Revista Vitral No. 43 * año VIII * mayo-junio 2001


PATRIMONO

 

SANTO TOMÁS DE AQUINO EN EL HOY ANTROPOLÓGICO

DIOSDADO GONZÁLES y ENRIQUE RODRÍGUEZ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué es el universo? Todo parece indicar que esta fue la primera pregunta que intentaron responder los primeros filósofos. No tardó en aparecer una segunda interrogante, no menos importante: ¿qué es el hombre?. Rápidamente el pensamiento filosófico griego puso en el centro de sus interrogaciones y de las correspondientes respuestas al hombre mismo, con la lógica dificultad que en la antropología -ciencia sobre el hombre- coinciden el sujeto que estudia y el objeto estudiado, la respuesta se encuentra en el mismo que formula la pregunta.
Todo esfuerzo antropológico se verá "bombardeado" por una serie de desafíos: el hombre no es un ser acabado y cerrado, sino abierto y complejo; la cuestión humana demanda -y de hecho parece necesario- un abordaje desde la Teología, la Filosofía, la Biología, la Sociología, la Psicología y otras múltiples ciencias. No ha sido posible que los estudiosos de la materia se pongan de acuerdo en la definición que le corresponde a la idea y a la realidad hombre.
No sólo difieren en matices, sino en aspectos esenciales, teniéndose unas definiciones como contrapuestas y totalmente excluyentes de las otras. Esto ha hecho expresar a algunos pensadores contemporáneos que "en ninguna época han sido tan inciertas, imprecisas y múltiples las opiniones sobre la esencia y el origen del hombre", que "ninguna época ha sabido conquistar tantos y tan variados conocimientos sobre el hombre como la nuestra...,sin embargo, ninguna época ha conocido al hombre tan poco como la nuestra". Hay quien va más lejos -no sin gran pesimismo- afirmando que "el mejor humanismo que puede defenderse será la destrucción de todo humanismo o la proclamación del antihumanismo".
El mismo Papa Juan Pablo II ha asegurado que el principal error del siglo XX, ha sido la errada concepción que sobre el hombre elaboraron y llevaron a la praxis las principales corrientes filosóficas e ideológicas que protagonizaron la vida -o la muerte- en los cien años que acabamos de dejar.
La verdad sobre el hombre será la gran meta del pensamiento actual, que teniendo en cuenta los logros intelectuales alcanzados contemporáneamente no reniegue de la herencia de los grandes pensadores humanistas que una y otra vez contemplaron al hombre para desentrañar el mismo misterio que hoy aparece ante nosotros. Y es Juan Pablo II quien en su última encíclica anima a todos los filósofos a volver la mirada a uno de esos "grandes", a Santo Tomás, no sólo como modelo pedagógico para buscar la verdad, sino también a sus grandes conclusiones, a su gran síntesis entre fe y razón, a su esfuerzo de encontrar lo inteligible en el mismo mundo natural, a su confianza en la posibilidad de encontrar la verdad que es universal, objetiva y trascendente.
Será este un esfuerzo por presentar en breve síntesis la concepción sobre el hombre de Santo Tomás, elaborada durante su fructífera vida en el siglo XIII (1225-1274). Ordenado como sacerdote dominico en 1250, fue profesor de la universidad de París y luego consejero de la curia papal. Su filosofía podemos llamarla realismo moderado. Es quien retoma a Aristóteles en la Filosofía, cristianizando la obra del filósofo griego. Fue canonizado por Juan XXII en 1323 y proclamado Doctor de la Iglesia por Pío V en 1567. En la encíclica Aeterni Patris (Del Padre eterno, 1879), el papa León XIII recomendaba que la filosofía de Santo Tomás fuera la base de la enseñanza en todas las escuelas católicas. El Papa Pío XII, en la Encíclica Humani generis (1950), afirmaba que la filosofía tomista es la guía más segura para la Doctrina Católica. El tomismo permanece como una escuela importante en el pensamiento contemporáneo. Entre los pensadores, católicos y no católicos, que han trabajado dentro del marco tomista, han estado los filósofos franceses Jacques Maritain y Étienne Wilson.
Conscientemente polarizaremos el pensamiento antropológico de Santo Tomás contenido principalmente en la segunda parte de la Suma Teológica y enfocarlo entonces hacia dos de las formas -poco humanas, a nuestro juicio- en las que hoy miramos al hombre como consecuencia de la herencia filosófica que recibimos del recién pasado siglo XX: el hombre dividido y el reduccionismo antropológico.

 

Frente al Hombre dividido, el Hombre como un todo

Fácilmente se han hecho paralelos y hasta opuestos los elementos constitutivos del hombre. Es común escuchar contrapuestos, términos como alma y cuerpo, psique y soma, idea y materia, esencia y existencia, como si fueran elementos que tiran del hombre, cada uno hacia un horizonte opuesto completamente divergentes.
La antropología en Aristóteles parte de una concepción "animista" del hombre, es decir, estudio del alma por sus actos, potencias y hábitos. En cambio, Santo Tomás enfoca su estudio viendo al hombre como compuesto, lo que significa que el Aquinate en su tratado de la Filosofía de la naturaleza humana, es más antropológico que psicológico.
Tendríamos que destacar que no existe contradicción entre ambos filósofos, puesto que los dos coinciden en considerar al alma como principio que actualiza -perfecciona- la materia. Difieren más bién, en el punto de referencia: asignando uno los actos del hombre al alma como principio último por el que vive, siente y piensa y refiriendo el otro estos mismos actos al hombre mismo como sujeto último de operaciones.
En efecto, para Tomás, el hombre es una creatura compuesta de cuerpo y alma. El cuerpo es experimentado como una verdad evidente por sí misma, mientras el alma se deduce de la capacidad que tiene el hombre de realizar operaciones que resultarían imposibles a principios puramente materiales tales como la reflexión, la aspiración a lo eterno, lo perfecto, lo infinito, el amor, la libertad. Así aplica Santo Tomás la ley causa-efecto donde el efecto siempre sucede a la causa que lo precede y es proporcional a la misma.
El hecho de que el hombre ocupe una posición tan especial en la jerarquía de los organismos vivos se debe precisamente a la manera de cómo está constituido: un principio material que es el cuerpo y un principio espiritual que es el alma. Ambos, cuerpo y alma, como complementos mutuos -compuesto- constituyen una única realidad completa que es el hombre. Este compuesto es lo que Tomás llamó naturaleza hilemórfica del hombre (hile -materia- y morfe -forma-)
En la relación cuerpo-alma, es el alma el principio fundamental sin que ello dañe la unidad intrínseca de ambos. Santo Tomás lo expone de esa manera: "la raíz de los actos vitales del hombre, en último análisis, es el alma. Porque el alma es el principio primero por el cual vivimos, sentimos y nos movemos; e igualmente el principio primero por el cual entendemos. Y así este principio radical de nuestras operaciones intelectuales, llámese mente o alma racional, ha de ser lo que informa el cuerpo".
A partir del estudio de las operaciones humanas concluye Santo Tomás la existencia, dentro del hombre, de un principio de organización y de unidad único, que puede dar significado al comportamiento humano. Este principio, evidentemente, es el alma. Ahora bien, esta alma sólo es capaz de ejercitar y perfeccionar sus facultades si está unida al cuerpo. Juntamente con él constituye ese ser que es el hombre. "El alma separada no puede realizar todas las dimensiones de la naturaleza humana, dice Santo Tomás, unida al cuerpo posee más perfección y es más semejante a Dios".
Continúa el Aquinate reflexionando sobre la unidad del hombre y nos habla de que ciertos actos humanos son comunes a su psique o alma y a su soma o cuerpo, y que, por tanto, son operaciones psicosomáticas como las sensaciones y las emociones originadas por la alteración de una parte del cuerpo, por lo cual es manifiesto que son del conjunto alma-cuerpo.
Refiriéndose a la unidad del yo como un dato más que testifica la unidad del hombre, nos dice: "El hombre es siempre consciente de que es él el que entiende". Esto lo muestra el mismo lenguaje que utilizamos para referirnos al autor de nuestras operaciones: cuando vemos algo, olemos algo, sentimos algo, aprendemos algo, comúnmente no decimos que nuestros ojos vieron, nuestro olfato olfateó, nuestros sentidos sintieron, nuestro cerebro aprendió. Todo eso lo referimos al "yo", y decimos yo vi, yo olí, yo sentí, yo aprendí. Ese "yo" es en última instancia lo que perdura siempre a través de los múltiples cambios a que está sometido todo ser humano. El niño Juan, sigue siendo el joven Juan, el adulto Juan, el anciano Juan. A esto es a lo que se refiere el Santo cuando habla de "persona del hombre", substancia perfecta y completa, sujeto último de todas sus acciones, una substancia compuesta de cuerpo y alma, unidos por naturaleza en la más íntima unión sustancial. "Podemos referirnos al agua -análogamente- como una unión substancial donde sabemos que de alguna manera hay hidrógreno y oxígeno, pero que lo que ahora subsiste es algo distinto tanto al hidrógeno como al oxígeno, con propiedades estables y distintas a las de sus componentes, y que la unión se opone a la separación con vehemencia.

 

Ante el Hombre reducido, el Hombre pluridimensional

Podríamos mirar hoy a Santo Tomás para iluminar desde su antropología otro fenómeno que nos afecta; la reducción del hombre a uno de los aspectos que lo constituyen y la inevitable exclusión del resto de sus elementos constitutivos, que esbozan incómodos esclavismos.
Será uno de los primeros monismos -teoría que plantea la composición del hombre por un solo elemento- fue la concepción materialista del mismo, por ser la materia el elemento más evidente. Tributarios de esta concepción antropológica fueron los atomistas griegos, de alguna manera el empirismo inglés, el naturalismo, y el materialismo contemporáneo, destacándose el marxismo. La postura contraria es asumida por el idealismo, el espiritualismo y el panteísmo de algunos filósofos, reducidendo al hombre a la idea, al espíritu.
El hombre también se ha visto reducido a la voluntad, haciéndolo entonces esclavo del deber, a lo afectivo y sentimental, supeditándolo a sus impulsos y pasiones; a lo sexual, explicando todos los procesos psíquicos y volitivos desde esa realidad. No menos importantes son las reducciones -quizá más sutiles y atractivas- del hombre a la libertad, absolutizando este valor, que es supremo, pero al que no se reduce la existencia humana. El aspecto económico, las relaciones económicas de producción, han sido postuladas también como determinantes esenciales del espíritu humano. Frecuentemente algunas filosofías han ideologizado al hombre, poniéndolo en función exclusiva y excluyente de proyectos sociales, ideas y concepciones políticas, entidades ideales y abstractas que no por ser de este modo provienen necesariamente del idealismo.
Para Santo Tomás el hombre no era una realidad simple, sino compuesta, sin dejar de ser una realidad, donde sus elementos se ordenan jerárquicamente, pero no excluyentemente.
Por esta misma complejidad, y riqueza, para Santo Tomás el hombre es el fin de todas las especies naturales, la perfección última buscada en las operaciones de la naturaleza, el fin de toda generación, el término de las creaturas. "Hombre es el nombre más sublime de la materia". El hombre contiene, para Tomás, todas las anteriores formas de vida: vegetativa y sensitiva. Y por su espíritu está abierto a todo, haciéndolo un ser total, portador en sí del universo.
La naturaleza humana, esencia que ha sido llamada a existir por un acto creador de Dios -Creador remoto del cuerpo e inmediato del alma- es el principio del programa que desarrolla el hombre. Así como el hombre hace actos, esos mismos actos lo hacen a él de alguna manera. Sus actos son también el hombre.
La libertad en la antropología tomista es el medio que tiene el hombre para adquirir su última perfección, es la posibilidad de "administrar la eternidad en la historia".
Todos los elementos a los que de una forma u otra ha sido reducido el hombre, como el pensamiento, la voluntad, los sentimientos, la libertad, las relaciones sociales, económicas, son parte del hombre, alma y cuerpo, inseparables de él y ordenadas por la razón y el amor. Todos ellos referidos y orientados al bien, Para Santo Tomás es el alma intelectiva, racional, la que nos hace más semejantes al Creador.
Un aspecto importante de esta visión integral del hombre son las dimensiones que el Santo enumera como constitutivas de la perfección humana: la personal, que hace referencia a la relación reflexiva del hombre consigo mismo y que incluye toda la serie de hábitos intelectuales, especulativos (ciencia, inteligencia, sabiduría y los prácticos (artes) y los hábitos morales; la ecológica, que busca regular el comportamiento del hombre hacia las cosas, respecto a las cuales tiene el derecho de gobierno pero también el deber de providencia, siendo "sacerdote de la creación entera, mediador entre toda creatura y Dios," la política, que aparece por estar llamado el hombre a desarrollar su vida en sociedad, encontrando en ésta el medio natural y la ayuda adecuada para su comportamiento, ofreciendo a la vez su contribución personal al bien común ya que "el fin de la multitud congregada es vivir según la virtud; la religiosa", pues por su racionalidad el hombre es capaz de Dios, Aquel "a quien principalmente debemos ligarnos como a principio indeficiente, y a quien también debe dirigirse asiduamente nuestra elección, por tanto, vivir como si Dios no existiera es una mortificación de la naturaleza racional ya que el fin del alma humana y su última perfección consiste en trascender, por medio del conocimiento y del amor, todo el orden de las creaturas y en alcanzar su primer principio, que es Dios".
Si preguntáramos qué es el hombre al pensador dominico, nos contestaría con seguridad que el hombre es persona.
La visión personalista del hombre tiene así en Tomás de Aquino su gran precursor. Si bien la respuesta a la pregunta qué es el hombre, la da la naturaleza humana, la definición de su esencia, abstraída o separada de alguna manera de su existencia, la respuesta a la pregunta quién es el hombre la tiene la persona, unificadora de la esencia y de la existencia. Es la persona quien realiza histórica e individualmente, concreta y singularmente, la esencia.
Santo Tomás tomó como punto de partida para su definición de persona la que ya Boecio había dado, especificando entonces los elementos de la definición, dos principalmente. Substancia individual de naturaleza racional.
Para Aquino, al afirmar que el hombre es substancia -no en el sentido químico de la palabra, sino metafísico, -afirmamos que es una substancia completa, que no es parte de ningún todo, que nunca podrá ser una parte puesta en función del todo. Al ser substancia -existente en sí misma- existe por derecho propio, no es algo o alguien a quien se le puede o no otorgar el derecho a existir, a pensar o no, a elegir o no, a ser feliz, en definitiva, o a no serlo. Es un derecho que se debe reconocer, pero que no tiene necesidad de ser otorgado. Y el ser substancia individual quiere decir que está separada de cualquier otra, que no puede reducirse a un universal abstracto (meta, instituciones, organizaciones) o diluirse en una masa. La naturaleza racional habla del hombre como una substancia capaz de pensar y querer, de conocer y amar, y de decidir por sí mismo el fin de sus acciones. Luego todo lo que coharte el pensar o el querer, o lo manipule, está atentando contra la misma naturaleza del hombre, racional por excelencia.
Persona, pues, es un nombre de dignidad, y significa en Tomás la más noble individuación del ser, que simplemente hace semejante al Ser primero y lo repite en cada uno de nosotros.

 

Conclusión: los tres hombres de Santo Tomás

Todo parece indicar que la antropología del Santo resuelve una de las grandes disputas filosóficas. Para algunos, es imposible llegar a una esencia, a una naturaleza invariable del hombre, fuente última de su dignidad y principio último de sus operaciones y que es lo que permite afirmar que el hombre cubano es el mismo que el hombre australiano, que el hombre de este siglo XXI es el mismo que el del siglo X, que además permite elaborar unos "Derechos Humanos, unos "Derechos del niño", una Constitución y otros conjuntos de principios que involucran y afectan a todos los hombres. Para Santo Tomás, esta esencia es real, es abstracta, inteligible, pero real. Es a lo que llama hombre natural.
Otros filósofos sólo ven como contenido de la antropología el hombre esencial, abstracto o natural -como lo reconocía Santo Tomás- Pero el mismo Tomás muestra un "segundo hombre", el concreto y singular, el que vive y hace la historia, el existencial, el hombre persona.
Y finalmente, otros se preguntan cómo llegar a una esencia de hombre, a una verdad sobre el hombre, cómo acceder desde nosotros racional y experiencialmente a ese ideal de hombre. En fin, como hacer coincidir al hombre esencial ideal con el hombre histórico. Y aquí aparece el "tercer hombre" Jesucristo. Es Jesús de Nazaret quien responde la gran pregunta que no se queda en una ortodoxia sino que implica una ortopraxis: ¿cómo llegar a ser hombre?

 

BIBLIOGRAFÍA

De Aquino, Tomás, Summa Teológica. BAC: Madrid 1947
Brennan, Robert Edwuar. Op., Psicología Tomista. Ed. Científico Médica. Barcelona. 1959
Izquierdo, José Antonio, Los tres hombres de Santo Tomás de Aquino. Rev. Ecclesia, No. 4, Vol. 10, oct-dic 1996
Juan Pablo II, Carta Encíclica "Fe y Razón" 1998
Merino, José Antonio, A vueltas con el hombre. Rev. Diálogo Filosófico No 2. mayo 1985

 

 

 

Revista Vitral No. 43 * año VIII * mayo-junio 2001

Diosdado González
(Pinar del Río 1976)

Enrique Rodríguez
(Camagüey1971)
Estudiantes del Seminario San Carlos y San Ambrosio