En días pasados,
durante el retiro anual de los sacerdotes en El Cobre, Santiago de Cuba,
ocurrió un largo apagón que llegó hasta la noche.
El corte de fluido eléctrico en Cuba es muy frecuente y, de noche,
en cualquier pueblo de nuestra isla sucede lo mismo: las amas de casa
se apuran en poner la mesa para la comida; los refrigeradores destilan
el agua ante las insistentes y nerviosas miradas de quienes tienen
«algo» en congelación y temen que el calor lo estropee,
los chiquillos se bañan temprano bajo protesta para
luego corretear hasta entriparse en sudor movidos por la alteración
que les producen las sombras fantasmagóricas que surgen con el
apagón; los televisores al menos por esa noche dejan
de ser el centro de atención; los radios enmudecen dejando el
espacio a los grillos y a las ranas en días de lluvia
mientras las personas van saliendo al portal o a la acera como
a desgano huyéndole a las sombras del interior y buscando
el lugar de los recuerdos para contárselos unos a otros quizás
una vez más mientras esperan la visita del sueño
para irse a la cama. Los últimos, aquellos a quienes el sueño
se les fue de paseo y no saben cuando regresa, quizás se pongan
a contar esos punticos luminosos en la noche oscura que, con picardía,
les hacen guiños enviándoles no sé cuál
mensaje.
Si algo podemos agradecer a los apagones sin ánimo de ofender
a algún lector que los sufra de mal humor es que nos saca
de la casa, de la rutinaria telenovela que no tiene nada nuevo
ni nada bueno que decirnos de lo preestablecido, propiciando la
ocasión de que todos dejen sus asuntos o preferencias particulares
y se reúna la familia en torno a la madre o la abuela
mientras las estrellas contemplan la escena.
El hombre, las sombras y las estrellas se encuentran cuando las sombras
aparecen, y el hombre hastiado de éstas mira a lo
alto y descubre a aquellas. Las estrellas, pequeños soles que
brillan siempre también cuando el sol alumbrasolo
son visibles cuando el sol les cede el paso; ellas son múltiples
y diversas, la luz es una sola; han sido creadas, no son creadoras;
no son la luz, son portadoras de la luz, a ella se deben y a ella quieren
servir.
Los apagones, la miseria, la limitación del hombre, nos mueven
a mirar a lo alto, a contemplar la magnificencia de este universo donde
vivimos, a «descubrir» el sol, la luna, las estrellas y,
de ahí, a contemplar la luz. El hombre no ha sido creado para
quedarse en las estrellas sino para buscar y alcanzar la
luz.
Las tinieblas no
se vencen con estrellas
En el mundo moderno contrastan, por una parte, la reafirmación
de los particularismos étnicos y culturales con la consiguiente
demanda de autonomía e independencia a ultranza y por otra
parte, el fenómeno de la globalización, que ha convertido
nuestro globo terráqueo en la aldea planetaria, de
la que formamos parte aunque nos pese. A ese encuentro entre culturas
no siempre de manera pacífica se le suma el fenómeno
de la postmodernidad como un desafío dirigido a todas las culturas.
Esta nueva cultura global nueva estrella que surca el espacio
de la humanidad marcada por el signo del consumo, del éxito
material, del culto al cuerpo y a la belleza y, por ende, marcada por
el relativismo de la verdad está conformando un nuevo hombre
globalizado a quién hemos de tomar en cuenta.
Por si fuera poco, este hombre anda buscando recuerde, marcado
por el relativismo vivir los valores más elevados del
espíritu: busca la libertad luego que han caído estrepitosamente
los totalitarismos de izquierda y de derecha y, más tarde, ha
levantado otros nuevos totalitarismos; busca la fraternidad aún
cuando nos ha tocado vivir un siglo XX salpicado de la sangre de tantas
víctimas inocentes, de las cuales muchas veces es victimario;
busca la igualdad en medio de un abismo cada vez mayor entre los países
ricos y los países pobres, del cual él mismo muchas veces
es responsable. Este hombre busca a Dios; busca la luz y se queda en
las estrellas; busca a un dios mágico a quien pretende manipular
con ciertos ritos para su propio beneficio; o a un dios a quien sueña
encontrar en esas nuevas formas pseudo religiosas1 y eclécticas,
que están en sintonía con la gran aspiración del
ser-más y sentir-más, y que se agotan en la propia autocomplacencia,
en el equilibrio emocional descomprometido y en la simple satisfacción
egoísta de sus aspiraciones y sensaciones.
Esa búsqueda sincrética en la que mezcla elementos
religiosos válidos de esta o aquella religión creando
un calidoscopio que confunde lleva al hombre a una concepción
individualista y mercantil de la salvación, comprendida como
un esfuerzo subjetivo para alcanzar un mayor bienestar y un desarrollo
pleno de sí mismo, de sus potencialidades y carismas, gracias
a una serie de ejercicios corporales y mentales, o un conjunto de acciones
mágicas. Es imposible describir la diversidad de estas nuevas
religiosidades, que encuentran cada día más seguidores
y que no hay que confundir con las sectas propiamente dichas, aunque
a veces éstas se presentan con las mismas aspiraciones individualistas
y los mismos elementos mágicos. La New Age es un triste ejemplo
de esa mezcla sincrética: vierte en una cazuela la parasicología,
el espiritismo y las técnicas bioenergéticas y macrobióticas
de la medicina holística2 moderna, para ofrecernos una religiosidad
espiritualista y desencarnada, con el signo de la evasión típica
de nuestros adolescentes.
Ese esfuerzo termina en sí mismo, al satisfacer su propio ego.
Al buscar la luz se contenta con las estrellas. Y las tinieblas no se
vencen con estrellas.
En busca de la luz
Y sin embargo, no toda búsqueda de Dios lleva a ese espiritualismo
alienante, todo lo contrario. El esfuerzo por encontrar a Dios dignifica
al hombre, que se empina éticamente y se sumerge en la luz. El
hombre, por vocación, ha sido llamado a la luz, no a las tinieblas.
Físicamente estamos hechos para andar en la luz.
Espiritualmente también. La oscuridad de la noche no es mala;
mala es la oscuridad del espíritu. No hay peor oscuridad que
la que nos impide ver adelante; la que nos cierra el paso
a un proyecto de vida; la que nos encierra dentro de nosotros mismos
y nos impide descubrir al otro; la que nos nubla la vista
y no nos deja ver a Aquel que nos ofrece un proyecto de vida único,
inigualable e irrepetible. Tristemente el Cristo clavado en la cruz
ya no es el modelo de una vida de servicio a los demás por amor;
es presentado como un talismán o un simple adorno; ha sido envuelto
en las tinieblas.
A través de los siglos, el hombre ha buscado la luz; ha querido
caminar en la luz. El hombre ha buscado a Dios, luz que alumbra el corazón.
Y ha buscado a Dios de mil maneras distintas: según su cultura,
su raza, su idiosincrasia; y le ha encontrado, o mejor dicho, Dios se
ha dejado encontrar por el hombre; Dios le ha salido al encuentro. La
diversidad de estrellas no nos habla de distinta luz; la diversidad
de religiones no nos habla de distintos dioses, más bien nos
habla de multiplicidad de pueblos y culturas. Dios es uno solo; distintos
son el color de los cristales con que el hombre ha mirado a Dios. Dice
el Papa Juan Pablo II, en su libro Cruzando el umbral de la esperanza:
en vez de sorprenderse de que la Providencia permita tal variedad
de religiones, deberíamos más bien maravillarnos de los
numerosos elementos comunes que se encuentran en ellas.
Sin llegar al extremo de los movimientos espiritualistas antes mencionados,
el ser humano se esfuerza muy sanamente, dicho sea de paso
por alcanzar un mayor bienestar y un desarrollo pleno de sí mismo
de tal manera que alcance una cierta liberación de los límites
de la condición humana o por alcanzar la salvación plena,
la cual incluye esa plenitud humana, aquí y ahora, y la salvación
propiamente dicha después de esta vida. Es así que ha
buscado caminos desde su idiosincrasia y su propia identidad cultural
hacia esa plenitud humana y ha encontrado caminos que le llevan hacia
Dios; ha buscado la luz y ha encontrado estrellas que le muestran la
luz. De esta manera encontramos una cierta analogía entre la
conversión y la reconciliación con Dios-Padre que propone
el cristianismo; con la alegría de vivir de acuerdo con la voluntad
de Yahvé revelada por la Torah en el judaísmo; o con la
paz interior que procede de la sumisión total de sí mismo
al Dios misericordioso, en el Islam; o con la serenidad interior que
procura la superación de su finitud por la fusión con
la realidad infinita del Brahman, en el hinduismo; o con el despertar
a la Realidad última del universo gracias a matar el propio ego
en el budismo; o con el sometimiento a la pauta subyacente del Universo,
el Tao (Camino), a través de la obediencia espontánea
a los impulsos de la esencia natural propia de cada uno y al despojarse
a sí mismo de doctrinas y conocimientos, en el taoísmo;
o incluso con el esfuerzo por vivir la Jen virtud suprema que
representa las mejores cualidades humanas y que se puede traducir como
amor o bondad para llegar a ser un chün-tzu caballero
perfecto que mueve al hombre según la doctrina de Confucio.
Toda persona humana busca la plenitud; busca a Dios de alguna manera;
anda en busca de la luz
¿Y por
dónde sale el sol?
Este mundo globalizado, cada vez más, se va convirtiendo en
pluricultural y plurirreligioso. Ya las religiones no se circunscriben
a un área geográfica determinada como en los siglos pasados.
Gracias a la facilidad de los intercambios, las religiones reclutan
nuevos miembros en el territorio de otras religiones; hoy en día,
por ejemplo, el Islam se ha extendido con fuerza por Europa y América,
donde antes era una presencia insignificante; los esfuerzos misioneros
de la Iglesia católica y las otras Iglesias cristianas no se
dirigen solamente hacia otros continentes desde Europa, para cristianizar
a los infieles perdonen el lenguaje peyorativo que
se utilizó en una época sino que se encaminan hacia
los territorios ya cristianos, muchas veces desde los llamados
países de misión.
Y en medio de esta pugna por conquistar nuevos fieles fruto de
la vitalidad permanente de las grandes religiones del mundo es
donde surge el diálogo interreligioso: la Declaracion Nostra
aetate3 del Concilio Vaticano II testimonia por primera vez en la historia
del magisterio un juicio positivo de las religiones del mundo. Esta
actitud nueva es tanto más significativa cuanto más se
recuerdan los dolorosos conflictos de la Iglesia con los demás
cristianos, el judaísmo y el Islam. La voluntad de diálogo
que se va abriendo paso de esta manera, no es propia sólo de
la Iglesia católica, si bien ella ha tenido un papel de pionera;
esta voluntad va formando parte del estilo del hombre creyente: basta
recordar el hermoso espectáculo del 24 de enero pasado, en que
se dieron cita más de 200 representantes de doce grandes religiones
y de las Iglesias cristianas en la ciudad de Asís.
Las religiones como el arcoiris, con su amplio espectro de colores
diversos, formando un solo haz nos hablan de la diversidad de
interpretaciones que el ser humano le ha dado al único Dios;
ellas son expresión del genio y de las riquezas dispensadas
por Dios a todas las naciones. (Decreto Ad gentes # 2, del Concilio
Vaticano II)
En este momento pienso en usted, estimado lector; en las interrogantes
que podrían surgirle ante las ideas expresadas y, poniéndome
en su lugar me hago estas preguntas: Pero entonces, ¿todas las
religiones son buenas? ; sí, son buenas. Y ¿es lo mismo
pertenecer a una que a otra? ; no perdónenme los hermanos
creyentes de otras religiones porque ninguna puede testimoniar
a un dios encarnado, el cual es capaz de dar la vida por sus criaturas.
Vuelvo a preguntar: entonces, ¿solo los cristianos tenemos la
exclusividad en orden a la salvación? ; no, porque Cristo
vino al mundo para todos los pueblos, dice el Papa en su libro antes
citado, los ha redimido a todos y tiene ciertamente sus caminos para
llegar a cada uno de ellos en la actual etapa escatológica4 de
la historia de la salvación. De hecho, en aquellas religiones
muchos lo aceptan y muchos más tienen en Él una fe implícita
(cf. Hebreos 11,6).
Siguiendo a Claude Geffré5 -con su permiso hay que distinguir
entre la revelación de Dios, al pueblo escogido, contada en la
Biblia y esa misma revelación a otros pueblos. La Biblia Palabra
de Dios para el hombre nos relata la Historia de la Salvación
realizada a través de la historia del pueblo de Israel; historia
de fidelidad y ternura, de parte de Dios, y de infidelidad y rebeldía,
de parte de ese pueblo. Pero Dios no se deja atar ni siquiera por la
Biblia; Dios es Dios así de simple ; y porque Él
ES es por lo que ha podido comunicarse y revelarse a los otros pueblos
cuando y como ha querido. De la misma manera que hay una historia de
la salvación diferenciada que sobrepasa la historia de
Israel y de la Iglesia la cual coincide con la historia espiritual
de la humanidad, se puede hablar también de una revelación
diferenciada, que no limita sino acentúa la revelación
única y definitiva del verdadero rostro de Dios en Jesucristo.
A través de los elementos propios de las distintas religiones,
Dios el Dios que se manifestó a Moisés y le reveló
su nombre: Yo Soy el que Soy (Éxodo 3, 14)
se ha manifestado a los hombres de toda raza, cultura y nación;
es en sus propias tradiciones religiosas, en sus valores y también
a través de sus insuficiencias que Dios ha revelado su
Ser. No pretendemos poseer el monopolio exclusivo de la verdad sobre
Dios y las relaciones con Él; compartimos la única verdad
porque realmente nos sobrepasa. Los Padres de la Iglesia6 ya hablaron
de las semillas del Verbo y más recientemente el
Concilio Vaticano II decía: La Iglesia católica
no rechaza nada de lo que es verdadero y santo en esas religiones. Ella
considera con respeto sincero esas maneras de obrar y de vivir, esas
reglas y esas doctrinas que, aunque difieren en muchos puntos de lo
que ella misma sostiene y propone, sin embargo aportan a menudo un rayo
de la verdad que ilumina a todos los hombres y mujeres. (Nostra
aetate, 2)
La Verdad que es Dios cual rayo de luz que alumbra las estrellas
se refleja en la verdad que cada tradición religiosa posee.
¿Dónde
está la luz?
El Dios de la revelación bíblica no es una energía
cósmica, ni un tirano caprichoso, sino un Dios personal que se
compromete con la historia humana para llevarla a su cumplimiento. La
salvación del ser humano que pretenden alcanzar todas
las religiones es liberación del mal, de todo mal.
La originalidad del cristianismo está dada porque esa salvación
es, en primer lugar, reconciliación del hombre pecador con Dios,
que es Padre, y descubrimiento de que somos hijos en Jesucristo, el
Verbo encarnado. Y en segundo lugar, en nombre del amor de Dios
que no disocia nunca su causa de la del hombre7 - es liberación
de las alineaciones que desfiguran el rostro del ser humano aquí
abajo.
El misterio de la encarnación Dios que se hace humano,
en Jesús de Nazaret, y nos hace divinos es
la irrupción de Dios en la naturaleza humana, no para invadir
y dominar sino para asumir, dignificar y redimir. Más aún,
el misterio pascual Jesucristo ofrece su vida y muere en la cruz
por todos8 - nos habla del valor que tiene cada persona para Dios; nos
habla del respeto que siente por la criatura salida de sus manos, a
quien lo creó libre y no le coarta su libertad ni siquiera para
salvarlo; nos habla del carácter universal de la salvación.
Es el hombre todo el hombre y todos los hombres quien
recibe el don gratuito de su amor. Ya no hay diferencia entre
judío y griego, entre esclavo y hombre libre; no se hace diferencia
entre hombre y mujer9 . Para Dios no hay diferencia alguna entre
los hombres; somos nosotros los que hacemos las distinciones.
El misterio de la encarnación y de la cruz nos invitan a no absolutizar
el cristianismo como religión que excluye todas las otras. Nos
permite mirar a cada persona no importa raza, nación,
cultura, opción política, credo religioso en lo
que lo hace más valioso: su filiación divina; nos permite
acercarnos al otro con el delicado y tierno respeto del hermano. Este
misterio nos permite reconocer los valores positivos de las otras religiones
como partes de esa Verdad que es Dios.
Las estrellas no son el sol. Nos muestran la luz. Simplemente nos indican
que el sol da luz.
1 Cuidado estimado lector con malinterpretar mis palabras. No me refiero
a las grandes religiones, que son otra realidad bien distinta.
2 La medicina holística trata al individuo como un todo, un conjunto
psicosomático psique: espíritu humano, soma: cuerpo
e intenta llevar las dimensiones emocionales, sociales, físicas
y espirituales de las personas en armonía y realza el papel de
la terapia o tratamiento que estimula el propio proceso de curación.
3 Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones
no cristianas. Esta declaración es presentada para tratar el
tema de los judíos en particular por iniciativa expresa del Papa
Juan XXIII a quién le debemos la convocatoria al Concilio
y despertó una fuerte controversia en distintos niveles
eclesiales y sociales. Esta reacción sirvió para abrir
los horizontes hacia el mundo de los no cristianos en general.
4 El termino Escatología, en su acepción literal, nos
refiere al discurso sobre las cosas últimas, doctrina que se
refiere a la vida después de la muerte y a la etapa final del
mundo. Esta es una idea que está presente, de una manera u otra,
en todas las religiones. El origen de esta doctrina es casi tan antiguo
como la humanidad. En la doctrina cristiana la escatología engloba
la segunda venida de Cristo o parusía, la resurrección
de la muerte, el juicio final, la inmortalidad del alma, la idea del
cielo y del infierno, y la culminación del reino de Dios. En
la Iglesia católica la escatología comprende, además,
la visión beatífica, el purgatorio y el limbo de los justos.
Esta etapa escatológica a que se refiere el Papa es el momento
presente en que nos jugamos la vida futura.
5 Profesor emérito del Instituto Católico de París.
Su pensamiento junto con Chenu y Congar influyó en
la renovación de la teología que desembocó en el
Concilio Vaticano II.
6 Se refiere a la primera generación de cristianos que sucedió
a los Apóstoles y que fueron desarrollando la doctrina cristiana
por escrito. Ellos son testigos cualificados de la presencia viva de
la tradición apostólica.
7 Le recomiendo estimado lector que se recree leyendo en el Evangelio
de Lucas (capítulo 10, versículos del 25 al 37) el diálogo
de Jesús con un maestro de la ley. En otros muchísimos
lugares de la Biblia se afirma que no podemos agradar a Dios sin respetar
al prójimo, hacerle justicia, liberarlo de toda opresión
y en particular promover a los más humildes; entre otros puede
leer: Ex 20, 12-17; Is 58, 1-10; Am 1 y 2; Jer 9, 2-5; Ez 18, 5-9; Ml
3,5; Pro 14, 21.
8 Cfr. Mt 26,28
9 Gal 3, 28