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mayo-junio. año V. No. 25. 1998 |
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| RELIGIÓN | ||
| EL ESPÍRITU SANTO
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Por iniciativa del Papa Juan Pablo II toda la Iglesia se está preparando para la celebración del gran jubileo con motivo de los dos mil años del nacimiento de Cristo con un triduo de años. Estamos en el segundo año de este triduo. En este año la Iglesia se propone destacar de manera especial la persona del Espíritu Santo. Algunos llaman a 1998 "Año del Espíritu Santo" (Antonio Rodríguez Díaz: Tertio Millennio Adveniente en Vitral Nº. 17, p.45). Es por eso que me parece oportuno presentar a los lectores de Vitral una síntesis de la encíclica "Dominum et Vivificantem" del Papa Juan Pablo II publicada el 18 de mayo de 1986 y que trata sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo. Como leemos en la introducción de la misma, esta no pretende "examinar de modo exhaustivo la riquísima doctrina sobre el Espíritu Santo, ni privilegiar alguna solución sobre cuestiones todavía abiertas". Su objetivo principal es "desarrollar en la Iglesia la conciencia de que a ella el Espíritu Santo la impulsa a cooperar para que se cumpla el designio de Dios, quien constituyó a Cristo principio de salvación para todo el mundo". La encíclica consta de una introducción, una conclusión y tras partes que son: Parte I : El Espíritu del Padre y del Hijo dado a la Iglesia. Parte II: El Espíritu que convence al mundo en lo referente al pecado. Parte III: El espíritu que da la vida. En esta ocasión presentaré una síntesis de la primera parte. En la cena pascual anterior al día de su pasión y muerte, Jesús anunció a los Apóstoles "otro Paráclito" (cfr Jn 14,13.16s). Al Espíritu de la verdad Jesús lo llama Paráclito, es decir, consolador, y también intercesor o abogado. Y dice que es otro Paráclito, porque el mismo Jesús es el primero que trae y da la Buena Nueva. El espíritu Santo viene después de él y gracias a él para continuar en el mundo, por medio de la Iglesia, la obra de la Buena Nueva de la salvación. Poco después, en esa misma ocasión, Jesús añade que el Espíritu Santo nos enseñará y recordará todo lo que Jesús ha dicho (cfr Jn 14,26). Estos dos verbos significan que el Espíritu Santo seguirá inspirando la predicación del Evangelio, y también ayudará a comprender el justo significado del contenido del mensaje de Cristo, asegurando su continuidad e identidad de comprensión en medio de las condiciones y circunstancias mudables. Por tanto, el Espíritu Santo hará que perdure en la Iglesia la misma verdad que los Apóstoles oyeron de su Maestro. Los Apóstoles fueron testigos oculares y directos de Cristo. Este testimonio suyo humano se une al testimonio del Espíritu Santo (cfr Jn 15, 26s). El testimonio de los Apóstoles encontrará supremo apoyo en el testimonio del Espíritu Santo. Si la revelación suprema de Dios a la humanidad es Jesucristo, el testimonio del Espíritu Santo inspira, garantiza y corrobora su fiel transmisión en la predicación y en los escritos apostólicos, mientras que el testimonio de los Apóstoles asegura su expresión humana en la Iglesia y en la historia de la humanidad. Más adelante, Jesús dice a los Apóstoles que el Espíritu Santo los guiará hasta la verdad completa (cfr jn 16,12s). Ciertamente el misterio de Cristo exige la fe. El guiar hasta la verdad completa se realiza, pues, en la fe y mediante la fe, lo cual es fruto del Espíritu de la verdad y fruto de su acción en el hombre. Esto sirve para los apóstoles y para todas las generaciones de discípulos y confesores del Maestro, ya que deberán aceptar con fe y confesar con lealtad el misterio de Dios operante en la historia del hombre. Así pues, entre el Espíritu Santo y Cristo subsiste una relación íntima por la cual el Espíritu Santo actúa en la historia del hombre como otro Paráclito asegurando de modo permanente la transmisión y la irradiación de la Buena Nueva revelada por Jesucristo. Hay otras palabras significativas pronunciadas por Jesús en el Cenáculo antes de la Pascua: "Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy se lo enviaré. Cuando él venga convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn 17,7s). Jesús habla del Paráclito usando varias veces el pronombre personal él; y al mismo tiempo, en todo el discurso al que se refiere esta parte de la encíclica, se expresan los lazos que unen recíprocamente al Padre, al Hijo y al Paráclito. El Padre envía el Espíritu Santo con el poder de su paternidad, igual que ha enviado al Hijo, y al mismo tiempo lo envía con la fuerza de la redención realizada por Cristo; en este sentido el espíritu Santo es enviado también por el Hijo. Por eso dice: se lo enviaré". De ahí que puede decirse que en el discurso pascual de despedida se llega al culmen de la revelación trinitaria. Las palabras del texto joánico antes citado indican que la partida de Cristo es condición indispensable del envío y de la venida del Espíritu Santo, indican que entonces comienza la nueva comunicación salvífica por el Espíritu Santo. Es una nueva comunicación salvífica porque la primera fue la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios. Se trata de un nuevo inicio, ante todo, porque entre el primer inicio y toda la historia del hombre se ha interpuesto el pecado, que es contrario a la comunicación salvífica de Dios al hombre. Con el envío del Espíritu Santo comienza a cumplirse lo que "la creación desea vivamente": "La creación... fue sometida a la vanidad... gimiendo hasta el presente y sufre dolores de parto" y "desea vivamente la revelación de los hijos de Dios" (Rm 8,19-22). Con el envío del Espíritu Santo se completa la misión del Mesías, que recibió la plenitud del Espíritu Santo para el Pueblo elegido de Dios y para toda la humanidad. En la sinagoga de Nazaret, Jesucristo confesó y proclamó ser el Mesías, en quien mora el Espíritu Santo como don de Dios mismo, ser aquél que posee la plenitud de este Espíritu, ser aquél que marca el nuevo inicio del don que Dios hace a la humanidad con el Espíritu. Bien sabemos que Jesús, el Mesías, rechazado por sus conciudadanos en Nazaret, en el Jordán, durante el bautismo de Juan, es revelado como el Hijo predilecto del Padre. En la línea de esta enseñanza y de los signos mesiánicos que Jesús hizo antes de llegar al discurso de despedida en el Cenáculo, encontramos unos acontecimientos y palabras que constituyen momentos particularmente importantes de esta progresiva revelación. Así el evangelista Lucas, que ya ha presentado a Jesús "lleno del Espíritu Santo" y "conducido por el Espíritu al desierto", nos hace saber que, después del regreso de los setenta y dos discípulos de la misión confiada por el Maestro, mientras llenos de gozo narraban los frutos de su trabajo "en aquél momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: "Yo te bendigo, Padre, señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito". Jesús se alegra por la paternidad divina, se alegra porque le ha sido posible revelar esta paternidad; se alegra, finalmente, por la especial irradiación de esta paternidad divina sobre los "pequeños". Y el evangelista califica todo esto como "gozo en el Espíritu Santo". Lo que Jesús dice aquí del Padre y de sí mismo como Hijo brota de la plenitud del Espíritu que está en él. De ahí aquel "gozarse en el espíritu". Jesús de Nazaret, "elevado" por el Espíritu Santo, se manifiesta como el que "trae" el Espíritu, como el que debe llevarlo y "darlo" a los Apóstoles y a la Iglesia a costa de su "partida" a través de la cruz. El verbo traer aquí quiere decir, ante todo, "revelar". A la luz de lo que Jesús dice en el discurso del Cenáculo, el Espíritu Santo es revelado no sólo como don a la persona del Mesías, sino que es una Persona-don. Jesús anuncia su venida como la de otro Paráclito. Esto se realizará en virtud de la especial comunión entre el Espíritu Santo y Cristo (cfr Jn 16,14). Esta comunión tiene su fuente primaria en el Padre (cfr jn 16,15). Procediendo del Padre, el Espíritu Santo ha sido enviado antes como don para el Hijo que se ha hecho hombre. Según el texto joánico, después de la partida de Cristo el espíritu Santo vendrá directamente a completar la obra del Hijo. Esta es su nueva misión. Así llevará a término la nueva era de la historia de la salvación. Los acontecimientos pascuales son también el tiempo de la nueva venida del espíritu Santo. El Espíritu Santo, mediante el misterio pascual, es dado de nuevo a los Apóstoles y a la Iglesia y, por medio de ellos, a la humanidad y al mundo entero. Cristo resucitado, como si preparara una nueva creación, "trae" el Espíritu Santo a los Apóstoles. Lo trae a costa de su partida; les da este Espíritu como a través de las heridas de su crucifixión: "les mostró las manos y el costado". En virtud de esta crucifixión les dice: "Reciban el Espíritu Santo". La redención realizada totalmente por el Hijo en la cruz, al mismo tiempo es realizada en la historia del mundo por el Espíritu Santo que es el otro Paráclito. El Espíritu Santo fue dado a la Iglesia el día de Pentecostés. Ese día comenzó la era de la Iglesia. Lo que el Espíritu Santo obró en Pentecostés lo sigue obrando en la Iglesia. Pues la gracia del Espíritu Santo, que los Apóstoles dieron a sus colaboradores con la imposición de las manos, sigue siendo transmitida en la ordenación episcopal. Luego los obispos, con el sacramento del Orden hacen partícipes de este don espiritual a los ministros sagrados y proveen a que, mediante el sacramento de la Confirmación, sean corroborados por él todos los bautizados; así, en cierto modo, se perpetúa en la Iglesia la gracia de Pentecostés. Y así perdura, a través de los siglos y generaciones la era de la Iglesia. Hasta aquí la primera parte de la encíclica. |
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