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"Guernica" apareció en el pabellón español
de la Exposición Universal de 1937, la opinión pública
internacional lo ha considerado "la mayor pintura trágica
del siglo XX". Era el grito de un pequeño poblado vasco
escuchado por la genialidad de un artista comprometido con su tiempo.
Desde una pequeña casa de familia guajira en Pinar del Río,
sobre el suelo, se fue desenrollando, porque no había "espacio",
un lienzo de verdades que nace gracias a la tenacidad imparable de otra
genialidad criolla, e igualmente comprometida con su tiempo. Va apareciendo,
sin previo aviso, un túnel de peligros y dolores, de huidas e
incertidumbres, de dolor y vacíos. Era uno de los momentos más
trágicos de nuestra historia patria.
Creo que ambos autores han querido dejar plasmados y acuciantes, avizores
y, en cierto sentido, molestos, estos dos momentos del devenir de sus
pueblos, con un amor tan grande a sus esencias e historias que no han
podido quedar inermes ante su sufrimiento. Creo que esta es la "coincidencia"
fundamental. Lo otro es rasgo, símbolo discutible, apreciación
subjetiva y por ello no menos real, pero perteneciente al reino del
espíritu, gracias a Dios, tan libre e inasible, como inefable.
En ambos óleos hay oscuridad y un solo haz de luz venido de la
pequeña llama de un quinqué. Ya sabemos que la luz verdadera
es siempre así, pequeña, penetrante, fecunda desde adentro,
pero débil en su primer gemido. Como cuando pare una mujer para
dar "a luz" una criatura nueva.
En ambos hay animales amenazantes y sombríos, cuyas fauces no
sabemos bien si están abiertas de dolor o de crueldad. En el
"Guernica" un toro que para Picasso es símbolo de "la
brutalidad y la oscuridad". En el "Apagón" es
un lobo gigantesco salido también de la oscuridad. En el primero,
tan cerca de la pequeña luz como pudo, campea el caballo herido
que para el autor representa al pueblo español. En el Oliva,
debajo exacto del único haz de luz, una tribuna, vacía
y expectante. Sólo la llenan, la cubren, son su misma estructura,
las franjas y la estrella solitaria: es el símbolo de la nación
cubana, eso sí, no sola, sino rodeada de hombres que, sin duda,
han marcado, de alguna manera, la historia del país.
También hay hombres y mujeres sencillos, pero no anónimos,
que cubren casi toda la superficie y que, a medida que se alejan, sufren.
Otros perecen ahogados entre las olas de un cuño casi al margen;
otros sobreviven, como aquel impresionante y pequeño hombre que
hace equilibrios sobre el filo de una pértiga de riesgos, acosado
por izquierda y derecha en lo más alto de la oquedad del túnel.
Otros "hombre-citos", pequeños de alma y de entrega,
flotan sobre frutas jugosas o bajo sombrillas en el aire, como si adornasen
los márgenes de la obra. Se evaden por dentro, no ponen sus pies
en la tierra, se desentienden del dolor y del túnel, creen que
están fuera de él y fuera del desgarramiento y el sacrificio.
Están muertos de oportunismo y fríos de solidaridad. Van
solos. O, por lo menos, así los veo yo.
En el Picasso, las figuras planas, simples, no andan solas, yacen en
amasijo de pueblo masacrado. Los agudos ángulos contrastan con
las curvas de Oliva, pero el dolor no es geométrico. En blanco
y gris, en negro y luz, las de Picasso; en verdes y amarillos, rojos
y azules las de Oliva, porque la vida es así, de polícroma
y contrastante. En Picasso se ve la herida por fuera. En Oliva va por
dentro. Pero en ambos el desgarrón. Con la sobriedad, casi descarnada
del país vasco en uno, con la exhuberancia caribeña y
tropical en el otro, pero, quién dijo que el sufrimiento tiene
latitudes.
Ver bajo la geometría de las formas, auscultar bajo la piel multicolor
de la vida, curar la herida donde esté y descubrir la esencia
del hombre sin los límites de meridianos, es poder leer del arte
el mensaje de humanidad. Eso he experimentado al escuchar a Oliva y
es mi mejor recomendación para los que se acerquen a "El
Gran Apagón".
Una última apreciación y un deseo
El túnel de Oliva tiene salida y la muerte no tendrá
la última palabra. También en el "Guernica"
quiero ver, desde abajo del triángulo de luz y de la pata del
caballo que representa al pueblo, casi imperceptible en medio de tanto
horror, cómo se yergue, trémula pero vivaz, una pequeña
flor que nace del brazo herido y de la espada quebrada.
Para mí, lo que en Picasso es detalle de resurrección,
en Oliva es atmósfera rediviva. Creo ver, en el verde predominante
del apagón, que la esperanza es más fuerte que el caos
y la sombra. Este óleo-insignia de la espiritualidad de Pedro
Pablo destila por las grietas del túnel, profusión de
espacio y de vida. Creo que no podría ser de otra manera conociendo
la discreta y exuberante fuerza interior del autor, es decir, su mística
cubanísima. Ya sabemos que ni en los peores momentos, los cubanos
nos hemos dejado arrancar el humor y la esperanza. Quizá de
aquí brote la gran capacidad de recuperación de nuestro
pueblo. "El gran apagón" es el certificado, "acuñado"
por la vida real, de que Cuba seguirá fiel a la luz y a la
vida, al color y a la diversidad, al riesgo y al movimiento, aunque
este sea sobre el filo de una pértiga acosada de peligros,
pero en lo alto de la existencia que nos sugiere la estatura que tiene
la dignidad.
Por esto, y porque comparto con Oliva el arraigo y el gran amor y
respeto por el pueblo de Pinar del Río, expreso el deseo de
que "El Gran Apagón" no se vaya de aquí. Hay
que buscar el lugar apropiado. Quizá pudiera estar en ese proyecto
de museo de las artes plásticas que es digna iniciativa que
adeudábamos con los creadores de estos lares.
Que "El Gran Apagón" permanezca en la tierra verde
y fértil donde nació desenrollado como un libro del
Pentateuco, mezcla del Génesis y del Éxodo, de la mano
de un guajiro universal, porque Pinar del Río merece tener
este documento de riesgo y esperanza. No sólo porque enriquece
su patrimonio artístico, ya fecundo, sino porque puede ser
meca y santuario de cuantos vienen buscando la esencia de la humanidad,
la nobleza de Vueltabajo y el carisma identificativo del color local.
Eso sí, que sea sin localismos ni chovinismos, pero con un
gran sentido de pertenencia. El "apagón" abre esta
pequeña ciudad a la universalidad y salva a esta de los lobos
de la globalización.
Por eso creo que "El Gran Apagón", de Pedro Pablo
Oliva, vislumbra la luz al final del túnel y puede encender,
dentro de todo el que lo admira, el quinqué de la esperanza.
8 de Abril de 2001
En el 28 aniversario de la muerte de Picasso.
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