Muchas veces se nos
puede haber ocurrido la definición de que los pueblos son ciudades
frustradas; es decir, ciudades que detuvieron su desarrollo antes de
concluir su infancia. Esto puede encontrar una sustentación lógica
en el hecho de que todas las ciudades, en algún momento de sus
orígenes, fueron pueblos; y así, atrapados en la idea
de que cada pueblo constituye una entidad con individualidad propia,
lo vemos como al enfermero que no pudo llegar a ser médico, al
conductor de ómnibus que quedó en el camino de ser chofer,
o al ayudante a quien el combustible no le alcanzó para hacerse
mecánico. Sin embargo, una ojeada minuciosa a la historia de
varios pueblos y ciudades, nos llevaría, de inmediato, a valorar
con algo más de profundidad nuestra apresurada definición.
¿Por qué algunos pueblos han llegado a ser ciudades, y
otros no? El factor tiempo quedaría descartado como causa desde
el primer momento, no sólo por el hecho de que en el mundo existan
aldeas más viejas que las mayores ciudades, sino, además,
por la imposibilidad de establecer con exactitud cuánto puede
tardar un pueblo en convertirse en ciudad. A la insignificante Lutecia
le llevó más de un milenio convertirse en París,
mientras que New Amsterdam se hizo New York en poco más de dos
siglos.
En Cuba tenemos a Mantua y a Guáimaro para darnos fe de que la
notoriedad e importancia de hechos ocurridos en los pueblos no necesariamente
los llevan a la categoría de ciudad. Al mismo tiempo, la circunstancia
de existir pueblos ricos y pueblos pobres nos demuestra que la riqueza
no es de considerar como un factor absoluto en lo que a evolución
de una comarca se refiere. Por supuesto, en una crónica como
ésta, que pretende tener más de ameno que de erudito,
no vamos a intentar imponer criterios, y mucho menos absolutos, del
tipo de que los pueblos nacen para ser pueblos y las ciudades para ser
ciudades; dejemos más bien que el lector llegue a sus propias
conclusiones, y pidamos al Creador que todos los hombres que elaboran
teorías, sobre todo de índole social, un día aprendan
a hacer lo mismo.
Si los pueblos y las ciudades se diferenciaran sólo por sus dimensiones,
simplemente hablaríamos de ciudades grandes y pequeñas,
y nuestro tema perdería parte de su sentido. Pero el tamaño
no es más que una de las tantas propiedades que diferencia a
unas y otros.
Los pueblos contienen una población que representa el eslabón
intermedio entre el rústico habitante de campos y bosques y el
refinado y culto hombre de la ciudad. El habitante de pueblos vive una
constante tragedia tratando de esconder su perfil campesino, o al menos
atenuarlo, y la inmensa mayoría vive convencida de poseer talentos
excepcionales que no han podido desarrollar por la mediocridad del ambiente
donde la fatalidad los colocó al azar. Por eso, al igual que
los campesinos emigran del campo a engrosar los barrios periféricos
de los pueblos, los poblanos -pido perdón a los defensores del
idioma, pues no sé si el término existe-. En sus hordas
migratorias, van a dar cuerpo a los suburbios de las ciudades, cada
uno con la secreta esperanza de escalar las cimas del bienestar o la
celebridad. Es cierto que en las grandes ciudades existen mayores oportunidades
para desarrollar el talento, pero sólo cuando éste existe.
El Dr. Ramón Grau San Martín no alcanzó su notoriedad
como médico, ni llegó a la presidencia de la República,
por haberse ido de La Palma, así como tampoco Omar Linares es
la mejor tercera base del mundo por haber abandonado San Juan y Martínez.
El pichón abandona el nido cuando está preparado para
volar. Si un falso sentido de autoapreciación lo conmina a lanzarse
al aire sin estar listo para el vuelo, únicamente logrará
estrellarse contra el suelo y terminar su vida en las fauces de un gato.
A despecho o no de sus escépticos habitantes, es en los pueblos
donde se mantienen más fieles a sus raíces las tradiciones
de un país. En las grandes ciudades, libres del qué dirán,
las personas hacen todo lo que tengan que hacer ajenas a convencionalismos.
Costumbres tan generalizadas como la prostitución, el adulterio
y el homosexualismo, se practican en los pueblos bajo un velo de discreción
que las grandes ciudades clasifican como mentalidad campesina. Sucede
entonces que muchos poblanos, por su horror a que se les considere guajiros,
imprimen a sus pasiones, hábitos o gustos tal grado de desfachatez,
que, por afectado, los hace más ridículos que al resto
de los guajiros.
Los pueblos constituyen el alma folklórica de las naciones. Si
se quisiera hacer un estudio fiel sobre cómo se comportaba un
habanero de principios del siglo XIX, habría que ir a realizarlo
a una población actual tan pequeña como era La Habana
de hace doscientos años, en la que de seguro quedarán
más reminiscencias de esa época que en la propia Habana
del siglo XXI, aun cuando el paralelismo resulte siempre inevitablemente
afectado por obvias razones de tiempo.
Muchas personas se marchan de sus pueblos buscando ese ser alguien -expresión,
por cierto, de significado bastante indefinido-, sin darse cuenta de
que, en los pueblos, cada persona es en sí misma una celebridad,
que, aunque local, no deja de ser celebridad. El mecánico, el
carpintero o el albañil, disfrutan en el pueblo de una reputación
individual, que al marcharse a una gran ciudad, se diluría en
un todo que los dejaría como un mecánico, carpintero o
albañil más.
En las grandes ciudades, para ser considerado un intelectual de reputación,
hay que ser un Nicolás Guillén o un Alejo Carpentier.
En los pueblos, basta con usar espejuelos, andar siempre con un libro
debajo del brazo, y hablar de cosas que nadie entienda, sazonadas con
unas cuantas erres y eses. Con unas pocas frases aprendidas de memoria,
en cualquier pueblo se pude dar conferencias sobre cibernética
o física nuclear, tomando como escenario el parque o la funeraria
en una madrugada de velorio. Con unos cuantos vocablos mal pronunciados,
se pasa por políglota; y con la misma pieza oratoria se puede
estar años y décadas despidiendo duelos a muertos de toda
estirpe, desde un apóstol hasta un ratero. Quizás todo
esto sea posible porque raras veces alguien presta atención a
lo que se dice. Pero, dije al principio que no pretendo dar conclusiones.
La vida de las ciudades se caracteriza por la independencia de cada
uno de sus moradores. En el diario acontecer de los pueblos, la existencia
particular de cualquier ciudadano o familia forma parte de un todo general
del que es imposible separarla. Así, puede decirse que son muchos
los que, sin jamás haber visto un filme completo sin quedarse
dormidos, se han gastado la existencia en comprar un televisor y un
video, simplemente porque los vecinos compraron uno. No son raras las
fiestas de quince fastuosas que celebran familias pobres, simplemente
para que su niña no se quede detrás con respecto a la
niña del vecino, porque luego en la escuela se va a sentir inferior,
y esto no puede permitirse aunque haya que pasar un año entero
condenado a una dieta a base de agua con azúcar y sopa de paqueticos.
Definir si en los pueblos los talentos languidecen y se atrofian porque
la mediocridad del ambiente los condena al ostracismo y la rutina, o
si por el contrario, los pueblos se hacen emporios de mediocridad porque
sus talentos se dejan languidecer y atrofiar en el ostracismo y la rutina,
me comprometería a tomar ese partido del que he tratado de escapar
desde el principio. No obstante, tú amigo lector, que seguramente
has quedado -al igual que yo- como la hojarasca que se pudre en el recodo
por no haber tenido la decisión y la fuerza necesaria para desafiar
la corriente, ¿qué hemos hecho para que nuestros pueblos
sean bajo el sol algo más prometedor de lo que siempre han sido?
La Palma, 19 de marzo del 2001.