| Texto preparado para una conferencia en Pinar del
Río, el viernes 16 de Febrero de 2001, en el marco del Seminario
Anual para animadores del Centro de Formación Cívica.
Este mismo texto será utilizado en la Comunidad Hebrea de
La Habana el viernes 23 de Febrero del mismo año. Ha sido
elaborado teniendo en cuenta textos anteriores s obre el Padre y,
muy especialmente, las conferencias sobre la vigencia actual del
pensamiento del Padre Varela, pronunciadas en la Casa Laical, el
12 de Mayo de 1998, y en el Seminario San Carlos y San Ambrosio,
poco tiempo después. El tema es el mismo, el auditorio es
distinto y han pasado casi tres años. Hay muchas repeticiones
inevitables, como inevitables son las adiciones y las supresiones. |
"No hay duda que las instituciones
políticas
y las leyes civiles sirven de protección y
y de estímulo, pero no bastan para consolidar
a los pueblos; antes son como los vestidos, que
protegen el cuerpo y le libran de la intemperie,
mas si está corrompido no pueden sanarlo."
(Padre Félix Varela, Cartas a Elpidio,
Segunda Carta sobre la impiedad)
"Lávame el alma, lávala te digo
antes que caiga de pecados muerta!
Límpiale el odio del combate,
el fiero tesón y el polvo cruel de la
derrota;
la inanidad del triunfo y la ventura.
A ver si brilla al fin como el lucero
del cielo de la tarde, cuando
flota."
(Rafael Esténger, "Mar de estío")
INTRODUCCIÓN
1.- iempre resulta sumamente aventurado el intento de proyectar una
personalidad y su pensamiento a una época y a unas circunstancias
que no son las suyas, las que tal persona vivió. El fruto de
tal aventura, en términos generales, no suele pasar del terreno
de las hipótesis y de algunas afirmaciones, casi siempre discutibles.
Yo no me lanzaría al esfuerzo de tal empresa en personajes muy
distantes en la geografía y en la historia, o sea, en la cultura,
a los cuales conocemos sólo muy vagarosamente. Por ejemplo, yo
no me atrevería a indagar cuáles serían las decisiones
pastorales que tomaría Anfiloquio, Obispo de Iconio en el siglo
IV, en plena controversia arriana, si gobernara pastoralmente la Arquidiócesis
de La Habana en la aurora del siglo XXI. Y si me atreviere, sé
que obtendría sólo ficciones, fantasías sin sustancia.
Anfiloquio es un hombre por el que siento simpatía cuando lo
estudio en mis lecturas patrísticas, pero me resulta distante
culturalmente y del que, además, conocemos poco. Sin embargo,
cuando estamos familiarizados tanto con la persona en cuestión
y su pensamiento, como con el momento sobre el que se quieren proyectar,
se puede y, en muchos casos, se debe correr la aventura de la proyección,
con la certeza moral de que llegaremos a observaciones iluminadoras.
Si no totalmente indiscutibles por evidentes, al menos se aproximan
a ello. Hay personas sumamente coherentes, cuyos principios, motivaciones
y temperamento nos resultan suficientemente conocidos como para que
las conclusiones a las que lleguemos alcancen ese nivel aceptable de
certeza, con la condición de que no pretendamos adivinarle precisiones
menudas para situaciones que ni siquiera se pudo plantear, sino que
nos limitemos al nivel de los principios, de las razones de su ser y
de su quehacer y de las generalidades relacionadas con situaciones análogas
a las suyas. El nivel de la certeza en estos ámbitos se incrementa
cuando, de algún modo, somos solidarios en su cultura. A mi entender,
tal es el caso del Siervo de Dios, Padre Félix Francisco de la
Concepción Varela y Morales, a quien con sano orgullo los cubanos
de buena entraña reconocemos como Padre de nuestra cultura genuina
y forjador primordial de nuestra identidad ética, lamentablemente
nunca perfectamente alcanzada por la generalidad del pueblo cubano.
Me sé muy pequeño al lado del Padre Varela, pero soy cubano
habanero y sacerdote católico como él; me animan sus mismas
pasiones, Cuba y la Iglesia; me muevo en ambientes lo más cercanos
posibles a los de él, dado el tiempo que me separa de su existencia;
he podido conocer, incluso físicamente, los lugares por los que
su vida discurrió y he escrutado, una y otra vez, su obra escrita
y los testimonios de terceros acerca de su persona desde mi primera
juventud. Con estas armas, me atrevo a esbozar, en puntas de pie y con
respeto reverencial, un cierto acercamiento al Padre y una cierta proyección
del Padre y de su obra sobre nuestra realidad en esta aurora del Tercer
Milenio. Proyecciones que, probablemente, no encuentren el consenso
de todos Vds., que también conocen al Padre y tienen de él
una imagen ya interiorizada. Pero sobre el disenso, que espero como
ocasión de rectificación y enriquecimiento recíproco,
conversaremos al final de mis palabras.
VISITA DE JUAN PABLO II A CUBA Y ACTUALIZACIÓN DE LOS ESTUDIOS
VARELIANOS
2.- La reciente visita de S.S. Juan Pablo II a Cuba puso ante los ojos
de los cubanos la personalidad humilde y radiante de este sacerdote
católico habanero. Para muchos de nuestros compatriotas se había
convertido en un icono cubierto de polvo y casi olvidado en el desván
universal de la memoria. Para otros, nunca fue icono; lo clasificaron
simplonamente como una persona más en el desfile de nombres que
se aprenden en los libros de Historia; una pieza de museo, uno de esos
personajes que se momifican y a los que se levantan monumentos y que,
pasado el tiempo, muchos ni siquiera saben de quién se trata.
Otros le conocían el nombre y nada más; ignorándolo
todo acerca de la condición de este hombre de luz. Otros, sí,
lo han apreciado siempre. Nunca ha estado totalmente ausente de nuestro
pueblo la estirpe vareliana, la integrada por aquellos que, no conformándose
con saber quién y cómo fue, han hurgado en su persona,
en su ser y su existir y en su enseñanza, para extraer de semejante
fuente el agua lustral y la nutrición necesarias para recorrer
los senderos de la vida, a veces tan sorprendentes, con ánimo
positivo y con honra indoblegable. Estos últimos, entre los cuales
me confieso, tienen la convicción, compartida por S.S. Juan Pablo
II, de que el Padre Varela conserva su vigencia en la Cuba de hoy; de
que no se trata solamente de un icono, un monumento o una momia bien
conservada; sino de una antorcha que nos puede iluminar, de una voz
que todos los cubanos deberíamos escuchar y de un testimonio
válido cuya imitación y seguimiento nos enriquecería
sobremanera.
3.- Un mes antes de la visita del Santo Padre, más precisamente,
del 17 al 20 de Diciembre de 1997, había tenido lugar, en la
Universidad de La Habana, un encuentro internacional vareliano, patrocinado
por la Casa de Altos Estudios "Don Fernando Ortiz", de la
misma Universidad, y por la UNESCO. El tema unificador de conferencias
y paneles fue "Félix Varela, ética y anticipación
del pensamiento de la emancipación cubana". Tuvo un alto
nivel científico, pero el alcance de estos eventos suele ser
muy limitado y éste no fue excepción. Además, resultaba
inevitable que, a pesar de la admiración y del respeto que le
profesan, muchos de los que expusieron sus puntos de vista acerca del
Padre quedaran aprisionados por una cierta disección muy restrictiva
de su persona, ya que no sólo no comparten su Fe católica
y su sacerdocio, sino que ni siquiera conocen, con un nivel aceptable,
cuáles son los contenidos de la Fe católica, cuál
era el talante preciso de la Fe del Padre, hombre ilustrado de fines
del siglo XVIII e inicios del siglo XIX, y qué significa existencialmente
para un hombre ser sacerdote de Jesucristo. No es imprescindible ser
católico y sacerdote para conocer el meollo de este hombre, pero
sí es necesario conocer el catolicismo y el sacerdocio tal y
como lo vivía, en sus precisas coordenadas y con autenticidad
indiscutible, el Padre Varela. Imposible, pues, que algunos ponentes
de ese evento percibieran las raíces más hondas, las motivaciones
últimas de su manera de ser y de su pensamiento. Tendríamos
que esperar a la llegada de S.S. Juan Pablo II para que Félix
Varela saliera a las plazas y apareciera en las pantallas de la televisión
y para que todos los cubanos se preguntaran con mente y corazón
abiertos quién fue este hombre que el Papa venido de Roma y de
Polonia nos propone hoy como modelo de la mejor síntesis de catolicismo
y de cubanía.
4.- En más de una ocasión, durante su estancia en Cuba,
el Santo Padre nos habló del Padre Varela, pero las referencias
amplias y enjundiosas las reservó para su visita a uno de los
sitios más emblemáticos de nuestra cultura, el Aula Magna
de la Universidad, en la tarde del 23 de Enero, junto a los restos del
Padre y frente a una nutrido grupo de representantes del ámbito
eclesiástico, de las autoridades civiles, incluyendo a nuestro
Presidente, el Dr. Fidel Castro, y del mundo de la cultura, en todas
sus diversificaciones. Me parece que no hiperbolizo este encuentro si
lo califico como el momento clave de la visita pastoral del Santo Padre
a Cuba. A la luz de lo que dijo el Papa en el Aula Magna, las palabras
y los gestos del Papa en Cuba, en otras situaciones, encuentran su sentido
más pleno.
5.- Después de definir la cultura como "aquella forma peculiar
con la que los hombres expresan y desarrollan sus relaciones con la
creación, entre ellos mismos y con Dios, formando el conjunto
de valores que caracterizan a un pueblo y los rasgos que lo definen",
Juan Pablo II nos dijo que "la Iglesia Católica no se identifica
con ninguna cultura particular, sino que se acerca a todas ellas con
espíritu abierto" y, al proponer su propia visión
del hombre y de los valores,"contribuye a la creciente humanización
de la sociedad". Afirma luego el Papa que "toda cultura tiene
un núcleo de convicciones religiosas y de valores morales que
constituye como su alma", para subrayar que "es ahí
donde Cristo quiere llegar con la fuerza sanadora de su gracia. La evangelización
de la cultura es como una elevación de su <alma religiosa>,
infundiéndole un dinamismo nuevo y potente, el dinamismo del
Espíritu Santo, que la lleva a la máxima actualización
de sus potencialidades humanas. En Cristo, toda cultura se siente profundamente
respetada, valorada y amada; porque toda cultura está siempre
abierta, en lo más auténtico de sí misma, a los
tesoros de la Redención". En estas últimas frases
descubro el núcleo del discurso del Santo Padre y, creo, la clave
de todos sus mensajes en Cuba.
6.- Continúa Juan Pablo II centrando ahora en Cuba su concepción
de cultura, de alma de la cultura y de evangelización de la cultura.
Destaca entonces el Papa las raíces y los componentes de la cultura
cubana. No podía faltar la mención al Seminario "San
Carlos y San Ambrosio" para llegar, por ese camino, al Padre Félix
Varela, a quien llama "piedra fundacional de la nacionalidad cubana",
porque "él mismo es, en su persona, la mejor síntesis
que podemos encontrar entre la fe cristiana y la cultura cubana".
Menciona su ejemplaridad como habanero, patriota y sacerdote, así
como su fuerza renovadora, en la Cuba del siglo XIX, que se proyectó
sobre los métodos pedagógicos y los contenidos de la enseñanza
científica, filosófica, jurídica y teológica.
Explicitando el legado de Varela, el Papa recuerda que él fue
quien primero habló de independencia y de democracia en estas
tierra, así como de las dos exigencias que demanda ese proyecto,
que el Papa considera "el más armónico con la naturaleza
humana":-a) "personas educadas para la libertad y la responsabilidad,
con un proyecto ético forjado en su interior, que asuman lo mejor
de la herencia de la civilización y los perennes valores trascendentes,
para ser así capaces de emprender tareas decisivas al servicio
de la comunidad";-b)"que las relaciones humanas, así
como el estilo de convivencia social, favorezcan los debidos espacios
donde cada persona pueda, con el necesario respeto y solidaridad, desempeñar
el papel histórico que le corresponde para dinamizar el Estado
de Derecho, garantía esencial de toda convivencia humana que
quiera considerarse democrática." El Papa recuerda entonces
que, para el Padre Varela, la independencia política de España
era todavía un ideal inalcanzable, pero que esta convicción
no lo paraliza, sino que le mueve a realizar lo que estaba a su alcance
en orden a la consecución de tal meta: "formar personas,
hombres de conciencia".
7.- En el caso del Padre Varela-añade Juan Pablo II-, "la
motivación más fuerte, la fuente de sus virtudes",
fue su "profunda espiritualidad cristiana(...)buscar la gloria
de Dios en todo". "Esta es la herencia que el Padre Varela
dejó- nos dice el Papa-"el bien de su Patria sigue necesitando
de la luz sin ocaso que es Cristo. Cristo es la vía que guía
al hombre a la plenitud de sus dimensiones, el camino que conduce hacia
una sociedad más justa, más libre, más humana y
más solidaria". No deja de recordar el Papa que "la
antorcha que, encendida por el Padre Varela habría de iluminar
la historia del pueblo cubano, fue recogida(...) por José Martí(...),profundamente
democrático e independentista, patriota, amigo leal aún
de aquellos que no compartían su programa político(...)hombre
de luz, coherente con sus valores éticos y animado por una espiritualidad
de raíz eminentemente cristiana".
8.- El Papa, conociendo nuestro pluralismo religioso e ideológico
contemporáneo y despojado él mismo de todo afán
hegemónico, reconoce que en Cuba ya se da "un diálogo
cultural fecundo" y anima a todos a proseguir por este camino para
"encontrar una síntesis con la que todos los cubanos puedan
identificarse,(...) consolidar una identidad cubana armónica
que pueda integrar en su seno sus múltiples tradiciones nacionales.
La cultura cubana, si está abierta a la Verdad, afianzará
su identidad nacional y la hará crecer en humanidad". En
este diálogo debería estar incluida la Iglesia, ya que
ella, como las instituciones culturales del País, desea "servir
al hombre, cultivar todas las dimensiones de su espíritu y fecundar
desde dentro todas sus relaciones comunitarias y sociales". La
pastoral de la cultura, imprescindible en la vida de la Iglesia, debe
desarrollarse "en diálogo permanente con personas e instituciones
del ámbito intelectual."
9.-Terminó el Santo Padre su discurso poniendo "de nuevo
en las manos de la juventud cubana aquel legado, siempre necesario y
siempre actual, del Padre de la cultura cubana; aquella misión
que el Padre Varela encomendó a sus discípulos - unificados
en el simbólico "Elpidio", nombre propio que se inscribe
en el abanico semántico de la palabra griega "elpis",
que significa "esperanza" - : "Diles que ellos son la
dulce "esperanza de la Patria y que no hay Patria sin virtud, ni
virtud con impiedad".
VIGENCIA DE LA PERSONALIDAD Y DEL PENSAMIENTO DEL PADRE FÉLIX
VARELA EN LA CUBA DE HOY
10.- Las palabras de Juan Pablo II en el Aula Magna, revestidas por
la autoridad intelectual y moral de quien las pronunció, ratifican
nuestra convicción acerca de la vigencia real del Padre Varela.
Podríamos, sin embargo, desglosarla y especificar algunos aspectos
de la misma que requieren, a mi entender, una mayor atención
en la Cuba de hoy. Pienso, sobre todo, en los jóvenes, en los
"Elpidios" contemporáneos. Destaco, en primer lugar,
la misma persona de Varela y las cualidades que hacen de nuestro sacerdote
un hombre poco frecuente en la historia de nuestro país; en segundo
lugar, su pensamiento, que si bien en el terreno científico ha
sido superado y en el metafísico es más bien pobre, en
el ético está dotado de una juventud estremecedora, de
una frescura sorprendente. Fue un sacerdote ejemplar y coherente; en
él no se descubren quiebras o contradicciones entre la Fe, la
condición humana, la adhesión temprana y sostenida a la
espiritualidad propia de la Ilustración católica, el patriotismo
razonable, la existencia sacerdotal ejercitada en servicios tan diversos
como fueron el estudio, la investigación y el magisterio, la
actividad política, el ministerio parroquial y la participación
en el gobierno pastoral de la Diócesis de New York y, por último,
la ancianidad, la soledad, la enfermedad y la muerte, asumidas con serenidad
y entereza de ánimo notables. Varela fue ejemplo de sus contemporáneos
y lo sigue siendo, porque fue, simultáneamente, un hombre integérrimo
y cercano. Suscitaba admiración y respeto, sin menoscabo de la
proximidad y de la simpatía. Por sus contemporáneos sabemos
que no inspiraba temor reverencial. Con él se sentían
igualmente bien tanto las personas de grandes vuelos intelectuales o
de alta categoría social y eclesiástica, cuanto los hombres
y mujeres más sencillos que conoció en La Habana, en España
y en los Estados Unidos. Vivió sus realidades compartiendo con
todos y de manera tal, confiriéndoles tal sentido y tan tocado
habitualmente por el buen humor, que despertaba y despierta la apetencia
de ser como él y todo el que se le acercaba percibía que
esto era posible. Que requería esfuerzo, que exigía poner
en acción todas las facultades humanas, pero que no sería
un esfuerzo inútil. La mejor enseñanza del Padre Varela
reside, pues, en su manera de ser y de asumir libre y responsablemente
el quehacer al que se sintió obligado en conciencia, en las diversas
circunstancias por las que fue atravesando en su no breve existencia.
11.- No podemos desnudar la identidad del Padre Varela de su condición
sacerdotal, camino al que se sintió llamado desde su adolescencia.
¿Tiene vigencia su manera de ser sacerdote católico para
los sacerdotes cubanos de hoy? Sin duda, todos los sacerdotes hemos
conocido hombres de Dios y servidores de los demás, que nos estimulan
a ser mejores sacerdotes, sin dejar de ser hombres y cristianos y cubanos;
hombres que nos animan a cultivar uno u otro aspecto de la existencia
humana y sacerdotal. Pocas veces, sin embargo, encontramos una persona
que reúna armónicamente, en grado tan eminente, las cualidades
y el quehacer cotidiano al estilo del Padre Varela. A pesar de que en
su quehacer incluyó alguna tarea que la disciplina eclesiástica
hoy vigente excluye casi totalmente de la existencia sacerdotal, como
es la participación como Diputado en las Cortes o Parlamento,
su personalidad sacerdotal y el estilo evangélico con el que
asumió inclusive ese tipo de tareas - eminentemente políticas
-, sí es vigente para nosotros, los sacerdotes cubanos, en la
Cuba del milenio que estamos comenzando.
12.-Como el Padre Varela, deberíamos contemplar nuestro ministerio
pastoral afincados en la realidad de Jesús de Nazareth y en comunión
efectiva con Su Iglesia, tal y como es; en sintonía con nuestro
tiempo y lugar y con nuestro País, y despojados tanto de actitudes
pseudoespirituales, alienantes, que poco tienen de cristianas, como
de actitudes hegemónicas o excluyentes o impositivas que tampoco
están en sintonía con los valores evangélicos propios
de la condición sacerdotal. Debemos asumirla y revisarla, cada
día, con la misma amplitud de miras e idénticas generosidad
y disponibilidad con que supo contemplar el Padre su sacerdocio diocesano,
sin encerrarnos en concepciones estrechas de "lo pastoral",
reducido a un activismo que puede llegar a ser generoso, pero poco articulado
y despojado de dirección sostenida. Así podemos acabar
por ser pastores, sí, pero sin rumbo evangélico, no con
el estilo congregante y certero de Jesús.
13.- El Padre Varela, cuando - sin haberlo previsto - tuvo que ser maestro
porque se lo pidió su Obispo, lo fue de corazón; y no
se limitó al trabajo del aula, sino que extendió su condición
magisterial a muy diversos ámbitos de la cultura, desde la fundación
de la Sociedad Filarmónica, hasta la experimentación científica,
pasando por su participación activa en la Sociedad Económica
de Amigos del País y por su presencia efectiva en esa cátedra
sui generis que es el púlpito eclesiástico. Cuando, también
por petición de su Obispo, tuvo que comenzar a acercarse al terreno
político, todavía en el ámbito magisterial, también
supo entregarse de corazón a la enseñanza del Derecho
Constitucional. Cuando este magisterio le abrió las puertas a
la participación más efectiva en la activad política,
como Diputado en las Cortes de Madrid, el Obispo solicitó su
asentimiento como candidato y el Padre Varela consintió una vez
más a la petición de su Obispo, no sin una cierta repugnancia
ante la avizorada disputa parlamentaria, más turbulenta que lo
que su temperamento tranquilo apetecía. Cuando las circunstancias
políticas de la Restauración monárquica de Fernando
VII lo obligaron al camino del exilio neoyorquino, supo interiorizarlo
con dolor, pero sin roñas ni amarguras, incorporándose
con una generosidad inaudita a la vida pastoral de la entonces naciente
Iglesia Católica de los Estados Unidos de Norteamérica.
Y el mismo desvelo que caracterizó su magisterio en los tiempos
de "San Carlos y San Ambrosio", caracterizó en adelante
su atención a los emigrados irlandeses y a toda su feligresía
neoyorquina. Supo, pues, el Padre Varela prestar atención al
lenguaje con el que Dios - Padre, Hijo y Espíritu Santo- nos
habla, no por medios extraordinarios, como a Moisés en la zarza
ardiente, sino por medios tan humildes, por realidades tan cotidianas,
como son las peticiones de nuestros superiores en la Iglesia, la realidad
misma de la comunión eclesial efectiva, los consejos de los amigos
buenos y sensatos, los hechos concretos de la existencia y los servicios
que podemos prestar a quienes encontramos en el camino de la vida, como
aquel buen samaritano al hombre apaleado por ladrones, en la ruta de
Jerusalén a Jericó. Sobre este lenguaje cotidiano de Dios,
debemos los sacerdotes - y en definitiva todos los cristianos - entretejer
nuestra existencia. Y en esa tarea, el Padre Varela mantiene toda su
ejemplaridad.
14.- Un intelectual está llamado a ejercer, directa o indirectamente,
alguna forma de magisterio. De Varela los intelectuales cubanos podrían
aprender un cierto estilo que supone, ante todo, vivir coherentemente
su vocación, con actitud congregante y participativa, sin pedantería
ni distanciamientos elitistas. Lo que el intelectual conoce, debe compartirlo,
para eso lo recibe y lo adquiere; no debería nunca ignorar que
dando lo que tiene, él también recibe. En esta dimensión
de la vocación intelectual, ya podrían también
aprender de Varela algunos intelectuales del patio o, simplemente, las
personas medianamente cultivadas, a no ser personas unius libri, de
un solo libro, de un solo foco de interés, del estudio y del
análisis sereno y objetivo de una sola corriente de pensamiento
o ideología o filosofía de la vida u orientación
religiosa o espiritual, como prefiramos llamarla. ¡Qué
pobreza la del que se concentra en una disciplina intelectual y/o de
una sola manera de entenderse y de entender el mundo en el que vivimos,
de manera tal, tan exclusivamente, que ignora todo lo que no sea ellas
mismas! ¿Cómo podrá él mismo relacionarse
adecuadamente con la realidad y con las demás personas, y cómo
podrá, incluso, relacionar su disciplina elegida con todo lo
que de un modo u otro la afecta? Una cosa es elegir un centro focal
al que se dedique un esfuerzo preferencial y otra es abandonar en absoluto
el cultivo de todo lo que enriquece a la persona y le permite integrarse
con suficiente equilibrio en el mundo en que vivimos. En un ámbito
mucho más profundo del ser, una cosa es, elegir responsablemente
una orientación existencial después de una reflexión
adulta y bien informada, y otra es no preocuparse por conocer comprensivamente
las orientaciones vitales de las personas del entorno en el que nos
movemos. Varela enseñó, primero, Latín; luego,
Filosofía y Ciencias; más tarde, Constitución.
Mientras tanto, continuaba con sus lecturas de los Padres de la Iglesia,
de los maestros de la Teología Católica, de los autores
espirituales y de los buenos cultivadores de las letras; tocaba el violín
y escribía poesías y piezas de teatro; asistía
él mismo a conciertos y espectáculos teatrales; fundó
la Sociedad Filarmónica de La Habana y participó activamente
en los quehaceres múltiples de la Sociedad Económica de
Amigos del País. Esta multiplicidad de intereses continúa
presente en New York, mientras se desenvolvía como párroco,
Vicario General y asesor de los Concilios fundacionales de la Iglesia
Católica en los Estados Unidos de Norteamérica. Bastaría
recordar de cuántas cuestiones se ocupó y revisar el elenco
de los libros que componían su biblioteca en la parroquia de
la Transfiguración, que conocemos gracias a la subasta que se
realizó después de su muerte en San Agustín de
la Florida. Era un católico liberal o ilustrado muy convencido,
pero conocía muy bien el mundo del catolicismo conservador o
"tradicionalista", del liberalismo no católico, de
las diversas familias cristianas no católicas y del mundo judío,
o sea, estaba familiarizado con su universo cultural y espiritual. Ello,
unido a su temperamento comprensivo, de genuino caballero, le permitía
dialogar inteligentemente con cualquiera de sus contemporáneos
y mantener relaciones de amistad con personas distantes de él,
fuese por sus intereses intelectuales, fuese por sus convicciones religiosas
o ideológicas. Con sus convicciones, su vastísima cultura
y su actitud abarcadora, ecuménica, bien informada y respetuosamente
dialogante, el Padre Varela constituye un ejemplo vigente para el cubano
cultivado que inicia el siglo XXI y el Tercer Milenio.
15.- En Cuba, en los estudios básicos, la formación "general"
y humanística es sumamente pobre. Antes de los planes de estudio
actuales, ya era deficiente, pero ahora la carencia ha llegado a extremos
tan alarmantes, que comienzan ya a percibirse los signos de cambio.
Un joven graduado de la enseñanza preuniversitaria apenas tiene
conocimientos elementales o nulos de Geografía, Gramática
española, lenguas foráneas y lenguas clásicas,
Historia de Cuba e Historia Universal, Literatura, Lógica, Filosofía,
apreciación artística (musical, artes plásticas,
etc.), religiones comparadas, principios cívicos y jurídicos,
etc. Adquieren un conocimiento aceptable de ciencias exactas y de tecnología,
si siguen cursos de esta rama del conocimiento. Posteriormente, quienes
acuden a facultades universitarias relacionadas con las humanidades,
en ellas adquieren un conocimiento bastante sólido en las disciplinas
humanísticas, que no deja de estar lastrado, empero, por una
cierta unidimensionalidad ideológica. Pero quienes se inscriben
en facultades de ciencias exactas o de estudios técnicos quedan
en ayunas con relación a eso que nuestro pueblo llama "cultura
general" y a las humanidades. Son esos profesionales que todos
conocemos y que son incapaces de leer un buen libro de otra materia
que no sea la propia de su carrera, que nunca han puesto un pie en un
buen concierto, en una función de ópera o ballet, ni se
interesan en una pieza de teatro, ni saben discernir cuál es
el buen cine del que no lo es, ni son capaces de situar un personaje
en su contexto histórico, etc. Afortunadamente, la preocupación
oficial sobre este problema parece ser ahora más sostenida que
nunca antes en los últimos cuarenta años, pero estamos
todavía en los prolegómenos del camino, al que deseamos
el mayor de los éxitos. Estoy seguro de que el Padre Varela se
sentiría muy satisfecho si llegase a constatar que, de veras,
la cultura humanística de su pueblo - o sea, la interiorización
de las disciplinas culturales y de los valores éticos que deben
estructurar tales disciplinas - alcanza los niveles que nunca tuvo y
que ella le va a permitir a su pueblo ubicarse más acertadamente
en el mundo en el que nos ha tocado vivir y en el que tan rápidamente
se están gestando valores, pero también contravalores;
lo que hace necesario el discernimiento sabio para no perder la orientación,
para que no involucionemos como humanidad, aunque provolucionemos como
técnicos. Los robots pueden ser grandes técnicos, pero
nunca serán personas humanas. El Padre Varela nos enseña
- se lo escribía ya a "Elpidio" - que el esfuerzo por
la cultura genuina - que incluye los valores éticos razonablemente
interiorizados -, o sea, el esfuerzo por el humanismo, el combate contra
el fanatismo y contra toda forma de error, equivale a batallar por ser
más personas, por crecer como personas.
16.- Abundando en este tópico, sabemos que la niñez, la
adolescencia y la juventud son las etapas de la vida más aptas
para adquirir la formación señalada en el párrafo
anterior, para formar la sensibilidad, despertar los intereses e introducir
en un camino de conocimientos y de interiorización de valores
que terminará sólo con la invalidez intelectual o con
la muerte. A los padres, a los maestros y a los mismos destinatarios
de la educación, que son también sus autoartífices,
Varela tiene mucho que decirles. Los Elpidios de ayer y de hoy, los
que deben sustentar a Cuba en pie, pueden mirar al Padre Varela de frente
y hacer el esfuerzo por penetrar en su mundo interior, si aspiran a
ser genuinamente humanos. La formación ética de la conciencia
no debería prescindir ni de la estética, ni de los caminos
que nos acercan a una mejor aprehensión de la condición
humana. Por otra parte, sabemos que Varela los querría cristianos
católicos sólidos- a los "Elpidios"-pues estaba
convencido de que la genuina Fe cristiana confiere al hombre su mayor
estatura, pero sabía Varela que la donación y la aceptación
libre de la Fe se sitúan en el diálogo íntimo e
inefable entre Dios y la persona humana; que la Fe no se impone, se
propone y los que la tienen, como la tuvo él, llamados están
a proponerla con la vida y la palabra oportuna, en diálogo respetuoso,
nunca con medios coercitivos. Y todos, llegado ese momento de la juventud
en el que tomamos la vida propia en mano, responsablemente, deberían
poder preguntarse, con libertad y elementos sólidos de juicio,
acerca de la calidad de la propia Fe, si se cree que se tiene, o acerca
de ese camino no asumido, si se cree que no se tiene. Varela no pretendía
imponer la Fe cristiana, pero sí deseaba que los jóvenes
se preguntasen y se informasen con seriedad acerca de ella para poder
decidir con relación a ella.
17.- Por otra parte, entrelazados con su magisterio testimonial y con
los contenidos del mismo, están plenamente vigentes también
la actitud y los criterios pedagógicos del Padre, que podría
describirse como una especie de mayéutica socrática puesta
al día en el siglo XIX. ¡Cuán necesario sigue siendo
atender no sólo a los contenidos, sino también a la manera
de enseñar, a la metodología en la transferencia de los
contenidos! Lamentablemente, seguimos teniendo muchos maestros, a todos
los niveles y en todas las disciplinas, poco capacitados en la materia
que enseñan y tan simplonamente repetidores y autoritarios, exigentes
sostenidos de una actitud pasiva del alumno, que no pueden ni despertar
interés, ni colaborar al desarrollo del entendimiento. El Padre
deseó barrer el método del magister dixit, frecuente en
la Escolástica decadente; pues bien, podría darse un paseíto
por nuestras aulas cubanas contemporáneas, las de nuestras escuelas
y las de nuestros catecismos parroquiales, y descubriría muchas
actitudes análogas, a más de un siglo de su muerte. Hoy
el ejercicio de esa metodología es tanto más irresponsable
y censurable cuanto en estos últimos ciento cincuenta años
se ha avanzado sobremanera en el conocimiento de la persona, del psiquismo,
de los resortes de la comprensión y, en términos generales,
de los caminos del aprendizaje. Lo que, en este terreno, se podía
excusar todavía en los inicios del siglo XIX, es francamente
inexcusable en la aurora del siglo XXI. En la participación activa
del alumno en las clases, a esa mayéutica vareliana - que sus
alumnos tanto agradecieron y nunca olvidaron-, habría que añadir,
no sólo el ejercicio de la experimentación en el estudio
de las ciencias, sino el de la reflexión con cabeza propia, que
es el equivalente, en las disciplinas humanísticas, de la experimentación
en la disciplinas técnicas y científicas, e incluye el
derecho a errar y a aprender también tanto de los errores propios,
cuanto de los ajenos.
18.- Otro punto capital en la metodología pedagógica del
Padre fue su utilitarismo rectamente comprendido, o sea, su empeño
por enseñar lo que resulta verdaderamente útil, tanto
en el orden del pensamiento filosófico, incluyendo en él
la ética, como en el del pensamiento científico. Utilitarismo
que no se debe equiparar al pragmatismo burdo, pensado en términos
de inmediatez y despojado de eticidad. Para el Padre nada es más
útil que la búsqueda de la Verdad y la práctica
de la Virtud. En este horizonte se debe colocar el utilitarismo del
Padre, empeñado en barrer las cuestiones bizantinas, que sí
son inútiles y que tanto contribuyen a apagar el interés
de los estudiantes, pues no pueden descubrirles la utilidad para la
vida y razonablemente piensan que no vale la pena dedicarles algún
esfuerzo. Al joven que se le presentan reiteradamente cuestiones y actividades
que le resultan francamente inútiles y sin mucho porvenir, se
le va creando una apatía, un desinterés, que empieza por
serlo con relación al estudio, al aprendizaje, y que termina
por serlo con relación a la vida misma y a los valores que deberían
animarla.
19.- Todo ello supone que el cimiento del aprendizaje reside en aprender
a pensar bien, lo que equivale a decir que la responsabilidad cimera
del maestro es enseñar a pensar bien, con cabeza bien estructurada
y, como ya está afirmado más arriba, con pensamiento propio.
Es el sentido del dictum de Don José de la Luz y Caballero sobre
su maestro, el Padre Varela: "Mientras se piense en la Isla de
Cuba, se pensará en quien primero nos enseñó a
pensar". De ahí la importancia concedida por el Padre a
la enseñanza de la Lógica, como fundamento de cualquier
estudio ulterior, para que el joven estudioso sea capaz de proceder
con pensamiento veraz, bien articulado y rectamente dirigido y pueda
llegar así al conocimiento de la verdad propia del estudio en
cuestión (científico, filosófico, jurídico,
político, teológico, etc.). Tengo la impresión
de que este empeño por enseñar a pensar bien y con pensamiento
propio no ocupa el lugar debido en nuestra pedagogía contemporánea:
ni en la de los "mayores", en el hogar, ni en la de los maestros
en los centros de enseñanza. En este ámbito, me resulta
más que evidente la vigencia del Padre Varela, con relación
a los padres, a los maestros y también - ¡cómo no!
- a los sacerdotes y a todos los que se consagran al ministerio evangelizador
y religioso en general.
20.- Desglosando un poco más el legado pedagógico del
Padre, que le sostiene su vigencia, estimo que la metodología
pedagógica vareliana también incluía, junto al
estímulo por ampliar el campo de los estudios o, dicho de otro
modo, los focos de interés, el señalamiento de las relaciones
de diversa naturaleza que pueden existir entre las materias de estudio:
concatenación, dependencia en una u otra dirección, condicionamientos
de tiempo y lugar, etc. Tampoco veo esta realidad como una adquisición
generalizada en la pedagogía cubana contemporánea.
21.- Podríamos preguntarnos razonablemente si los contenidos
de las disciplinas que enseñó Varela tienen todavía
alguna vigencia. Se impone el discernimiento, pues es cierto que el
pensamiento humano, las ciencias y las tecnologías, la práctica
política y la experiencia eclesial han recorrido un largo e intenso
camino desde los tiempos de Varela hasta nuestros días. Sin embargo,
en el terreno de los principios, el contenido de las enseñanzas
varelianas acerca de lo religioso, de la persona, de la sociedad civil,
de la Patria, de la valoración de las ciencias y de la experimentación,
etc., mantiene su validez. A todos los que tenemos la responsabilidad
de enseñar y, muy especialmente, a los sacerdotes, nos convendría
un baño frecuente en las aguas varelianas.
22.- Subrayo también mi afirmación anterior de que la
fidelidad al pensamiento vareliano trae consigo el distanciamiento de
toda forma de fanatismo, o sea, de idealización o mitificación
deformante de la realidad y de pseudoespiritualismo desencarnado, sin
incidencia en la vida concreta. De las actitudes opuestas al fanatismo,
o sea, de racionalidad y de fe razonable, de sano realismo y de espiritualidad
evangélica, la vida de Félix Varela es testimonio y enseñanza
y en sus escritos aparecen, esparcidos, mensajes de esta índole,
concentrados, sin embargo, con mejor diafanidad, en las Cartas a Elpidio.
Estas notas tienen vigencia suma en la Cuba de hoy, pues a pesar de
las que D. Fernando Ortiz llamara "revoluciones racionalistas",
los cubanos seguimos inclinándonos fácilmente al fanatismo,
a la mitificación de la realidad y a diversas formas de pseudoespiritualidad
desencarnada, tanto en el ámbito estrictamente religioso, como
en el de la vida civil. Por lo general, todos los elementos de la realidad,
la interior y la externa, forman una madeja, se entrelazan: quien, sin
dejar de contemplar las mayores alturas, se esfuerza por cultivar una
espiritualidad asentada en lo real, normalmente trata de aprehender
la realidad, aunque ésta no sea de su agrado y mantiene sus actitudes
vitales sujetas por una sana racionabilidad. Por el contrario, quien
consciente o inconscientemente cultiva el delirio espiritual que ignora
la naturaleza, percibe una imagen muy distorsionada de la misma y, fácilmente,
cae en cualquier suerte de fanatismo (religioso, político, cultural,
etc.)
23.- Para el Padre Varela-y esto no se puede obviar al exponer la vigencia
del Padre en la Cuba de hoy- la espiritualidad capaz de cimentar una
existencia humana de manera tal que ésta pudiera crecer hasta
alcanzar la mayor plenitud posible, tal y como él la concebía,
es la espiritualidad cristiano-católica, de raigambre judía,
con evidentes injertos provenientes de la "filosofía natural",
de estirpe greco-romana. Evidentemente que cuando digo "espiritualidad"
estoy utilizando el término en el sentido más abarcador,
propio de las tradiciones religiosas, que incluye las realidades naturales
pero las trasciende; va más allá, abarcando también
la manera de relacionarse con Dios, y contempla las realidades naturales
como destinadas a ser iluminadas por la luz de la Fe y asumidas como
obra de Dios, como caminos que deberían conducirnos al henchimiento
de la amistad con Dios, Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
y a la relación solidaria entre las personas.
24.- El Padre Varela conoció, respetó, admiró y
tuvo trato familiar con personas que profesaban religiones no católicas
y con personas que no profesaban ninguna religión, pero para
él las mayores posibilidades de desarrollo humano estaban en
el seguimiento e imitación de Jesús en la Iglesia Católica.
Expuso y propuso su pensamiento con humildad y respeto, ecuménicamente,
pero, al mismo tiempo, con claridad y firmeza sin quiebras. Nunca disimuló
cuáles eran sus convicciones. Los errores y los pecados de los
miembros de la Iglesia Católica, le generaban dolor, pero no
"complejos" y, mucho menos, simulaciones en su conducta o
en la exposición de su pensamiento. En esto también tiene
vigencia el Padre, sobre todo para los católicos. Estamos llamados
al diálogo, forma de la caridad fraterna en una sociedad pluralista
como la nuestra, frente a cualquier forma de conflictividad religiosa
o social. Pero el diálogo supone el compromiso de las partes
con la cuota de verdad que poseen y que las posee, así como,
evidentemente, la capacidad de escucha, de tomar en cuenta con seriedad
el pensamiento del "otro". Solo por ese camino se puede llegar
a un consenso social estable.
25.- Creo que el mejor aporte que la Iglesia Católica puede ofrecer
a la Nación cubana en este momento de su historia, es la exposición
y el testimonio de la enseñanza católica acerca de Dios,
acerca del hombre y acerca del mundo en el que el hombre vive y se desarrolla,
pero con el estilo dialogal, es decir, humilde, respetuoso, incluyente
de la capacidad de escucha y de rectificación. Pocas actitudes
dificultan tanto la evangelización como la arrogancia, la simulación
y la confusión. Para evitar esta última, nunca deberíamos
olvidar la importante jerarquización de verdades y de valores;
la necesidad, en todo diálogo humano, de no presentar como absoluto
lo que no lo es, ni de relativizar lo que sí tiene un valor de
Absoluto para un cristiano católico. En materia sociopolítica
sabemos de sobra que nos movemos sobre un pavimento sumamente resbaladizo;
que muchos de los componentes de este ámbito son cambiantes,
porque cambia la sociedad de los hombres a través de la Historia
y de la Geografía, y que casi todos estos componentes están
incluidos en la esfera de lo que es opinable, porque dependen no sólo
de la Revelación y de la gran Tradición - que son las
realidades vinculantes de la Fe católica -, sino en gran medida
de análisis, no directamente religiosos, sino histórico-sociales,
económicos, políticos y culturales. De todo ello, de toda
esta finura de distinciones y de su capacidad de diálogo y de
aceptación de las personas que sostenían opiniones muy
diversas de las suyas, el Padre Varela puede darnos lecciones eminentes,
tanto durante su vida en La Habana, como en su desempeño como
Diputado a las Cortes en España y durante su prolongada estancia
en New York, dedicado fundamentalmente a actividades intraeclesiales.
26.- Por consiguiente, sus convicciones católicas, en nada menguaron
su capacidad de comprensión y de tolerancia para con los cristianos
de otras confesiones, con creyentes no cristianos y con personas que
no tenía una fe religiosa explícita. Con los cristianos
no católicos llegó a sostener ejemplares polémicas
en las que el respeto y la caridad siempre estuvieron presentes. Si
en el terreno político habló de la "guerra"
como medio necesario para la independencia de España, él
que no era hombre de violencia, fue debido a la convicción de
que nada se podría obtener del Gobierno español por medio
de las vías civilistas; convicción que adquirió
en España durante su estancia en las Cortes. Sabemos que su proyecto
político original no era ni siquiera de independencia, sino de
autonomía y que contaba con los medios parlamentarios para obtenerla.
Sólo al fallar éstos, postuló la guerra, como recurso
último, a cuya promoción, por otra parte, nunca se dedicó.
27.- Con el tema de la independencia se enlaza una actitud frecuentemente
señalada en relación con el Padre. Sea en este ámbito
sociopolítico, sea en otros. Me refiero a que en el Padre la
constatación de la imposibilidad temporal de aquello que consideraba
óptimo, no lo paralizaba; se lanzaba entonces el Padre a lo bueno
posible. Por ejemplo, para él la independencia política
de España y el establecimiento de un régimen democrático
era una meta que no creía realizable por el momento; se dio entonces
a la tarea - en la medida de sus posibilidades- de formar hombres capaces
de asumir la independencia y la democracia cuando llegase el momento
oportuno. De ese propósito nació la generación
vareliana de "San Carlos" y la genealogía vareliana
posterior que, pasando por los hombres de la Guerra de los Diez Años,
llega a José Martí.
28.- En nuestro País, muchos experimentan la imposibilidad transitoria
de construir una sociedad de acuerdo con su visión de la misma.
Se sienten incómodos en la sociedad cubana contemporánea
tal y como es; querrían otro tipo de organización sociopolítica
y económica para la misma, y no ven por el momento el camino
de realización de su proyecto. Esto los lleva a una apatía
social o al distanciamiento geográfico. La lección de
Varela, a mi entender, los debería llevar a otras actitudes.
Creo que él se preguntaría-y con esta consideración
termino- cuáles serían sus posibilidades objetivas de
realizar algo positivo, en el seno de su Iglesia y de su pueblo, en
la línea de su proyecto, dentro del marco real de la sociedad
cubana actual y siempre cuestionándose, sin afanes absolutizadores
ni hegemonistas, sino con actitud dialogal. Se preguntaría el
Padre qué podría sembrar, sin aplicar métodos que
menoscabaran o hasta destruyeran la cosecha, sabiendo que probablemente
no le tocaría realizar dicha cosecha, sino solamente prepararla.
Sería éste, según mi criterio, el estilo vareliano
de trabajar hoy por el bienestar integral de los cubanos: aportar lo
bueno posible, con realismo - que no equivale a conformismo estéril
- y, simultáneamente, con visión amplia, abarcadora y
ungida por la nostalgia de la futuridad mejor. Los que asumimos la paternidad
de Félix Varela, deberíamos seguir, sin ruidos innecesarios,
pero con tenacidad, ese camino generoso, humilde y cuesta arriba, que
no se desvía por cantos de sirena provenientes de cualquier parte,
que, como en el poema homérico, sólo conducen al naufragio
trágico. A mi entender, ése fue el camino vareliano en
el siglo XIX, el más sabio en aquellas condiciones en la que
la Providencia amorosa de Dios Padre situó su existencia terrenal.
No son las mismas condiciones de hoy: ni las del País, ni las
del Mundo amplio, ni las de la Iglesia. Pero me parece que esa Sabiduría
puede iluminarnos y estimularnos en las condiciones actuales: a todos
los cubanos, a los tirios y a los troyanos que nos afanamos por crear
Casa Cuba en la que todos podamos sentirnos como en hogar propio.
La Habana, 11 de Febrero de 2001.