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RAÚL RIVERO LEE
EL DICTAMEN
DEL JURADO DEL CONCURSO
VITRAL DEL AÑO 1998
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El totalitarismo adora las credenciales. Sus conspicuos
y fosforescentes funcionarios llegan al llanto y a la ternura por los
solapines, los autorizos, los pases, las tarjetas (blanca, de menor,
del comedor obrero) y los carnets.
A veces, esa obsesión policial y sus muros de papel, cifras,
edades, nombres del padre y de la madre, profesión y actitud
ante las tareas revolucionarias, deben convivir con documentos de otro
fulgor y otras esencias.
Son fichas que tienen sus estrías en dimensiones que la burocracia
no alcanza a encerrar en sus gavetas. Papeles de identificación
que circulan, en esta sociedad ajada y enferma, en tránsito hacia
puntos que empiezan a iluminarse.
En un país donde la propuesta oficial no es el cambio positivo
y enriquecedor, sino arduas peripecias para durar, la aparición
de esos fenómenos es siempre una sorpresa.
Nadie esperaba hace siete años la salida de la revista Vitral.
Ahora que está viva en la república y en el mundo es,
para muchos cubanos, un pasaporte decente para presentarse en el porvenir.
Comenzó en nuestro occidente cotidiano y aunque le han puesto
traspiés y le han volcado el velocípedo, consigue una
infancia saludable, relativamente feliz y rodeada de una libertad sin
límites que, como se sabe, es la que tiene su límite en
la responsabilidad.
El periodismo criollo halló, dentro de nuestras fronteras,en
esa publicación un traje de fervor y alpaca con que vestirse
para asistir a la resurrección.
Sus editores abrieron las páginas a todos, sin tener en cuenta
los signos políticos y temas que se extraviaron o se sepultaron
por décadas, encontraron, encuentran allí espacios y anchuras.
Conocedores como son del entorno en el que se mueve la revista, presumo
que sus conductores desdeñaron los manuales y cierta cosmética
del oficio para dejar crecer una floresta copiosa y desbordada de la
que está necesitado el lector.
No hay artículos largos o cortos. Hay artículos buenos
y malos.
Tampoco se propone darle absolución definitiva al pecadillo del
descuido formal. Me parece estar ante la voluntad de permitir a quienes
han callado tanto tiempo, el ejercicio de pensar y expresarse a mano
suelta.
Vitral refleja la vida y convida a la meditación. Nos recuerda
en cada número quiénes somos. Mueve ideas y ese movimiento
funda un murmullo que puede ayudar a salir de la gran siesta nacional
que arrulla, en clave de propaganda, la prensa oficialista.
La academia enseña a podar un artículo y a equilibrar
una entrega, pero a ser libre se aprende solo, aunque en Vitral tienen
la ayuda de Dios.
Muchos amigos ven ya esa publicación como uno de los documentos
que alumbra el futuro que, por lo menos en materia de periodismo, sabemos
que comienza en Pinar del Río.
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