El 20 de Mayo de 1902, Cuba nacía
oficialmente como República y era reconocida como nuevo miembro
de la comunidad internacional.
Ese día, Máximo Gómez, izaba la bandera nacional
en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales en la Plaza de Armas
de La Habana. Había sido arriada la enseña norteamericana
pero no su influencia en los asuntos públicos de Cuba. Cuatro
años antes había sido arriado el pendón español
pero tampoco su impronta se había ausentado de Cuba.
Ese día, más allá de las ceremonias, nacía
una República que había sido gestada y esperada durante
todo el siglo diecinueve. Era reconocida oficialmente la cultura que
habían forjado Heredia y Plácido. Era proclamada la identidad
que habían perfilado Varela y Luz, el Seminario San Carlos y
la Sociedad Económica de Amigos del País. Alcanzaba su
independencia, formal o limitada, pero reconocida y en lo adelante gradualmente
plenificada, aquella misma nación que proclamaran Céspedes
y Agramonte, que conquistaran en la manigua, Martí, Maceo y Gómez.
Las Repúblicas no se improvisan, ni se hacen por decreto, ni
son ellas mismas solamente por tener símbolos, líderes
y territorios, ni sólo por las guerras y revoluciones. República
viene del latín res-publica: cosa pública, ente, entidad
del pueblo, de la comunidad. Cuerpo de una nación. Comunidad
del pueblo que se gobierna a sí misma, a través de cuerpos
representativos, electos directamente por el mismo pueblo y que abandona
el viejo régimen autocrático en que una persona, un rey,
un líder, un aristócrata, un noble, ejerce el poder de
forma personal y total. La República es más que su propio
gobierno, es más que el Estado como estructura política
organizativa, es más que las propias leyes y que sus relaciones
con otros estados. La República es el pueblo que despierta, que
se hace consciente de su responsabilidad, que se considera una comunidad
autogestionada y que se decide a avanzar, por sus propios medios y según
su propio proyecto, hacia la madurez como nación, como identidad,
como cultura. República es el pueblo cuando siente que él
es el que decide la verdad y no un pueblo que siempre está esperando
por las decisiones de otros.
Por eso podemos afirmar que Cuba despertó como República
mucho antes del 20 de Mayo de 1902 y que, aún hoy, sigue avanzando
según su propia historia y proyecto, hacia la madurez republicana.
Ni todo está perdido, ni todo concluido. Lo que celebramos es,
pues, el nacimiento de una comunidad nacional que se venía gestando
desde antes y que ha seguido creciendo, perfeccionándose, liberándose
de ataduras y paternalismos, de un lado y de otro, hasta nuestros días.
Las naciones, como las personas, necesitan un tiempo para concebirse
y otro para venir a la luz pública, un tiempo para salir de su
niñez y otro para liberarse de los complejos de adolescentes,
y otro tiempo para asumir su propia vida como adulto. Verdaderamente
100 años no alcanza para todo esto cuando se trata de pueblos
y no de personas.
Pero nadie deja de celebrar el nacimiento de un hijo porque la criatura
nació sin saber hablar o es todavía un joven sin madurez
suficiente. Nadie deja de celebrar el cumpleaños de su madre
por los defectos y limitaciones que, cuando creció, ha reconocido
en la historia de su madre. Cuba es hija de los padres que fundaron
la nacionalidad y lucharon por su independencia. Cuba es nuestra madre
porque bajo su cielo y sobre su tierra, con su historia y sus defectos,
nos tocó venir a este mundo. Todos somos sus hijos, aún
cuando seamos diferentes, como es normal que sean los miembros de una
familia; algunos cuando crecen o cuando se enfadan abandonan la casa
y a la madre, otros salen de la casa y dejan a la madre para trabajar
por ella o para buscar su propio futuro. Todo eso se da en las mejores
familias y por ello ninguno de sus hijos puede negar a su madre, ni
olvidar el día de su nacimiento.
Es por ello que celebramos el Centenario de nuestra República,
y no sólo al arribar a los cien años. Deberíamos
celebrar el nacimiento de nuestra Madre, de nuestra Patria, cada año.
No se debe borrar de un tirón la historia de una nación,
ni una parte de esa historia por muy negativa que se le considere. Esto
no niega que reconozcamos que la República haya tenido períodos
históricos mejores y peores. Los tuvo, los tiene y los tendrá,
como toda realidad humana y social. Nada es estático ni perfecto.
Pero dejar de celebrar el nacimiento de nuestra propia República
porque haya tenido etapas malas o dejar de considerar cualquier otro
período posterior en estos cien años, cualquiera que sea,
es verdaderamente inaceptable y reclama una reflexión seria sobre
el modo en que queremos salvaguardar nuestra identidad, sobre la manera
en que queremos estudiar nuestra historia, sobre la forma en que deseamos
promover una cultura general integral. Cultura general supone la que
incluye toda la historia y las diferentes opciones que la hicieron y
la respetaron, aunque hoy no coincidamos con esa manera de hacerlo.
Cultura integral supone asumir e integrar ese pasado con los proyectos
del presente, sin desconocer sus luces y sus sombras, para que sirva
de lección, de ejemplo o de advertencia, para que sirva y pueda
ser conocido y reconocido por nosotros los cubanos y por todos los que
nos miran como nación. Lo demás es mutilación o,
por lo menos, manipulación.
Incluso debemos reflexionar sobre la forma en que deseamos defender
nuestra soberanía: Cuba es Cuba desde Varela a Martí.
Cuba fue una República en Armas desde Céspedes hasta Máximo
Gómez y Calixto García. Cuba es la República de
Cuba desde el 20 de Mayo de 1902 y sigue siendo Cuba, cien años
después, gracias a todos los que han sido protagonistas de esta
historia más que centenaria, no sólo de unos protagonistas
y de otros no; y lo sigue siendo, pese a todos los que la han defraudado
antes de ser República y a lo largo de estos cien años.
De todos, debemos reconocerlo, y no sólo de una parte, de todas
las etapas y no sólo de una de sus épocas. La soberanía
descansa precisamente sobre esa continuidad histórica que pasa
de la cultura criolla a la nacionalidad cubana, desde ella a la nación,
y de esta a la República. Y desde entonces, hace cien años,
hasta hoy y hasta siempre.
Es por esa soberanía, en la que "quepamos todos"-como
decía Martí-, que debemos celebrar cada año el
20 de Mayo de 1902.
Pero no debe tratarse de una celebración simbólica, o
acrítica, o indiferente, debe ser herencia histórica y
proyecto para el futuro. Debe ser acicate para el presente e inspiración
y experiencia para las etapas por venir.
Cuba debe celebrar el primer centenario de la instauración de
la República reconociendo a todos los cubanos como sus hijos
legítimos:
- A los cubanos que hemos permanecido en casa; y a los cubanos que,
dispersos en la diáspora, que puede ser considerada como exilio
o emigración pero que ha sido vivida siempre como desarraigo,
y que a pesar de todo, siguen considerando a Cuba como su hogar nacional.
- A los cubanos que le han sido siempre fieles de un lado y del otro
de las filosofías y las ideas; y de los cubanos que han fallado
y deseen levantarse y regresar "a la Casa paterna".
- A los cubanos que, con su compromiso y sus sufrimientos, han dado
parte de su vida o toda su vida por lo que consideraron, cada uno a
su forma, como servicio de entrega a los demás y como el bienestar
de la nación; y a los cubanos que, con su indiferencia y sus
comodidades, han vivido, allá o aquí, de un lado o de
otro, con la filosofía del "sálvese el que pueda"
y de primero yo y después el mundo.
- A los cubanos que han tenido la oportunidad de hablar y expresar sus
ideas; y a los cubanos que con su silencio, optado o impuesto, han ocultado,
disimulado o reprimido sus ideas. Es decir, a los cubanos con palabra
sincera o cómplice y a los cubanos con silencios elocuentes o
cómplices.
Cuba es y debe ser de todos los cubanos. Como buena madre que cobija
y acoge, perdona y recoge a todos sus hijos, buenos y malos, fieles
e ingratos.
Porque, en fin de cuentas, ¿quién no ha fallado alguna
vez?, recordemos aquella frase lapidaria de Jesucristo: "el que
esté limpio de culpas que lance la primera piedra"(Juan
8,7). O ¿quién está absolutamente capacitado para
definir quiénes son los "buenos" y quiénes los
"malos", quién siembra trigo y quiénes cizaña?.
Recordemos la otra parábola de Cristo: "Dejen crecer juntos
el trigo y la cizaña hasta que llegue el momento de la cosecha"(Mateo,
13,30). Ningún ser humano puede erigirse en Juez supremo de vivos
y muertos. Nadie puede actuar como si fuera Dios para decidir, por sí
mismo, quién es bueno y quién malo, según sus criterios.
Ni la Iglesia juzga de las intenciones, ni tampoco juzga así,
subjetiva e implacablemente, de las acciones de los hombres, ni de los
pueblos.
Por eso, debemos tener entrañas de misericordia, debemos cultivar
la magnanimidad, que es vivir y actuar con "alma grande".
Debemos hacer que la República de Cuba sea cada vez más
una sociedad inclusiva y abierta, nunca más excluyente y sectaria.
Debemos hacer que la República de Cuba sea un hogar nacional
de reconciliación y consensos, de proyectos pluralistas y concertaciones
solidarias.
Que Cuba, cada uno de los cubanos, aprenda cada vez más, a integrar
libertad y solidaridad.
Que Cuba, cada uno de los cubanos, aprenda cada vez más, a integrar
verdad y caridad.
Que Cuba, cada uno de los cubanos, aprenda cada vez más, a integrar
unidad y diversidad.
Al llegar a este 20 de mayo de 2002, podemos y debemos celebrarlo extendiendo
la mano a cada cubano, lejano o cercano, única forma coherente
y sincera, de expresar:
¡Felicidades Cuba! En el primer Centenario de tu nacimiento como
República.
¡Que todos los cubanos te ofrezcamos lo mejor de nosotros mismos
para que viva la esperanza en el umbral de tu segundo Centenario!
Pinar del Río, 20 de Mayo de 2002.
Centenario de la República de Cuba.