Carta del Padre Fray Timothy Radcliffe,
Maestro de la Orden de Predicadores de Santo Domingo de Guzmán
(Dominicos)
Queridos hermanos y hermanas:
Durante la misa de apertura del Segundo Sínodo para Europa,
con mi sorpresa y satisfacción, el Papa proclamó a Santa
Catalina de Siena co-patrona de Europa, junto a Santa Teresa Benedicta
de la Cruz y Santa Brígida de Suecia. Catalina fue una prodigiosa
escritora de cartas a sus hermanos y hermanas, por eso es apropiado
honrarla con una breve carta a la Orden.
La Europa de Catalina, como nuestro mundo de hoy, estuvo marcada por
la violencia y por un futuro incierto: El Papado había huido
a Aviñón, desgarrando la Iglesia y dividiendo países,
ciudades y Órdenes religiosas, incluida la nuestra; las ciudades
habían quedado diezmadas por la peste bubónica, conocida
como la Peste Negra; había un declive de la vitalidad en la Iglesia
y una pérdida de identidad, así como una crisis en la
vida religiosa.
Catalina se negó a resignarse ante este sufrimiento y esta división.
En palabras del Papa Juan Pablo II, entró "con paso firme
y palabras ardientes en el corazón de los problemas eclesiales
y sociales de su época". Se dirigió a los gobernantes
políticos y religiosos, personalmente o por cartas, y les señaló
claramente sus fallos y cuál era su deber como cristianos. No
tuvo reparo en decir incluso al Papa que debía tener valentía
y regresar a Roma. Visitó las cárceles, cuidó de
los pobres y de los enfermos. La devoraba la urgencia de llevar a todos
el amor y la misericordia de Dios.
Sobre todo Catalina luchó por la paz. Estaba convencida de que
"ni con espada ni con guerras ni con crueldad" se podía
lograr el bien, sino "con la paz y la humilde y continua oración".
Pero nunca sacrificó la verdad a la justicia por una paz fácil
o a bajo precio. Recordó a los soberanos de Bolonia que buscar
la paz sin la justicia era como poner bálsamo en una llaga que
debería ser cauterizada". Sabía que ser pacificador
significaba seguir los pasos de Cristo, que hizo la paz entre Dios y
la humanidad. Por esta razón, el pacificador debe a menudo compartir
el mismo destino de Cristo y sufrir el rechazo. El pacificador es "otro
Cristo crucificado". Nuestro propio mundo está lacerado
por la violencia: violencia étnica o tribal en Africa y en los
Balcanes; amenaza de una guerra nuclear; violencia en nuestras ciudades
y familias. Catalina nos invita a tener el coraje de ser pacificadores,
aunque esto conlleve que nosotros mismos tengamos que sufrir persecución
y rechazo.
La paz, para Catalina, significaba por encima de todo la paz en la Iglesia,
la curación del Gran Cisma. Y al mismo tiempo percibimos su intenso
amor por la Iglesia, que para ella no era "otra cosa que el mismo
Cristo", junto a su coraje y libertad. Amó tanto a la Iglesia
que no dudó en denunciar los fallos de los clérigos y
obispos en su búsqueda de riqueza y posición social, y
le exigió que fuera el misterio de Cristo en el mundo, la servidora
humilde de todos. Incluso se atrevió a decir a Dios lo que tenía
que hacer, cuando rogó:
"Te apremio, pues, puesto que tú sabes, puedes y quieres,
que tengas misericordia del mundo,
y envíes el calor de la caridad con paz
y unión a la santa Iglesia.
No quiero que tardes más."
La Iglesia de nuestro tiempo sufre también divisiones, causadas
por incomprensiones, intolerancia y una pérdida del "calor
de la caridad y la paz". Hoy el amor por la Iglesia se entiende
a veces como un silencio falto de sentido crítico. ¡No
se debe "agitar la barca"! Pero Catalina nunca pudo permanecer
en silencio. Escribió a un importante prelado: "No os quedéis
más en silencio. Gritad con cien mil lenguas. Veo que el mundo
está perdido por callar. La esposa de Cristo está descolorida,
ha perdido el color".
Que Santa Catalina nos enseñe su amor profundo al Cuerpo de Cristo,
y su sabiduría y coraje para decir con verdad y abiertamente
palabras que unen en lugar de dividir, que iluminan en vez de oscurecer,
y que curan en lugar de herir.
Las relaciones de Catalina con sus amigos, y en especial con sus hermanos
y hermanas dominicas, estuvieron marcadas por la misma combinación
de amor y audacia en el hablar ("parresia" v.gr. Hechos 4,
31; 2 Cor, 4). Ella consideraba a cada amigo como un don de Dios, que
debía amarse "muy cercanamente, con un amor particular".
Creía que la amistad mutua era una oportunidad "para engendrarse
mutuamente en la presencia dulce de Dios", y una proclamación
de "la gloria y alabanza del nombre de Dios en el prójimo".
Pero este amor no le impidió hablar con toda franqueza a sus
amigos, y decir a sus hermanos exactamente lo que debían hacer,
incluso a su querido Raimundo de Capua, que llegó a ser Maestro
de la Orden el año de su muerte. No puede haber amor sin verdad,
ni verdad sin amor. Así rezaba por sus amigos:
"Dios eterno,
te pido con singular solicitud
por todos los que me has dado
para que los ame con singular amor.
Que sean plenamente iluminados con tu luz
y que se quite de ellos toda imperfección,
para que en verdad puedan trabajar en tu jardín,
donde tú los has destinado".
Si la Familia Dominicana tiene que ser, en palabras de Catalina, "amplia,
toda gozosa y perfumada, jardín agradabilísimo".
Debemos aprender su capacidad de amistad recíproca junto con
la plena verdad. Nuestra amistad como hombres y mujeres, religiosas
y laicos, es un gran don para la Orden y para la Iglesia, pero a veces
está marcada por heridas de las que apenas nos atrevemos a hablar.
Para trabajar juntos como predicadores del evangelio, tenemos que hablarnos
mutuamente con la franqueza y confianza de Catalina, para que "en
la verdad puedan trabajar en tu jardín".
Catalina fue la mujer apasionada, con profundos deseos: la unión
con Dios, la difusión del evangelio y el bien de toda la familia
humana. El deseo ensancha nuestros corazones. Ella dijo a Dios: "Tú
haces grande el corazón, no estrecho - tan grande que tiene cabida
para todos en su caridad amorosa". Y Dios dijo a Catalina: "Yo,
que soy Dios infinito, quiero ser servido por vosotros con cosa infinita,
e infinito no tenéis más que el afecto y el deseo de vuestro
espíritu".
¿Cómo podemos crecer como hombres y como mujeres tocados
por la pasión de Catalina por Dios? ¿Cómo podemos
liberarnos de la pequeñez de corazón y de la complasencia
en las pequeñas satisfacciones? Quizá descubriendo, como
hizo Catalina, que Dios está presente en el fondo mismo de nuestro
ser. la Pasión por Dios no es algo a lo que cobra gusto, como
la afición al fútbol. Está en la esencia de mi
ser esperando a que se descubra. Nuestro mundo está marcado por
un hambre profunda de identidad. Para mucha gente de hoy la pregunta
urgente es: "Quién soy yo?". Esta fue la pregunta de
Catalina. La búsqueda contemporánea del conocimiento de
uno mismo es con frecuencia una preocupación narcisista, una
concentración introvertida en el propio bienestar y realización.
Pero para Catalina, cuando al fin me veo como soy, no descubro una pequeña
brizna de mi yo egoísta y solitario. En lo que Catalina llamaba
"la celda del conocimiento de sí" yo me descubro amado
en mi propio existir. Ella se describió como "concentrada
en la celda interior para conocer mejor en sí la bondad de Dios".
Si me atrevo a hacer este viaje hacia el conocimiento de mí mismo,
entonces descubriré qué pequeño, imperfecto y limitado
soy, pero veré también que soy profundamente amado y valorado.
Dios dijo a Catalina: "Con providencia te creé, y al contemplarte
en mi mismo, me enamoré de la belleza de mi criatura".
Por eso Catalina nos ofrece una respuesta liberadora a la búsqueda
contemporánea de la identidad. Nos lleva más allá
de una falsa identidad basada en la posición o en la riqueza
o en el poder. Porque en la entraña de nuestro ser está
Dios, cuyo amor nos mantiene en el ser. Este es el lugar de la oración
contemplativa, donde uno se encuentra con Dios que se complace en amar
y en perdonar, y cuya propia bondad saboreamos. Aquí descubrimos
el secreto de la paz de Catalina y su dinamismo, de su confianza y de
su humildad. Esto es lo que hizo de esta jovencita, con poca educación
formal, una gran predicadora. Esto es lo que le dio la libertad de hablar
y de escuchar. Esto es lo que le dio valentía para afrontar los
grandes problemas de su tiempo sumergiéndose en ellos. Con la
ayuda de sus plegarias nosotros podemos hacer lo mismo.
Vuestro hermano en Santo Domingo,
Fr. Timothy Radcliffe OP
Maestro de la Orden