"No hagas sin lo que puedas hacer
con" / DON PEDRO CASALDÁLIGA
La confrontación es un signo
de la cultura de la muerte. La confrontación cansa, agota, divide,
emponzoña, envilece, distrae de lo constructivo, fomenta un acercamiento
negativo a la realidad, estorba para tener una visión positiva
de la vida.
La gente sufre con la confrontación y el alma de los pueblos
se empobrece con ella. No se puede vivir constantemente crispados. Sabemos
que las desavenencias y los enfrentamientos vienen, a veces, sin que
uno los busque. Vienen, o van en ocasiones, por falta de educación
para vivir en un mundo diverso y plural. Vienen a causa de la injusticia.
La vida personal, familiar y social tiene en sí misma contradicciones
y luchas internas y externas. Eso es un dato de la realidad. Las relaciones
con uno mismo y con los demás no son llanas, ni simplonas, son
complejas y muchas veces escabrosas.
Pero una cosa es asumir esa contradicción interior o social y
tratar de superarla para crecer en humanidad y otra cosa es fomentar
una cultura de la confrontación y hacer de la vida, del lenguaje,
de las relaciones humanas, de las familias, de la cultura, de las relaciones
internacionales, un campo de batalla. Cualquier tipo de batalla, aún
cuando sea contra el mal, no puede ser la manera cotidiana y exclusiva
de vivir. Es decir, la vida no debe ser concebida como un existir contra
algo o contra alguien, o contra ideas de otros o contra modelos de vida.
La vida debe ser concebida como un proyecto a favor del bien, de la
verdad, de la belleza. La vida debe verse desde lo positivo que ella
tiene en sí misma, porque todo no es contradicciones hirientes
e insalvables. Y si, buscando lo positivo y lo constructivo, vienen
las contradicciones, eso forma parte del camino y puede, incluso, servir
para madurar y superarse a sí mismo, pero nunca debería
ser una forma sistemática de concebir la vida.
No es saludable, ni para la salud física y síquica de
las personas, ni para la salud moral y espiritual de los pueblos, vivir
en un clima de permanente hostilidad, ataque y fomento de la conflictividad.
Por muy justas, legales, éticas y verdaderas que sean las causas.
La tradición cubana, desde Varela a Martí, desde el Seminario
San Carlos hasta La Demajagua, desde el mismo Baraguá hasta el
Manifiesto de Montecristi, nos enseña con innumerables ejemplos,
que ni la cultura que se fraguó en San Carlos, ni el sentido
de independencia que anunció Varela, ni la libertad proclamada
por Céspedes, ni la guerra misma preparada e iniciada por Martí,
Gómez y Maceo, tuvieron nunca, ninguna de ellas, un estilo ofensivo,
ni un lenguaje agresivo, ni una intención ponzoñosa, ni
en las obras, ni en las palabras, ni en sus manifiestos y publicaciones.
Eran batallas sí, pero buscando lo que une, buscando lo que salva,
no lo que condena; concebidas como elevación del espíritu
no como diatribas, cuyo lenguaje y actitudes nos empantanan a ras de
tierra. Era buscar la libertad y la justicia pero dejando, incluso,
una puerta abierta para el español honesto y noble. Era una guerra
necesaria, pero lo más corta, lo más justa, lo más
incluyente, lo más honorable, lo menos cruenta posible en ofensas
y maniobras, pudiéramos decir, incluso, lo más amorosa
y sanadora. Varela y Martí han sido los mayores hacedores de
consenso en la historia patria. La verdadera Cuba es así. Esa
es la mística de los Padres de la Nación.
Venga el cultivo de esa mística cordial y reconciliadora. Pasemos
de la confrontación a la cultura del consenso.
Entendemos por consenso ese proceso mediante el cual se va cultivando
lo que nos une y se va tolerando y asumiendo lo que nos diferencia.
Fomentar el consenso es buscar un mínimo de acuerdo y de adhesión
a unos valores fundamentales como pudieran ser: la vida, la justicia,
la verdad, la libertad, la solidaridad, la paz...
La humanidad existe gracias a los consensos. Toda vida familiar y social
existe gracias a un consenso mínimo, es decir, la aceptación
de los lazos de familia, y la aceptación de la vida en comunidad.
El individualismo y el egoísmo son la negación de estos
consensos que pudiéramos llamar primarios: aceptar la familia
y la comunidad. Casi no nos damos cuenta de ellos, porque hay una serie
de consensos que son tácitos, que vienen con la cultura propia,
que están implícitos en las costumbres, en las formas
de vivir y de relacionarse. En este sentido podríamos decir que
cultura es consenso. Cultura es consenso y diversidad.
Pero estos consensos no totalmente conscientes, adquiridos por la tradición,
los valores transmitidos y aceptados, la educación y las costumbres
sociales no bastan para crecer en humanidad y en comunidad de intereses
y proyectos.
Se necesitan consensos explícitos y conscientemente buscados
y asumidos que vayan tejiendo en el seno de la familia y de la sociedad
una red de relaciones, de espacios de participación, de articulaciones
de proyectos, de objetivos comunes, de acuerdos para solucionar pacíficamente
los conflictos, para fomentar obras de carácter multiétnico,
pluricultural, interreligioso, internacional. Ese es el futuro del mundo.
Por eso podemos decir que el futuro se hará si aprendemos a hacer
consensos cada vez más amplios y diversos.
Pero ya lo hemos dicho: buscar consensos, lograr consensos es una tarea
que exige preparación, voluntad y paciencia. Lo que significa
entrenamiento, perseverancia y tiempo. Los consensos, si son verdaderos,
no se improvisan, ni se suponen, ni se imponen.
Consenso no es simple gregarismo, en el que se juntan las personas como
masa. La masificación es lo contrario del consenso. Consenso
es conciencia de pertenencia, masificación es juntera y despersonalización.
Consenso es libertad para adherirse a un proyecto común, masificación
es manipulación de los instintos, psicologismo de multitudes.
Para hacer consensos se necesitan personas libres y tolerantes, dialogantes
y abiertas, para la uniformidad se necesita masa, monólogo, cerrar
filas y cerrar mentes. En esto se diferencia la cultura de masas de
la cultura de consensos.
Por eso no deberíamos confundir el consenso con un simple contrato
formal, ni con un acuerdo detallado de todas las normas de vida, de
todos los valores que habría que inculcar en las escuelas y hogares,
de todos las actitudes que se espera de los ciudadanos, de un único
proyecto social, de un modelo cívico excluyente de los demás.
No impone un estilo minucioso de relaciones sociales. Un falso "consenso"
que intenta abarcar todo, es totalitarismo de estado, o de mercado,
si ocurre al interior de una sociedad; o hegemonismo unipolar si intenta
imponer una globalización sin la riqueza de la diversidad y sin
la necesaria solidaridad.
Quienes intentan construir consensos comienzan por buscar un mínimo
en común, unos puntos de coincidencia básicos. Y si no
existieran coincidencias todavía, buscar, por lo menos, algunas
convergencias, aún cuando partan de presupuestos diversos. Para
ello hay que estar dispuestos a ceder en algo. Sin concesiones mutuas
no hay consensos amplios. Sólo pueden alcanzarse consensos de
apoyo en el grupo afín. Estas solidaridades dentro de un mismo
grupo exclusivo, dentro de una misma ideología hermética,
al interior de una misma nación cerrada a las demás, o
en una misma religión que destruye las demás tradiciones
culturales y religiosas como ha ocurrido hace unos meses en Afganistán,
son sectarismos, no solidaridades; son proyectos excluyentes, no consensos
culturales o nacionales. El consenso es un proceso de inclusión.
El consenso se opone a la cultura del conflicto y a la del "enemigo
necesario" que busca la cohesión interna de la sociedad
por miedo o rechazo.
He aquí posibles caminos para el consenso:
Ceder y tolerar. Hacer concesiones mutuas y proporcionales. Aceptar
que los demás son diversos y no querer "convertirlos"
a la fuerza o bajo presiones o bajo intimidaciones directas o sutiles.
No creerse poseedor de toda la verdad, ni de toda la bondad, ni de toda
la voluntad, necesarias para cambiar el mundo. El mundo se cambia al
ritmo de pequeños consensos, de una perseverante voluntad de
buscar lo que nos une, de no excluir ninguna oportunidad para la esperanza.
Pero no pueden pedirse, ni esperarse, concesiones que afecten la identidad
del otro, o la esencia de su razón de ser. Eso sería destruir
al otro, no buscar con él áreas de cooperación
posibles y, cada vez más amplias. Quien no cede, obliga a los
demás a la violencia. Quien ejerce la violencia para que otros
cedan conduce a un callejón sin salida. La puerta de escape a
la violencia es el diálogo y el consenso.
Cuba necesita una cultura del consenso. Los pasos para educarnos en
esa dinámica de diálogo, inclusión, cesiones mutuamente
ventajosas y acuerdos en lo esencial y lo más urgente y necesario
pudieran ser:
-Pasar del consenso inconsciente al consenso libremente expresado.
-Pasar del desarraigo al sentido de incumbencia y de pertenencia.
-Pasar de la pertenencia obligada y amargada a la satisfacción
de ser parte.
-Pasar de ser parte satisfecha a la participación activa y crítica.
-Pasar de buscar lo que nos separa a fomentar lo que nos une.
-Pasar de lo mínimo que nos une a lo mínimo que podamos
hacer juntos.
-Pasar de lo que podamos hacer juntos a solidaridades más profundas.
-Pasar del simple orden social externo a una cohesión social
basada en lo esencial.
En esta Isla todo se da mezclado. La vida es un ajiaco agridulce. Hoy
mismo encontramos signos de vida y signos de muerte. Signos de inclusión
y signos de exclusión. Encontramos búsqueda de consensos
y fomento del disenso. Encontramos a quienes buscan sus propios intereses
en un individualismo cada vez más patético y quienes se
entregan al servicio de Cuba cada vez con más sacrificio y generosidad.
Así es la diversidad. Así es la normalidad del pluralismo
cívico. No podemos aspirar a que el mundo sea uniforme.
Hay quienes dicen que no hay proyectos nuevos. En Cuba hay nuevos proyectos
de consenso dentro de la legalidad. Hay iniciativas que pueden ir configurando
una nueva sociedad.
Pero lo más importante es que hay gente que busca y no desespera.
Que hay cubanos que permanecen y no escapan. Que hay cubanos que están
dispuestos a dialogar y a ceder en aras del bien común.
Lo importante es que hay cubanos que están dispuestos a caminar
hacia el consenso posible y a seguir caminando, sin detenernos en la
mediocridad del pragmatismo, hacia la utopía de lo imposible
cuya posibilidad es amasada y realizada cotidianamente por el amor.
Por ese amor que convierte lo imposible en realidad: Cuba vivirá.
Pinar del Río, 15 de Abril de 2001
Solemnidad de la Resurrección de Cristo.