marzo-abril. año V. No. 30. 1999


REFLEXIÓN

 

EL PRIMER CAMINO DE LA IGLESIA

ES EL HOMBRE

Homilía de Mons. Beniamino Stella

Nuncio Apostólico en Cuba

MISA DE DESPEDIDA

 

Eminentísimo Sr. Cardenal Jaime Ortega, Arzobispo de esta Capital,

Queridos Arzobispos y Obispos de Cuba,

Honorables Autoridades de la Nación,

Distinguidos miembros del Cuerpo Diplomático,

Queridos sacerdotes, diáconos, religiosas y fieles laicos,

Hermanos y hermanas:

 

"Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente" (Salmo 65)

Con esta oración de alabanza al Señor, que hemos rezado en el salmo responsorial de esta Eucaristía, deseo expresar en primer lugar mis sentimientos de acción de gracias a Dios por todo lo que Él me ha concedido vivir y compartir con ustedes, durante estos seis años en que he intentado hacer presente ante la Iglesia y el Estado, la presencia solícita de Su Santidad el Papa Juan Pablo II.

El Santo Padre me encomendaba a finales del año 1992 servirle entre ustedes como Nuncio Apostólico. En mi primera presentación en este magnífico templo en marzo del año siguiente les decía:

"Recuerdo aquella expresión del profeta Isaías, que sin ser mi lema episcopal, representa de alguna manera, mi punto de referencia espiritual: «en el abandono confiado al Señor encontrarás tu fuerza».

He llegado, pues, entre ustedes, como Hermano y Pastor, para caminar juntos por estas veredas de testimonio evangélico, que es la única razón de ser de nuestra Iglesia, y para nutrir mi vida de cristiano, de Sacerdote y de Obispo de esta fuente purísima; cerca de ustedes y con ustedes, en la certeza de que la Palabra de Jesús y el modelo de su vida representan para todos nosotros, ayer, hoy y siempre, el punto de referencia de cada etapa y la prenda de esperanza de que no habrá desilusión.

Así deben sentirme en este viaje que comenzamos juntos... Y volveré a menudo a compartir con ustedes mi convicción profunda: es el Señor quien conduce nuestras vidas y nuestra historia. Confiemos profundamente en él, vivamos como auténticos testigos de su Palabra que salva, y a la luz de su vida, en la que el misterio de la Muerte y de la Resurrección es la sustancia de nuestro itinerario cristiano."

Hoy, vuelvo a reiterarles esta misma certeza avalada por la experiencia de este tiempo de siembra y esperanza, vivido al servicio de Cuba y de su Iglesia: es Cristo, el Señor, quien conduce la vida y la historia de cada uno de nosotros y de toda la Nación.

He podido caminar junto a ustedes y comprobar que el Señor va trazando los caminos, aún los más impredecibles.

He visto crecer a esta Iglesia, no sólo en el número de fieles que piden sus servicios y acuden a ella con hambre de Dios y sed de justicia, sino en un crecimiento más profundo y esencial; ella ha alcanzado mayores espacios físicos y morales, ha incrementado su labor evangelizadora en misiones parroquiales y diocesanas, y se ha visto fortalecida en sus estructuras de servicio. Han sido creadas nuevas diócesis y una mayor cantidad de sacerdotes y religiosas han podido entrar al País para entregarse al anuncio del Evangelio; se percibe una mayor conciencia y participación del laicado católico en la animación de los ambientes sociales, en los que deberían alcanzar plena ciudadanía en igualdad de oportunidades; además se han multiplicado las publicaciones católicas y se han profundizado las relaciones de la Iglesia cubana con sus hermanas de este continente y de todo el mundo.

¡Doy gracias a Dios por todos estos dones de su amor para con esta Iglesia, que ha sabido sacar de la cruz la fecundidad de su vida en expansión!

He podido participar también en el desarrollo de las relaciones entre la Santa Sede, la Iglesia local y el Estado cubano. Este itinerario ha tenido en estos seis años, a mi modo de ver, tres etapas fundamentales:

 

1.- Antes de la visita del Papa: en la que tratamos de establecer puentes de comunicación, acrecentar la confianza mutua, brindar la información necesaria y conveniente para que se pudiera conocer mejor la misión de la Iglesia. En este sentido se fueron realizando con frutos apreciables una serie de visitas de Cardenales y otros prelados de la Santa Sede, que fueron abonando el camino hacia un nivel superior de relaciones.

2.- La otra etapa fue la preparación inmediata de la Visita del Presidente al Vaticano y luego, de la Visita del Papa a Cuba: Esta etapa marca el máximo nivel en las relaciones entre la Santa Sede y el Estado cubano, y al mismo tiempo sirve para abrir una nueva era en la que crecen las expectativas con relación a la normalización de las relaciones entre la Iglesia en Cuba y el Estado cubano, que también supone, como en todas partes, una mejoría de relaciones entre los diferentes sectores de la sociedad.

3.- Nos encontramos, ahora, en la tercera etapa de este camino: después de la Visita del Papa. Es el tiempo de convertir los legítimos deseos y expectativas de esta sociedad y de su Iglesia en una realidad gestionada con la participación de todos. Así lo auguraba el mismo Pontífice desde sus primeras palabras al llegar al Aeropuerto de La Habana: "Quiera Dios que esta Visita que hoy comienza sirva para animarlos a todos en el empeño de poner su propio esfuerzo para alcanzar esas expectativas con el concurso de cada cubano y la ayuda del Espíritu Santo. Ustedes son y deben ser los protagonistas de su propia historia personal y nacional."

¡Doy también gracias a Dios por este caminar en el entendimiento y la comunicación, y le pido que pueda tener continuidad efectiva!

 

IGLESIA Y DIGNIDAD DEL HOMBRE

Quisiera compartir ahora las reflexiones que brotan de este sucinto balance de la vida eclesial y social que hemos vivido en los últimos años.

 

"¡Esta es la hora de emprender los nuevos caminos que exigen los tiempos de renovación en que vivimos!" –como expresara el Santo Padre en la inolvidable Misa en la Plaza "José Martí".

En efecto, el mundo vive tiempos de renovación, aunque algunas señales pudieran ser interpretadas como retrocesos. Esa renovación es, sobre todo, una mayor conciencia de la dignidad del ser humano, una sensibilidad más aguda frente a sus sufrimientos y esperanzas, un reclamo más explícito de los derechos inalienables que toda persona tiene, inherentes a su naturaleza e independientes de su estado, sexo, filosofía, opción política o religión.

En ese sentido, el Santo Padre ha proclamado con toda claridad que "el primer camino de la Iglesia es el hombre", que en la persona de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, encuentra toda la plenitud de su ser y el sentido trascendente de su vida. Este es el origen y la motivación profunda de la constante preocupación de la Iglesia por los problemas que conciernen a la dignidad trascendente del hombre y a las relaciones sociales que marcan un estilo de convivencia en el que la persona humana debe ocupar el centro y el destino de toda labor económica, política, cultural o social.

Si la persona humana no es el fin de todas las estructuras sociales, no podrá alcanzar su dignidad plena, y la Iglesia tiene el deber de acompañarla en esa búsqueda incesante de mayores grados de libertad, de justicia y de solidaridad.

En orden a dejar esclarecido, una vez más, el deber de la Iglesia de ocuparse de los problemas humanos y sociales, deseo recordar, en una noche como ésta, aquella frase de la Homilía del Papa en la Plaza de esta Capital:

"La Iglesia al llevar a cabo su misión, propone al mundo una justicia nueva, la justicia del Reino de Dios (Mt. 6,33). En diversas ocasiones me he referido a los temas sociales. Es preciso continuar hablando de ello mientras en el mundo haya una injusticia, por pequeña que sea, pues de lo contrario la Iglesia no sería fiel a la misión confiada por Jesucristo. Está en juego el hombre, la persona concreta. Aunque los tiempos y las circunstancias cambien, siempre hay quienes necesitan de la voz de la Iglesia para que sean reconocidas sus angustias, sus dolores y miserias. Los que se encuentren en estas circunstancias pueden estar seguros de que no quedarán defraudados, pues la Iglesia está con ellos y el Papa abraza con el corazón y con su palabra de aliento a todo aquel que sufre la injusticia."(Homilía no.5)

Este es un gran desafío para la Iglesia que vive en Cuba, y para toda la Iglesia universal y también debería ser una interpelación para todos los Estados y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. ¡Está en juego el hombre! Y eso debería ser suficiente para que todos nos concertemos en servir a su dignidad y felicidad. Para la Iglesia, además, está en juego, nada menos, que su fidelidad a la misión que el mismo Cristo le ha confiado.

La Iglesia es hoy escuchada en muchos ámbitos civiles porque es reconocida como voz moral de los que sufren; porque no se confunde con ideologías y estrategias políticas de partes; y porque se sitúa más allá de las coyunturas sin abandonar al que las sufre. En muchos lugares, además de ser escuchada, es atendida en sus expectativas y reclamos, porque se sabe bien que no constituyen un privilegio para ella y que no son para su propio beneficio, sino porque simplemente dan respuesta a los que en ella han puesto su crédito y su única confianza.

Aún más, en momentos de crisis y de discernimiento ético, de búsqueda de solución de conflictos, de esfuerzos de concertaciones para la reconciliación y la paz, la Iglesia es hasta convocada entre las diferentes tendencias y opciones como garante seguro de credibilidad y soluciones pacíficas.

 

 ¿PARA QUÉ EL SANTO PADRE HA VENIDO A CUBA?

Dentro de este marco de referencia respetuosa y solícita a la labor humanizadora de la Iglesia, reconocida aún por Estados y pueblos cuya cultura y religión son diferentes, se encuentran las visitas del Santo Padre alrededor del mundo. Estas visitas son de carácter pastoral, lo que significa que están más allá de ser unas celebraciones cultuales para satisfacer a un grupo más o menos numeroso de creyentes, más allá de gestos protocolares de apoyo o aperturas, y aún más allá de estrategias políticas contingentes.

Una visita del Papa, lo debemos repetir al transcurrir más de un año de su viaje a Cuba, es un acontecimiento bien pensado, sopesado en todas sus aristas, cuidadosamente atento a todos los elementos que conforman la realidad local, respetuoso y franco con los que ostentan la responsabilidad de las naciones.

Una visita pontificia está minuciosamente coordinada con la Iglesia local y con el Estado; el magisterio que el Papa ejerce no se improvisa, sino que es la palabra pensada y orada de un líder religioso, que para nosotros es el Vicario de Jesucristo. Además están los gestos que complementan esos mensajes y que son, muchas veces, más elocuentes que las palabras mismas. En resumen, toda visita papal tiene su preparación y debe tener su continuidad, tanto en la Iglesia local, como en sus relaciones con las Autoridades del País.

Teniendo en cuenta estas características de las Visitas Pontificias, y siendo yo el Nuncio de Su Santidad al que la Providencia quiso le tocara ayudar a preparar la peregrinación papal a Cuba, no me ha sido fácil poder contestar una pregunta que me ha sido reiteradamente formulada en los últimos meses: ¿Para qué el Santo Padre ha venido a Cuba?

Digo que no me ha sido fácil contestar a esta importante pregunta con una respuesta adecuada, realista, y sobre todo, convincente.

1.- Ha venido el Santo Padre y fue recibido con respeto, entusiasmo, y atención por todos: Autoridades, Iglesia y pueblo. El Papa habló claro a Cuba, al mundo y a esta Iglesia. Su magisterio, calificado como excepcional por muchos expertos, contiene todos los elementos como para poder interpretar con precisión y certeza sus intenciones, sus valoraciones y propuestas.

2.- La Iglesia local preparó muy seriamente esa visita. Alcanzó a coordinarla con el Estado, creando canales de comunicación y solución de diferendos funcionales de muy alta visión. La Iglesia en Cuba logró demostrar que eso era posible y logró demostrar además, que no sería presa de manipulaciones foráneas o internas.

3.- Por fin esta Iglesia pudo comprobar, no sin asombro y grave responsabilidad, que una cantidad de cubanos, antes impredecible, respondió a la convocatoria y lo hizo con una calidad de participación muy consciente y activa. Tan fue así, que el mismo Santo Padre tuvo que reconocerlo al ser interrumpido por aplausos y aclamaciones muy sentidas, sobre temas medulares que afectan a este pueblo, durante la ya mencionada Misa del 25 de enero en La Habana: "Sois un auditorio muy activo"- dijo Su Santidad, como para que ahora no tengamos dudas.

4.- El servicio de la Santa Sede, de sus ilustres enviados, de las respuestas concretas y prontas que ha recibido de muchas partes del mundo ante su llamada de apertura a Cuba, han indicado a todos un excepcional acompañamiento al pueblo cubano y un interés muy vivo por su destino.

5.- El Nuncio ha estado seis años, con santa impaciencia y lúcida insistencia, tratando de animar este proceso que, reconozco, lleva tiempo y tiene su ritmo. Pero el tiempo pasa y el proceso debe avanzar con el diálogo y la concertación sobre asuntos esenciales que conciernen a la vida de la Nación, a la que el Estado y la Iglesia sirven y guían.

6.- Las demás naciones, sus gobernantes y pueblos, sus embajadores acreditados en Cuba, han dado muestras evidentes y progresivas de corresponder al llamado del Pontífice para romper el aislamiento y otras medidas que son, lo reiteramos sin ambages, éticamente inaceptables.

He enumerado hasta aquí seis realidades o premisas, que deben apuntar hacia una conclusión lógica e imprescindible.

En Cuba, por otra parte, he aprendido que cada situación es muy compleja, no se parece a otras, pero que sí puede tener solución si hay voluntad de hallarla, inteligencia para tratarla, e insistencia para gestionarla.

He aprendido que muchas veces es necesario empezar de nuevo por el principio, comunicando, sin ambigüedades, cuál es la esencia del ser de la Iglesia y del Estado, cuál es la misión específica de cada uno de ellos, cuáles son los métodos éticamente aceptables, cuál debe ser el nivel de los interlocutores y cuáles son los pasos concretos que alimentarían la confianza recíproca.

En el mundo de hoy no es admitido, por la conciencia ciudadana ni por las relaciones internacionales, que la Iglesia se quede en un espiritualismo sin referencia social, ni que sustituya al Estado en la dirección política o la gestión económica de los pueblos como fue en época de la llamada cristiandad.

Así como tampoco es aceptado por la conciencia universal que los Estados asuman la función de religión secular e invadan la conciencia de la gente y la cultura de los pueblos, dictando normas y modelos que son incompatibles con la dignidad de la persona y los derechos de las Naciones que, además, siempre son mucho más que sus Estados, en virtud de su propia identidad y por la soberanía que deben ejercer por sí mismas.

La respuesta sobre cuál es el camino adecuado, y creíble, que se ha emprendido después de la visita del Papa está aún por completar. Debemos tener elementos sólidos para poder convencer a la gente que espera aquí, a los cubanos que esperan una reconciliación desde cualquier ribera geográfica o de opinión. Debemos además convencer a la comunidad internacional, que nos interpela continuamente con la sana intención de corresponder al llamado del Papa para abrirse a Cuba, contando con la correspondiente apertura de Cuba al mundo y de Cuba a todos los cubanos.

Para evitar que se pueda pensar que la visita papal fue un simple paréntesis, ¿qué faltará, pues, para que ella tenga continuidad y veracidad en Cuba?

 

 

EL DESAFÍO HISTÓRICO PARA LA IGLESIA EN CUBA

Me dirijo ahora a mis hermanos en el Episcopado, a los queridos sacerdotes y religiosas que se están entregando sin medida al servicio del pueblo cubano; a los laicos más comprometidos que han optado por vivir este camino de encarnación y animación de los ambientes sociales, culturales, económicos y políticos, con olvido de sí mismos, de sus aspiraciones legítimas y proyectos personales.

Para todos ustedes, especialmente para los más jóvenes, deseo tomar las mismas palabras del Papa reiterándoles este urgente llamado: "Ustedes son y deben ser los protagonistas de su propia historia personal y social" dijo tres veces durante su visita, y una vez más en su mensaje del primer aniversario, el Vicario de Cristo.

La unidad que ha caracterizado al Episcopado cubano, su creciente colegialidad, su total entrega, constituyen un presupuesto prometedor y una condición indispensable para poder asumir los riesgos que emanarán de la voluntad de aceptar el protagonismo de estas responsabilidades.

Es obvio que cuando se habla de protagonismo de la Iglesia, se trata del servicio que le corresponde dar a la sociedad hasta el sacrificio, y del testimonio de la verdad con el que su magisterio público y sistemático ilumina la vida de la Iglesia y el acontecer nacional, a menudo, de muy difícil lectura.

A Ustedes, hermanos Obispos, a ustedes, sacerdotes y religiosas, testigos todos los días de la sed de Dios de este pueblo, y a ustedes, laicos de la Iglesia cubana, deseo finalmente dejarles una última súplica, que he repetido en todas las diócesis y en mi último e inolvidable encuentro de esta mañana, con la Asamblea Plenaria del Episcopado cubano:

Traten de poner en práctica y aplicar con creatividad y audacia todo el magisterio del Santo Padre en Cuba. La historia demostrará su carácter profético, su vigencia y el momento oportuno y único, en que fue pronunciado. Debemos ya tomar conciencia de que ésta es la hora en que conviene que este magisterio sea escuchado de verdad y actuemos en consecuencia con él.

 

 A MUCHOS LES DEBO DAR GRACIAS

Agradezco con el alma la fraternidad y la confianza de mis hermanos y amigos los Obispos cubanos, a quienes abrazo con una grandísima admiración. Ustedes me han enseñado a ser Obispo de verdad. Cuba tiene en Ustedes unos pastores insignes y unos guías espirituales de la más probada virtud.

Agradezco a Dios la suerte de compartir con los sacerdotes el afán cotidiano de tener que responder a solicitudes que nos desbordan y no tener los medios necesarios y suficientes con que hacerlo. He aprendido de Ustedes, queridos hermanos en el sacerdocio, que cuando no hay más, se suple a fuerza de corazón.

Doy gracias a Dios por haber conocido y trabajado junto a religiosos y religiosas de tanto calibre humano, como ustedes, los que estaban hace cuarenta años y los que acaban de llegar con ganas de inculturarse y gastarse al servicio de Cuba. De ustedes he aprendido que el camino de la santidad está en ser fiel a un compromiso cotidiano de entrega y sacrificio a la gente. Ustedes no han olvidado que el agua que brota de la contemplación orante del Señor, es la única que puede apagar la sed de Dios que hay en el corazón de todo ser humano.

Agradezco, muy especialmente, a los laicos comprometidos de Cuba, que han sufrido por haber optado ser más, antes que tener más. Ustedes han enseñado al Nuncio cómo se puede tener los dos pies en los asuntos del mundo; cómo tener las manos y las espaldas en el trabajo cotidiano; en las más diversas menudencias de la vida de las comunidades cristianas; poner el hombro para dar el aporte a la sociedad de la que son y deben ser ciudadanos de primera línea; logrando todo esto sin quitar los ojos de Jesucristo y sin que el corazón se divida entre el amor a Dios y el amor a la Patria.

Confío en su madurez cívica, en su valentía apostólica, en su fidelidad inquebrantable a Cristo, en su competencia profesional para proponer soluciones a los problemas de Cuba, para poder darle rostro a "iniciativas que puedan configurar una nueva sociedad", como ha dicho el Santo Padre en su mensaje de enero pasado.

Agradezco muy cordialmente, a las Autoridades de la Nación, que han intentado comprender la misión de un Nuncio Apostólico como interlocutor y puente entre la Santa Sede, la Iglesia local, el Estado, y la Nación a la que sirven.

Agradezco también a mis colegas del ilustre Cuerpo Diplomático acreditado en La Habana. He visto pasar y quedarse prendados de los cubanos a muchos hombres y mujeres lúcidos que han trabajado duro y bien por Cuba y su apertura al mundo. He aprendido de ellos que no somos simples observadores distantes de la realidad en que vivimos, sino que debemos, con pasión, lucidez y el debido respeto, favorecer la renovación integral de este País que, junto con toda la familia humana, no debe quedar al margen del avance de la comunidad internacional, de cara al Tercer Milenio.

Me he esforzado para que la Nunciatura Apostólica fuera su casa; hemos estrechado, en un compartir fraterno, nuestra amistad y cooperación. Quiero hoy, públicamente, agradecer en nombre de la Santa Sede, la atención, el respeto y la adhesión que han prestado a la voz de la Iglesia y a los valores que ella propone en este momento histórico de la Nación a la que servimos.

Agradezco, por fin, al que ha sido destinatario principal y causa de todos mis sueños, esfuerzos y esperanzas; agradezco a todo el pueblo cubano por su calidad humana, su calor de hermanos, su dignidad y paciencia en el sufrir, su solicitud al servir al que lo necesita, su gran poder de recuperación, su vocación universal y pacífica para salir de los problemas aunque cueste años y dolores.

En fin, agradezco a los cubanos la forma sin par con que recibieron al Vicario de Cristo. Tengo grabado el brillo de los ojos de tanta gente sencilla que veía con fe al Mensajero de la Verdad y la Esperanza.

Permítanme un último momento de intimidad en esta solemne concelebración de despedida. Quisiera ahora tener el calor filial de los cubanos para poder cobijarme en el regazo maternal de la Virgen de la Caridad del Cobre y poder decirle con la voz y el acento con que ustedes la llaman y le rezan:

 

 

Madre del Cobre,

acuérdate de mí,

acompáñame en mi nueva misión.

Reina de Cuba,

a ti levanto mis ojos:

Sé tú la estrella

que indique el rumbo hacia

un futuro de paz y progreso para este pueblo.

"No abandones, oh Madre, a tus hijos,

salva a Cuba de llantos y afán.

Y tu nombre será nuestro escudo,

Nuestro amparo tus gracias serán".

 

Que Dios bendiga a Cuba.

Amén.

 

+Beniamino Stella

La Habana. 21 de abril de 1999

Memoria de San Anselmo, obispo y doctor de la Iglesia.

 
  
 

MARTIRIO

Y PROFETISMO CRISTIANO

Homilía pronunciada por S.E. Mons. José Siro González Bacallao

en la Misa por los Mártires del 13 de Marzo

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

La palabra de Dios que hemos escuchado, como cantera inagotable y sapientísima, nos enriquece en el conocimiento verdadero de los valores de esta vida y nos interpela para sopesar estos valores humanos sin perder nunca de vista los valores trascendentes de la eternidad.

En la primera lectura escuchamos al profeta Ezequiel que habla para todos los tiempos; su palabra vale para el que mira su propia vida poco generosa y su fe débil; vale para el que vio fracasar sus ilusiones y le falta ánimo; vale para el que se entristece al mirar a su alrededor y contemplar solamente osamentas secas, sin espíritu y sin vida.

¿Piensas que podrán vivir estos huesos? Tenemos que contestar todos, como lo hizo el profeta, «Señor tú solo lo sabes». Y tendremos que aceptar todos con estupor quizás, pero con fe cierta, que Yavé es capaz de cubrir de vida esos huesos y hacerlos salir de las tinieblas de las tumbas a la luz de un nuevo día.

San Pablo en su carta a los Corintios les habla bien claro de las distintas formas de hablar. Algunas parecen idioma extranjero que nadie entiende, en cambio cuando el profeta transmite a los demás de parte de Dios, firmeza, aliento y consuelo, lo hace con lenguaje inteligible y convincente.

Somos, o debemos ser profetas que hablan de parte de Dios, como los buenos músicos que tocan notas exactas para que la melodía sea clara e inteligible.

No podemos hablar al viento, hablamos a los hombres para entre todos procurar lo que edifica a la Iglesia.

En ambas lecturas contemplamos la presencia firme del profeta que es al mismo tiempo líder y testigo del anuncio que trae de parte de Dios, Señor de la historia que camina con los hombres. En todas las épocas y en todas las realidades humanas ha surgido el líder testigo que siembra esperanza y desafía retos. Antes de Cristo, recordamos por ejemplo en el año 70 al valiente Espartaco que luchó con coraje frente a terribles legiones romanas, por causa de la justicia y la libertad.

Pero es desde aquel momento sublime en que el Mártir del Gólgota, pronuncia aquellas misteriosas palabras, «tengo sed» muriendo en la cruz y después de resucitado y vencedor de la muerte «Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra», cuando las palabras testimonio y testigo cobran para nosotros los que aceptamos la plataforma evangélica de las bienaventuranzas, una nueva realidad y un valor misterioso.

Así vemos cómo los apóstoles son propiamente testigos, es decir líderes y mártires, en el sentido privilegiado del término. Ellos no sólo atestiguan la realidad de la resurrección de Jesús, sino que han recibido una misión que concierne al significado de aquel acontecimiento. Y se presentan con algunas características. No testimonian simplemente una evidencia personal experimentada en el pasado, sino que se hacen garantes de una verdad que sobrepasa toda experiencia. Testimonian que el Señor resucitado es aquel mismo Jesús con el que compartieron la vida.

De este modo un hecho del pasado continúa teniendo, gracias a ellos, un significado actual en el presente apostólico del testimonio.

La primera expresión del testimonio es la palabra. El testigo debe atestiguar lo que ha visto y oído. Los Apóstoles proclaman, de manera pública y solemne, la salvación a través de Cristo. Sin la palabra sería imposible. Con la palabra hacen captar el sentido del acontecimiento. Otra expresión son los signos. Cuando los apóstoles pierden el miedo y salen a manifestar la resurrección del Señor, acaecen prodigios sorprendentes a los ojos de todos; se oyen lenguas extrañas; se ve caminar y saltar a un hombre paralítico de nacimiento; se observa en gente humilde y hasta hace poco pusilánime y cobarde, una singular audacia ante las amenazas y la cárcel. Estos hechos exigen una interpretación. Pedro declara que no se puede dar una explicación humana. A las palabras y a las señales acompaña la persecución. El destino del maestro implica también a los discípulos. Bajo la influencia del E. Santo, los primeros cristianos ven, en la condenación de Jesús, la realización de una profecía mesiánica. Los Apóstoles están llenos de alegría, por haber merecido sufrir humillaciones a causa del nombre de Jesús.

Así pues, el testigo es el que grita su propia experiencia de la resurrección de Cristo, la suprema Verdad, de la cual se desprenden todos los grandes valores humanos.

 

Anuncia hechos realmente acaecidos, que han entrado en su vida y le han dado una orientación nueva; de tal modo nueva que ya no logra pensarse fuera de ellos.

Y proclama ante los demás el acontecimiento de Cristo, como un hecho importante, no sólo ni principalmente porque es verdadero, ni porque es extraordinario, sino porque interesa al destino humano. Por eso el testigo, el líder, el Mártir, no puede callar. Callando renegaría de sí mismo y no cumpliría con su misión, vale decir traicionaría a su conciencia. Habla con la intención de provocar una conversión, un cambio total de vida. Ante él la gente es llamada, interpelada a tomar una postura. Los que escuchan a los apóstoles reaccionan.

Los que escuchan a los profetas, a los líderes, reaccionan. Los modos pueden ser diferentes: la fe, la incredulidad, la duda, pero reaccionan. Lo que se excluye es la indiferencia.

Nos reunimos hoy a celebrar esta Eucaristía como católicos y sin prescindir, porque es imposible, de nuestra condición de cubanos, para conmemorar un hecho, con relieves heroicos en que tomaron parte un grupo de jóvenes, que por ser líderes, se convirtieron en testigos, es decir mártires de la causa de la justicia, y de esa forma entraron a formar parte de esa muchedumbre incontable de hombres y mujeres a los que Jesús llama bienaventurados o felices.

Allí estaba la flor y nata de una juventud con ideales y valores, con el compromiso bien claro en sus vidas, que delineaba con palabra sabia el Santo Padre en Camagüey: «Respuesta valiente de quienes no quieren malgastar su vida sino que desean ser protagonistas de la historia personal y social».

Allí en aquel valiente, virtuoso y heroico grupo de jóvenes los había con distintas formas y expresiones de vida y fe, había católicos prácticos como Echevarría y Arenado y también los que no tenían esa fe, pero sí esa firme voluntad de estar al servicio de todos los cubanos.

Hoy me pregunto y les pregunto, queridos jóvenes pinareños, lo mismo que les decía el Papa en Camagüey: «Qué puedo yo decirles a ustedes, jóvenes cubanos, que viven en condiciones materiales con frecuencia difíciles, en ocasiones frustrados en sus propios y legítimos proyectos y por ello, a veces privados incluso de algún modo de la misma esperanza. Guiados por el Espíritu, combatan con la fuerza de Cristo resucitado, para no caer en la tentación de las diversas fugas del mundo y de la sociedad; para no sucumbir ante la ausencia de ilusión, que conduce a la autodestrucción de la propia personalidad mediante el alcoholismo, la droga, los abusos sexuales y la prostitución o la búsqueda continua de nuevas sensaciones y el refugio de sectas, cultos espiritualistas alienantes o grupos totalmente extraños a la cultura y a la tradición de la Patria».

Les felicito por esta bella y eficaz iniciativa de rememorar hechos patrios que tienen el poder de redescubrir valores trascendentes, refrescar la memoria histórica que no puede olvidarse y honrar a aquella generación que pletórica de grandes amores, supo dar la vida por amor a la Patria y a los cubanos.

Que estos encuentros les animen y más a «abrir las puertas de su corazón y su existencia a Jesús, el verdadero héroe, humilde y sabio, el profeta de la verdad y del amor, el compañero y el amigo de la juventud».

 

Que así sea

13 de marzo de 1999 Año del Padre

Parroquia La Caridad «Encuentro de Jóvenes».