Revista Vitral No. 49 * año IX* mayo-junio 2002


EDITORIAL

 

El CENTENARIO DE LA
REPÚBLICA DE CUBA

 

 

 

El 20 de Mayo de 1902, Cuba nacía oficialmente como República y era reconocida como nuevo miembro de la comunidad internacional.
Ese día, Máximo Gómez, izaba la bandera nacional en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales en la Plaza de Armas de La Habana. Había sido arriada la enseña norteamericana pero no su influencia en los asuntos públicos de Cuba. Cuatro años antes había sido arriado el pendón español pero tampoco su impronta se había ausentado de Cuba.
Ese día, más allá de las ceremonias, nacía una República que había sido gestada y esperada durante todo el siglo diecinueve. Era reconocida oficialmente la cultura que habían forjado Heredia y Plácido. Era proclamada la identidad que habían perfilado Varela y Luz, el Seminario San Carlos y la Sociedad Económica de Amigos del País. Alcanzaba su independencia, formal o limitada, pero reconocida y en lo adelante gradualmente plenificada, aquella misma nación que proclamaran Céspedes y Agramonte, que conquistaran en la manigua, Martí, Maceo y Gómez.
Las Repúblicas no se improvisan, ni se hacen por decreto, ni son ellas mismas solamente por tener símbolos, líderes y territorios, ni sólo por las guerras y revoluciones. República viene del latín res-publica: cosa pública, ente, entidad del pueblo, de la comunidad. Cuerpo de una nación. Comunidad del pueblo que se gobierna a sí misma, a través de cuerpos representativos, electos directamente por el mismo pueblo y que abandona el viejo régimen autocrático en que una persona, un rey, un líder, un aristócrata, un noble, ejerce el poder de forma personal y total. La República es más que su propio gobierno, es más que el Estado como estructura política organizativa, es más que las propias leyes y que sus relaciones con otros estados. La República es el pueblo que despierta, que se hace consciente de su responsabilidad, que se considera una comunidad autogestionada y que se decide a avanzar, por sus propios medios y según su propio proyecto, hacia la madurez como nación, como identidad, como cultura. República es el pueblo cuando siente que él es el que decide la verdad y no un pueblo que siempre está esperando por las decisiones de otros.
Por eso podemos afirmar que Cuba despertó como República mucho antes del 20 de Mayo de 1902 y que, aún hoy, sigue avanzando según su propia historia y proyecto, hacia la madurez republicana. Ni todo está perdido, ni todo concluido. Lo que celebramos es, pues, el nacimiento de una comunidad nacional que se venía gestando desde antes y que ha seguido creciendo, perfeccionándose, liberándose de ataduras y paternalismos, de un lado y de otro, hasta nuestros días. Las naciones, como las personas, necesitan un tiempo para concebirse y otro para venir a la luz pública, un tiempo para salir de su niñez y otro para liberarse de los complejos de adolescentes, y otro tiempo para asumir su propia vida como adulto. Verdaderamente 100 años no alcanza para todo esto cuando se trata de pueblos y no de personas.
Pero nadie deja de celebrar el nacimiento de un hijo porque la criatura nació sin saber hablar o es todavía un joven sin madurez suficiente. Nadie deja de celebrar el cumpleaños de su madre por los defectos y limitaciones que, cuando creció, ha reconocido en la historia de su madre. Cuba es hija de los padres que fundaron la nacionalidad y lucharon por su independencia. Cuba es nuestra madre porque bajo su cielo y sobre su tierra, con su historia y sus defectos, nos tocó venir a este mundo. Todos somos sus hijos, aún cuando seamos diferentes, como es normal que sean los miembros de una familia; algunos cuando crecen o cuando se enfadan abandonan la casa y a la madre, otros salen de la casa y dejan a la madre para trabajar por ella o para buscar su propio futuro. Todo eso se da en las mejores familias y por ello ninguno de sus hijos puede negar a su madre, ni olvidar el día de su nacimiento.
Es por ello que celebramos el Centenario de nuestra República, y no sólo al arribar a los cien años. Deberíamos celebrar el nacimiento de nuestra Madre, de nuestra Patria, cada año.
No se debe borrar de un tirón la historia de una nación, ni una parte de esa historia por muy negativa que se le considere. Esto no niega que reconozcamos que la República haya tenido períodos históricos mejores y peores. Los tuvo, los tiene y los tendrá, como toda realidad humana y social. Nada es estático ni perfecto. Pero dejar de celebrar el nacimiento de nuestra propia República porque haya tenido etapas malas o dejar de considerar cualquier otro período posterior en estos cien años, cualquiera que sea, es verdaderamente inaceptable y reclama una reflexión seria sobre el modo en que queremos salvaguardar nuestra identidad, sobre la manera en que queremos estudiar nuestra historia, sobre la forma en que deseamos promover una cultura general integral. Cultura general supone la que incluye toda la historia y las diferentes opciones que la hicieron y la respetaron, aunque hoy no coincidamos con esa manera de hacerlo. Cultura integral supone asumir e integrar ese pasado con los proyectos del presente, sin desconocer sus luces y sus sombras, para que sirva de lección, de ejemplo o de advertencia, para que sirva y pueda ser conocido y reconocido por nosotros los cubanos y por todos los que nos miran como nación. Lo demás es mutilación o, por lo menos, manipulación.
Incluso debemos reflexionar sobre la forma en que deseamos defender nuestra soberanía: Cuba es Cuba desde Varela a Martí. Cuba fue una República en Armas desde Céspedes hasta Máximo Gómez y Calixto García. Cuba es la República de Cuba desde el 20 de Mayo de 1902 y sigue siendo Cuba, cien años después, gracias a todos los que han sido protagonistas de esta historia más que centenaria, no sólo de unos protagonistas y de otros no; y lo sigue siendo, pese a todos los que la han defraudado antes de ser República y a lo largo de estos cien años. De todos, debemos reconocerlo, y no sólo de una parte, de todas las etapas y no sólo de una de sus épocas. La soberanía descansa precisamente sobre esa continuidad histórica que pasa de la cultura criolla a la nacionalidad cubana, desde ella a la nación, y de esta a la República. Y desde entonces, hace cien años, hasta hoy y hasta siempre.
Es por esa soberanía, en la que "quepamos todos"-como decía Martí-, que debemos celebrar cada año el 20 de Mayo de 1902.
Pero no debe tratarse de una celebración simbólica, o acrítica, o indiferente, debe ser herencia histórica y proyecto para el futuro. Debe ser acicate para el presente e inspiración y experiencia para las etapas por venir.
Cuba debe celebrar el primer centenario de la instauración de la República reconociendo a todos los cubanos como sus hijos legítimos:
- A los cubanos que hemos permanecido en casa; y a los cubanos que, dispersos en la diáspora, que puede ser considerada como exilio o emigración pero que ha sido vivida siempre como desarraigo, y que a pesar de todo, siguen considerando a Cuba como su hogar nacional.
- A los cubanos que le han sido siempre fieles de un lado y del otro de las filosofías y las ideas; y de los cubanos que han fallado y deseen levantarse y regresar "a la Casa paterna".
- A los cubanos que, con su compromiso y sus sufrimientos, han dado parte de su vida o toda su vida por lo que consideraron, cada uno a su forma, como servicio de entrega a los demás y como el bienestar de la nación; y a los cubanos que, con su indiferencia y sus comodidades, han vivido, allá o aquí, de un lado o de otro, con la filosofía del "sálvese el que pueda" y de primero yo y después el mundo.
- A los cubanos que han tenido la oportunidad de hablar y expresar sus ideas; y a los cubanos que con su silencio, optado o impuesto, han ocultado, disimulado o reprimido sus ideas. Es decir, a los cubanos con palabra sincera o cómplice y a los cubanos con silencios elocuentes o cómplices.
Cuba es y debe ser de todos los cubanos. Como buena madre que cobija y acoge, perdona y recoge a todos sus hijos, buenos y malos, fieles e ingratos.
Porque, en fin de cuentas, ¿quién no ha fallado alguna vez?, recordemos aquella frase lapidaria de Jesucristo: "el que esté limpio de culpas que lance la primera piedra"(Juan 8,7). O ¿quién está absolutamente capacitado para definir quiénes son los "buenos" y quiénes los "malos", quién siembra trigo y quiénes cizaña?. Recordemos la otra parábola de Cristo: "Dejen crecer juntos el trigo y la cizaña hasta que llegue el momento de la cosecha"(Mateo, 13,30). Ningún ser humano puede erigirse en Juez supremo de vivos y muertos. Nadie puede actuar como si fuera Dios para decidir, por sí mismo, quién es bueno y quién malo, según sus criterios. Ni la Iglesia juzga de las intenciones, ni tampoco juzga así, subjetiva e implacablemente, de las acciones de los hombres, ni de los pueblos.
Por eso, debemos tener entrañas de misericordia, debemos cultivar la magnanimidad, que es vivir y actuar con "alma grande". Debemos hacer que la República de Cuba sea cada vez más una sociedad inclusiva y abierta, nunca más excluyente y sectaria. Debemos hacer que la República de Cuba sea un hogar nacional de reconciliación y consensos, de proyectos pluralistas y concertaciones solidarias.
Que Cuba, cada uno de los cubanos, aprenda cada vez más, a integrar libertad y solidaridad.
Que Cuba, cada uno de los cubanos, aprenda cada vez más, a integrar verdad y caridad.
Que Cuba, cada uno de los cubanos, aprenda cada vez más, a integrar unidad y diversidad.
Al llegar a este 20 de mayo de 2002, podemos y debemos celebrarlo extendiendo la mano a cada cubano, lejano o cercano, única forma coherente y sincera, de expresar:
¡Felicidades Cuba! En el primer Centenario de tu nacimiento como República.
¡Que todos los cubanos te ofrezcamos lo mejor de nosotros mismos para que viva la esperanza en el umbral de tu segundo Centenario!

Pinar del Río, 20 de Mayo de 2002.
Centenario de la República de Cuba.

 


 

 

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