El advenimiento de la República en Cuba tras el
final de la Guerra de Independencia, comenzada en 1895, inició
un período de crisis, indecisión y perplejidad para el
catolicismo de la Isla. La impuesta españolidad de la Iglesia
en Cuba la hizo, por lo menos, distante en medio del fervor patriótico
suscitado por el triunfo de las fuerzas mambisas, no obstante
la intervención de las tropas norteamericanas que precipitaron
el final de la contienda bélica iniciada por los cubanos en 1895
con éxitos evidentes como la invasión de las columnas
de Gómez y Maceo, que en tres meses recorrieron la Isla de Baraguá
(Oriente) a Mantua (Occidente).
Los obispos de Santiago de Cuba y La Habana, ambos españoles,
manifestaron muy poca sensibilidad ante los anhelos de independencia
de los cubanos y aunque muchos sacerdotes criollos se habían
mostrado favorables a las luchas en las dos guerras y al final pidieron
que se cubanizase la institución, lo cierto es que hubo una gran
indecisión a la hora de reorganizar la Iglesia bajo la nueva
situación. La presencia de los norteamericanos, que actuaban
como ejército de ocupación, hizo concebir la idea de una
permanente norteamericanización de la Isla, lo que se puso en
evidencia con los primeros nombramientos eclesiásticos 2.
Tanto la primera Constitución republicana firmada en 1901, como
la Orden General del Comandante de la plaza de Santiago de Cuba, Leonard
Wood, que hizo las veces de Constitución Provisional
hasta la vigencia de aquella, expresaban la libertad religiosa y, en
el caso de la Constitución de 1901, la separación de la
Iglesia y el Estado; es decir, se prescribía la laicidad sin
ninguna posibilidad de colaboración, ya que el Estado no podía
subvencionar en caso alguno ningún culto3.
De este modo, la Iglesia Católica se veía obligada a replantear
su misión evangelizadora sin el patronato del poder
civil sino en competencia, y a veces frente a la beligerancia de otros
grupos, religiosos o no, y de las nuevas Iglesias evangélicas
que llegaban a Cuba para proponer un modo de ser cristiano más
comprometido, moderno y libre, frente a un catolicismo que había
perdido gran parte de su entusiasmo misionero y se había desgastado
en compromisos seculares.
La reorganización de la Iglesia católica que
habían pedido los curas cubanos al compás de los cambios
políticos que ya estaban en puertas a finales del siglo XIX,
parecían ineludibles y urgentes.
El problema económico imprescindible para poner en pie a la Iglesia,
muy disminuida por la destrucción de templos, la dispersión
del clero y la carencia de medios para su manutención4, quedó
resuelto inicialmente, aunque en forma precaria, mediante un menguado
tributo de las parroquias llamado décima episcopal;
pero, faltaba por resolver cómo iba a ser su proyección
apostólica en un medio adverso donde las luchas independentistas
habían hecho penetrar a la nueva República de un pragmatismo
positivista, donde la religión apenas tenía lugar, y un
anticlericalismo difuso se había extendido entre las cabezas
pensantes. Un síntoma inquietante había sido la prohibición
gubernamental de la procesión pública con que se quería
terminar el Congreso Eucarístico diocesano de La Habana en 1919.
El hecho fue calificado así por el primer laico ilustrado con
que contaba el catolicismo cubano, Mariano Aramburo:
Faltó la libertad.., la libertad por la que lucharon Agramonte
y Maceo, Céspedes y Martí... la libertad que hoy no es
égida de cubanos ¡desgraciados! que tienen fuerza bastante
para expulsarla [a la Iglesia católica] por extranjera perniciosa.5
Los adelantados
Para estimular la presencia cristiana en aquella incipiente sociedad
cubana de la República, no hubo planes específicos ni
podía haberlos dada la precariedad de medios. Pero enseguida
se pudo ver que el dinamismo misionero que portaban quienes accedían
a aquel nuevo campo apostólico que era la Gran Antilla, podía
llegar a movilizar a un laicado que ya comenzaba a despuntar allí
donde los estímulos se ponían en marcha. Falta de clero,
los seminarios recién abiertos tras el eclipse de las guerras,
sólo la promoción de un laicado entusiasta podía
mostrar la faz comprensiva del catolicismo en una sociedad, en el mejor
de los casos, indiferente y prevenida contra las manifestaciones religiosas.
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Hermano
Victorino Fundador de la Federación de la Juventud Católica.
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Esto se puso de manifiesto con la temprana aparición del primer
movimiento laical fundado en La Habana, en el seno de una organización
no española. El 28 de marzo de 1909, en la iglesia habanera del
Santo Cristo del Buen Viaje, regida a la sazón por los frailes
agustinos norteamericanos que habían restaurado su Orden en Cuba,
se fundó el primer núcleo de la Orden de Caballeros de
Colón, institución típicamente norteamericana por
más de un rasgo característico, que en muchas manifestaciones
pudo después calificarse de pintoresca. Se dijo de ella que era
en lo interno una masonería católica. Pero
en aquel momento crucial y en opinión de uno de sus fundadores,
ella comenzó a dar a los hombres católicos la fuerza y
el valor de la unión, los llevó al templo a confesar y
comulgar, los preparó en sus juntas y conferencias para el apostolado
seglar y los sacó después a la plaza pública, a
la tribuna y a las columnas de la prensa, a conquistar el respeto y
a decir la verdad acerca de la iglesia y de los católicos, a
intervenir como tales en la vida cívica, cultural y social, a
dar el ejemplo6.
Era la respuesta que estaba exigiendo un medio social donde se solía
afirmar que la religión era cosa de mujeres y de niños.
Pero no sólo esto; así como la Orden de Caballeros de
Colón, desde Estados Unidos, había desarrollado activas
campañas en contra de la subida de los aranceles del azúcar
cubano y a favor del justo reconocimiento de la soberanía cubana
sobre la Isla de Pinos, ahora la rama cubana, según el
mismo comentarista, ha sabido llegar a las escuelas públicas
para inculcar la moral cristiana por medio de premios en oposición
y de conferencias, cómo ha combatido los proyectos de leyes antirreligiosas,
cómo ha extendido la caridad y la alegría de la Navidad
con su reparto de víveres y ropa, cómo contribuyó
en la miseria a combatir el hambre con sus cocinas económicas,
cómo inició la calificación acerca de la moralidad
de las películas cinematográficas, cómo escaló
temprano la radio-tribuna y sostuvo atractivas temporadas de radio,
cómo fue la primera que se encargó en casi todos los templos
habaneros, de la colecta para las Misiones parroquiales.7
Y no puede olvidarse la campaña emprendida a iniciativa de los
Caballeros de Colón, cuando se redactaba la Constitución
de 1940, para hacer que se escuchara la voz de los católicos
por los convencionales. Y esto fue posible sobre todo gracias a una
personalidad de acusado relieve en la Orden, Manuel Dorta Duque, también
convencional, autor del proyecto de un código cubano de Reforma
Agraria que fue considerado el más importante, completo y serio
estudio realizado en Cuba en materia de reforma agraria, anterior a
la legislación actualmente vigente.8
La convocatoria a
la juventud
En el informe sobre las deliberaciones de una Conferencia de los arzobispos
y obispos de Cuba, celebrada en el mes de diciembre de 1922, se decía,
entre otras cosas, lo siguiente con referencia a la acción social
católica:
Es igualmente necesario agrupar a los jóvenes y especialmente
a los que han recibido formación en los colegios católicos.
De no hacerlo así, después de haber salido de los Colegios,
fácilmente se olvidarán de la sana y religiosa educación
recibida frustrándose de esa manera tan buena semilla, hábilmente
sembrada9.
No sabemos si los obispos dieron como continuación de esta propuesta
algún proyecto de agrupación de los jóvenes católicos
egresados de más de un centenar de escuelas católicas
establecidas en la Isla. Pero sí sabemos que en 1920 existía
ya una Asociación de Jóvenes Católicos y en 1927
un Club Católico Universitario. Y aunque estas dos agrupaciones
fueron esfuerzos efímeros, ellos condujeron en 1928 a fundar
la Federación de la Juventud Católica Cubana que, como
querían los obispos, recogía y dinamizaba el esfuerzo
formativo de los colegios católicos que ya empezaban a ofrecer
el fruto de una incipiente dirigencia católica. Precisamente,
la Federación surgía de la actitud beligerantemente anti-católica
de un Congreso Nacional de Estudiantes celebrado en 1925 en la Universidad
de La Habana, donde participaron católicos aún no muy
bien definidos políticamente junto a otros estudiantes que se
movían ideológicamente dentro de una tendencia izquierdista
que en buena parte se decantaba hacia el comunismo. El Congreso lo presidió
Julio Antonio Mella. Estos orígenes de la Federación no
pudieron menos que marcar su futuro10.
Tres años después nacería pujante la Agrupación
Católica Universitaria con un intento de formación
de selectos que influyeran positivamente en el ámbito universitartio.11
Aunque no de un modo explícito ni en sus orígenes ni en
su organización, había en estas asociaciones un marco
idóneo para encuadrar a los jóvenes católicos y
la base para ofrecer el testimonio de una doctrina que tenía
cosas que decir y defender en la plural sociedad republicana que se
construía en la nueva Nación. De hecho, agrupados
y federados aportaron en laColina Universitaria
un modo de dignidad estudiantil que no pudo menos que atraer
a líderes y simples estudiantes de aquel medio que tan decisivamente
influyó en la marcha de la Cuba republicana. Un federado
llegó a ser Presidente de la FEU (Federación Estudiantil
Universitaria).
Otro presidente de la FEU, éste procedente de las filas de los
Caballeros de Colón, fue José Antonio Echevarría,
de heroico comportamiento revolucionario en la Colina, al
pie de la cual cayó bajo las balas batistianas en 1957, tras
pronunciar por radio palabras que resultaron su testamento. Entre ellas,
estas: Confiamos en que la pureza de nuestra intención
nos traiga el favor de Dios para lograr el imperio de la justicia en
nuestra patria,~12. Palabras que quiso borrar el fanatismo.
La Acción
Católica en el horizonte
Desde estos inicios se manejaron en el ámbito católico
de Cuba términos como acción social católica
o acción católica, aunque casi siempre de
un modo genérico hasta que se concretó en la organización
que se llamó la Acción Católica Cubana. Es decir,
que esta organización eclesial que llegó a constituirse
con vida propia a partir del inicio de los cuarenta del siglo XX, tuvo
un proceso de preparación y asentamiento de agrupaciones afines.
La fundación de la Acción Católica el 28 de marzo
de 1943 fue la consagración de asociaciones que ya presentían
en el horizonte un movimiento de envergadura: así la Federación
de la Juventud Católica Cubana, hecha organizativamente a imagen
y semejanza de la Acción Católica, la Liga de Damas de
la Acción Católica, creada en 1942 ex profeso para ser
una de sus ramas, y la Asociación de Caballeros Católicos
de Cuba, que en 1929 fue constituida como consecuencia de una exigencia
y un reto...
El reto provino de un incidente en la villa de Sagua la Grande que un
cercano observador cuenta así:
Aquel 7 de diciembre de 1925, la logia masónica de Sagua la Grande
celebraba una «solemne tenida» en memoria del General Maceo,
cuando escucharon un repique de campanas en la parroquia ordenado por
el párroco para convocar a los fieles a la acostumbrada Salve
a la Santísima Virgen bajo su advocación de la Inmaculada
Concepción cuya festividad es el 8 de diciembre.
Uno o más de los masones reunidos malinterpretaron el repique
de campanas, afirmando que era una manera del párroco de manifestar
su alegría por la muerte de Maceo y arengando a los reunidos
se dirigieron en plan de ataque a la iglesia produciendo graves destrozos...13
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Rvdo.
P. Fray Pablo de Lete, nombrado en 1935, Consiliario
General de la Federación de la Juventud Católica
Cubana.
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Este suceso estimuló el logro de un propósito que venía
exigido por las circunstancias: la oportunidad de unir a un laicado
católico disperso en diversas asociaciones. Es así como
el 4 de enero de 1929, en Sagua la Grande, Las Villas, se funda
con 470 socios que ya estaban agrupados en asociaciones locales de hombres
católicos que toman a partir de la fecha antes señalada,
el nombre de «Uniones». En aquel mismo año de 1929
llegan a un total de 22 uniones, radicadas en las entonces seis
provincias cubanas4.
Uno de los fundadores, Luis C. Bello, planteaba así las dimensiones
de la acción que se proponían los Caballeros Católicos
de Cuba:
Yo he insistido mucho en cubanizar nuestra Asociación, entiendo
por cubanizar afincarla en aquellos lugares donde la cubanidad se presenta
con toda su esplendidez, y he podido advertir que muchos han confundido
mi gestión atribuyéndole un carácter «guajiro»,
que no me ofende, pero que no es precisamente el que yo pretendo darle.
Nuestra Asociación debe pretender que su movimiento sea envolvente,
es decir, naciendo en lo más ignorado del campo cubano, posesionarse
del pueblo, llegar a la ciudad y de ahí a la capital5.
Como así ocurrió prácticamente: de aquellas 22
Uniones implantadas ninguna lo estaba en la capital de la Isla.
¿Feminismo
católico?
En marzo de 1925 se convocó a un Congreso de Mujeres al que
concurrió una nutrida representación católica,
constituidas ya las dos principales asociaciones femeninas en el seno
de la iglesia: las Católicas Cubanas y las Damas Isabelinas,
rama femenina de los Caballeros de Colón. En ese tiempo estaba
en el candelero la concesión del voto a la mujer y se esperaba
que fuese un tema central del Congreso; pero la agenda contemplaba otras
temáticas de urgente implementación en aquella sociedad
cubana que daba sus primeros pasos de un justo juridicismo. Una
católica rubricaba esta aseveración en el Semanario
Católico:
No hay ningún motivo de justicia ni de moral, para que se niuegue
a la mujer, un derecho que le corresponde tan naturalmente como al hombre.
La Iglesia no prohíbe a la mujer el ejercicio del derecho de
sufragio; al contrario, reconoce que por este medio ella puede ejercer
una influencia bienhechora y la anima a ejercitarlo16.
Dos años más tarde, en 1927, en Cuba se concedía
a la mujer el derecho del sufragio.
En el Congreso se enfrentaron, según el comentarista de la misma
revista católica, las feministas cristianas, sensatas y mesuradas,
y las feministas laicas y librepensadoras, quisquillosas, rabiosillas,
gritonas y epilépticas; aunque reconoce el comentarista
que entre las izquierdistas había algunas superiores
en cultura y oratoria. Ironías aparte, parece que el Congreso
se convirtió en campo de Agramante cuando se realizaron planteamientos
inaceptables para las católicas, que éstas rechazaron
y por ello fueron calificadas con epítetos escasamente cultos
y les achacaron el fracaso del congreso, que con la espectacular retirada
del recinto de las progresistas se dio por terminado abruptamente.17.
Examinadas las listas de las mujeres que aparecen como dirigentes de
las asociaciones católicas de entonces, se reconocen los nombres
de quienes asumieron el liderazgo femenino en años sucesivos,
en fundaciones como la Casa Cultural de Católicas, de las Damas
Isabelinas, creada en 1939 para forjar culturalmente a la mujer
cubana, de modo que esté ella en disposición de tomar
parte activa en las luchas civiles. Si bien es verosímil
que la Casa Cultural haya sido una répliça
a la laicista sociedad Lyceum, fundada en 1928, es lo cierto
que cumplió una función forjadora del feminismo
católico. Lo mismo que la Asociación de Católicas
Cubanas, pionera en estas lides, con un programa a la vez ambicioso
y generoso de intenciones.
Una nueva cristiandad
En 1949 apareció en la revista Lumen, publicada por la Agrupación
Católica Universitaria, la traducción del portugués
de un artículo titulado Los cuatro evangelistas de la nueva
cristiandad, que aludía a los autores franceses Jacques
Maritain, Leon Bloy, Charles Péguy y Georges Bernanos8.
Los jóvenes de la Federación de la Juventud de Acción
Católica encajaron el golpe: el artículo, en clave irónica
y demoledora, se publicaba como una crítica sesgada al entusiasmo
de los jóvenes católicos por los escritores y pensadores
franceses de esa generación, cuyo jefe de fila era Maritain,
en los que encontraban una visión del mundo y de las cosas, efectivamente
nueva, distinta de la de los escritores católicos
españoles, por ejemplo, que aspiraban a ser los abanderados de
la hispanidad. Quizás injustamente admiraban a Maritain
y no a Morente, a Claudei y no a Pemán, que debían estar
más cerca de su sensibilidad; pero así estaban las cosas
y esta preferencia por los intelectuales católicos franceses
los situaba y obligaba a la profesión de un progresismo
que podía ser ingenuo, pero también sincero y enriquecedor.
La revista de la Federación se convirtió a un formato
de periódico y asumió un tono combativo con verdaderas
pedradas lanzadas en gruesos titulares de primera página
contra todo lo que se consideraba denunciable de las miserias de la
sociedad cubana.
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Distintivos
de las distintas concentraciones Nacionales.
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Orígenes ¿una
revista católica?
Un comentarista aseguró recientemente que algún miembro
del grupo de Orígenes o, como se decía, de la generación
de Orígenes, se había desvinculado de ese grupo
por no estar de acuerdo con la orientación general de la revista.
Esa orientación no podía ser otra que la cristiana o católica.
Basta considerar al grupo mismo y a muchos de los textos que se publicaban
estudio que está por hacer para darse cuenta no sólo
de que existía esa orientación, sino que había
una cierta preferencia hacia los que se habían denominado irónicamente
los cuatro evangelistas de la nueva cristiandad y los que
se podían asimilar a éstos: escritores de la vanguardia
católica más moderna. Orígenes publicó nada
menos que una obra de teatro completa de Paul Claudel: El canje
(LOtage), en traducción de Cintio Vitier, así
como textos de León Bloy, Chesterton, T. S. Eliot , María
Zambrano o Tomás Merton, y entre los cubanos, Emilio Ballagas.
También de los propios miembros del grupo, confesionalmente católicos,
Fina García Marruz, Cintio Vitier, Eliseo Diego u Otavio Smith
y, naturalmente, de la figura sobresaliente en la generación:
el P. Ángel Gaztelu, autor de la más bella y profunda
poesía religiosa hecha en Cuba9. El mismo Lezama, creador
y animador de la revista tenía hermosa poesía religiosa,
por lo menos cuatro sonetos a la Virgen, y otro miembro del grupo, Virgilio
Piñera, un bello poema: San Sebastián ha dicho...,
estos últimos publicados en primicia en el Semanario católico20,
que en rigor puede considerarse un antecesor de Orígenes no sólo
por haberse hecho vocero de estos poetas, sino por los vínculos
que los unían a uno de los directores del Semanario, el P. Ignacio
Biaín.
Orígenes no puede, sin más, clasificársele como
revista católica, porque no lo era en sentido estricto; pero
la publicación que tanto influyó en el curso de la cultura
cubana, más en intensidad que en extensión, puede considerarse,
como se decía entonces, una revista de inspiración
cristiana.
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La Bandera
de la Federación,
creación del Hermano Victorino
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Gracia y desgracia
de la revista "La Quincena"
Cuando en 1955 comenzó a aparecer en La Habana la revista La
Quincena, pareció colmarse el vacío que había señalado
en un comentario editorial la revista Lumen de la Agrupación
Católica Universitaria: Ni siquiera hemos sido capaces
de formar una revista común de verdadero empuje. Estamos todavía
a merced de los vientos que soplan nuestros enemigos desde los cuatro
rincones del mundo, o aún dentro de las fronteras nacionales,
sobre la opción cubana corriente21. La Quincena resultó
ser una tercera transformación de la revista que desde 1910 publicaban
los padres franciscanos: San Antonio (1910-1938), Semanario Católico
(1938-1955) y La Quincena (1955-1961). Evidentemente había una
voluntad de desacralizar el título, al compás
de lo que se quería lograr con el contenido de la revista. Su
proyección en la sociedad cubana se basaba en el nuevo lema:
Una respuesta cristiana a los problemas de hoy. Considerando
el momento socio-político en que salió a la palestra pública,
podrá comprenderse cómo esta concepción editorial
ideada por quien fue su fundador y director hasta los momentos más
críticos, el P. Ignacio Biaín, fue su gracia y su desgracia.
Dar una respuesta crítica a los problemas del momento en Cuba,
no se podía hacer impunemente. Las críticas acerbas comenzaron
a llegar desde dos flancos: la misma autoridad religiosa y las instancias
del poder civil, a la sazón producto del golpe de estado de Fulgencio
Batista. La situación del país era explosiva y también
sangrienta. Por mucho que La Ouincena juzgara con mesura, pero con firmeza,
lo que estaba pasando en la Isla, no podía menos que despertar
inquietudes en el revuelto panorama cubano. La revista no sólo
sufrió la censura directa ejercida se sabía
desde el Palacio Presidencial; también la jerarquía eclesiástica
intervino tratando de neutralizar algunos pronunciamientos considerados
imprudentes desde sus páginas. Mucho más rudimentario
fue el acto de hacer desaparecer ediciones completas arrojándolas
al mar de la bahía de La Habana: era ahogar al mensajero.
Pero La Quincena no era sólo una publicación combativa,
o no lo era en absoluto; sus páginas estamparon principios de
doctrina católica escritos por las primeras plumas nacionales
e internacionales que avalaban su orientación doctrinal.
Antes que la revista terminara de modo traumático su periplo,
el P. Biaín había abandonado la dirección, víctima
de una grave angustia vital por tensiones inevitables que lo llevó
a la muerte. El siguiente director, el P. Mariano Errasti no lo tuvo
más fácil, aunque trató, tal vez a sugerencia de
sus superiores, de suavizar algo el tono crítico de la revista.
La mirada del P. Biaín había avistado otros horizontes:
su idea inicial fue entregar la revista a un grupo de laicos que la
condujeran, separándola definitivamente de la tutela de la orden
franciscana. Todo fue inútil. La Quincena pasó de la desgracia
de un camino escabroso, a la gracia de estar inscrita en
la historia de las publicaciones católicas cubanas como un intento,
tal vez único, de mostrar a la sociedad cubana una vía
venturosa inspirada por la fe católica.
Diálogo con
la cultura
Una insistente preocupación de los hombres y mujeres de fe a
partir del primer tercio del siglo XX, fue establecer un diálogo
con la cultura cuyo proceso evolutivo adquiría más fuerza
entonces en la Isla. Uno de sus aspectos más modernos y extendidos
era el cine como expresión de arte, además de los aspectos
industriales, comerciales y sus repercusiones morales. A la acción
sobre este medio se dedicaron privilegiadamente los católicos
cubanos.
Inicialmente el modo de abordar el medio en lo que entonces se llamaba
apostolado del cine era sólo informar a los fieles
católicos acerca del valor moral de las películas. Y los
primeros que lo hicieron, como lo habían hecho en otros aspectos
de la proyección social de la fe, fueron los Caballeros de Colón,
publicando listas de las películas que se proyectaban en La Habana,
con la indicación de a qué público podría
estar destinada tal o cual película o cuáles no debían
verse según un criterio prudencial basado en la moral católica.
Era el criterio que, en general, primaba en la actuación de los
cristianos sobre ese medio de difusión y fue confirmado por el
Papa Pío XI en la encíclica Vigilanti cura de 1936,22
aunque este documento papal ya apuntaba también otros aspectos
del apostolado del cine como la promoción de las
buenas películas, entendido esto como las que no ofrecían
reparos morales.
Himno de la Acción
Católica
Juventud, porvenir de la Patria
Juventud, porvenir de la Fe,
el futuro descansa en tus brazos,
tus espaldas serán su sostén.
Con la estrella y la cruz como emblema
ha de ser nuestra marcha triunfal
¡Viva Cuba, creyente y dichosa!
Viva Cristo, Monarca Ideal.
Adelante es el grito de guerra
adelante cual fuerza de paz
la doctrina de Cristo se encierra
en el dulce mandato de amar.
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En este mismo año de 1936, y seguramente por el estímulo
de la encíclica, la Federación de la Juventud Católica
Cubana asumió esta actividad, que siempre tenía como referencia
la pujante Legión de la Decencia de los Estados Unidos,
que publicaba puntualmente listas de películas clasificadas moralmente
según los públicos: una especie de index cinematográfico.
El nombre del organismo estadounidense era desafortunado y las actividades
que durante cierto tiempo lo ocuparon más desafortunadas aún.
El tristemente celebre Código Hayes que promovió,
es visto hoy por los historiadores del arte cinematográfico como
causa deuna cierta decadencia del cine norteamericano de la época.23
El apostolado del cine se enmarcaba entonces en la Federación
bajo un Secretariado de Campañas Moralizadoras. Cuando la rama
masculina de la Federación de la Juventud Católica Cubana
se integró como Rama B de la Acción Católica, se
le asignó como una de sus prioridades la campaña
por la decencia del cine y de los espectáculos de diversión
pública.
Pero aumentaba la inconformidad con esta proyección apostólica
hacia el cine y bastó la presencia en Cuba en 1948 del Secretario
General de la Oficina Católica Internacional del Cine (OCIC)
para que se abrieran perspectivas inéditas y que nuevos aires
corrieran entre las filas católicas. El Secretario de la OCIC,
André Ruszkowski, un polaco especialista en cine, traía
en su equipaje dos películas para ilustrar su empeño de
lograr que los católicos hicieran discurrir por otras vías
el apostolado del cine. Las reuniones con Ruszkowski evidenciaron
según Walfredo Piñera cómo la
realización influye sobre el contenido, y la importancia de los
elementos expresivos del cine: guión, fotografia, actuaciones...
en la trasmisión del mensaje que, intencionalmente o no toda
película tiene24.
De aquí a comprender que el juicio sobre una película
debía incluir más que un simple criterio moral y moralizador,
había sólo un breve paso.
Bajo este presupuesto, un nuevo rumbo se iniciaba. La Junta Nacional
de Acción Católica creó un Secretariado bajo el
nombre de Centro Católico de Orientación Cinematográfica
que agrupó a los que se entusiasmaban por el cine viéndolo
bajo una nueva concepción: ni solo un objeto de preocupación
moralizadora ni un divertimento intranscendente, sino la forma de expresión
artística nacida y desarrollada en la contemporaneidad y una
manifestación cultural con la fuerza de lo popular por su carácter
industrial y comercial inesquivable. Algunos del CCOC quisieron profundizar
en el conocimiento del fenómeno asistiendo al curso que dictaba
en la Escuela de Verano de la Universidad de La Habana el critico José
Manuel Valdés Rodríguez sobre El cine: industria
y arte de nuestro tiempo. 25
Las iniciativas no se hicieron esperar. En 1952 el CCOC fundó
un Cine-Club. No era la primera vez que se celebraban sesiones de cine
en La Habana con intenciones de goce artístico. En 1951 se había
creado la Cinemateca de Cuba con el fin de exhibir, en sesiones memorables,
clásicos del cine, primero con filmes prestados por
la Cinemateca Francesa y en una segunda etapa por el Museo de Arte Moderno
de Nueva York. Pero el Cine-Club católico tenía una finalidad
añadida, inédita: las proyecciones de las películas
eran seguidas de un debate entre el público asistente que tenía
el propósito de crear en los espectadores una actitud crítica
del fondo y la forma de la obra cinematográfica, que consiguiese
un disfrute mayor de la película y un discernimiento de los contenidos.
El éxito fue grande y los Cine-Clubes se extendieron a otros
lugares de la Isla y a algunos colegios. Dos momentos cimeros en el
Cine-Club de La Habana fueron la exhibición , en estreno absoluto,
de películas como El diario de un cura rural, de
Robert Bresson, y Dos centavos de esperanza de Renato Castellani.
Con todo ello, llegó a ser imprescindible contar con los Cine-Clubes
católicos en las iniciativas destinadas a elevar a un nivel humano
y artístico el conjunto de las películas exhibidas en
Cuba, casi siempre elegidas por los distribuidores con un criterio pedestre,
meramente comercial.
Con la publicación por el CCOC en 1953 de la revista Cine Guía
llegaba a su culmen la tarea de diálogo con la cultura que se
proponía en el medio cinematográfico. En su primer número
se presentaba así la revista:
Cine Guía llega para ser un nuevo auxiliar de la gran tarea que
tenemos entre manos de dar al cinematógrafo la categoría
artística y humana que le corresponde. Para ello pretendemos
mostrar al público la entraña de ese arte maravilloso
y nuevo, la belleza de sus formas dinámicas, plásticas
y sonoras, sus posibilidades inexplotadas de arte en embrión,
y su poderosa influencia sobre las masas, capaz de transformar la humanidad26.
Cine Guía se publicó durante ocho años con entregas
mensuales ininterrumpidas. Sus páginas reflejaron la actualidad
cinematográfica en Cuba entre 1953 y 1961 e incluyeron, además,
estudios sobre técnica y estética del cinematógrafo.
Como las pocas revistas de cine que se editaban en Cuba solían
ser superficiales y deficientemente informadas, Cine Guía llegó
a gozar de predicamento entre los buenos aficionados.
El CCOC quiso promover el cine de aficionados y hasta creó un
incipiente Centro de Experimentación, con sesiones teóricas
de estudio y prácticas de filmación para preparar realizadores
cristianos.
El rigor y seriedad de la actividad del CCOC lo hizo acreedor de la
confianza de los organizadores del ICAIC, llamando a algunos de sus
miembros a colaborar en su seno.
Esta labor católica hacia el cine ha tenido continuidad y hoy
se realizan actividades que son dignas sucesoras de las que se hicieron
hacia la mitad del pasado siglo XX.
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Desfile de
la Juventud Católica, con motivo de sus Bodas de Plata.
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Proyecciones políticas
A pesar de las suspicacias que despertaba entre la clase burguesa cualquier
intervención directa en la acción política en Cuba,
que era un campo lleno de todas las malezas de ambiciones, intereses
creados y corrupciones, pronto algunos católicos supieron que
la manifestación de su fe en la vida social, incluía entrar
en ese campo casi inaccesible de la política. Estos pioneros
de una acción política desde la fe, precisamente lo hacían
desde la plataforma de las asociaciones laicales fundadas al surgir
la República: Caballeros de Colón, Agrupación Católica
Universitaria, Federación de la Juventud Católica. La
vida civil cubana entraba entonces en un período crítico
casi interminable con el Gobierno del Presidente Machado y su caída
traumática. Allí estuvieron algunos que vieron claro cómo
la fe cristiana, sí se proyectaba hacia un horizonte escatológico,
hacia la tierra nueva y cielos nuevos del Evangelio, comenzaba a realizarse
aquí mismo, como más tarde enseñó el Concilio
Vaticano II.
Unas intuiciones que tenían el arraigo y solidez de las enseñanzas
que brotaban desde el hontanar inagotable del Magisterio de la Iglesia
católica, encontraron eco una vez más; los jóvenes
católicos rompieron con el conformismo de manifestaciones públicas
sólo piadosas, y en los actos del Día de la Juventud Católica
Cubana del año 1949 decidieron, como señaló un
comentarista contemporáneo, que es hora ya de gritar la
verdad cristiana en medio de la calle con toda su integridad, con todas
sus implicaciones y exigencias, sin eufemismos ni circunloquios
27. Así, uno de los actos del Día fue un mitin
en el Parque Central de La Habana repleto de público. Los jóvenes
oradores federados irrumpieron en el bullir de la noche habanera alegre
y confiada con vigorosas denuncias de que la situación política
del país empezaba a hacerse intolerable.
De que los dardos de los discursos dieron en la diana de la realidad
cubana es buena señal el comentario negativo que publicó
al día siguiente el conservador Diario de la Marina en primera
página bajo una rúbrica desconocida : Orencio del Valle,
que todos sabían era un seudónimo de Gastón Baquero,
entonces Jefe de Redacción del periódico. 28
Al año siguiente hubo otro mitin. Ya los jóvenes de la
Acción Católica habían elegido una nueva vía
sin retorno: la denuncia profética de los males sociales
desde la mirada de la fe cristiana.
Entre los dos actos del Parque Central habanero se habían sentado
las bases de un movimiento con claro destino de acción política
directa: el Movimiento Humanista, inspirado sobre todo en los principios
de una acción política cristiana fundamentados en las
ideas del filósofo francés Jacques Maritain en una obra
fundamental: Humanismo integral, que había inspirado a movimientos
semejantes en América Latina, especialmente en Chile, y había
un componente humanista en las declaraciones iniciales de
Fidel Castro sobre el contenido la Revolución29.
Por su parte, la Agrupación Católica Universitaria, en
una de sus asambleas apostólicas, la de 1948, había dado
calor a la idea de La política como apostolado después
de que en 1946 un agrupado se había postulado para
lograr un escaño de Representante a la Cámara y fue elegido
por una alta votación. El movimiento Acción Cubana, que
se creó entonces, quiso servir de apoyo y estímulo a este
esfuerzo político por alcanzar poder y así contribuir
a que la vida de relación en Cuba se realizase con limpieza y
rectitud30.
El golpe de estado de Fulgencio Batista en 1952 pareció confirmar
la validez de todos estos esfuerzos, pero a la vez la interrupción
del ritmo democrático en los turnos de poder que supuso el cuartelazo,
detuvo cualquier posibilidad de reforma política, en beneficio
de la acción para recuperar la vida constitucional y derribar
la tiranía.
No obstante, surge en 1954 el Movimiento de Liberación Radical
como fruto de la efervescencia política entre los jóvenes
católicos. Lo formaron un grupo de dirigentes de la Juventud
de Acción Católica y un cristiano evangélico (protestante).
El Movimiento de Liberación Radical no pudo sustraerse a las
luchas que entonces se iniciaban. Fidel Castro conocía el Movimiento
y se acercó a él para atraérselo y completar así,
cualitativamente, el cuadro dirigente del incipiente Movimiento 26 de
Julio. Un miembro de Liberación Radical que asistió a
estos acercamientos, en definitiva fallidos, dijo después:
La idea de que podía haber estado tratando de asociarse públicamente
con gente que proyectaba una imagen respetable, con un grupo que además
tenía visos intelectuales y hasta religiosos, parece bastante
razonable31.
Por un cristianismo
social
La encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII, considerada
hoy como la Carta Magna de la sociología católica,
fue promulgada en Roma el 15 de mayo de 1891, y publicada en La Habana
poco más de un mes después en un suplemento especial del
Diario de la Marina, lo que suscitó una cierta expectación
en los círculos católicos cubanos más interesados
por los temas sociales. Uno de estos círculos fue la Congregación
Mariana de la Anunciata, fundada en el habanero Colegio de Belén
en 1875, y en cuya Academia se reunían bachilleres y profesionales
a la sombra del antiguo colegio jesuítico. Allí los jóvenes
de La Anunciata daban los primeros pasos en la fundación de una
academia nocturna obrera para atraer a la juventud trabajadora, y tal
vez sustraerla de la influencia de líderes anarquistas españoles
que habían establecido sus cuarteles en la calle Dragones de
la capital. Como fruto de estos afanes los congregantes fundaron el
Círculo Católico para estudiar las cuestiones laborales
y también crearon una sociedad de jóvenes obreros con
los ex alumnos del floreciente Catecismo de la Anunciata. En 1915 se
constituyó la Congregación Mariana Obrera de la Caridad
y San José, animada particularmente por el jesuita P. Jorge Camarero.
El escaso resultado de estas primeras experiencias de gremialismo católico
animaron al P. dominico Francisco Vázquez y al jurisconsulto
Mariano Aramburo, que habían fundado en 1922 la Academia Católica
de Ciencias Sociales, a crear una Unión Nacional del Trabajo
con características que se anticipaban a los tiempos: tenía
carácter laical y no confesional. Intento generoso de los fundadores,
pero que no encontró por parte de quienes fueron puestos a cargo
de la organización una actitud semejante; antes bien, aprovecharon
la apertura y libertad concedida a la organización por motivos
tácticos, para medrar desde ella32.
En 1941, el jesuita P. Manuel Foyaca, considerando que para realizar
cualquier tarea de cristianismo social había que divulgar la
doctrina social de la Iglesia, poco conocida y mal comprendida, fundó
el mivimiento Democracia Social cristiana. Así definió
sus orígenes el mismo fundador.
Nació este movimiento de unos cuantos cubanos que aspiraban a
realizar en su patria las obras múltiples del catolicismo social.
Proclamaron, en siembra pródiga, los principios sociales cristianos
por toda la Isla; e, impacientes, porque su ideal no admitía
espera, quisieron, ya enseguida, recoger en una organización
nacional no existía aún la Acción Católica
Cubana, las voluntades generosas prestas al trabajo33.
Con la colaboración principalmente de profesionales católicos
pertenecientes a las asociaciones ya constituidas y en marcha, celebró
numerosos actos públicos, muchas veces al aire libre en calles
y plazas, a lo largo de la Isla, para dar a conocer la doctrina social
católica y su aplicación a problemas candentes de la sociedad.
Resultado sorprendente, aún entre los católicos: para
muchos esa doctrina era en extremo exigente y hasta destructora de unos
esquemas conservadores establecidos por la clase burguesa. Pero, ¿acaso
no era ese el efecto esperado y tal vez deseado?
En 1947 se funda un movimiento que iba a ser un momento de inflexión
en el desarrollo del catolicismo social: la Juventud Obrera
Católica (JOC). Surge en el seno de la Federación de la
Juventud de Acción Católica como una de las secciones
especializadas en que habría de subdividirse la organización,
como la de estudiantes secundarios y la de universitarios, aunque con
autonomía por insertarse la JOC dentro de un movimiento internacional
que establecía sus filiales en 73 países y contaba con
varios millones de afiliados en todo el mundo.
Los fines confesados de la JOC eran: conquistar a la juventud
trabajadora y difundir entre ella la doctrina social cristiana.
Pero había otra finalidad in pectore:
la necesidad de formar cuadros dirigenciales con vistas a implantar
un régimen social y político netamente cristiano en Cuba.
Cómo iba a lograr estos fines se sabría pronto. Las circunstancias
políticosociales de Cuba arrastrarían a la JOC a actividades
y compromisos muy cercanos a sus propósitos. Para la formación
de lideres aptos que contribuyan a lograr una transformación
de los esquemas socio-económicos predominantes, inicia una labor
pedagógica de gran envergadura: círculos de estudios,
jornadas, semanas nacionales, seminarios, conferencias, y actos públicos34.
Para dar a conocer su ideario publica un periódico mensual: Juventud
Obrera y un programa radial importante.
La crisis institucional provocada por el golpe de estado de Batista
en 1952 los lanzó a insertarse más intensamente en el
marco socio-político cubano. Encabezaron la organización
de huelgas, ya sindicales, ya políticas como la bancaria de 1955.
Hasta el asesor eclesiástico de la JOC tomó partido públicamente
en defensa de las luchas en las que participaban los jocistas y tuvo
que tomar el camino del exilio3.
Después del triunfo revolucionario de 1959 entregaron también
su esfuerzo con esperanza y generosidad. Lograron puestos de primera
responsabilidad en los organismos sindicales y lucharon siempre por
su compromiso enunciado de construir un régimen social y político
cristiano, es decir, justo. No pudo ser.
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Máximos
dirigentes de la Federación, al arribar esta a sus Bodas
de Plata. Son ellos los presidentes de los consejos diocesanos
y los precidentes nacionales. De izquierda a derecha: Dora Ortiz
(P. del Río), Teresa Fajardo (Cienfuegos), Carlota Vidaud
(Camagüey), Marta More (Presidenta Nacional), Mercedes Lecha
(Santiago de Cuba), Esther García Robés (La Habana).
María Teresa de Rojas (Matanzas), se encontraba ausente
al tomarse la foto. Lorenzo Hernández (P. del Río),
Vicente Fernández (La Habana), Diego Echemendía
(Matanzas), Andrés Valdespino (Presidente Nacional), Sebastián
Mirandés (Cienfuegos), Jaime Vallvey (Camagüey) y
Miguel A. Cabanach (Santiago de Cuba).
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Obras de beneficio
público
En 1953 se publicó en La Habana, por el Secretariado Económico
Social de la Junta Nacional de Acción Católica Cubana,
en forma de catálogo, las iniciativas sociales católicas
existentes en Cuba. Se relacionaban allí 255 obras educativas,
asistenciales y sanitarias sostenida por católicos36.
Cifra importante para una iglesia que a mediados del siglo XX aún
se reponía de crisis anteriores y, por lo tanto, no abundaba
en medios ni en personal. Sólo un espíritu que dimanaba
de las enseñanzas del Evangelio pudo permitir que instituciones
de beneficencia se crearan y se mantuvieran, casi sin ayuda estatal,
llenando un vacío asistencial que llegaba hasta los menos favorecidos.
Sería muy mezquino contar sólo estadísticamente
esta acción de la Iglesia si no se pone de relieve el amor que
la preside. Se ha manifestado por actuales dirigentes políticos
cubanos cuánto se hace con reducidos medios; pero pocas veces
se ha reconocido explícitamente esta dimensión amorosa
sin la cual no tendría sentido para quienes se mantienen en ellas
al pie del doliente. Por las 255 iniciativas asistenciales relatadas
en el Catálogo circula una vida del espíritu alimentada
por la caridad cristiana, aunque no tengan un lugar entre las influencias
sociológicas comprobables.
El futuro
Se ha llegado a decir que movimientos católicos, no arraigados
actualmente en la Isla, aguardan el advenimiento de un cambio en los
destinos del catolicismo cubano y, por lo tanto, la posibilidad de que
inspiren una transición desde la óptica de la doctrina
católica.
La fe militante en Cuba ha tenido un protagonismo en los destinos patrios
que sólo los ciegos voluntarios no ven. La historia no se repite
y no hay un eterno retorno de las cosas, si bien los procesos históricos
puedan tener un cierto cariz de semejanza.
¿Cómo será en el futuro?
Los documentos del ENEC y del ECO, las enseñanzas pastorales
de los obispos y algunas reflexiones laicales aportan claridades avaladas
por años de entrega generosa a favor de un mejor futuro de la
Patria cubana. Aquí, desde donde tienen lugar los gozos y las
fatigas, las alegrías y los dolores, los amaneceres y los ocasos;
los que creen y esperan, llevarán otra vez en el corazón
la palabra que da vida y esperanza.
Referencias:
1 Emilio Roig de Leuchsenring, 13 Conclusiones Fundamentales Sobre
la Guerra Libertadora Cubana de 1895. en Jornada 34, México,
El Colegio de México, Centro de Estudios Sociales.
2 Manuel Fernández Santalices, El laicado en la reorganización
de la Iglesia~, en Presencia en Cuba del catolicismo. Caracas,
Ed. Fundación Konrad Adenauer. ODCA. 1998. pág. 16.
3Leonel Antonio de la Cuesta (Comp.), Constituciones cubanas, desde
1812 hasta nuestros días. New York. Ediciones Exilio, 1974, pág.
139.
4Juan Martin Leiseca, Apuntes para la historia eclesiástica de
Cuba. La Habana. Talleres Tipográficos de Carasa y Ca., 193 8,pág.
196.
5lbidem,pág. 229.
6 Jorge Hyatl La Orden de los Caballeros de Colón,
en Semanario Católico, La Habana, año XL, nº - 1210
al 1213, 1950, págs. 42 44.
7Ibidem.
8Manuel Fernández Santalices. op. cit., pág. 64.
9 (S:A) La voz de la Iglesia en Cuba, 100 documentos episcopales, México,
D.F., Ed. Obra Nacional de la Buena Prensa, A. C., 1995, pág.
24
10 Fernández Santalices. op. cit., pág. 24.
11 Ibidem.
12 René Anillo. José Antonio Echevarría,
apud Carlos Franqui, Diario de la Revolución cubana.Barcelona,
Ediciones R. Torres, 1957, pág. 230.
13Manuel Rodríguez Bustamente, Los Caballeros Católicos,
en 1905, boletín Lasallista. La Habana. año XI, nos.121-122,
enero-febrero, 1996, pág. 72.
14 José Montó Sotolongo. Los Caballeros Católicos,
en Semanario Católico, La Habana, año XL. Nos. 1210 al
1213. 1950, págs. 32 36.nos 1210 al 1213. 1950, págs.
32-36.
15 Luis Cancio Bello. El futuro católico de Cuba a través
de la Asociación Caballeros Católicos, en
Semanario Católico, La Habana. año 1, 1938, pág.
18.
16 (Una católica). Página femenina, en San
Antonio, La Habana, marzo 25 de 1925, pág. 177.
17 Marianófilo [P. Mariano García de Andoín) De
la vida ambiente, en San Antonio, La Habana,año XVI, n0
9. mayo 10 de 1925, págs. 255-257.
18Mesquita Pimentel, en Lumen, La Habana.
19 Vid. Orígenes. (Índice de autores). Edición
facsimilar, vol. 1, Edciones Turner. Madrid. 1989.
20 José Lezama Lima, Sobre unos sonetos marianos,
en Semnarío Católico, La Habana. año II. nº
69. octubre 1989. págs. 26 y 27; Virgilio Piñera, San
Sebastián ha dicho..., en Semanario Católico. La
Habana, año II. n0 55,25 de junio de 1939. pág. 27.
21 Invitación a la mirada. en Lumen, La Habana, año
IV. n0. 2, junio, 1947. pág. 10
22 Pío XL Vigilanti cura. Mundo cinematográfico.
Documentos pontificios. La Habana. Centro Católico de Orientación
Cinematográfica. 1956.
23 Walter Kerr. Los problemas católicos del cine americano~,
en Cine Guía, La Habana, año II, nº 8,octubre 1954,
págs. 3-6.
24 Walfredo Piñera y María Caridad Cumaná. Mirada
al cine cubano, la Iglesia Católica y el cine en Cuba. Bélgica.
OCIC, 1999, págs. 109 117.
25 Ibidem, pág. 112
26 Primer plano, en Cine Guía, La Habana, nº
1, marzo de 1953, pág. 1.
27 Ali Presalde (Luis de Zabala), El mitin de la Juvenud Católica,
en Semanario Católico, La Habana, año XXXIX, nº 1170
1171, septiembre 18 y 25 de 1949, pág.12.
28 Orencio del Valle, ..., en Diario de la Marina, La Habana.
29 Rubén Darío Rumbaut, El humanismo y la Revolución,
en La Quincena, La Habana, año V, nº 8, abril de 1959, págs.
16- 19 y 29 31.
30 José M. Hernández, Agrupación Católica
Universitaria. Los primeros cincuenta años, Miami, Florida, (s.e.),
1981,pág. 36.
31 Mario Lerena, La Revolución insospechada. Origen y desarrollo
del castrismo, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos aires,
198l, pág. 36.
32 Felipe Zapata. Las obras del cristianismo social en Cuba,
en ~Semanario Católico, La Habana. año XL. nos. 12 10-1213.
1950.págs. 38-41.
33Justícía Social Cristiana. La Habana. segunda época,
vol. 1. no. 1. enero-marzo. 1951. pág. 3.
34 Rodolfo Riesgo. Cuba: el movimiento obrero y su entorno socio-político,
1865-1983. MiamiCaracas, Saeta ediciones. Colección Realidades,
1985, págs. 3944.
35 Ibidem.
36 Secretariado Económico Social de la Junta Nacional de Acción
Católica Cubana, Primer catálogo delas obras sociales
católicas de Cuba, compuesto por el Secretariado Económico
Social de la Junta Nacional de Acción Católica Cubana,
La Habana, Ed. Lex, 1953.