El miedo es ese
sentimiento de inseguridad que todos hemos experimentado cuando algo
amenaza la estabilidad de nuestra vida, o pone en peligro la vida misma.
Todos hemos sentido alguna vez el miedo. Sentir miedo no es señal
de cobardía. La cobardía es no hacer lo posible por vencer
el miedo y no dejarse dominar por él. El miedo paraliza, no deja
actuar con libertad y honestidad.
Cuando hay miedo y las personas expresan de alguna manera que no
hagas esto, porque te perjudica, o haz aquello porque puedes
perder el trabajo, una misión, un aumento y hasta un teléfono
o un televisor..., estas son señales que indican que existe
una amenaza clara o velada. El miedo siempre tiene una causa. El miedo
no surge sólo, es consecuencia de una actitud hostil, de una
presión, de la agresividad que asusta, del perjuicio que nos
pueden provocar, del castigo que nos pueden infligir a nosotros, a nuestros
hijos, a nuestras familias. Eso que amenaza desde nuestro interior.
En reiteradas ocasiones el miedo es algo indefinido en nuestro interior,
no sabemos bien a lo que le tememos, es una sospecha, una intriga que
alguien ha dejado caer en nuestra conciencia, es un rumor que se lanza
y se alimenta de la inseguridad generalizada por la arbitrariedad en
el actuar y en la aplicación de la ley. Todo el mundo dice que
te puede perjudicar pero casi nadie sabe en qué te puede perjudicar
concretamente y mucho menos saben cómo puede uno defenderse de
esas arbitrariedades y amenazas, porque en la realidad de la vida cotidiana,
del trabajo, del estudio hay una indefensión casi total de los
ciudadanos.
Luego cuando una persona sana siente miedo en su interior es señal
de que hay algo que la amenaza. Cuando una familia siente miedo de perder
el trabajo, o de perjudicar a sus hijos, es señal de que hay
algo que la hostiga. Cuando en un país hay muchos ciudadanos
que sienten miedo, aunque no lo expresen públicamente, pero actúan
presionados por él, es señal de que en ese país
hay algo que amenaza a sus ciudadanos para que actúen dentro
de unos límites impuestos.
Para vencer el miedo:
primero hay que identificarlo
Por eso lo primero es identificar el miedo: a qué concretamente
le temo, es sólo una sospecha o está escrito en alguna
ley o reglamento, la presión viene de la sombra de la arbitrariedad
de un funcionario o se puede ver a la luz del día. El miedo y
la oscuridad son aliados. Casi siempre porque a ambos los rodea el síndrome
del misterio, de la insidia, de las intrigas palaciegas o barrioteras,
de que alguien dijo en una reunión pero no puedes decir que yo
te lo dije, de que se manejó en el núcleo o en el consejo,
pero no podía decírtelo... En esa atmósfera irrespirable
no se puede vivir, pero parece que nos vamos acostumbrando. Ese clima
de misterio y desconfianza, de infidencia, de chismes y delatores, de
un lado y de otro, es irrespirable. Ningún trabajo puede funcionar
bien en este ambiente viciado, ninguna escuela puede educar con estos
métodos oscuros, ningún barrio puede ser una verdadera
familia de hermanos cuando todos tememos que nos delaten, nos hagan
las verificaciones, que nos controlen y nos tengan en la
mirilla. En ese ambiente nadie se siente seguro. Eso es
ilegal, inhumano y lesiona lenta, pero irremediablemente, la más
elemental dignidad del ser humano y viola todos sus derechos porque
convierte la vida misma en una amenaza. Así no hay persona que
pueda vivir en paz. Así, no hay país que crezca sano.
No hace falta saber mucho para darse cuenta si vivimos en este ambiente
de miedo. Hace falta tomar conciencia y tratar de identificar las causas
del miedo: si lo intentas verás que la mayoría de las
veces el miedo es fruto del misterio, de la delación, de la mentira,
de las maniobras de algunos por dominar o presionar a otros, de las
insidias de los que tienen cualquier tipo de poder pero no tienen fuerza
moral para mirar de frente, respetar y debatir, las ideas y los derechos
de los otros.
La mayoría de las veces el miedo es el engendro concebido del
maridaje entre el policía que nos han metido dentro
y la atmósfera de desconfianza que nos rodea: esa criatura se
llama inseguridad. Y sólo se cura cuando nos damos cuenta que
somos víctimas de nuestras propias censuras, de que estamos cambiando
riesgo de ser libre por seguridad en la ignominia, que estamos cambiando
silencio por comodidad, que estamos dejándonos vencer por el
cansancio de que todos los palos me vienen para arriba a mí
mientras no aprendemos que aún estando tranquilos algunos seguirán
haciendo leña del árbol caído.
La mayoría de las veces no tenemos respuesta cierta a la pregunta:
qué nos va a pasar si hago esto que está de acuerdo con
mi conciencia y me quito la máscara que me oprime. Eso es insoportable.
Sólo el que ha experimentado el aire limpio de actuar con libertad,
se da cuenta de la atmósfera irrespirable que es este clima de
sospecha y de miedo. Probando poco a poco esa libertad en los pequeños
desafíos, iremos comprendiendo por qué hay compatriotas
nuestros que se han quitado lo que el Padre Varela llamó máscaras
políticas: dicen lo que piensan, hacen lo que dicen, no
se dejan confundir, no ceden a las intrigas del miedo, van por la calle
tranquilos, trabajan por la justicia y la libertad aquí y ahora,
no quieren irse de este país, y... para colmo, se les ve la paz
que tienen en su corazón.
Hay que ver el rostro del miedo. Si nos diéramos cuenta de la
cara que tiene la doble moral, si pudiéramos fijar en un espejo
el rictus de la mentira de quien piensa una cosa y hace otra: es la
pura estampa de la tristeza, del aburrimiento de vivir, del cansancio
del simular, del cargo de conciencia de no ser sincero ni feliz.
Donde hay miedo no
hay Libertad
Donde hay miedo no hay libertad. Quien actúa libremente, sin
preocupaciones ni complejos, vive en un clima en que el miedo ha sido
superado porque sus causas han desaparecido o porque las personas han
aprendido a superarlo.
El miedo es enemigo de la sinceridad y aliado de la doble moral. La
verdad se afecta cuando se habla condicionado por el miedo. Nada es
válido cuando se actúa presionado por temor al qué
dirán o al qué me quitarán. El miedo y la mentira
son las dos caras de la misma moneda: la falta de libertad.
La validez y la trascendencia de un acto o de un compromiso dependen
del grado de libertad con que las personas implicadas hayan actuado.
Si alguien va al matrimonio por miedo a quedarse sólo o por amenaza
de sus padres, o por conveniencia material, ese no es un verdadero compromiso
matrimonial, es una falsedad, no tiene ningún valor. En este
sentido, igual sucede en otros compromisos o actitudes en los cuales
damos nuestro consentimiento condicionados, presionados, desinformados,
o por quedar bien con el vecino. Nadie se casa de verdad bajo presión,
nada en la vida familiar, ni en la vida comunitaria, ni en la vida social
y política tiene validez moral, ni legal, si la mayoría
de las personas han actuado sin saber bien qué hacen, sin tener
un tiempo adecuado para conocer a fondo a lo que se comprometen, sin
haber podido escoger libremente entre varias alternativas.
Esto no es nada nuevo. No sucede sólo en Cuba. Eso fue lo que
pasó en tiempos de Jesucristo: el domingo de Ramos una masa enardecida
recibe a Cristo como rey agitando sus palmas y extendiendo sus mantos.
Sólo cinco días después, el viernes santo, esa
misma masa, reunida frente al Palacio de Pilato, cuando es consultada
por él para decidir a quién soltar, si a Jesús
o a Barrabás que era un criminal, la gente grita también
enardecida: Deja libre a Barrabás. Fuera Jesús.
¡Crucifícale, Crucifícale!(Lucas 23,13-25).
No son las mismas circunstancias, ni es el mismo caso, pero sirve para
reflexionar sobre la sicología de las multitudes, sobre el fenómeno
sociológico de las masas, cuando actúan sin pensar primero,
sin la debida reflexión, sin la total información sobre
las opciones y sin la libertad necesaria.
Nadie que quiera a su país, desea que esto suceda. Nadie que
desee construir una obra sólida y permanente, debe dejarse llevar
por la precipitación, la irreflexión y las presiones.
No podemos creer en las decisiones que se toman sin la debida información.
La crispación y la contienda no son buenas consejeras. La serenidad,
la sangre fría, el pensamiento sosegado y equilibrado, libre
y respetuoso, constituyen la única garantía para que las
decisiones sean ciertas, verdaderas y libres.
Entre la manipulación
y la libertad
En estos momentos Cuba necesita mucho de estas actitudes. Los cubanos
podemos hacer las cosas así. Los cubanos tenemos las capacidades,
los talentos y las virtudes para vivir cívicamente. Creo en el
protagonismo de los pueblos y no de las masas. Creo que nuestro pueblo
puede y debe ser el protagonista de su propia historia- como dijo el
Papa en Cuba- pero para ello necesita ser informado, ser respetado en
sus ritmos y tiempos para aprender, discernir, elegir, sin miedo y con
libertad.
Un mismo pueblo puede actuar unas veces como aquel Viernes santo (Marcos
15, 6-15) y otras como aquel del Monte de las Bienaventuranzas. (Mateo
5, 1-20)
Si era el mismo pueblo, ¿cuál era la diferencia? :
-Pues, la diferencia estaba en la forma en que fueron tratados: en el
Pretorio como masa-juez, en el Monte como comunidad de hermanos;
-en el clima en que se presentaron las cosas: en el Pretorio era la
crispación, en el Monte el sosiego;
-la actitud condenatoria en el Pretorio y la actitud propositiva de
Cristo en el Monte.
-el fin que se buscaba: en el Pretorio era salir de una crisis por la
puerta del populismo poniendo en manos del juicio precipitado de la
gente lo que no quería asumir quien tenía la responsabilidad,
en el Monte lo que se buscaba era brindar a la gente la Carta Magna
de su propia felicidad por la puerta de la entrega libre, de la paz
del corazón; por la puerta de la justicia y de la misericordia
entrañable.
He aquí algunas diferencias entre la manipulación y la
liberación.
Estamos siendo manipulados cuando decimos algo que nos indican sin estar
convencidos de su verdad, cuando firmamos algo por compromiso sin saber
bien qué significa y qué consecuencias tendrá.
Estamos siendo manipulados cuando creemos más a las noticias,
vengan de donde vengan, de aquí o de allá, que a la experiencia
de la vida misma que estamos viviendo. El mundo real no es el de las
noticias es el de nuestra vida cotidiana. Manipulación es cuando
vamos a dónde no queremos, actuamos sin pensar, vivimos sin ser
dueños de nuestras vidas y de nuestras decisiones.
Liberación es todo lo contrario: es identificar el miedo, darle
la cara a la vida, tomar las riendas de nuestras decisiones, buscar
la verdad y vivirla sin doblez, hacer que disminuya el abismo entre
las noticias y la vida real. Liberación es romper ataduras y
rumores, sacar a la luz del día lo que pensamos y hacemos para
ser consecuentes con nosotros mismos y no darle trabajo a los delatores.
Nada puede ser investigado ni delatado si lo hacemos a la luz del día.
La verdad y la libertad no necesitan de delatores ni de investigaciones,
le bastan los testigos de la luz.
Esa pudiera ser una explicación para preguntas que nos hacemos
con bastante frecuencia: ¿por qué actuamos con tanta incoherencia?
¿por qué unas veces apoyamos y otras condenamos sin saber
bien qué es lo uno ni lo otro? ¿por qué apoyamos
por el día y criticamos en la oscuridad? ¿por qué
condenamos en la calle lo que buscamos en la oficina?
El pueblo tiene las capacidades para discernir, tiene el talento para
optar, pero necesita ser informado, necesita tiempo para estudiar las
propuestas, necesita un clima de serenidad y sosiego, necesita ser respetado
como comunidad de personas libres y diferentes en sus formas de pensar,
de actuar, de creer... necesita dejar de ser manipulado, ni por un lado
ni por el otro, para salir de las coyunturas difíciles no por
la puerta de la confrontación y la crispación, sino por
la puerta del diálogo, la paz y la reconciliación. Necesitamos,
cada vez con mayor urgencia, una formación ética y ciudadana.
Y esto no se puede hacer con miedo ni con precipitaciones. Esta experiencia
nos demuestra una vez más, que el pueblo cubano requiere una
educación cívica que lo capacite para saber qué
hace en la sociedad, por qué lo hace, para quién lo hace,
hacia dónde quiere dirigir sus pasos como nación.
Esta es la verdadera cultura política. Es apremiante arraigarla
y cultivarla.
A pesar de todo... Cuba puede hacerlo con libertad y cordura.
No nos desanimemos: ¡el miedo no tendrá la última
palabra!