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Revista Vitral No. 49 * año IX* mayo-junio 2002
EL CRISTIANO,
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La alegría que cantan las campanas, los aleluyas que resuenan en el templo son signos claros del gozo nuevo y bendito de la Pascua. No se es cristiano por el hecho de creer en el pecado, en la cruz, en el sufrimiento y en la muerte; somos cristianos porque creemos en el perdón, en la alegría, en la liberación, en la resurrección, en la vida. Pascua es la experiencia de que no estamos en el mundo como encerrados en un sepulcro, de que nos han liberado de la losa que reducía la existencia a oscuridad y esclavitud. Pascua es luz, gozo, vida nueva. Para muchas personas la cuestión difícil no está en saber si tienen fe en la resurrección, sino en saber si sienten deseo de resucitar y si tienen. ganas de vivir. Lo esencial no es resucitar dentro de diez, veinte o cincuenta años sino vivir ahora como resucitados, experimentar una vida nueva. El cristiano no cree en la vida futura, sino en la vida eterna, que ha comenzado ya, que se vive desde ahora. Para que la Pascua sea una realidad plena se debe aceptar la muerte de los intereses personales, de los temores, de las tristezas y egoísmos enfermizos y resucitar a la fe, a la esperanza, al perdón, al amor, a la paz y a la alegría. No hay que celebrar, solamente la resurrección que aconteció hace dos mil años, sino que la Pascua tiene que ser una fiesta actual donde los cristianos atestigüen ante el mundo que es posible otro estilo y sentido de la vida. Ese estilo de vida del cristiano debe estar caracterizado por una serie de signos pascuales que hagan que las demás personas nos vean como luz y sal en medio de la sociedad, en una palabra estamos llamados a ser testigos de la Pascua. Los hombres y mujeres pascuales no se limitan a vivir la Pascua, sino que se esfuerzan por llevarla a los demás, quieren extender la vida nueva de Jesucristo y sembrar su resurrección en el mundo, quieren poner gracia donde hay pecado, salud donde hay herida, alegría donde hay tristeza, reconciliación donde hay ruptura y esperanza donde hay desencanto. Sembrar resurrección es acercarse a los pobres y abandonados como lo hizo el buen samaritano, es aceptar a los diversos y tolerar a los distintos, es vivir el servicio y la solidaridad como signos del amor fraterno instituido por Cristo en la última cena. El gran mandato misionero de Jesús: "Vayan por el mundo y anuncien el Evangelio", se traduce en ir sembrando semillas de resurrección que son la amistad, la comunión de bienes, la comunión, el respeto y el diálogo. Anunciar el Evangelio es trasmitir un poco de amor, de libertad y de vida a quien carece de ellas. Con estas actitudes ayudamos a resucitar a esas personas. La gran prueba que cristo ha resucitado, de que Cristo vive, es que su amor vive, que hay personas y comunidades que viven de su vida y que aman con su amor. Creer que Cristo resucitado es comprometerse, es traducir en realidad el mensaje de vida plena, que nos trae la resurrección. Por eso creer en la resurrección es buscar vida digna para todos, es ser un apóstol de la justicia y la solidaridad y un defensor de todos los derechos humanos. El discípulo tiene que prolongar la misión de Jesús y sus signos liberadores, hacer vida las palabras del profeta Isaías: "Dar buenas noticias a los pobres, dar vista a los ciegos y libertad a los oprimidos" y esto se logra diciendo palabras eficaces de bienaventuranza, de perdón, de misericordia y de reconciliación. Toda la Iglesia está llamada a ser servidora de la humanidad, tiene que dedicarse, como Jesús, a lavar los pies, a curar heridas, a romper las cadenas, a levantar a los caídos, a acompañar a los que están solos, es decir, a ser una Iglesia Samaritana, que no sólo hace obras de misericordia, sino que lo hace todo desde la misericordia. Todo cristiano está llamado a ser un testigo de la Pascua, y para eso no hace falta llevar un carnet, pero sí tiene que llevar el espíritu de Cristo. Un espíritu que nos lleva a Dios, a través de los caminos de Cristo que pasan y tocan la vida de todo hombre, sólo a través del hombre se llega a Dios. Amo la palabra Hermano, que hace que tu vida y mi vida unan sus manos y, como balanzas, busquen el equilibrio para que cuando tú bajes yo te alce y cuando yo caiga tú me levantes. Amo tu vida como la mía. |
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Revista
Vitral No. 49
* año IX * mayo-junio 2002
Padre Juan Carlos Carballo |