Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002


EDUCACIÓN CÍVICA

 

ÁNIMO: EL MIEDO NO TENDRÁ
LA ÚLTIMA PALABRA

Dagoberto Valdés Hernández

El miedo es...

Para vencer el miedo: primero hay que identificarlo.

Donde hay miedo no hay Libertad.

Entre la manipulación y la libertad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


El miedo es ese sentimiento de inseguridad que todos hemos experimentado cuando algo amenaza la estabilidad de nuestra vida, o pone en peligro la vida misma.
Todos hemos sentido alguna vez el miedo. Sentir miedo no es señal de cobardía. La cobardía es no hacer lo posible por vencer el miedo y no dejarse dominar por él. El miedo paraliza, no deja actuar con libertad y honestidad.
Cuando hay miedo y las personas expresan de alguna manera que “no hagas esto, porque te perjudica”, o “haz aquello porque puedes perder el trabajo, una misión, un aumento y hasta un teléfono o un televisor...”, estas son señales que indican que existe una amenaza clara o velada. El miedo siempre tiene una causa. El miedo no surge sólo, es consecuencia de una actitud hostil, de una presión, de la agresividad que asusta, del perjuicio que nos pueden provocar, del castigo que nos pueden infligir a nosotros, a nuestros hijos, a nuestras familias. Eso que amenaza desde nuestro interior.
En reiteradas ocasiones el miedo es algo indefinido en nuestro interior, no sabemos bien a lo que le tememos, es una sospecha, una intriga que alguien ha dejado caer en nuestra conciencia, es un rumor que se lanza y se alimenta de la inseguridad generalizada por la arbitrariedad en el actuar y en la aplicación de la ley. Todo el mundo dice que te puede perjudicar pero casi nadie sabe en qué te puede perjudicar concretamente y mucho menos saben cómo puede uno defenderse de esas arbitrariedades y amenazas, porque en la realidad de la vida cotidiana, del trabajo, del estudio hay una indefensión casi total de los ciudadanos.
Luego cuando una persona sana siente miedo en su interior es señal de que hay algo que la amenaza. Cuando una familia siente miedo de perder el trabajo, o de perjudicar a sus hijos, es señal de que hay algo que la hostiga. Cuando en un país hay muchos ciudadanos que sienten miedo, aunque no lo expresen públicamente, pero actúan presionados por él, es señal de que en ese país hay algo que amenaza a sus ciudadanos para que actúen dentro de unos límites impuestos.

Para vencer el miedo: primero hay que identificarlo

Por eso lo primero es identificar el miedo: a qué concretamente le temo, es sólo una sospecha o está escrito en alguna ley o reglamento, la presión viene de la sombra de la arbitrariedad de un funcionario o se puede ver a la luz del día. El miedo y la oscuridad son aliados. Casi siempre porque a ambos los rodea el síndrome del misterio, de la insidia, de las intrigas palaciegas o barrioteras, de que alguien dijo en una reunión pero no puedes decir que yo te lo dije, de que se manejó en el núcleo o en el consejo, pero no podía decírtelo... En esa atmósfera irrespirable no se puede vivir, pero parece que nos vamos acostumbrando. Ese clima de misterio y desconfianza, de infidencia, de chismes y delatores, de un lado y de otro, es irrespirable. Ningún trabajo puede funcionar bien en este ambiente viciado, ninguna escuela puede educar con estos métodos oscuros, ningún barrio puede ser una verdadera familia de hermanos cuando todos tememos que nos delaten, nos hagan las “verificaciones”, que nos controlen y nos tengan en la “mirilla”. En ese ambiente nadie se siente seguro. Eso es ilegal, inhumano y lesiona lenta, pero irremediablemente, la más elemental dignidad del ser humano y viola todos sus derechos porque convierte la vida misma en una amenaza. Así no hay persona que pueda vivir en paz. Así, no hay país que crezca sano.
No hace falta saber mucho para darse cuenta si vivimos en este ambiente de miedo. Hace falta tomar conciencia y tratar de identificar las causas del miedo: si lo intentas verás que la mayoría de las veces el miedo es fruto del misterio, de la delación, de la mentira, de las maniobras de algunos por dominar o presionar a otros, de las insidias de los que tienen cualquier tipo de poder pero no tienen fuerza moral para mirar de frente, respetar y debatir, las ideas y los derechos de los otros.
La mayoría de las veces el miedo es el engendro concebido del maridaje entre el “policía” que nos han metido dentro y la atmósfera de desconfianza que nos rodea: esa criatura se llama inseguridad. Y sólo se cura cuando nos damos cuenta que somos víctimas de nuestras propias censuras, de que estamos cambiando riesgo de ser libre por seguridad en la ignominia, que estamos cambiando silencio por comodidad, que estamos dejándonos vencer por el cansancio de que “todos los palos me vienen para arriba a mí” mientras no aprendemos que aún estando tranquilos algunos seguirán “haciendo leña del árbol caído”.
La mayoría de las veces no tenemos respuesta cierta a la pregunta: qué nos va a pasar si hago esto que está de acuerdo con mi conciencia y me quito la máscara que me oprime. Eso es insoportable. Sólo el que ha experimentado el aire limpio de actuar con libertad, se da cuenta de la atmósfera irrespirable que es este clima de sospecha y de miedo. Probando poco a poco esa libertad en los pequeños desafíos, iremos comprendiendo por qué hay compatriotas nuestros que se han quitado lo que el Padre Varela llamó “máscaras políticas”: dicen lo que piensan, hacen lo que dicen, no se dejan confundir, no ceden a las intrigas del miedo, van por la calle tranquilos, trabajan por la justicia y la libertad aquí y ahora, no quieren irse de este país, y... para colmo, se les ve la paz que tienen en su corazón.
Hay que ver el rostro del miedo. Si nos diéramos cuenta de la cara que tiene la doble moral, si pudiéramos fijar en un espejo el rictus de la mentira de quien piensa una cosa y hace otra: es la pura estampa de la tristeza, del aburrimiento de vivir, del cansancio del simular, del cargo de conciencia de no ser sincero ni feliz.

Donde hay miedo no hay Libertad

Donde hay miedo no hay libertad. Quien actúa libremente, sin preocupaciones ni complejos, vive en un clima en que el miedo ha sido superado porque sus causas han desaparecido o porque las personas han aprendido a superarlo.
El miedo es enemigo de la sinceridad y aliado de la doble moral. La verdad se afecta cuando se habla condicionado por el miedo. Nada es válido cuando se actúa presionado por temor al qué dirán o al qué me quitarán. El miedo y la mentira son las dos caras de la misma moneda: la falta de libertad.
La validez y la trascendencia de un acto o de un compromiso dependen del grado de libertad con que las personas implicadas hayan actuado. Si alguien va al matrimonio por miedo a quedarse sólo o por amenaza de sus padres, o por conveniencia material, ese no es un verdadero compromiso matrimonial, es una falsedad, no tiene ningún valor. En este sentido, igual sucede en otros compromisos o actitudes en los cuales damos nuestro consentimiento condicionados, presionados, desinformados, o por quedar bien con el vecino. Nadie se casa de verdad bajo presión, nada en la vida familiar, ni en la vida comunitaria, ni en la vida social y política tiene validez moral, ni legal, si la mayoría de las personas han actuado sin saber bien qué hacen, sin tener un tiempo adecuado para conocer a fondo a lo que se comprometen, sin haber podido escoger libremente entre varias alternativas.
Esto no es nada nuevo. No sucede sólo en Cuba. Eso fue lo que pasó en tiempos de Jesucristo: el domingo de Ramos una masa enardecida recibe a Cristo como rey agitando sus palmas y extendiendo sus mantos. Sólo cinco días después, el viernes santo, esa misma masa, reunida frente al Palacio de Pilato, cuando es consultada por él para decidir a quién soltar, si a Jesús o a Barrabás que era un criminal, la gente grita también enardecida: “Deja libre a Barrabás. Fuera Jesús. ¡Crucifícale, Crucifícale!”(Lucas 23,13-25). No son las mismas circunstancias, ni es el mismo caso, pero sirve para reflexionar sobre la sicología de las multitudes, sobre el fenómeno sociológico de las masas, cuando actúan sin pensar primero, sin la debida reflexión, sin la total información sobre las opciones y sin la libertad necesaria.
Nadie que quiera a su país, desea que esto suceda. Nadie que desee construir una obra sólida y permanente, debe dejarse llevar por la precipitación, la irreflexión y las presiones. No podemos creer en las decisiones que se toman sin la debida información. La crispación y la contienda no son buenas consejeras. La serenidad, la sangre fría, el pensamiento sosegado y equilibrado, libre y respetuoso, constituyen la única garantía para que las decisiones sean ciertas, verdaderas y libres.

Entre la manipulación y la libertad

En estos momentos Cuba necesita mucho de estas actitudes. Los cubanos podemos hacer las cosas así. Los cubanos tenemos las capacidades, los talentos y las virtudes para vivir cívicamente. Creo en el protagonismo de los pueblos y no de las masas. Creo que nuestro pueblo puede y debe ser el protagonista de su propia historia- como dijo el Papa en Cuba- pero para ello necesita ser informado, ser respetado en sus ritmos y tiempos para aprender, discernir, elegir, sin miedo y con libertad.
Un mismo pueblo puede actuar unas veces como aquel Viernes santo (Marcos 15, 6-15) y otras como aquel del Monte de las Bienaventuranzas. (Mateo 5, 1-20)
Si era el mismo pueblo, ¿cuál era la diferencia? :
-Pues, la diferencia estaba en la forma en que fueron tratados: en el Pretorio como masa-juez, en el Monte como comunidad de hermanos;
-en el clima en que se presentaron las cosas: en el Pretorio era la crispación, en el Monte el sosiego;
-la actitud condenatoria en el Pretorio y la actitud propositiva de Cristo en el Monte.
-el fin que se buscaba: en el Pretorio era salir de una crisis por la puerta del populismo poniendo en manos del juicio precipitado de la gente lo que no quería asumir quien tenía la responsabilidad, en el Monte lo que se buscaba era brindar a la gente la Carta Magna de su propia felicidad por la puerta de la entrega libre, de la paz del corazón; por la puerta de la justicia y de la misericordia entrañable.
He aquí algunas diferencias entre la manipulación y la liberación.
Estamos siendo manipulados cuando decimos algo que nos indican sin estar convencidos de su verdad, cuando firmamos algo por compromiso sin saber bien qué significa y qué consecuencias tendrá. Estamos siendo manipulados cuando creemos más a las noticias, vengan de donde vengan, de aquí o de allá, que a la experiencia de la vida misma que estamos viviendo. El mundo real no es el de las noticias es el de nuestra vida cotidiana. Manipulación es cuando vamos a dónde no queremos, actuamos sin pensar, vivimos sin ser dueños de nuestras vidas y de nuestras decisiones.
Liberación es todo lo contrario: es identificar el miedo, darle la cara a la vida, tomar las riendas de nuestras decisiones, buscar la verdad y vivirla sin doblez, hacer que disminuya el abismo entre las noticias y la vida real. Liberación es romper ataduras y rumores, sacar a la luz del día lo que pensamos y hacemos para ser consecuentes con nosotros mismos y no darle trabajo a los delatores. Nada puede ser investigado ni delatado si lo hacemos a la luz del día. La verdad y la libertad no necesitan de delatores ni de investigaciones, le bastan los testigos de la luz.
Esa pudiera ser una explicación para preguntas que nos hacemos con bastante frecuencia: ¿por qué actuamos con tanta incoherencia? ¿por qué unas veces apoyamos y otras condenamos sin saber bien qué es lo uno ni lo otro? ¿por qué apoyamos por el día y criticamos en la oscuridad? ¿por qué condenamos en la calle lo que buscamos en la oficina?
El pueblo tiene las capacidades para discernir, tiene el talento para optar, pero necesita ser informado, necesita tiempo para estudiar las propuestas, necesita un clima de serenidad y sosiego, necesita ser respetado como comunidad de personas libres y diferentes en sus formas de pensar, de actuar, de creer... necesita dejar de ser manipulado, ni por un lado ni por el otro, para salir de las coyunturas difíciles no por la puerta de la confrontación y la crispación, sino por la puerta del diálogo, la paz y la reconciliación. Necesitamos, cada vez con mayor urgencia, una formación ética y ciudadana.
Y esto no se puede hacer con miedo ni con precipitaciones. Esta experiencia nos demuestra una vez más, que el pueblo cubano requiere una educación cívica que lo capacite para saber qué hace en la sociedad, por qué lo hace, para quién lo hace, hacia dónde quiere dirigir sus pasos como nación.
Esta es la verdadera cultura política. Es apremiante arraigarla y cultivarla.
A pesar de todo... Cuba puede hacerlo con libertad y cordura.
No nos desanimemos: ¡el miedo no tendrá la última palabra!


 

Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002
Dagoberto Valdés
(Pinar del Río, 1955)
Ing. Agrónomo. Director del Centro de Formación Cívica y Religiosa y Presidente de la Comisión Católica para la Cultura en Pinar del Río. Miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz, del Vaticano. Trabaja en el almacén «El Yagüín», de Siete Matas, como ingeniero de yaguas.