El 20 de mayo del 2002 se conmemoró
el centenario de la instauración de la República de Cuba.
Nació luego de una intervención extranjera que coadyuvó
al término más rápido de la guerra de independencia
contra el colonialismo español, evitando mayores sufrimientos
y derramamiento de sangre al pueblo cubano, pero fue un factor comprometedor
para el futuro nacional.
Como resultado, la Constitución se aprobó con el apéndice
de la Enmienda Platt y, en lo económico, la dependencia a Estados
Unidos quedó sellada con el Tratado de Reciprocidad Comercial.
Este instrumento determinó las características monoexportadoras
y plurimportadoras del país.
Habría que preguntarse qué otra opción tenían
los patriotas cubanos, que no fuera aceptar una situación deparada
por las circunstancias históricas y geopolíticas. La sabiduría
de la clase política cubana quedó demostrada en que a
pesar de aceptar imposiciones lesivas a la soberanía, consiguió
lo que no pudieron obtener ninguno de los otros territorios que se desprendieron
del colonialismo español como consecuencia de la guerra hispano-norteamericana:
un gobierno propio, que permitiera en un futuro enmendar los acuerdos
alcanzados, como sucedió más tarde en 1934, debido a la
perseverancia cubana.
Las relaciones iniciadas con Estados Unidos también tuvieron
aspectos positivos. Ese país se encontraba entre los más
desarrollados del mundo a inicios del siglo XX, por lo cual los nexos
establecidos permitieron el acceso a avanzadas técnicas en importantes
actividades como las comunicaciones, administración, la banca,
la construcción, la medicina, la enseñanza, etc.
Por otra parte, el aseguramiento del mercado y la irrupción del
capital norteamericano, fundamentalmente el de los refinadores que ya
en tiempos de la colonia se abastecían de azúcar crudo
cubano, trajeron consigo una impactante recuperación económica.
Si en 1900 la producción azucarera fue de 300,0 miles de toneladas,
en 1905 se alcanzaron 1,16 millones de toneladas, volumen superior a
cualquier zafra bajo dominio español. En 1919 eran elaboradas
más de 4,0 millones de toneladas, cuando se contaba con una población
de 2,8 millones de habitantes; y en 1925 se llegó a los 5,2 millones
de toneladas.
La ganadería vacuna, casi desaparecida a causa de la guerra,
alcanzó a principios de los años 30 más de 4,0
millones de cabezas.
Debe resaltarse que ambos avances resultan portentosos, si se considera
que en el 2001 la zafra sólo alcanzó 3,5 millones de toneladas
de azúcar, contando con una población de más de
11 millones de habitantes; y las existencias de ganado reflejadas oficialmente
no rebasan la cifra de entonces.
En la esfera del transporte, las vías férreas aumentaron
tan rápidamente que en los años 20, por su extensión,
el sistema cubano sólo era superado en América Latina
por contados países del Cono sur. Asimismo, mientras durante
la colonia las carreras sólo sumaban varias decenas de kilómetros,
y la parte occidental estaba obligada a comunicarse con las provincias
orientales por mar, ya en los años 30 existían miles de
kilómetros de vías y prácticamente todo el territorio
nacional estaba enlazado por tierra.
En la salud pública, se tuvieron logros importantes. Se efectuaron
grandes campañas de higienización y vacunación.
Se erradicó la fiebre amarilla, flagelo que por muchos años
azotó a la población, lo cual benefició la inversión
foránea por disminuir considerablemente los riesgos del establecimiento
de los extranjeros.
No menos positiva fue la formación masiva de personal especializado
en el campo de la salud. En los años 50, Cuba disponía
de un médico por cada 960 habitantes; un indicador muy superior
al de cualquier otro país latinoamericano e incluso al de Francia,
Holanda, Inglaterra, Suecia y otras naciones desarrolladas, según
informaciones publicadas por la Organización Mundial de la Salud
(OMS).
El número de camas en los hospitales era apreciable. De acuerdo
con un censo realizado por el Colegio Médico Nacional, en los
años 50 existía un total de 24 829 camas, lo que representaba
234 habitantes por cama. De estas plazas, 16 322, el 65,7%, correspondían
a camas públicas.
No obstante hay que reconocer que el nivel asistencial no era homogéneo
en el país. Mientras que en la provincia de La Habana había
96 habitantes por cama, en Pinar del Río existían 662,
en Camagüey 516 y en Oriente 514. Situación similar sucedía
con los médicos, quienes en más de un 50,0% ejercían
sus funciones en la ciudad de La Habana. Esto provocaba que en determinadas
zonas del país, en especial rurales, la asistencia médica
fuera deficiente.
Sin embargo, al comparar los índices de Cuba con los del resto
de los países latinoamericanos, el saldo era claramente favorable
hacia nuestra isla. Por ejemplo, la tasa de mortalidad infantil era
de 32 por cada 1000 nacimientos en 1957, la más baja en el subcontinente
e inferior incluso a Francia, Bélgica, Alemania Occidental, Japón,
Austria, Italia, España y Portugal.
Actualmente, el gobierno cubano habla de una tasa de mortalidad infantil
del 6,2 por cada 1000 nacimientos en el año 2001, pero hay que
tener en consideración los progresos de la ciencia y la técnica
en materia de salud en todos estos años, así como las
prácticas actuales de abortos con lo cual se da terminación
selectiva a los embarazos de alto riesgo, lo que coadyuva a lograr menores
cifras de mortalidad infantil.
En cuanto a la esperanza de vida, el promedio entre 1955-1960 era de
62 años. Indudablemente alta para aquella época.
Los avances en la educación también fueron notables. Según
el censo, en 1899 sólo el 43,2% de la población de 10
años o más estaba alfabetizada. En 1931 alcanzó
el 71, 7%, y en 1953 llegó al 76, 0%. Este indicador era únicamente
superado por Argentina (87,0%), Chile(81,0%) y Costa Rica (79, 0%).
Como se apuntó anteriormente, la economía cubana estuvo
signada desde sus orígenes por una dependencia muy grande a un
producto: el azúcar, y a un mercado: el norteamericano.
A esto se sumó una gran concentración de tierra en pocas
manos, fundamentalmente destinada al cultivo de la caña de azúcar.
De esa forma se impuso el monocultivo azucarero y una economía
de plantación, activa en los meses de zafra y deprimida el resto
del año: el tiempo muerto. Con períodos de expansión,
cuando los precios del azúcar alcanzaban altas cotas en el mercado
internacional; y terribles depresiones, cuando estos caían.
Hasta los años 20, monopolizado el mercado norteamericano por
el crudo cubano, no hubo mayores dificultades. Pero en esa década
surgieron problemas para vender la producción cubana, pues otros
países comenzaron a desarrollar su industria, ya fuese a base
del cultivo de la remolacha o de la caña de azúcar, incluidos
los propios Estados Unidos y áreas bajo su dominio como Puerto
Rico, Hawaii, Filipinas e Islas Vírgenes. Entonces se constataron
los inconvenientes de la política de vincular el futuro del país
a un solo producto.
El gobierno del tristemente célebre Gerardo Machado adoptó
mecanismos para restringir la zafra en función de los estimados
de exportación. Al mismo tiempo, tomó ciertas medidas
proteccionistas y en 1972 introdujo una reforma arancelaria que estimuló
la producción de artículos, como huevos, carne de aves,
calzado, mantequilla, queso, leche condensada y otros.
Sin embargo, en el marco de la crisis mundial iniciada en 1929 y la
inestabilidad política creada por la desmesurada ambición
de poder del Presidente Machado, los progresos en la diversificación
productiva fueron limitados.
Con la constitución de 1940, posiblemente una de las más
avanzadas de su época, también se crearon grandes expectativas
de desarrollo. En particular, en cuanto a la propiedad de la tierra
y la terminación del latifundio que quedó proscrito en
el Artículo 90. Las leyes complementarias nunca se concretaron.
Por ello, se mantuvo la dependencia de la economía a un solo
producto y a las veleidades de su cotización.
Esta negativa característica fue abordada por muchos insignes
cubanos y misiones extranjeras, como la del Banco Interamericano de
Reconstrucción y Fomento, presidida por Mr. Francis Adams Truslow,
que a principios de los años 50 en un informe al Presidente Dr.
Carlos Prío Socarrás, expresó lo siguiente:
La disyuntiva ante el pueblo cubano es clara. Puede aprovecharse
de la presente oportunidad para comenzar la sustitución de su
actual economía estática por otra dinámica, creciente
y diversificada, evitando así su dependencia de un solo cultivo.
Esa puede ser una larga y ardua tarea. Implicará grandes esfuerzos
y algunos sacrificios de la tradición y de la comunidad. Pero
podría disminuir los actuales riesgos e inestabilidades, y preparar
la economía para el caso de que sobrevenga una reducción
de la demanda y en el precio del azúcar a medida de que se intensifique
la competencia debido al aumento de la producción. El camino
es claro y la Misión cree que no escoger la alternativa dinámica
puede traer para Cuba consecuencias de la mayor gravedad. La prosperidad
bélica ha creado en Cuba nuevos niveles de vida para muchas gentes.
Si su economía no puede sostener ese nivel en tiempos menos prósperos
al menos en grado razonable- sobrevendría una tirantez
política. Si los líderes se han descuidado en prever esta
posibilidad, la opinión pública los inculpará.
Y si ello ocurriera, el control podría pasar a manos subversivas
y engañosas como ha ocurrido en otros países, donde los
líderes no se han dado cuenta de las corrientes de estos tiempos.
Como conclusión puede afirmarse que la historia de la República
de 1902 a 1959 arroja muchos aspectos positivos que indican el carácter
emprendedor y progresista de los cubanos. Pero al mismo tiempo demuestra
que se fue incapaz de reaccionar a las nuevas circunstancias nacionales
e internacionales.
En la República que surja de las ruinas del totalitarismo, deberán
ser consideradas estas experiencias para que sea construida una sociedad
donde, además de florecer la libertad, predomine un clima de
justicia social y la solidaridad entre los cubanos.