Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002


ECUMENISMO Y MISIONES

 

EN BUSCA DE LA LUZ

P. Oscar Francisco Galcerán Díaz

 

En días pasados...

Las tinieblas no se vencen con estrellas.

En busca de la luz.

¿Y por dónde sale el sol?

¿Dónde está la luz?.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



En días pasados, durante el retiro anual de los sacerdotes en El Cobre, Santiago de Cuba, ocurrió un largo apagón que llegó hasta la noche. El corte de fluido eléctrico en Cuba es muy frecuente y, de noche, en cualquier pueblo de nuestra isla sucede lo mismo: las amas de casa se apuran en poner la mesa para la comida; los refrigeradores destilan el agua –ante las insistentes y nerviosas miradas de quienes tienen «algo» en congelación y temen que el calor lo estropee–, los chiquillos se bañan temprano –bajo protesta– para luego corretear hasta entriparse en sudor movidos por la alteración que les producen las sombras fantasmagóricas que surgen con el apagón; los televisores –al menos por esa noche– dejan de ser el centro de atención; los radios enmudecen dejando el espacio a los grillos y a las ranas –en días de lluvia– mientras las personas van saliendo al portal o a la acera –como a desgano– huyéndole a las sombras del interior y buscando el lugar de los recuerdos para contárselos unos a otros –quizás una vez más– mientras esperan la visita del sueño para irse a la cama. Los últimos, aquellos a quienes el sueño se les fue de paseo y no saben cuando regresa, quizás se pongan a contar esos punticos luminosos en la noche oscura que, con picardía, les hacen guiños enviándoles no sé cuál mensaje.
Si algo podemos agradecer a los apagones –sin ánimo de ofender a algún lector que los sufra de mal humor– es que nos saca de la casa, de la rutinaria telenovela –que no tiene nada nuevo ni nada bueno que decirnos– de lo preestablecido, propiciando la ocasión de que todos dejen sus asuntos o preferencias particulares y se reúna la familia en torno a la madre –o la abuela– mientras las estrellas contemplan la escena.
El hombre, las sombras y las estrellas se encuentran cuando las sombras aparecen, y el hombre –hastiado de éstas– mira a lo alto y descubre a aquellas. Las estrellas, pequeños soles que brillan siempre –también cuando el sol alumbra–solo son visibles cuando el sol les cede el paso; ellas son múltiples y diversas, la luz es una sola; han sido creadas, no son creadoras; no son la luz, son portadoras de la luz, a ella se deben y a ella quieren servir.
Los apagones, la miseria, la limitación del hombre, nos mueven a mirar a lo alto, a contemplar la magnificencia de este universo donde vivimos, a «descubrir» el sol, la luna, las estrellas y, de ahí, a contemplar la luz. El hombre no ha sido creado para “quedarse” en las estrellas sino para buscar y alcanzar la luz.

Las tinieblas no se vencen con estrellas

En el mundo moderno contrastan, por una parte, la reafirmación de los particularismos étnicos y culturales –con la consiguiente demanda de autonomía e independencia a ultranza– y por otra parte, el fenómeno de la globalización, que ha convertido nuestro globo terráqueo en la “aldea planetaria”, de la que formamos parte aunque nos pese. A ese encuentro entre culturas – no siempre de manera pacífica – se le suma el fenómeno de la postmodernidad como un desafío dirigido a todas las culturas. Esta nueva cultura global –nueva estrella que surca el “espacio” de la humanidad– marcada por el signo del consumo, del éxito material, del culto al cuerpo y a la belleza y, por ende, marcada por el relativismo de la verdad está conformando un “nuevo hombre globalizado” a quién hemos de tomar en cuenta.
Por si fuera poco, este hombre anda buscando – recuerde, marcado por el relativismo – vivir los valores más elevados del espíritu: busca la libertad luego que han caído estrepitosamente los totalitarismos de izquierda y de derecha y, más tarde, ha levantado otros nuevos totalitarismos; busca la fraternidad aún cuando nos ha tocado vivir un siglo XX salpicado de la sangre de tantas víctimas inocentes, de las cuales muchas veces es victimario; busca la igualdad en medio de un abismo cada vez mayor entre los países ricos y los países pobres, del cual él mismo muchas veces es responsable. Este hombre busca a Dios; busca la luz y se queda en las estrellas; busca a un dios mágico a quien pretende manipular con ciertos ritos para su propio beneficio; o a un dios a quien sueña encontrar en esas nuevas formas pseudo religiosas1 y eclécticas, que están en sintonía con la gran aspiración del ser-más y sentir-más, y que se agotan en la propia autocomplacencia, en el equilibrio emocional descomprometido y en la simple satisfacción egoísta de sus aspiraciones y sensaciones.
Esa búsqueda sincrética –en la que mezcla elementos religiosos válidos de esta o aquella religión creando un calidoscopio que confunde– lleva al hombre a una concepción individualista y mercantil de la salvación, comprendida como un esfuerzo subjetivo para alcanzar un mayor bienestar y un desarrollo pleno de sí mismo, de sus potencialidades y carismas, gracias a una serie de ejercicios corporales y mentales, o un conjunto de acciones mágicas. Es imposible describir la diversidad de estas nuevas religiosidades, que encuentran cada día más seguidores y que no hay que confundir con las sectas propiamente dichas, aunque a veces éstas se presentan con las mismas aspiraciones individualistas y los mismos elementos mágicos. La New Age es un triste ejemplo de esa mezcla sincrética: vierte en una cazuela la parasicología, el espiritismo y las técnicas bioenergéticas y macrobióticas de la medicina holística2 moderna, para ofrecernos una religiosidad espiritualista y desencarnada, con el signo de la evasión típica de nuestros adolescentes.
Ese esfuerzo termina en sí mismo, al satisfacer su propio ego. Al buscar la luz se contenta con las estrellas. Y las tinieblas no se vencen con estrellas.

En busca de la luz

Y sin embargo, no toda búsqueda de Dios lleva a ese espiritualismo alienante, todo lo contrario. El esfuerzo por encontrar a Dios dignifica al hombre, que se empina éticamente y se sumerge en la luz. El hombre, por vocación, ha sido llamado a la luz, no a las tinieblas. Físicamente estamos “hechos” para andar en la luz. Espiritualmente también. La oscuridad de la noche no es mala; mala es la oscuridad del espíritu. No hay peor oscuridad que la que nos impide ver “adelante”; la que nos cierra el paso a un proyecto de vida; la que nos encierra dentro de nosotros mismos y nos impide descubrir al “otro”; la que nos nubla la vista y no nos deja ver a Aquel que nos ofrece un proyecto de vida único, inigualable e irrepetible. Tristemente el Cristo clavado en la cruz ya no es el modelo de una vida de servicio a los demás por amor; es presentado como un talismán o un simple adorno; ha sido envuelto en las tinieblas.
A través de los siglos, el hombre ha buscado la luz; ha querido caminar en la luz. El hombre ha buscado a Dios, luz que alumbra el corazón. Y ha buscado a Dios de mil maneras distintas: según su cultura, su raza, su idiosincrasia; y le ha encontrado, o mejor dicho, Dios se ha dejado encontrar por el hombre; Dios le ha salido al encuentro. La diversidad de estrellas no nos habla de distinta luz; la diversidad de religiones no nos habla de distintos dioses, más bien nos habla de multiplicidad de pueblos y culturas. Dios es uno solo; distintos son el color de los cristales con que el hombre ha mirado a Dios. Dice el Papa Juan Pablo II, en su libro Cruzando el umbral de la esperanza: “en vez de sorprenderse de que la Providencia permita tal variedad de religiones, deberíamos más bien maravillarnos de los numerosos elementos comunes que se encuentran en ellas”.
Sin llegar al extremo de los movimientos espiritualistas antes mencionados, el ser humano se esfuerza –muy sanamente, dicho sea de paso– por alcanzar un mayor bienestar y un desarrollo pleno de sí mismo de tal manera que alcance una cierta liberación de los límites de la condición humana o por alcanzar la salvación plena, la cual incluye esa plenitud humana, aquí y ahora, y la salvación propiamente dicha después de esta vida. Es así que ha buscado caminos –desde su idiosincrasia y su propia identidad cultural– hacia esa plenitud humana y ha encontrado caminos que le llevan hacia Dios; ha buscado la luz y ha encontrado estrellas que le muestran la luz. De esta manera encontramos una cierta analogía entre la conversión y la reconciliación con Dios-Padre que propone el cristianismo; con la alegría de vivir de acuerdo con la voluntad de Yahvé revelada por la Torah en el judaísmo; o con la paz interior que procede de la sumisión total de sí mismo al Dios misericordioso, en el Islam; o con la serenidad interior que procura la superación de su finitud por la fusión con la realidad infinita del Brahman, en el hinduismo; o con el despertar a la Realidad última del universo gracias a matar el propio ego en el budismo; o con el sometimiento a la pauta subyacente del Universo, el Tao (Camino), a través de la obediencia espontánea a los impulsos de la esencia natural propia de cada uno y al despojarse a sí mismo de doctrinas y conocimientos, en el taoísmo; o incluso con el esfuerzo por vivir la Jen – virtud suprema que representa las mejores cualidades humanas y que se puede traducir como amor o bondad– para llegar a ser un chün-tzu –caballero perfecto– que mueve al hombre según la doctrina de Confucio.
Toda persona humana busca la plenitud; busca a Dios de alguna manera; anda en busca de la luz

¿Y por dónde sale el sol?

Este mundo globalizado, cada vez más, se va convirtiendo en pluricultural y plurirreligioso. Ya las religiones no se circunscriben a un área geográfica determinada como en los siglos pasados. Gracias a la facilidad de los intercambios, las religiones reclutan nuevos miembros en el territorio de otras religiones; hoy en día, por ejemplo, el Islam se ha extendido con fuerza por Europa y América, donde antes era una presencia insignificante; los esfuerzos misioneros de la Iglesia católica y las otras Iglesias cristianas no se dirigen solamente hacia otros continentes desde Europa, para cristianizar a los “infieles” –perdonen el lenguaje peyorativo que se utilizó en una época– sino que se encaminan hacia los territorios ya “cristianos”, muchas veces desde los llamados “países de misión”.
Y en medio de esta pugna por conquistar nuevos fieles – fruto de la vitalidad permanente de las grandes religiones del mundo – es donde surge el diálogo interreligioso: la Declaracion Nostra aetate3 del Concilio Vaticano II testimonia por primera vez en la historia del magisterio un juicio positivo de las religiones del mundo. Esta actitud nueva es tanto más significativa cuanto más se recuerdan los dolorosos conflictos de la Iglesia con los demás cristianos, el judaísmo y el Islam. La voluntad de diálogo que se va abriendo paso de esta manera, no es propia sólo de la Iglesia católica, si bien ella ha tenido un papel de pionera; esta voluntad va formando parte del estilo del hombre creyente: basta recordar el hermoso espectáculo del 24 de enero pasado, en que se dieron cita más de 200 representantes de doce grandes religiones y de las Iglesias cristianas en la ciudad de Asís.
Las religiones –como el arcoiris, con su amplio espectro de colores diversos, formando un solo haz– nos hablan de la diversidad de interpretaciones que el ser humano le ha dado al único Dios; ellas son expresión del genio y “de las riquezas dispensadas por Dios a todas las naciones.” (Decreto Ad gentes # 2, del Concilio Vaticano II)
En este momento pienso en usted, estimado lector; en las interrogantes que podrían surgirle ante las ideas expresadas y, poniéndome en su lugar me hago estas preguntas: Pero entonces, ¿todas las religiones son buenas? ; sí, son buenas. Y ¿es lo mismo pertenecer a una que a otra? ; no – perdónenme los hermanos creyentes de otras religiones – porque ninguna puede testimoniar a un dios encarnado, el cual es capaz de dar la vida por sus criaturas. Vuelvo a preguntar: entonces, ¿solo los cristianos tenemos la exclusividad en orden a la salvación? ; no, porque “Cristo vino al mundo para todos los pueblos, dice el Papa en su libro antes citado, los ha redimido a todos y tiene ciertamente sus caminos para llegar a cada uno de ellos en la actual etapa escatológica4 de la historia de la salvación. De hecho, en aquellas religiones muchos lo aceptan y muchos más tienen en Él una fe implícita (cf. Hebreos 11,6)”.
Siguiendo a Claude Geffré5 -con su permiso– hay que distinguir entre la revelación de Dios, al pueblo escogido, contada en la Biblia y esa misma revelación a otros pueblos. La Biblia –Palabra de Dios para el hombre– nos relata la Historia de la Salvación realizada a través de la historia del pueblo de Israel; historia de fidelidad y ternura, de parte de Dios, y de infidelidad y rebeldía, de parte de ese pueblo. Pero Dios no se deja atar ni siquiera por la Biblia; Dios es Dios – así de simple –; y porque Él ES es por lo que ha podido comunicarse y revelarse a los otros pueblos cuando y como ha querido. De la misma manera que hay una historia de la salvación diferenciada –que sobrepasa la historia de Israel y de la Iglesia– la cual coincide con la historia espiritual de la humanidad, se puede hablar también de una revelación diferenciada, que no limita sino acentúa la revelación única y definitiva del verdadero rostro de Dios en Jesucristo.
A través de los elementos propios de las distintas religiones, Dios –el Dios que se manifestó a Moisés y le reveló su nombre: “Yo Soy el que Soy” (Éxodo 3, 14)– se ha manifestado a los hombres de toda raza, cultura y nación; es en sus propias tradiciones religiosas, en sus valores – y también a través de sus insuficiencias – que Dios ha revelado su Ser. No pretendemos poseer el monopolio exclusivo de la verdad sobre Dios y las relaciones con Él; compartimos la única verdad porque realmente nos sobrepasa. Los Padres de la Iglesia6 ya hablaron de las “semillas del Verbo” y más recientemente el Concilio Vaticano II decía: “La Iglesia católica no rechaza nada de lo que es verdadero y santo en esas religiones. Ella considera con respeto sincero esas maneras de obrar y de vivir, esas reglas y esas doctrinas que, aunque difieren en muchos puntos de lo que ella misma sostiene y propone, sin embargo aportan a menudo un rayo de la verdad que ilumina a todos los hombres y mujeres.” (Nostra aetate, 2)
La Verdad que es Dios – cual rayo de luz que alumbra las estrellas – se refleja en la verdad que cada tradición religiosa posee.

¿Dónde está la luz?

El Dios de la revelación bíblica no es una energía cósmica, ni un tirano caprichoso, sino un Dios personal que se compromete con la historia humana para llevarla a su cumplimiento. La salvación del ser humano – que pretenden alcanzar todas las religiones – es liberación del mal, de todo mal.
La originalidad del cristianismo está dada porque esa salvación es, en primer lugar, reconciliación del hombre pecador con Dios, que es Padre, y descubrimiento de que somos hijos en Jesucristo, el Verbo encarnado. Y en segundo lugar, en nombre del amor de Dios – que no disocia nunca su causa de la del hombre7 - es liberación de las alineaciones que desfiguran el rostro del ser humano aquí abajo.
El misterio de la encarnación –Dios que se hace “humano”, en Jesús de Nazaret, y nos hace “divinos”– es la irrupción de Dios en la naturaleza humana, no para invadir y dominar sino para asumir, dignificar y redimir. Más aún, el misterio pascual – Jesucristo ofrece su vida y muere en la cruz por todos8 - nos habla del valor que tiene cada persona para Dios; nos habla del respeto que siente por la criatura salida de sus manos, a quien lo creó libre y no le coarta su libertad ni siquiera para salvarlo; nos habla del carácter universal de la salvación. Es el hombre – todo el hombre y todos los hombres – quien recibe el don gratuito de su amor. “Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre esclavo y hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer”9 . Para Dios no hay diferencia alguna entre los hombres; somos nosotros los que hacemos las distinciones.
El misterio de la encarnación y de la cruz nos invitan a no absolutizar el cristianismo como religión que excluye todas las otras. Nos permite mirar a cada persona – no importa raza, nación, cultura, opción política, credo religioso – en lo que lo hace más valioso: su filiación divina; nos permite acercarnos al otro con el delicado y tierno respeto del hermano. Este misterio nos permite reconocer los valores positivos de las otras religiones como partes de esa Verdad que es Dios.
Las estrellas no son el sol. Nos muestran la luz. Simplemente nos indican que el sol da luz.

1 Cuidado estimado lector con malinterpretar mis palabras. No me refiero a las grandes religiones, que son otra realidad bien distinta.
2 La medicina holística trata al individuo como un todo, un conjunto psicosomático – psique: espíritu humano, soma: cuerpo –e intenta llevar las dimensiones emocionales, sociales, físicas y espirituales de las personas en armonía y realza el papel de la terapia o tratamiento que estimula el propio proceso de curación.
3 Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Esta declaración es presentada para tratar el tema de los judíos en particular por iniciativa expresa del Papa Juan XXIII – a quién le debemos la convocatoria al Concilio – y despertó una fuerte controversia en distintos niveles eclesiales y sociales. Esta reacción sirvió para abrir los horizontes hacia el mundo de los no cristianos en general.
4 El termino Escatología, en su acepción literal, nos refiere al discurso sobre las cosas últimas, doctrina que se refiere a la vida después de la muerte y a la etapa final del mundo. Esta es una idea que está presente, de una manera u otra, en todas las religiones. El origen de esta doctrina es casi tan antiguo como la humanidad. En la doctrina cristiana la escatología engloba la segunda venida de Cristo o parusía, la resurrección de la muerte, el juicio final, la inmortalidad del alma, la idea del cielo y del infierno, y la culminación del reino de Dios. En la Iglesia católica la escatología comprende, además, la visión beatífica, el purgatorio y el limbo de los justos. Esta etapa escatológica a que se refiere el Papa es el momento presente en que nos jugamos la vida futura.
5 Profesor emérito del Instituto Católico de París. Su pensamiento –junto con Chenu y Congar– influyó en la renovación de la teología que desembocó en el Concilio Vaticano II.
6 Se refiere a la primera generación de cristianos que sucedió a los Apóstoles y que fueron desarrollando la doctrina cristiana por escrito. Ellos son testigos cualificados de la presencia viva de la tradición apostólica.
7 Le recomiendo estimado lector que se recree leyendo en el Evangelio de Lucas (capítulo 10, versículos del 25 al 37) el diálogo de Jesús con un maestro de la ley. En otros muchísimos lugares de la Biblia se afirma que no podemos agradar a Dios sin respetar al prójimo, hacerle justicia, liberarlo de toda opresión y en particular promover a los más humildes; entre otros puede leer: Ex 20, 12-17; Is 58, 1-10; Am 1 y 2; Jer 9, 2-5; Ez 18, 5-9; Ml 3,5; Pro 14, 21.
8 Cfr. Mt 26,28
9 Gal 3, 28


 

Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002
P. Oscar Francisco Galcerán Díaz
(La Habana, 1956)
Sacerdote, Pinar del Río, 1987.Párroco de Nuestra Señora de las Nieves en Mantua.
Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Vitral.