¿Qué
es el universo? Todo parece indicar que esta fue la primera pregunta
que intentaron responder los primeros filósofos. No tardó
en aparecer una segunda interrogante, no menos importante: ¿qué
es el hombre?. Rápidamente el pensamiento filosófico griego
puso en el centro de sus interrogaciones y de las correspondientes respuestas
al hombre mismo, con la lógica dificultad que en la antropología
-ciencia sobre el hombre- coinciden el sujeto que estudia y el objeto
estudiado, la respuesta se encuentra en el mismo que formula la pregunta.
Todo esfuerzo antropológico se verá "bombardeado"
por una serie de desafíos: el hombre no es un ser acabado y cerrado,
sino abierto y complejo; la cuestión humana demanda -y de hecho
parece necesario- un abordaje desde la Teología, la Filosofía,
la Biología, la Sociología, la Psicología y otras
múltiples ciencias. No ha sido posible que los estudiosos de
la materia se pongan de acuerdo en la definición que le corresponde
a la idea y a la realidad hombre.
No sólo difieren en matices, sino en aspectos esenciales, teniéndose
unas definiciones como contrapuestas y totalmente excluyentes de las
otras. Esto ha hecho expresar a algunos pensadores contemporáneos
que "en ninguna época han sido tan inciertas, imprecisas
y múltiples las opiniones sobre la esencia y el origen del hombre",
que "ninguna época ha sabido conquistar tantos y tan variados
conocimientos sobre el hombre como la nuestra...,sin embargo, ninguna
época ha conocido al hombre tan poco como la nuestra". Hay
quien va más lejos -no sin gran pesimismo- afirmando que "el
mejor humanismo que puede defenderse será la destrucción
de todo humanismo o la proclamación del antihumanismo".
El mismo Papa Juan Pablo II ha asegurado que el principal error del
siglo XX, ha sido la errada concepción que sobre el hombre elaboraron
y llevaron a la praxis las principales corrientes filosóficas
e ideológicas que protagonizaron la vida -o la muerte- en los
cien años que acabamos de dejar.
La verdad sobre el hombre será la gran meta del pensamiento actual,
que teniendo en cuenta los logros intelectuales alcanzados contemporáneamente
no reniegue de la herencia de los grandes pensadores humanistas que
una y otra vez contemplaron al hombre para desentrañar el mismo
misterio que hoy aparece ante nosotros. Y es Juan Pablo II quien en
su última encíclica anima a todos los filósofos
a volver la mirada a uno de esos "grandes", a Santo Tomás,
no sólo como modelo pedagógico para buscar la verdad,
sino también a sus grandes conclusiones, a su gran síntesis
entre fe y razón, a su esfuerzo de encontrar lo inteligible en
el mismo mundo natural, a su confianza en la posibilidad de encontrar
la verdad que es universal, objetiva y trascendente.
Será este un esfuerzo por presentar en breve síntesis
la concepción sobre el hombre de Santo Tomás, elaborada
durante su fructífera vida en el siglo XIII (1225-1274). Ordenado
como sacerdote dominico en 1250, fue profesor de la universidad de París
y luego consejero de la curia papal. Su filosofía podemos llamarla
realismo moderado. Es quien retoma a Aristóteles en la Filosofía,
cristianizando la obra del filósofo griego. Fue canonizado por
Juan XXII en 1323 y proclamado Doctor de la Iglesia por Pío V
en 1567. En la encíclica Aeterni Patris (Del Padre eterno, 1879),
el papa León XIII recomendaba que la filosofía de Santo
Tomás fuera la base de la enseñanza en todas las escuelas
católicas. El Papa Pío XII, en la Encíclica Humani
generis (1950), afirmaba que la filosofía tomista es la guía
más segura para la Doctrina Católica. El tomismo permanece
como una escuela importante en el pensamiento contemporáneo.
Entre los pensadores, católicos y no católicos, que han
trabajado dentro del marco tomista, han estado los filósofos
franceses Jacques Maritain y Étienne Wilson.
Conscientemente polarizaremos el pensamiento antropológico de
Santo Tomás contenido principalmente en la segunda parte de la
Suma Teológica y enfocarlo entonces hacia dos de las formas -poco
humanas, a nuestro juicio- en las que hoy miramos al hombre como consecuencia
de la herencia filosófica que recibimos del recién pasado
siglo XX: el hombre dividido y el reduccionismo antropológico.
Frente al Hombre dividido, el Hombre como un todo
Fácilmente se han hecho paralelos y hasta opuestos
los elementos constitutivos del hombre. Es común escuchar contrapuestos,
términos como alma y cuerpo, psique y soma, idea y materia, esencia
y existencia, como si fueran elementos que tiran del hombre, cada uno
hacia un horizonte opuesto completamente divergentes.
La antropología en Aristóteles parte de una concepción
"animista" del hombre, es decir, estudio del alma por sus
actos, potencias y hábitos. En cambio, Santo Tomás enfoca
su estudio viendo al hombre como compuesto, lo que significa que el
Aquinate en su tratado de la Filosofía de la naturaleza humana,
es más antropológico que psicológico.
Tendríamos que destacar que no existe contradicción entre
ambos filósofos, puesto que los dos coinciden en considerar al
alma como principio que actualiza -perfecciona- la materia. Difieren
más bién, en el punto de referencia: asignando uno los
actos del hombre al alma como principio último por el que vive,
siente y piensa y refiriendo el otro estos mismos actos al hombre mismo
como sujeto último de operaciones.
En efecto, para Tomás, el hombre es una creatura compuesta de
cuerpo y alma. El cuerpo es experimentado como una verdad evidente por
sí misma, mientras el alma se deduce de la capacidad que tiene
el hombre de realizar operaciones que resultarían imposibles
a principios puramente materiales tales como la reflexión, la
aspiración a lo eterno, lo perfecto, lo infinito, el amor, la
libertad. Así aplica Santo Tomás la ley causa-efecto donde
el efecto siempre sucede a la causa que lo precede y es proporcional
a la misma.
El hecho de que el hombre ocupe una posición tan especial en
la jerarquía de los organismos vivos se debe precisamente a la
manera de cómo está constituido: un principio material
que es el cuerpo y un principio espiritual que es el alma. Ambos, cuerpo
y alma, como complementos mutuos -compuesto- constituyen una única
realidad completa que es el hombre. Este compuesto es lo que Tomás
llamó naturaleza hilemórfica del hombre (hile -materia-
y morfe -forma-)
En la relación cuerpo-alma, es el alma el principio fundamental
sin que ello dañe la unidad intrínseca de ambos. Santo
Tomás lo expone de esa manera: "la raíz de los actos
vitales del hombre, en último análisis, es el alma. Porque
el alma es el principio primero por el cual vivimos, sentimos y nos
movemos; e igualmente el principio primero por el cual entendemos. Y
así este principio radical de nuestras operaciones intelectuales,
llámese mente o alma racional, ha de ser lo que informa el cuerpo".
A partir del estudio de las operaciones humanas concluye Santo Tomás
la existencia, dentro del hombre, de un principio de organización
y de unidad único, que puede dar significado al comportamiento
humano. Este principio, evidentemente, es el alma. Ahora bien, esta
alma sólo es capaz de ejercitar y perfeccionar sus facultades
si está unida al cuerpo. Juntamente con él constituye
ese ser que es el hombre. "El alma separada no puede realizar todas
las dimensiones de la naturaleza humana, dice Santo Tomás, unida
al cuerpo posee más perfección y es más semejante
a Dios".
Continúa el Aquinate reflexionando sobre la unidad del hombre
y nos habla de que ciertos actos humanos son comunes a su psique o alma
y a su soma o cuerpo, y que, por tanto, son operaciones psicosomáticas
como las sensaciones y las emociones originadas por la alteración
de una parte del cuerpo, por lo cual es manifiesto que son del conjunto
alma-cuerpo.
Refiriéndose a la unidad del yo como un dato más que testifica
la unidad del hombre, nos dice: "El hombre es siempre consciente
de que es él el que entiende". Esto lo muestra el mismo
lenguaje que utilizamos para referirnos al autor de nuestras operaciones:
cuando vemos algo, olemos algo, sentimos algo, aprendemos algo, comúnmente
no decimos que nuestros ojos vieron, nuestro olfato olfateó,
nuestros sentidos sintieron, nuestro cerebro aprendió. Todo eso
lo referimos al "yo", y decimos yo vi, yo olí, yo sentí,
yo aprendí. Ese "yo" es en última instancia
lo que perdura siempre a través de los múltiples cambios
a que está sometido todo ser humano. El niño Juan, sigue
siendo el joven Juan, el adulto Juan, el anciano Juan. A esto es a lo
que se refiere el Santo cuando habla de "persona del hombre",
substancia perfecta y completa, sujeto último de todas sus acciones,
una substancia compuesta de cuerpo y alma, unidos por naturaleza en
la más íntima unión sustancial. "Podemos referirnos
al agua -análogamente- como una unión substancial donde
sabemos que de alguna manera hay hidrógreno y oxígeno,
pero que lo que ahora subsiste es algo distinto tanto al hidrógeno
como al oxígeno, con propiedades estables y distintas a las de
sus componentes, y que la unión se opone a la separación
con vehemencia.
Ante el Hombre reducido, el Hombre pluridimensional
Podríamos mirar hoy a Santo Tomás para iluminar
desde su antropología otro fenómeno que nos afecta; la
reducción del hombre a uno de los aspectos que lo constituyen
y la inevitable exclusión del resto de sus elementos constitutivos,
que esbozan incómodos esclavismos.
Será uno de los primeros monismos -teoría que plantea
la composición del hombre por un solo elemento- fue la concepción
materialista del mismo, por ser la materia el elemento más evidente.
Tributarios de esta concepción antropológica fueron los
atomistas griegos, de alguna manera el empirismo inglés, el naturalismo,
y el materialismo contemporáneo, destacándose el marxismo.
La postura contraria es asumida por el idealismo, el espiritualismo
y el panteísmo de algunos filósofos, reducidendo al hombre
a la idea, al espíritu.
El hombre también se ha visto reducido a la voluntad, haciéndolo
entonces esclavo del deber, a lo afectivo y sentimental, supeditándolo
a sus impulsos y pasiones; a lo sexual, explicando todos los procesos
psíquicos y volitivos desde esa realidad. No menos importantes
son las reducciones -quizá más sutiles y atractivas- del
hombre a la libertad, absolutizando este valor, que es supremo, pero
al que no se reduce la existencia humana. El aspecto económico,
las relaciones económicas de producción, han sido postuladas
también como determinantes esenciales del espíritu humano.
Frecuentemente algunas filosofías han ideologizado al hombre,
poniéndolo en función exclusiva y excluyente de proyectos
sociales, ideas y concepciones políticas, entidades ideales y
abstractas que no por ser de este modo provienen necesariamente del
idealismo.
Para Santo Tomás el hombre no era una realidad simple, sino compuesta,
sin dejar de ser una realidad, donde sus elementos se ordenan jerárquicamente,
pero no excluyentemente.
Por esta misma complejidad, y riqueza, para Santo Tomás el hombre
es el fin de todas las especies naturales, la perfección última
buscada en las operaciones de la naturaleza, el fin de toda generación,
el término de las creaturas. "Hombre es el nombre más
sublime de la materia". El hombre contiene, para Tomás,
todas las anteriores formas de vida: vegetativa y sensitiva. Y por su
espíritu está abierto a todo, haciéndolo un ser
total, portador en sí del universo.
La naturaleza humana, esencia que ha sido llamada a existir por un acto
creador de Dios -Creador remoto del cuerpo e inmediato del alma- es
el principio del programa que desarrolla el hombre. Así como
el hombre hace actos, esos mismos actos lo hacen a él de alguna
manera. Sus actos son también el hombre.
La libertad en la antropología tomista es el medio que tiene
el hombre para adquirir su última perfección, es la posibilidad
de "administrar la eternidad en la historia".
Todos los elementos a los que de una forma u otra ha sido reducido el
hombre, como el pensamiento, la voluntad, los sentimientos, la libertad,
las relaciones sociales, económicas, son parte del hombre, alma
y cuerpo, inseparables de él y ordenadas por la razón
y el amor. Todos ellos referidos y orientados al bien, Para Santo Tomás
es el alma intelectiva, racional, la que nos hace más semejantes
al Creador.
Un aspecto importante de esta visión integral del hombre son
las dimensiones que el Santo enumera como constitutivas de la perfección
humana: la personal, que hace referencia a la relación reflexiva
del hombre consigo mismo y que incluye toda la serie de hábitos
intelectuales, especulativos (ciencia, inteligencia, sabiduría
y los prácticos (artes) y los hábitos morales; la ecológica,
que busca regular el comportamiento del hombre hacia las cosas, respecto
a las cuales tiene el derecho de gobierno pero también el deber
de providencia, siendo "sacerdote de la creación entera,
mediador entre toda creatura y Dios," la política, que aparece
por estar llamado el hombre a desarrollar su vida en sociedad, encontrando
en ésta el medio natural y la ayuda adecuada para su comportamiento,
ofreciendo a la vez su contribución personal al bien común
ya que "el fin de la multitud congregada es vivir según
la virtud; la religiosa", pues por su racionalidad el hombre es
capaz de Dios, Aquel "a quien principalmente debemos ligarnos como
a principio indeficiente, y a quien también debe dirigirse asiduamente
nuestra elección, por tanto, vivir como si Dios no existiera
es una mortificación de la naturaleza racional ya que el fin
del alma humana y su última perfección consiste en trascender,
por medio del conocimiento y del amor, todo el orden de las creaturas
y en alcanzar su primer principio, que es Dios".
Si preguntáramos qué es el hombre al pensador dominico,
nos contestaría con seguridad que el hombre es persona.
La visión personalista del hombre tiene así en Tomás
de Aquino su gran precursor. Si bien la respuesta a la pregunta qué
es el hombre, la da la naturaleza humana, la definición de su
esencia, abstraída o separada de alguna manera de su existencia,
la respuesta a la pregunta quién es el hombre la tiene la persona,
unificadora de la esencia y de la existencia. Es la persona quien realiza
histórica e individualmente, concreta y singularmente, la esencia.
Santo Tomás tomó como punto de partida para su definición
de persona la que ya Boecio había dado, especificando entonces
los elementos de la definición, dos principalmente. Substancia
individual de naturaleza racional.
Para Aquino, al afirmar que el hombre es substancia -no en el sentido
químico de la palabra, sino metafísico, -afirmamos que
es una substancia completa, que no es parte de ningún todo, que
nunca podrá ser una parte puesta en función del todo.
Al ser substancia -existente en sí misma- existe por derecho
propio, no es algo o alguien a quien se le puede o no otorgar el derecho
a existir, a pensar o no, a elegir o no, a ser feliz, en definitiva,
o a no serlo. Es un derecho que se debe reconocer, pero que no tiene
necesidad de ser otorgado. Y el ser substancia individual quiere decir
que está separada de cualquier otra, que no puede reducirse a
un universal abstracto (meta, instituciones, organizaciones) o diluirse
en una masa. La naturaleza racional habla del hombre como una substancia
capaz de pensar y querer, de conocer y amar, y de decidir por sí
mismo el fin de sus acciones. Luego todo lo que coharte el pensar o
el querer, o lo manipule, está atentando contra la misma naturaleza
del hombre, racional por excelencia.
Persona, pues, es un nombre de dignidad, y significa en Tomás
la más noble individuación del ser, que simplemente hace
semejante al Ser primero y lo repite en cada uno de nosotros.
Conclusión: los tres hombres de Santo Tomás
Todo parece indicar que la antropología del Santo
resuelve una de las grandes disputas filosóficas. Para algunos,
es imposible llegar a una esencia, a una naturaleza invariable del hombre,
fuente última de su dignidad y principio último de sus
operaciones y que es lo que permite afirmar que el hombre cubano es
el mismo que el hombre australiano, que el hombre de este siglo XXI
es el mismo que el del siglo X, que además permite elaborar unos
"Derechos Humanos, unos "Derechos del niño", una
Constitución y otros conjuntos de principios que involucran y
afectan a todos los hombres. Para Santo Tomás, esta esencia es
real, es abstracta, inteligible, pero real. Es a lo que llama hombre
natural.
Otros filósofos sólo ven como contenido de la antropología
el hombre esencial, abstracto o natural -como lo reconocía Santo
Tomás- Pero el mismo Tomás muestra un "segundo hombre",
el concreto y singular, el que vive y hace la historia, el existencial,
el hombre persona.
Y finalmente, otros se preguntan cómo llegar a una esencia de
hombre, a una verdad sobre el hombre, cómo acceder desde nosotros
racional y experiencialmente a ese ideal de hombre. En fin, como hacer
coincidir al hombre esencial ideal con el hombre histórico. Y
aquí aparece el "tercer hombre" Jesucristo. Es Jesús
de Nazaret quien responde la gran pregunta que no se queda en una ortodoxia
sino que implica una ortopraxis: ¿cómo llegar a ser hombre?
BIBLIOGRAFÍA
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Filosófico No 2. mayo 1985