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OPINIÓN
 

La Revolución en GRAMSCI

por José M. Fernández

 

 

El hecho histórico de la Revolución de Octubre trajo consigo más de un acertijo entre los intelectuales, sobre la validez del marxismo como teoría revolucionaria. Unido a tal embriaguez, surgieron diversidad de posiciones sobre el lugar que ocupa la filosofía en un proyecto de transformación social. Dentro de estas reflexiones se encuentra la de un pensador revolucionario, el filósofo italiano Antonio Gramsci (1891-1937), que por la agudeza de su pensamiento, ocupa un análisis especial. En cuanto al filósofo italiano, con mucha frecuencia se toma aisladamente una idea sin tener en cuenta la relación de esta con el todo social de su obra.

Al filósofo de Trevenis, lo marcan justamente en su producción teórica, tres fenómenos de muy especial interés para los intelectuales de la época:

a) la Revolución de Octubre,

b) la Internacional Comunista,

c) la Unidad del Movimiento Obrero.

En el caso de la revolución de octubre, al filósofo le preocupaba si esta era el único modelo social viable para una revolución. La Internacional Comunista era estudiada por Gramsci, por la inoperancia de estrategias dadas como válidas para cualquier realidad. La unidad del movimiento revolucionario y en particular del italiano era analizada por el filósofo Sardo, por la falta de dirigentes capaces de guiar a las masas a la necesaria unidad.

Todo esto, unido a los signos del surgimiento del fascismo, hace de Gramsci la figura que más se preocupara por una transformación ideológica de la nación, por la formación de un nuevo orden social.

En el pensador italiano la ideología es la base social, es decir, el elemento cohesionador que, una vez concientizado permite lograr el proyecto de transformación social. Esta idea precisa de la existencia de un acercamiento por parte del intelectual de vanguardia con el fin de guiarlo ideológicamente y mantenerlo unido al grupo dirigente. Dicho esto es evidente que Gramsci recurre al intelectual, por la capacidad disminuida de la masa para comprender la necesidad de la revolución.

Gramsci fija así la posición del intelectual, que promueve la cultura y la hace accesible a las masas, esbozando su papel como hacedor de la transformación, que emplea la filosofía como un poderoso instrumento de la revolución. Esta tesis se contraponía a la filosofía marxista acomodada, que esperaba el cambio en el decursar de la contradicción de la realidad, lenguaje que al proletariado, nada inspiraba.

Según Gramsci, las masas son el sujeto colectivo de la historia, la realidad sólo es posible entenderla justamente en esta interrelación. De aquí, que la filosofía como dogma del mundo, se convierta también en una creación colectiva, cuyo fin no es otro que programar el desarrollo humano. Gramsci nos propone así, que la filosofía es tal porque funciona como ideología.

Ahora bien, justamente, lo que une al intelectual orgánico con la masa es una voluntad ética, esto sin embargo, tiene lugar fuera y de una forma mecánica.

Es justo entender que toda la intención de Gramsci está centrada en una filosofía de y para la praxis. Persiguiendo tal objetivo, el filósofo italiano tuvo que indagar muchas cuestiones, como es el caso del intelectual orgánico, el problema de la alianza de clases, la cuestión de la hegemonía y la teoría del partido, hasta la relación Estado-ideología. El análisis de esta última, es el eje de toda su obra.

En carta a su cuñada Tatiana Schucht (7 de setiembre 1931), desde la cárcel de Turi, le comenta su interés por el estudio del intelectual y la necesaria premisa al concepto de Estado y de la cuestión de la hegemonía como complemento o superación de una dictadura.

La sociedad civil en Marx es entendida por la forma en que se institucionaliza toda la vida material de la sociedad, y sociedad política, como el elemento puro de coerción, ambos son las partes integrantes del concepto estado. Sin embargo, en Gramsci, el Estado es "... todo el complejo de actividades prácticas y teóricas con las cuales la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominio, sino también logra obtener el consenso activo de los gobernados..."(1).

Luego de esta definición, se entiende pues, que la sociedad política sigue manteniendo la posición de coerción, sin embargo, la sociedad civil, se desplaza de las relaciones económicas y pasa a la búsqueda del consenso activo de los gobernados. Más adelante, declara: "... en la noción general del estado entran elementos que deben ser referidos a la sociedad civil (se podría señalar al respecto que Estado=Sociedad Política+Sociedad Civil; vale decir hegemonía revestida de coerción"(2).

La sociedad civil en Gramsci reclama para si el sentido de instituciones superestructurales que regulan las necesarias relaciones económicas, a través de recursos persuasivos y del consenso ideológico que especifica su función ejercedora de hegemonía. Este desplazamiento de la sociedad civil, de la tradicional concepción del marxismo, deviene en lo que el filósofo comprendió como el desplazamiento de la fase histórica del Estado, dicho de otra manera, el Estado solo tiene existencia real, cuando el individuo es capaz de autopercibirse dentro de él.

La proposición Gramsciana define la Sociedad Civil como: las instituciones privadas que ejercen como sistemas expresivos y reproductores, las funciones hegemónicas e ideológicas de la superestructura. Es la Sociedad Civil, según Gramsci, la que influye en la transformación revolucionaria de la sociedad. Con esta tesis el filósofo italiano, asestaba un duro golpe a la posición marxista del determinismo económico, de aquí, que sólo el cambio es posible como cultura, ideología, concepción del mundo y actitud moral.

Visto de esta forma la Sociedad Civil, reviste una finalidad política, al ser la encargada de la producción y reproducción de las concepciones ideológicas de las clases dominantes, cuya estabilidad urge subvertir. Por lo tanto cualquier cambio social supone en Gramsci, la existencia de determinados elementos de coerción y la primacía del consenso. Por ello según Gramsci, ejercer la hegemonía del poder, supone también la Sociedad Civil, buscando a través de su transformación el consenso necesario hacia el nuevo sistema social. Cuando por momentos se hace utilización solamente de la Sociedad Política, estamos en presencia de una dictadura sin ningún rango de democracia. Se da aquí al Estado su justo lugar filosófico, despojándolo del carácter mecánico.

Ahora bien, ¿Quién distancia al hombre de las relaciones de las cuáles es hijo, si se quiere un cambio hacia una dirección social determinada?, o lo que es lo mismo, ¿cómo se obtiene ese consenso necesario?. La verdad es que el intelectual deviene en un producto utópico, en cuanto se le supone exento de la tarea ideológica que lastra a todo individuo históricamente determinado y portador de la nueva concepción ideológica, lo cual, indudablemente, sólo existe en él como proyecto a realizar.

La hegemonía Gramsciana supone también la definición cultural, ello apunta a la realización de un proyecto intelectual-moral, que fije y reproduzca los nuevos valores exigidos por la coyuntura histórica cambiante. Tal labor sólo puede realizarse a través de la concepción del mundo que el partido brinde. Por ello, la dirección política de la sociedad, solo se conquista, si consecuentemente se afianza y reproduce su dirección cultural. Es a partir de la superestructura, que el sujeto puede comprender y transformar su quehacer. La hegemonía deviene tanto fin, como instrumento, a través del cual la ideología dirigente se reproduce, a la vez que mantiene la condición política dominante del Estado sobre la masa, sólo así el partido se realiza como guía político y vanguardia de la clase más revolucionaria.

El partido para el sustrato de la hegemonía debe apoyarse en los intelectuales, por su posición de clase que ejerce funciones hegemónicas (ideológicas). Son los intelectuales, según Gramsci, los encargados de elaborar la concepción del mundo y hacer a las masas conscientes de ella.

Compete así al intelectual, la elaboración del proyecto ético-cultural y su difusión en las masas, agrupándolas ideológicamente en pro de la subversión revolucionaria. La cohesión ideológica, fungirá como cemento social aglutinador de los intereses y acciones de las masas.

El intelectual funge aquí como la conciencia crítica-teórica de la masa.

El proyecto Gramsciano se viene abajo, cuando plantea precisamente, que toda clase social genera de sí su conciencia crítica. Si esto es así, ¿puede la clase obrera generar de sí, su propia intelectualidad? La respuesta de Gramsci es como se vio, negativa, pues el mismo advierte que la conciencia crítica desde afuera nace de la imposibilidad de la clase obrera de organizar un sistema de ideas, lo que establece ya una inconsecuencia, premisa-resultado.

La activación del intelectual orgánico, muestra el forzado intento de conciliar ambos extremos; es la voluntad ética quien empuja al intelectual orgánico hacia el proletariado con el cual se funde orgánicamente (realizando un suicidio como clase), pero siendo además el intelectual orgánico producto de una clase no dominante, por tanto, como se señala, el estigma ideológico valorativo de su origen. Sin embargo, es él quien debe elaborar la nueva concepción del mundo proletario, quien debe lograr la hegemonía desde y para el proletariado.

En esencia, el problema radica en que Antonio Gramsci, traza el camino del intelectual proletario, pero sin preguntarse qué elementos garantizan que sea cabalmente recorrido. Es obvio que la voluntad ética no es la respuesta, no resulta fácil darla. De hecho las objeciones, arriba expuestas, son interrogantes válidas para abordar la cuestión de la formación y papel del intelectual en la revolución. Por lo pronto debemos entender que en Gramsci la transformación social, más que un proceso es un acto de entrega desinteresada del pensamiento , un ideal humano más compatible con la propia existencia humana.

 


BIBLIOGRAFÍA Y CITAS:

 

(1) Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el Estado moderno. Obras Escogidas T.IV Ed. Lautaro. Argentina, 1962, p.107-108.

(2) Idem, pág. 165.

 

-Bobbio, Norberto: "Gramsci y las ciencias sociales". Cuadernos Pasado y presente, Nº 19. Buenos Aires.

-Gramsci, Antonio: El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce.

-Antología, Ed. Ciencias Sociales. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1973.

-Gramsci, Antonio: Los intelectuales y la organización de la cultura. Ed. Juan Pablo. México, 1975.

-Maquiavelo, Nicolás: El principio es obra política. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1971.

-Praxis y Filosofía: Ensayos en homenaje a Adolfo Sánchez Vázquez. Ed. Grijallo. Colección Enlace. México, 1985.

-Ayus Reyes, Ramfis: La Filosofía, un arma cansada de futuro. Trabajo Diploma, Julio 1989. 

 
 

 

EL PARTIDO ÚNICO

El Estado de Derecho: raro como el perdón

por José A. Quintana

 

Os propongo un tema instalado en la actualidad desde la Revolución Francesa, un asunto polémico que deseo que escribamos juntos ¿será posible?

 

 

El Estado de Derecho: raro como el perdón

 

El Capitalismo, como el lector ya conoce, no existió siempre. Cuando era un sistema que pujaba por imperar, porque el juego económico se efectuara según sus reglas y porque el juego político favoreciera sus intereses económicos, le estorbaron las normas feudales. Eran escollos al libérrimo afán de desarrollo comercial los monopolios señoriales, los derechos y gabelas, los impuestos, multas y servicios de trabajo, así como el control de los tribunales de justicia por los lores. Más tarde fueron obstáculos al independiente hacer de la burguesía industrial el estado monárquico absolutista, los caprichos, la omnipotencia, la centralización y el tutelaje totalitario del estado-nación. El capitalismo no podía, para ser tal, circunscribirse, en lo geográfico, a mercados de ferias, ni aún a los limitados por las fronteras del estado nacional. Necesitaba, hasta donde se conocía entonces y hasta donde se podía, el mundo. Para conquistarlo le hacía falta libertad, pero otra libertad, su libertad.

Y la consiguió, ya el lector sabe cómo y a qué precio. Su libertad, al menos en teoría y a veces en la práctica, es la que informa y preside el estado liberal de derecho, institución que, si funcionara como se prescribe, sería casi maravillosa. Baste señalar que el mismo se funda en principios tales como la garantía de los derechos y libertades individuales, la soberanía popular, la representación política, la división de poderes y el sometimiento del individuo y del estado a la ley. La libertad aquí, según Montesquieu, es la potestad que tiene el individuo de hacer todo lo que la ley le permite. Una ley que, cuando se conoce quien la hace y para quién se hace, completa o no la maravilla.

En el estado liberal de derecho, los ciudadanos tienen libertades y derechos inalienables, algunos de los cuales son los de pensar, opinar y asociarse con libertad. Se entiende que el hombre tiene diversos intereses y puntos de vista, que se une, según tales intereses y opiniones, en empresas económicas que se orientan en el mercado por los precios. Son libres para ello y para escoger qué hacer en economía y hasta cuándo. Pero tienen además intereses sociales, políticos y, de acuerdo con ellos, conforman grupos de opinión y pueden asociarse libremente los que piensen de forma análoga. Se organizan así las corrientes de opinión. Organizaciones proponen a los hombres programas, tendencias e ideologías para convencerlos y atraerlos. Se fundan tantas de estas cuantos grupos de opinión o de interés quieran hacerlo. No hay límites para ello, es una consecuencia de los principios de libertad individual y de igualdad jurídica. Las personas pueden organizarse libremente en grupos con ideas e intenciones afines, con el propósito de ejercer el poder del estado o de influenciar en él para realizar total o parcialmente un programa político de carácter general. Estos son, según García Pelayo, partidos, y como se desprende de lo hasta aquí discutido, la existencia de varios o pluripartidismo, es una institución surgida del ejercicio de los principios que informan el estado de derecho.

A veces, con la permanencia del Capitalismo como sistema socio-económico, el estado liberal de derechos se ha visto suprimido y con él el pluripartidismo. Un nuevo actor político se ha apropiado, entonces, del papel protagónico: el partido único. Es lo que trato a continuación:

 

 

España: el general puso a Dios a su lado

 

El partido único español, el partido falangista, nació de la confluencia de las fuerzas que no solo destruyeron la república española, sino que trataron de borrarla de la historia. Aquel partido único fue resultado de la convergencia de ideales y de la fusión práctica de la Falange Tradicionalista Española, las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista y de las fuerzas carlistas, pero, nada original, mas bien una variante o combinación del Nacional-Socialismo alemán y del corporativismo italiano, los cuales veremos después.

El partido falangista modificó, a su conveniencia, el estado español, convirtiéndolo en estado-partido, a la cabeza del cual se encontraba un caudillo carismático: el general señalado con el dedo de la providencia para salvar al pueblo, según se decía. El caudillo creó un estado nacional-sindicalista-casi confesional, el que al decir de muchos, era animado por un espíritu imperial extemporáneo, y en el cual los caminos salvíficos pasaban, además de por los templos, por las instituciones del estado. La catolicidad de este régimen, según Reyes Heroles, hizo que el hombre viviera religiosamente, y el ritmo militar dado a la vida por el espíritu imperial oficial, disciplinaba; así, el español, era una especie de soldado católico. Hay quienes consideran que el estado lidereado por el generalísimo tuvo en su único partido falangista, lo que tuvo el Sacro-estado español de los reyes católicos que le sirvió de inspiración en la Compañía de Jesús, una especie de órgano de la conciencia social para servir los fines del Estado.

Servir a Dios y a la Patria fue el mito creado por el partido para consumo de las masas. Un mito eficaz, pues a un pueblo católico le era difícil no servir a Dios y al caudillo jefe del estado que invocaba a Dios junto a la patria. También, entre los mitos, el partido enarboló la consigna de eliminar la lucha de clases y argumentó la necesidad y la posibilidad de considerar a las empresas lugares de cooperación entre patronos y obreros. Los sindicatos eran considerados un instrumento al servicio del estado para la realización de la política económica.

En síntesis, el partido único en España instauró una férrea disciplina para los ciudadanos, un verdadero estado policíaco en el que no hubo libertades de palabra, de prensa ni de reunión; un estado que lo fue todo y fuera del cual no se permitió nada, ni la salvación: un estado totalitario.

 

 

Portugal: el general puso a Dios al frente

 

El dictador Oliveira Salazar fue el que llegó más lejos en el afán de reducir partidos y homogeneizar la opinión popular. La sociedad portuguesa, según este «intuitivo y clarividente comandante del progreso», debía y podía ser un monolito espiritual e ideológico, y no necesitaba por tanto, partidos. Y los eliminó a todos.

Pero, el «bandazo» lusitano, no era práctico a los fines concretos de la dictadura, hacía falta una organización política y creó entonces un partido con otro nombre: La Unión Nacional. Los totalitaristas creen en el poder exorcista y afiliador de los nombres.

¿Cómo veía Oliveira, el héroe de la revolución de 1922 al estado, a la nación, a Portugal? Su pensamiento se alimentó en fuentes medioevales, en el universalismo religioso, en el criterio que consideraba a la sociedad un cuerpo místico al frente del cual marchaba Cristo. Consideraba, por analogía, al estado, como un ente vivo cuya cabeza era él mismo, el dictador. La nación era, según el «intuitivo» mesías, un organismo sociológico y moral en el cual la soberanía no residía en el pueblo ni en sus representantes, puesto que soberanos por naturaleza, y por tanto legítimos, sólo eran el jefe del estado, la asamblea nacional y los tribunales.

Prácticamente, la Unión Nacional, el partido único del único líder, conformó un estado corporativo en el que supuestamente debían estar representadas todas las actividades de la nación. En la cúspide, una cámara integrada por municipios, parroquias y diversos intereses remataba el corporativismo, con el cuerpo de Salazar, el máximo líder, en el punto más alto. También fue un estado en el que el miedo y la esperanza, y el mito de la libertad ordenada y consustanciada con Dios, dotó de no poco apoyo al mesías-dictador.

 

 

Italia: Un actor en la tribuna

 

En Italia, como en España y Portugal, el estado liberal de derecho fue abolido y en su lugar el partido único, que también se las agenció para hacer desaparecer a los demás, instauró un estado corporativo.

¿Cómo llegó al poder el partido único de Mussolini? A través de un plan dividido en tres fases, como todos, así: la insurrección y la conquista del poder, la implantación de una dictadura, y el establecimiento del régimen fascista maduro. En el transcurso de estas fases se intentó estandarizar la conciencia popular, uniformar las opiniones y disciplinar la conducta colectiva. El partido único debía ejercer la «voluntad popular», abolir el egoísmo individual, erradicar la lucha de clases y hacer del pueblo una unidad monolítica a disposición del estado-partido. «Todo en el estado, nada contra el estado, todo por el estado, nada fuera del estado», había dicho el máximo líder fascista.

Prácticamente, el partido organizó a su estado de la siguiente manera: en la base de las corporaciones estaban los sindicatos; éstos eran específicos de obreros, intelectuales y patronos, pero en las corporaciones se incluían representaciones de las tres clases. Los representantes sindicales, con independencia del tipo social de origen, eran todos miembros del partido. De este modo, cuando el jefe del gobierno se reunía con el Consejo Nacional de Corporaciones, se reunía de hecho con el partido que él mismo comandaba. Los grandes litigios sociales, sobre todo entre el capital y el trabajo, debían quedar resueltos en los distintos niveles corporativos.

Las fuentes nutricias de la ideología fascista, quizás sin que estos sabios señores se lo hayan propuesto, es lo más seguro, fueron las ideas de Pareto acerca de la pirámide social, las teorías de Sorel sobre la violencia y los grandes mitos, y el pragmatismo y el intuicionismo de James y Bergson. Quizás, como alguien ha dicho, no puede haber filosofías inocentes.

En síntesis, las características de la sociedad-estado-partido-nación diseñada por el fascismo italiano son bastante parecidas a las de España y Portugal: un partido único. Un estado-partido. Un mito como estrella polar de las masas, consustanciado hábilmente con intereses y apetencias muy concretas. Un líder máximo, el Duce, el ser intuitivo, carismático y demagogo excelente. Ausencia de libertad. Policía. Miedo y esperanza.

Y, no obstante, las masas, bajo el efecto del opio-mito y de los fuertes estímulos de la demagogia y la violencia soreliana, apoyaron aquel diabólico experimento. En las plazas colmadas la muchedumbre aplaudía, o enlazadas las manos, cantaba o coreaba consignas, o aprobaba delirante el discurso efectista, casi siempre bélico y siempre falso pero eficaz, de aquel hombre relativamente alto, fuerte, de estudiados gestos expresionistas, que condujo a su pueblo al holocausto y que ha pasado a ser uno de los grandes bufones serios de la historia.

 

 

Alemania: triunfo del odio y el resentimiento

 

Adolfo Hitler es hijo de un desastre histórico de su pueblo: la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Sin la derrota, sin las consecuencias que la misma tuvo sobre la espiritualidad y la vida material del pueblo alemán, no hubiese podido aparecer el demagogo estelar. El pueblo guerrero, de codicias imperiales, en que se había convertido el otrora pacífico y laborioso pueblo alemán, se vio de pronto arrinconado histórica y geográficamente por el Tratado de Versalles. Las condiciones de los vencedores se tradujeron en el complejo de los vencidos y en su falsa resignación. En este caldo de cultivo fue que creció logarítmicamente el mito racial y la necesidad de espacio vital. Hitler dijo a los vencidos que ellos eran superiores, que aquella, su suerte de entonces, no era, no podía ser, su destino, y los invitó a tomar por la fuerza lo que por naturaleza le correspondía. De la existencia promiscua de la desgracia, el complejo de los vencidos y los mitos, surgió el caudillo carismático, el intuitivo portador de la violencia como solución.

Estaban dados el mito y el hombre fuerte, hacía falta, empero, el partido único, y crearon la agrupación nacional-socialista, una vanguardia política llamada a vincular, disciplinar y uniformar al pueblo; a traducirle a un idioma popular, de masas, las ideas geopolíticas de Haushofer, totalitarias de Schimitt y en fin, todo el ideario pragmático, intuitivo, racista y violento del irracionalismo que fecundó las falsas esencias del nazismo. Spengler había dicho que «el hombre es un animal de rapiña que lucha permanentemente por conseguir sus fines, y no es sólo una lucha de individuos, sino de estados y culturas». El programa del partido traducía el criterio spengleriano -así: «Exigimos espacio y territorio para la alimentación de nuestros pueblos y para establecer nuestros excesos de población». Y el máximo líder, el fuhrer, intuyendo lo difícil que resultaría concretar la exigencia, recomendaba a su pueblo: «Abroquelaos el corazón contra la piedad». Lo que sucedió después es mucho mejor conocido.

Lo que resulta increíble es el inmenso apoyo popular que tuvieron el partido único y el caudillo nazi. Parecen, desde la lógica de la razón, imposibles aquellas concentraciones de pueblo, aquellos interminables desfiles de antorchas con los cuales las masas demostraban su adhesión a la causa y al demagogo. ¿Qué es «eso» que ata y cautiva a la muchedumbre, que la conduce al sacrificio y a la guerra tras un caudillo y un mito? ¿Interés material, histeria colectiva, miedo, identificación Galbraithiana?

Las personalidades conquistadoras de voluntades, llámense Caudillo, General, Duce, Fuhrer o de cualquier otra manera, créanlo ellos o no, son para sus comparsas una necesidad de existencia; necesarios para conducir con sus bergsonianos espíritus intuitivos, raros, «imprescindibles y maravillosos», los hilos de la historia. Son para el séquito (y para la masa correligionaria) como Josefina la Cantora, aquel personaje de Kafka, era para su pueblo. No se trataba de que cantara tan bien, era que su canto (sus chillidos) era necesario para algo: para llegar hasta algo, para que no se derrumbara algo dentro del alma colectiva, algo que se siente o se presiente pero que no se sabe a ciencia cierta qué es. Quizás, un día, otras generaciones puedan, por el milagro de la evocación artística, «ver» ese algo delante de sí mismas, explicado por un mudo decodificador de misterios al estilo de Ingmar Bergman. Mientras tanto, seguirá siendo una incógnita para el sentimiento, a pesar de las explicaciones de la razón, entender cómo los pueblos de estos países han andado convencidos tras los mitos y los caudillos de los partidos únicos, en estados-partidos-naciones, totalitarios, policíacos, violentos, en los cuales la libertad sólo es verdad por la reiteración conque la propaganda repite que lo es.