"Muy humilde Martín de Porres,
cuya caridad ardiente abrazaba no sólo
a tus hermanos sino también
a los animales...".
(Fragmento de una oración
a San Martín de Porres)
Hace meses me ronda, imperioso,
el deseo de escribir algo sobre mi perra Titina.
¿Historias de perros? Miles. Por años hay literatura sobre
estos animales narrando actos heroicos o especiales; han sido protagonistas
de hechos históricos. Recordemos a Saika. Entre los mejores relatos
del famoso escritor Jack London está "Colmillo blanco"
donde cuenta las aventuras de un perro lobo.
¿Filmes? Por decenas están los que tienen a perros como
protagonistas, haciendo las delicias de chicos y, porque no, de adultos.
Recordemos a "Lassie"
Pero ninguno de éstos es el caso de mi perrita. No llevó
a cabo ningún hecho digno de mención, no ganó concurso
alguno, no merece recuerdo agradecido de nadie. Sólo mío.
Vivió para, humildemente, llenar mi hogar de cariño, de
fidelidad y por sobre todo, de lealtad y amor hacia mí.
Si estas líneas llegan a publicarse creo que serán del
agrado de los que aman a estos animales, que hace años pasaron
a ser compañía de los humanos. Los demás, como
no contiene giros literarios de valía que los motive a su lectura,
no las leerán. ¡Y es natural! Eso es uno de los mejores
atributos de la libertad. Poder leer lo que nos guste, no lo que nos
impongan.
Poco menos que nada era esta perrita a la que llamamos Titina: muy mansa,
pequeña, sin aires de importancia (quizá sabía
no podía alardear de fino pedigree) de esa raza compendio de
todo lo que no merece ser heredado, de todas las razas que los cubanos,
sabiamente, llamamos "saterrie"; blanca y con manchas de color
canela, no muy fuerte, ojos, grandes, almendrados, amarillos, pelambre
corta y sin brillo, una cola larga, que, como era muy sociable con amigos
y conocidos, (y dicen la mueven para expresar sus sentimientos), pues
la de ella casi siempre estaba así, moviéndose, orejas
largas y gachas. Me llamaba la atención su andar alegre pero
muy silencioso como si quisiera pasar inadvertida y una mancha blanca
en el lomo, en forma de rombo (con las esquinas muy alargadas) más
propia de un cuadro de Wassily, Kandinsky o Paul Klee, que de la pelambre
de un perro.
¡Ay! ¡Qué perfecta descripción hace Juan Ramón
Jiménez de su burrito, modelo de pocas palabras y buen decir!
¡Quién pudiera presentar así a Titina!
A ver ¿cómo lo describe el poeta español?: "Platero
es pequeño, peludo, suave, todo tan blando por fuera que se diría
de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de sus
ojos son duros cual escarabajos de cristal negro".
Recuerdo también los versos de Gabriela, al presentar a los animales
del Establo de Belén, llenos de vida, de movimiento ("bosque
estremecido") no de pasiva contemplación hacia el Niño.
Bajó un buey la cabeza
y lo acarició sin ruido
y sus ojos eran claros
como llenos de rocío.
Una oveja lo rozaba
contra su vellón suavísimo
y las manos le lamían
de rodillas, dos cabritos.
No puedo evitar brindarles
el final de la poesía:
La Virgen entre pañales
y vellones blanquecinos
aturdida, iba y venía
sin poder cargar al niño
San José llegó sonriente
a ayudar a la sin tino
¡Y era como bosque al viento
el establo estremecido!
¡Qué dulce impresión! Los animales
ofrecen, humildes, a su modo, su cariño, su alabanza, su ternura
al Recién Nacido.
Mucho me extraña en los romances y coplas navideñas no
se nombran perros. En todos los que copia la Dra. Carolina Poncet, primera
figura cubana de relevancia en ensayos sobre folklore, en su libro "Investigaciones
y apuntes literarios" no hay. Es curioso que ella termina el capítulo
a ellos dedicado con un poema de Juan Ramón en que sí
aparecen:
El cordero balaba dulcemente.
El asno tierno se alegraba
en un llamar caliente,
el perro ladraba
hablando a las estrellas.
Me desvelé ... salí... vi huellas
celestes por el suelo florecido
como un cielo invertido.
Un vaho tibio y blanco
velaba la arboleda,
la luna reclinando
en un ocaso de oro y plata
que parecía un ámbito divino.
Mi pecho palpitaba
como si el corazón tuviese vino.
Abrí el establo a ver si estaba...
¡Estaba!
¿Quién que ame el verso no suspira de dulce
gozo al terminar de leerlo? Si yo fuera "coplera" hubiera
hecho una, por lo menos, en que nombrara perros. Por ejemplo:
Los pastores con sus perros
corrieron hasta el establo.
¡El Niño parecía un sol!
¡La Madre, un lirio blanco!
Pero volvamos a Titina.
Perucho (mi esposo) y yo (52 años de casados) siempre
habíamos tenido un perro pero por diversos motivos, sobre todo
el de no creer que el arroz y los chícharos fueran dieta adecuada
para ellos, (amén de algún esporádico hueso mondo
y lirondo de pollo o cerdo), hacía tiempo no había alguno
en casa.
Esta perrita, Titina, no fue comprada, ni regalada, ni encontrada, ni
escogida entre otros. ¡Ella nos escogió a nosotros..!
Veamos...
Nunca olvidaré el día que se nos apareció en casa.
Llegó a nuestro patio más flaca que un güin como
si hubiera salido de un campo de concentración, muy sucia, herida;
la cabeza humillada, la cola entre las patas, huyendo de todos, escondiéndose
de todos ¡así debió haber recibido golpes de los
que nos llamamos "civilizados"! ¡Y con más pulgas
y garrapatas que pelos!
Perucho, sumándose al clamor de "los civilizados" quiso
echarla del patio porque según su sólida opinión,
amén de flaca, fea y sucia era ¡¡HEMBRA...!! Me opuse
con mis mejores argumentos, logrando al fin ponernos de acuerdo en cuidarla
durante un tiempo y ya recobrada, regalarla a alguien que la quisiera.
No tardó en convertirse en una alegre cachorrita que hacía
las delicias de todos y por sobre todos, de mi hija. Pero atendiendo
a las razones que argumentó Perucho sobre los "paritorios"
(y acordándome del arroz y los chícharos) me decidí
a salir de ella. Indagué entre vecinos y amigos, pero nadie la
quería. Nuestro amigo, el veterinario Luis Alfonso, (E.P.D.)
que la trató de por vida, no encontró a alguien que quisiera
una perra... perro, sí. Al fin, uno de los que frecuentaban el
patio y tenía auto se comprometió a llevarla lejos -el
llamado crucero Montequín- donde tenía un amigo ¡carnicero!
y a él se la dejaría. Haciendo de tripas corazón
me alejé del patio, no queriendo verla cuando se la llevaran.
Que la perrita ocupó varias veces mi pensamiento, no lo niego,
pero no me aferré a su recuerdo. A escondidas de Estrellita se
la llevaron en el automóvil. Era viernes. El lunes siguiente,
temprano en la mañana, oigo la voz de Perucho que me grita: ¡Rosario,
ven a ver quien está aquí! No dudé un segundo y
le contesté, segura de la respuesta: ¡La perra!
¡Y ya fuimos de Titina...!
Debo aclarar que mi casa está en la calle Rafael Morales, cercana
a la Parroquia "La Caridad" y llega hasta la calle Rosario,
con la cual colinda el patio por donde pudo entrar libremente ella.
¿Cómo encontró el camino de vuelta? Fue en un automóvil
y hacía sólo dos o tres meses que vivía con nosotros.
¿Quién me lo explica? He leído sobre ese instinto
y el de las aves migratorias (y hasta mariposas), pero todo sigue en
hipótesis. Vivió veinte años... No fue buena guardiana
de la casa. Dos o tres veces nos robaron, en pleno día, del comedor
y el dormitorio varios objetos: un radio, una radio grabadora, un ventilador.
¡Me la imagino recibiendo con indiferencia o con alegría
a los ladrones! Poco le importaba.
Lo que más aprendió fue a espantar de la casa hacia el
patio a las gallinas "sacadas" con su bullanguera corte de
pollitos, si me veía a mi hacerlo con gritos y ademanes. Si no,
se quedaba tan campante acostada en el piso, aprovechando mi ausencia.
Era dócil, tranquila, humilde. Nunca se subió a una cama
o butaca, ní me lamió ardorosamente la cara, las manos,
los pies con una actitud de fina urbanidad, propia de perros de alta
estirpe, quizá herencia de algún remoto antepasado (remotísimo,
según su pinta).
No permitía perros callejeros en el portal o la acera frente
a casa, ni los que veía por la distante acera del "Parque
Pionero" escapaban de su ataque. No le importaba fueran más
grande o fuerte que ella: la arremetida era tan inesperada y rápida,
los ladridos tan estruendosos que huían despavoridos; nunca le
hicieron oposición, nunca la vi enredada en una pelea. En cambio,
cuando el perro llegaba a la casa o pasaba de la mano de su dueño
no le importaba su presencia. Expliquen ustedes como ella "sabía"
la diferencia. De cachorritos que alguien trajera a casa, se dejaba
hacer todo lo que los pequeños perros acostumbran en esa edad.
Ya vieja se cansaba pronto de estos juegos, alejándose para acostarse
en su rincón, rechazándolos suavemente si ellos insistían
en el juego.
¡Y con los niños! ¡Daba gusto observarla con ellos!
Era incapaz de rebelarse ante tirones de pelo, orejas, de cola... Hasta
patas arriba se acostaba para dejarse hacer cosquillas por los chicos.
A las mamás, asustadas, precavidas de que sus niños se
le acercaran, les aseguraba su pasividad y jamás me hizo quedar
mal.
Cuando estaba en celo nunca apareó en casa; si alguno "se
colaba" los espantaba igual que ya expliqué con los perros
callejeros.
Este salirse de sus cauces de "perra pasiva" lo atribuyo no
a querer ser "la más fuerte" si no "la más
querida" deseosa que yo no compartiera mi cariño con más
ningún perro, sólo con ella, y aunque la regañaba
por su actitud, confieso que en el fondo me sentía halagada.
Tuvo muchos partos, sin ayuda veterinaria, pero no paría en el
lugar donde dormía ni en la casa. Buscaba un sitio en el jardín,
casi oculto por una alta mata de croto, escarbaba la tierra haciendo
una hondonada poco profunda y allí tenía sus cachorritos.
A veces hasta seis, siempre preciosos y sanos de acuerdo a su vida,
libre de entrar o salir de casa, de padres desconocidos, variados en
color, pelambre y tamaño, amamantándolos durante largo
tiempo.
Entonces sí que se convertía en una perra diferente, "una
fiera" decía Estrellita. Ésta, Perucho y yo podíamos
acercarnos y cogerle los cachorritos, cambiarla de lugar, etc. y era
incapaz ni siquiera de gruñir. De Estrella lo permitía
todo: que le llevara un perrito o dos, los tuviera en brazos o se alejara
de ella. .. ¡Pero con los demás...! La única vez
en su vida que mordió a alguien fue a dos amigas que al verla
parida se le acercaron y tras el consabido ¡Ay, que perritos tan
lindos...! ¡Y allá fue la mordida...!
Por años durmió en el patio, en un lugar preparado para
ello en un garaje, pero temprano en la mañana venía a
la casa y arañaba la puerta de nuestro dormitorio si todavía
estaba cerrada. ¡Y ya me seguía los pasos, como mi sombra,
durante todo el día!
Ahora, pasado el tiempo, es cuando me doy cuenta todo lo que ella significó
para mí. Su presencia me daba una grata sensación de no
estar sola, no de sentirme "defendida" de algo o de alguien,
sino sentirme defendida de la soledad y muchas veces de lo más
triste: la soledad aún en medio de personas.
La alegría, como a todos, llegó a mi vida, pero ¡cómo
me llegó el dolor! No fue incidental. Llegó para quedarse
hasta el fin de mis días terrenales.
¡Cuánto me calmaba su presencia callada! Mi fe me ha sostenido
siempre. Mi Mejor Amigo, mi Doble Silencioso se está a mi lado;
pero ¡qué bueno saberme amada así, sin pedir nada
a cambio por un ser tan humilde como Titina, un corazón fiel
que latía al unísono que el mío!!! Esto es algo
intangible que no puedo expresar con palabras. Cuantos tienen y aman
a los perros sentirán lo mismo que yo. ¡Lo aseguro!
Le compré una traílla y se adaptó a ella sin problemas.
Tuve que usarla con el collar, más para que no me siguiera cuando
yo salía de casa que por mantenerla en ella o llevarla de paseo.
A veces, sin darme cuenta, me iba sin atarla. La muy taimada me seguía
al instante de notar mi partida, pero lo hacía a uno o dos metros
tras de mí, así yo no me percataba de ello y ya lejos,
me daba cuenta de su compañía ¡Y a volver a casa
sin ella! Nada ni nadie (aun Perucho) la hacía dejarme. Tal cosa
ocurrió durante años cuando yo iba a la Iglesia "La
Caridad"- A veces, hasta se soltaba de la traílla, escurriendo
la cabeza del collar. Y allá se aparecía la perra, recorriendo
todo el templo, buscando mi rastro hasta que me encontraba... ¡Y
ahí ardía Troya...! No les había dicho que a mi
vuelta a la casa daba grandes saltos de alegría y me rodeaba
ladrando y chillando con todas sus fuerzas. Y yo, escabulléndome
o casi cargándola para que tal cosa no ocurriera ante todos,
la llevaba de vuelta a la casa. Que el Señor y la Virgen vieran
tal escena no me preocupaba. ¡Qué no sabrían ellos
de amor y de fidelidad, aun de una perra! Muchos, sonrientes y comprensivos
se recreaban al verla -en este grupo estaba el cura Manolo- pero otros
ponían cara de pocos amigos ante tal (para ellos) falta de respeto
al Señor. Lo único fuera de "serie", que creo
no es común en muchos perros fue lo que ocurrió varias
veces al yo tocar hace años en el piano algunas canciones que
se interpretaban en Misa. Se sentaba a mi lado, muy atenta a la música,
inclusive ladeaba la cabeza como el conocido "perro de la RCA Victor"
que aparece en sus productos, discos, etc, Entonces emprendía
en aullidos que se expandían por el templo con la fuerza de una
gran soprano. Malena, (que atiende a los que visitan el templo en busca
de oraciones, información sobre misas, bautizos, etc.) y yo rompíamos
a reir y poco duraba el concierto. Esto ocurrió siempre a solas
nosotras con ella y no muchas veces.
Sor Aida me prestó una vez un libro que contaba la extrañeza
de un famoso escritor (creo recordar, francés) de permitir la
entrada de perros en los templos católicos en España.
Hubiera quedado pasmado de asombro con estas visitas de Titina a la
Parroquia "La Caridad". Ya narré cuando, buscándome,
irrumpía en plena ceremonia eucarística, pero fuera de
esos momentos, me acompañaba, muy callada, tranquila, sin carreras
o saltos. No molestaba a nadie, echada a mis pies, los ojos cerrados
pero atenta al menor de mis movimientos.
No fue de mi conocimiento que tal conducta fuera criticada. Aceptaba
de Estrellita cualquier clase de actitud hacia ella, soportando sus
abrazos, casi asfixiantes, algún buen manotazo, ser arrastrada
corriendo por la traílla o caminando en dos patas hacia donde
mi hija quisiera llevarla.
Al aparecer en nuestra farmacia el Polivit o las Polivitamínicas,
junto a nuestras dosis, dábamos una tableta diaria a Titina (para
"ayudar" al arroz y los chícharos). La encargada de
administrárselas fue Estrellita. Se encaprichó (es retrasada
mental) que Titina se las tragara como ella, enteras, y era digno de
ver como le abría la boca -a la fuerza- le metía la mano
hasta la garganta para allí dejarle la tableta. Titina lo aceptaba
todo sin gestos de rebeldía.
Comía de todo, menos frutas, vegetales y hortalizas. De éstas
le encantaba la remolacha y la zanahoria, hervidas. Estrellita compartía
todo lo que comía o bebía con ella, pero Titina nunca
le saltó encima pidiéndole, se limitaba, paciente, a esperar
sentada y recibir su ración.
Odiaba el agua, mejor dicho, el baño semanal. Mientras yo fui
la encargada de tal tarea iba obediente, a lo que para ella era un tormento;
pero cuando me vi impedida (por mi estado de salud) de hacerlo, había
que arrastrarla con la traílla, a la fuerza.
Sufría de un miedo irrefrenable a los truenos y los voladores.
Mis brazos no le servían de refugio y sólo encontraba
seguridad bajo mi cama, temblando como una azogada.
Cuando pasé unos veinte días en el hospital, víctima
de un infarto, me contaron, no se separó de la ventana de la
sala (que mantenemos abierta) donde siempre me esperaba cuando yo salía
. El día que regresé me recibió con alegría
pero sin los acostumbrados saltos y ladridos. ¿Sabía mi
delicado estado de salud, mi extrema debilidad? ¡No lo sé!
Aceptó mis caricias y palabras de cariño con la cabeza
baja y suma tranquilidad. Esta conducta extrañó a todos,
que estaban preparados para reprimir sus arrebatadas bienvenidas. Se
llevaron un buen fiasco al ver como Titina, más educada que la
más educada perra de raza, me acompañó y ¡claro!
no se separó de mí echándose a mis pies, mirándome
con sus dulces ojos en actitud de adoración.
Lo que de Titina cuento sé que es común de miles de perros.
Pero me da gusto hacerlo, precisamente porque no era ella una excepción.
Así, en estas líneas están todos los que como ella
vivieron haciendo honor a lo de ser "el más fiel amigo del
hombre".
Cada vez que yo regresaba a mi casa, ya cerca de ella, empezaba a chillar
y ladrar, como loca, aún fuera del alcance de su mirada (recuerden
me esperaba tras la ventana, atada con la traílla) aunque faltaran
cien metros o más para llegar. Ya muy vieja, con una hernia inguinal
inoperable, y poca vista, la traje a dormir dentro de casa. Al efecto
le preparé un rincón en la sala ¡Y había
que ver como, desde allí, llegaba hasta mi dormitorio, se arrimaba
a la cama, me buscaba con la vista, acercaba la cabeza y segura de mi
presencia volvía a la sala. Esto lo hacía varias veces
en la noche o en el día ¡como madre vigilando el sueño
de sus hijos! A veces me despertaba y yo, sonriendo y comprensiva, la
acariciaba. ¡Cuánto bien me hacía su tierna solicitud!
Su aspecto se hizo cada día más desagradable, el pelo
se le cayó en gran parte del cuerpo y veía muy mal. No
faltó quien me sugirió la llevara al veterinario y la
inyectara para que muriera sin dolor (¡y eran personas que amaban
los perros!) ¡Ay, para nosotros, mientras más vieja y más
fea, era más querida! Vivía feliz con nosotros. Intuía,
"disfrutaba" de mi presencia, era casi obsesivo su afán
de estar cerca o junto a mí. La hernia no le molestaba al caminar,
sólo al sentarse, andaba ligera, comía y dormía
bien. Por último ya no se conformaba con dormir en la sala y
se echaba (de día o de noche) junto a mi cama. Pensando en sus
años (recuerden, veinte) y con la certeza de que estaba sana,
se lo permití. Repito, no importunaba a nadie y mucho nos apenaba
verla en tal facha de perro abandonado.
¡Envejecimos juntas! Juntas perdimos la vista, aunque no total,
gracias a Dios, ¿Y los dientes? Dejamos de salir, como habitualmente
lo habíamos hecho, yo por mi poca visión, mareos, años
mal llevados... ¿ella? Por estar siempre a mi lado. Mansa, ajena
a todo lo bueno o lo malo de la vida, no supo de amigos y familiares
queridos ausentes, de "guerras frías", de "período
especial"... Recordarla en estas líneas me ha hecho un poco
de daño, tanto físico (la vista) como psicológico,
a pesar que trato de unirla más a momentos gratos vividos que
a los de infortunio: es fácil decir "no llores sobre la
leche derramada"; las heridas sanan pero duelen y su cicatriz queda
para siempre.
Del hermoso libro "En la Escuela de los Grandes Orantes" en
uno de sus capítulos (el que más he releído) Los
"anarvin" "La oración de los pequeños y
los pobres" pudiera incluir yo a Titina, acompañando a los
que allí aparecen, los humildes de la tierra, aquellos cuya oración
no está en nuestros libros "espirituales". ¿Qué
insisto en esa cualidad de humildad, de sencillez, que tanto admiro
en los hombres? Sí, insisto. Lo hago por que creo que con mis
precarias palabras no puedo expresar tal cualidad y que llegue a ustedes
como yo la veía en Titina. ¿Cuántas veces sucede
que al llegar a una casa donde hay perros, ellos son los primeros en
recibirnos en la puerta, con ladridos que a veces nos hacen dudar si
son de bienvenida? Otros se nos acercan cariñosos, con saltos
y carreras a nuestro alrededor, haciéndose los protagonistas
de ese momento, al extremo que el dueño tiene que intervenir
para calmar sus exageradas expresiones de amor. Y no es tal situación
criticable. A éste "mírenme, atiéndanme, yo
soy el rey de la casa" opongo la actitud de Titina en iguales circunstancias.
Atenta al visitante, si lo conocía se le acercaba tranquila y
tras una amistosa mirada volvía a su rincón. O expresaba
total indiferencia, silenciosa ante un desconocido al que yo recibía.
Al pasear con la traílla no era ella la que "paseaba",
sino obediente, con un trotecillo jovial, caminaba a nuestro lado ,
sin aires de "aquí voy yo" inclinada la cabeza sin
tirar de la misma para decir "quiero ir por aquí",
sino trotando mansamente al lado mío o de Estrellita.
Una tarde-noche, el año antepasado, al buscarla Perucho para
servirle la comida no la encontró. Pensamos se había quedado
en el patio (algo no propio de ella) y hasta allá fue sin el
resultado deseado. Varias hipótesis manejamos: si se había
quedado dormida, si se había refugiado bajo un carro sintiéndose
enferma, aunque ninguna nos satisfacía. Estábamos evadiendo
la realidad de que estuviera muerta... Mal que dormí esa noche
y esperé ansiosa, al día siguiente, encontrarla a su vuelta.
No volvió...jamás.
Indagamos en todo el barrio. Sabíamos que viva o muerta, nos
lo hubieran avisado. Era de todos conocida veinte años de pasear
sus calles.
Pregunté al Dr. Barrial si él tenía conocimiento
de que el carro de zoonosis la había recogido. Él, (fiel
creyente y asiduo a la Parroquia "La Caridad" la conocía
bien. Además, es buen amigo nuestro. Me contestó era imposible,
pues el carro, por falta de combustible, no había salido esa
semana. Quedamos sin saber realmente lo sucedido. Aún resuenan
en mis oídos los lastimosos gritos de ¡Titina! con que
mi hija la llamaba inútilmente...! ¡Así desapareció
de nuestra vida...!
Como llegó de no sé donde, se fue no sé a donde.
Tan humilde, tan poca cosa era, tan poco pedía que no quiso molestar
ni para morirse.
Dice el Papa: "Dios ha creado al hombre racional y libre"1
No hay ninguna intención de "misterio" a esta afirmación
sobre Titina. Soy libre de expresarla pero soy racional y sé
hay explicación lógica para ello pero que yo desconozco.
Quede bien claro.
El miércoles 10 de enero de este año 2001, comienzo de
año de siglo, de milenio, estaba en Misa. Leída la 1ª
Lectura "Carta a los Hebreos" de ella me resaltaron las siguientes
palabras: "Este Melquisedec era Rey de Salem (7,1) y Sacerdote
del Dios altísimo. 3 Nada se sabe de su padre ni de su madre
ni de sus antepasados ni tan poco se habla de su nacimiento ni de su
muerte".
Me acordé de Titina. Así pudiera yo describir su vida.
Y allí mismo, en la Misa, determiné escribir sobre ella
de realizar lo que durante tanto tiempo rondó mi mente.
¿Alguien puede considerar esta comparación una falta de
respeto a las Sagradas Escrituras? ¡No! Estoy segura que el Señor,
que conoce en lo hondo de mi corazón, no lo juzga así.
¡Y su juicio es el que me importa!
Quizá argumenten no hay narraciones en la Biblia que nombren
a perros. Pero en la Parábola de Lázaro ellos son los
únicos amigos del mendigo. No podemos separar a los seres humanos
que aparecen en la Biblia de su entorno aunque es obvio no se nombren.
Así por ej. Yo "veo" a María y a Jesús
muy alegres en las bodas de Caná... "Veo"las pastores
de Belén con sus rebaños y con perros ayudándoles
en su cuidado... Y los "veo" junto al Pesebre. Mucho me ha
ayudado a esto el libro de Miró "Estampas de la Pasión"
y las enjundiosas homilías del P. Manolo. Hasta monumentos les
han erigido. Por ejemplo éste me contó que en un pueblo
de Venezuela hay una estatua al perro de Simón Bolívar.
Él no indagó la causa de tal homenaje pero estoy segura
no puede ser otra que la que me imagino: está allí, no
para recordar los enemigos de su amo que destrozó entre los dientes,
si no a las veces que defendió a Bolívar, a sangre y fuego,
en medio de las batallas. Debe estar allí para recordar que fue
fiel hasta los últimos momentos de su vida. Quizá estuvo
junto a su lecho de muerte, con unos pocos hombres fieles al Libertador,
cuando todos lo abandonaron.
En este "mundo global" donde la Ciencia avanza a pasos agigantados
(la clonación me aterra, me pone "los pelos de punta")
donde el descubrimiento de hoy es algo obsoleto mañana, escribir
sobre una perra "sata" parecerá a muchos una pérdida
de tiempo, tremenda idiotez. Yo no lo creo así. Todos somos necesarios,
No pierde al hombre elevarse sobre la naturaleza en actitud soberbia
y tampoco puede olvidarse de Dios.
"En una ciudad destruida se encontró en la pared de un refugio
la confesión de fe de un perseguido:
Creo en el sol
aunque aquí no brille.
Creo en el amor
aunque aquí yo no lo sienta.
Creo en Dios
aunque Él guarde silencio"
(Del libro "Yo creo" pág. 8.)
Mirar a lo alto nos hace sencillos pero fuertes: aún
cuando vaya el pájaro caminando sobre la tierra, bien se ve que
está dotado de alas para volar. (A.M. Leonierre, escritor y poeta
francés).
Teresa de Calcuta empezó su vida misionera que la llevó
a recibir el premio Nobel de la Paz solamente con su amor al prójimo,
sin asilos, hogares, etc. abrazando al moribundo que encontraba tirado
en una calle, al leproso, al marginado, al solitario anciano, al huérfano.
Todos somos necesarios, repito; además, nuestra fe nos permite
decir: ¡Oh, muerte, dónde está tu victoria!
Ya termino. Como el poeta despide a "Platero" tras su muerte,
en sus palabras busco apoyo yo: "Dulce Titina, pequeña y
vulgar perra querida, durante años me brindaste amor, fidelidad,
compañía. No sé si en el cielo se acogen perros,
pero, de todas formas, sin saber dónde estás, sin poder
decir dónde están tus huesos, creo eres merecedora de
tal Gracia Divina. Yo, pecadora, indigna de ella, ruego, espero... Y
al final, en el supremo Juicio, quizá te encuentre.
¿Es mucho pedir?
Enero 20 /2001.
"Si la santidad lleva a la reconciliación
con la Naturaleza es posible que la reconciliación bien entendida
con la Naturaleza, favorezca a su vez a mejores relaciones con Dios.
O si la justa relación con Dios hace justos con respecto a las
personas y benévolos para con los animales, podría a su
vez despertar en el corazón del hombre sentimientos de admiración
y de alabanza por la obra grandiosa del Creador del Universo".
Marie Hendrickx L'OsservatoreRomano
No 1, 5 de enero de 2001, pág, 11