Leyendo el artículo
publicado en el espacio Educación Cívica del No. 41 de
la revista Vitral, (enero - febrero) titulado "¿Qué
tipo de educación quiero para mis hijos?" en el que se invita
a la reflexión y al discernimiento en cuanto al derecho de los
padres a la hora de elegir el tipo de educación que prefieren
para sus hijos, y en el que también se exponen algunos de los
fundamentos teóricos que rigen diferentes tipos y estilos pedagógicos,
me asaltó la necesidad de compartir una breve semblanza acerca
de uno de los estilos y tipos de educación, puesto en práctica
por un hombre de pensamiento, un inspirador y fundador sencillo que
con su testimonio y maestría pedagógica, nos ha brindado
un modelo convincente y positivo que ha dejado su huella en el campo
de la Historia de la educación en Cuba.
Se trata de la figura de José de la Luz y Caballero, que al abrir
las puertas del Colegio "El Salvador" en La Habana colonial
de mediados del siglo XIX, nos invita a meditar y discernir en los presupuestos
éticos y pedagógicos que sirvieron y pueden servir al
enaltecimiento de nuestras raíces y a la fundación de
una concepción viable, a la que nadie ha de temer, por los resultados
que en su aplicación aportaron a la realidad y necesidades de
los que en sus aulas se educaron y sirvieron mejor a los propósitos
nacionales y patrióticos de aquella hora crucial de nuestra historia.
He de emplear en mis propósitos, las propias palabras de un cubano,
el Dr. Jorge Mañach, que al celebrarse el Centenario de la apertura
de aquella fragua de hombres nos dijo:
"Es el del árbol con sus frutos; el de la matriz moral que
fue "El Salvador", con el linaje de vástagos que contó
también a los Ayestarán y los Piñeyro, los Gálvez
y los Guiteras, los Zenea y los Zambrana..." "...de quien
el propio Sanguily dejó escrito que fue" "...el cubano
más grande de su tiempo, y el mejor que haya nacido" "...la
institución que estaba destinada a ser, no ya un fecundo vivero
de caracteres patrios, sino el molde espiritual de toda una época
cubana..." "...la víspera había amanecido también
para nuestra tierra uno de los hombres solares por el calor y la alta
claridad de su espíritu, uno de los próceres de la nación,
de la palabra y de la actitud: Manuel Sanguily, destinado a ser, por
lo pronto, el más brillante discípulo de aquel Colegio".
Debe ser verdadero motivo de atención y estudio investigativo
la labor enjundiosa y formativa que dejó para nuestra historia,
el estilo pedagógico y la maestría que con su servicio
brindó a la época, a sus hijos, en los cuales se descubre
una vigencia extraordinaria para los empeños y exigencias del
ahora en que vivimos, de la necesidad y los requerimientos de un hombre
como Luz y Caballero que en su testimonio nos presenta un estilo propositivo
viable y abierto al enriquecimiento.
¿Y quién fue José de la Luz y Caballero? Fue un
sembrador de una ética y de unas virtudes que puso a Cuba en
condiciones de tener historia sobre bases cristianas, incadas en las
raíces del ideario del Sacerdote y siervo de Dios, Félix
Varela, de quien fue, además, discípulo.
En palabras de Mañach "...y muy mal le miden a él
y entienden su tiempo quienes no vean que ello era bastante para un
hombre, y premisa necesaria para una creación nacional..."
Y continúa: "Don josé de la Luz y Caballero que había
nacido con el siglo, muere en 1862, el comienzo de la primera década
crítica de nuestra historia. He ahí una nueva y significativa
coincidencia. Su vida llena toda la época cubana en que por oscuras
y diversas vías, se prepara la acción libertadora".
Veremos que nadie contribuye más que él a acumular uno
de los tipos de fuerza necesarios para el glorioso empeño: la
energía moral. Su formación le prepara con un doble signo:
religioso y científico, en él, signos en armonía
de crecimiento humano y de conciencia espiritual. Esa misma dualidad
se había venido manifestando en mayor o menor grado caracterizando
al patriciado incipiente de nuestra cultura en hombres como: Hechavarría,
Caballero, Espada y Landa, O'Gaban, Varela, etc.
"Martí vio mucho más claro que los censores antihistóricos
de hoy, cuando habló del "silencio fundador" que "a
solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón
con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la
juventud con quien se habría de ganar la libertad que sólo
brillaría sobre sus huesos" -Refiriéndose a José
de la Luz y Caballero.
Veamos lo que significó para el propio Sanguily "El Salvador..."
en aquella atmósfera de intensa espiritualidad, aquel clima de
elevación moral que él mismo tanto nos pondera: "...allí
hirvió todo un mundo, grande de luz y de belleza; allí
se realizó una hermandad sincera y fecunda; allí hubo
religión, ideal y patria; en medio del mercantilismo de nuestro
siglo, a la materialidad de la vida colonial, parecía haberse
trasladado allí un pedazo de la risueña Galilea del siglo
primero; allí el entusiasmo encendió corazones para el
bien y para el sacrificio; allí la fe reclutó soldados
para la lucha y mártires para el cadalso; allí se encerraba,
como en preciosa redoma, el perfume de virtudes y de purísimos
anhelos que pudieron desprenderse de una sociedad gangrenada. En el
seno de la colectividad, minada por el vicio, irritada por la injusticia,
enconada por el odio, aquella casa era un oasis apacible de esperanza,
de fe y de ventura moral. Pero era más todavía: era un
templo consagrado a cuanto digno, noble y elevado se ofrece al respecto
y al amor de la humanidad. Y aquel hombre que lo fundara, logró
sin proponérselo como un fin calculado, formar en torno suyo
un ambiente tibio de paz, de confianza y de pureza que penetraba y dominaba
las almas con la fuerza mansa de una religión espiritual. Su
secreto consistió en hacerse amar, y ese precisamente fue también
el grande, el único secreto de CRISTO."
¿Por qué se conoce tan poco de hombres como éste?
Les invito a escudriñar en estas enseñanzas que este espacio
hace insuficiente, busquemos en nuestras raíces el tesoro que
ya se deja vislumbrar. La verdad puede ser encubierta, silenciada, manipulada
o vilipendiada, puesta a distancia deliberadamente durante un tiempo,
pero no todo el tiempo, en ella está la luz que encierra nuestra
historia e identidad de raíz cristiana. Que el ejemplo y testimonio
de "El Salvador" y el ideario vareliano sirvan de inspiración
cristiana en aquel que "primero nos enseñó a pensar"
y nos inicie por el camino de la verdad y la reconciliación,
el pluralismo participativo, la virtuosidad que sólo la piedad,
la fuerza moral y el amor harán triunfar.
Mañach termina su discurso en conmemoración del centenario
de la fundación del Colegio ante sesión pública
celebrada por la Academia de la Historia de cuba el 27 de marzo de 1848:
"El 68, pues, representó esencialmente el pensamiento patrio
de Luz, como el 95 había de representar el pensamiento republicano
de Martí. Por delante del Apóstol de pueblo había
tenido que ir el maestro de hombres.
Cada cual en su turno y a su manera, le dio a Cuba lo necesario para
tener historia. Y es buena lección esa, porque nos recuerda que
también nosotros tenemos nuestra tarea de seguidores. Todavía
nos parece escuchar que aquellas nobles voces perseveran en su inquieto
desvelo y nos llaman a una junta de superior dignidad histórica,
pidiéndonos que salvemos la creación lagada, que pongamos
más patria en la República y más luz en su libertad".
He aquí un modelo más para el discernimiento y la elección
de lo que constituiría una educación fundadora y liberadora
que nos viene de nuestras raíces y de nuestra historia, forjadora
de nuestra identidad y abierta a la pluralidad de ideas y concepciones,
con la energía moral centrada en las virtudes, en la piedad y
el amor, indaguemos en nuestra historia plagada de múltiples
ejemplos y testimonios que pueden servir en esta hora, para enrumbar
una educación en la diversidad enriquecedora y democrática,
servidora de los más altos valores humanos y patrióticos.