotas todos están listos y en la calle. Y a ella salió con un estalaje de disparate y el revólver en la mano que dejó caer ante el manojo de pueblo y de fusiles -en cada cañón, una Margarita-, que lo apuntaba. Deshecho, sacó del bolsillo las llaves municipales y entregándoselas a Soledad, le imploró ¡por favor, enséñame a Margarita! Soledad abrió los brazos en el inútil intento de abarcar a toda la multitud que detrás de ella se encontraba pero él, sin comprender, buscaba un rostro impreciso mientras caminaba entre la gente. Extenuado se acomodó en el muro del malecón pueblerino y entonces fue que vio un campo de margaritas sobre la cresta de las olas. |
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