Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002


NUESTRA HISTORIA

 

ASOCIACIONES Y MOVIMIENTOS
CATÓLICOS EN CUBA:
SU PROYECCIÓN SOCIAL
EN LA REPÚBLICA

Manuel Fernández Santalices

 

Los adelantados

La convocatoria a la juventud

La Acción Católica en el horizonte

¿Feminismo católico?

Una “nueva cristiandad”

Orígenes ¿una revista católica?

Gracia y desgracia de la revista "La Quincena"

Diálogo con la cultura

Proyecciones políticas

Por un cristianismo social

Obras de beneficio público

El futuro

Referencias

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 





E
l advenimiento de la República en Cuba tras el final de la Guerra de Independencia, comenzada en 1895, inició un período de crisis, indecisión y perplejidad para el catolicismo de la Isla. La impuesta españolidad de la Iglesia en Cuba la hizo, por lo menos, distante en medio del fervor patriótico suscitado por el triunfo de las fuerzas “mambisas”, no obstante la intervención de las tropas norteamericanas que precipitaron el final de la contienda bélica iniciada por los cubanos en 1895 con éxitos evidentes como la invasión de las columnas de Gómez y Maceo, que en tres meses recorrieron la Isla de Baraguá (Oriente) a Mantua (Occidente)’.
Los obispos de Santiago de Cuba y La Habana, ambos españoles, manifestaron muy poca sensibilidad ante los anhelos de independencia de los cubanos y aunque muchos sacerdotes criollos se habían mostrado favorables a las luchas en las dos guerras y al final pidieron que se cubanizase la institución, lo cierto es que hubo una gran indecisión a la hora de reorganizar la Iglesia bajo la nueva situación. La presencia de los norteamericanos, que actuaban como ejército de ocupación, hizo concebir la idea de una permanente norteamericanización de la Isla, lo que se puso en evidencia con los primeros nombramientos eclesiásticos 2.
Tanto la primera Constitución republicana firmada en 1901, como la Orden General del Comandante de la plaza de Santiago de Cuba, Leonard Wood, que hizo las veces de “Constitución Provisional” hasta la vigencia de aquella, expresaban la libertad religiosa y, en el caso de la Constitución de 1901, la separación de la Iglesia y el Estado; es decir, se prescribía la laicidad sin ninguna posibilidad de colaboración, ya que el Estado no podía “subvencionar en caso alguno ningún culto”3.
De este modo, la Iglesia Católica se veía obligada a replantear su misión evangelizadora sin el “patronato” del poder civil sino en competencia, y a veces frente a la beligerancia de otros grupos, religiosos o no, y de las nuevas Iglesias evangélicas que llegaban a Cuba para proponer un modo de ser cristiano más comprometido, moderno y libre, frente a un catolicismo que había perdido gran parte de su entusiasmo misionero y se había desgastado en compromisos seculares.
La “reorganización” de la Iglesia católica que habían pedido los curas cubanos al compás de los cambios políticos que ya estaban en puertas a finales del siglo XIX, parecían ineludibles y urgentes.
El problema económico imprescindible para poner en pie a la Iglesia, muy disminuida por la destrucción de templos, la dispersión del clero y la carencia de medios para su manutención4, quedó resuelto inicialmente, aunque en forma precaria, mediante un menguado tributo de las parroquias llamado “décima episcopal”; pero, faltaba por resolver cómo iba a ser su proyección apostólica en un medio adverso donde las luchas independentistas habían hecho penetrar a la nueva República de un pragmatismo positivista, donde la religión apenas tenía lugar, y un anticlericalismo difuso se había extendido entre las cabezas pensantes. Un síntoma inquietante había sido la prohibición gubernamental de la procesión pública con que se quería terminar el Congreso Eucarístico diocesano de La Habana en 1919. El hecho fue calificado así por el primer laico ilustrado con que contaba el catolicismo cubano, Mariano Aramburo:
Faltó la libertad.., la libertad por la que lucharon Agramonte y Maceo, Céspedes y Martí... la libertad que hoy no es égida de cubanos ¡desgraciados! que tienen fuerza bastante para expulsarla [a la Iglesia católica] por extranjera perniciosa.5

Los adelantados

Para estimular la presencia cristiana en aquella incipiente sociedad cubana de la República, no hubo planes específicos ni podía haberlos dada la precariedad de medios. Pero enseguida se pudo ver que el dinamismo misionero que portaban quienes accedían a aquel nuevo campo apostólico que era la Gran Antilla, podía llegar a movilizar a un laicado que ya comenzaba a despuntar allí donde los estímulos se ponían en marcha. Falta de clero, los seminarios recién abiertos tras el eclipse de las guerras, sólo la promoción de un laicado entusiasta podía mostrar la faz comprensiva del catolicismo en una sociedad, en el mejor de los casos, indiferente y prevenida contra las manifestaciones religiosas.

Hermano Victorino Fundador de la Federación de la Juventud Católica.


Esto se puso de manifiesto con la temprana aparición del primer movimiento laical fundado en La Habana, en el seno de una organización no española. El 28 de marzo de 1909, en la iglesia habanera del Santo Cristo del Buen Viaje, regida a la sazón por los frailes agustinos norteamericanos que habían restaurado su Orden en Cuba, se fundó el primer núcleo de la Orden de Caballeros de Colón, institución típicamente norteamericana por más de un rasgo característico, que en muchas manifestaciones pudo después calificarse de pintoresca. Se dijo de ella que era en lo interno una “masonería católica”. Pero en aquel momento crucial y en opinión de uno de sus fundadores, ella comenzó a dar a los hombres católicos la fuerza y el valor de la unión, los llevó al templo a confesar y comulgar, los preparó en sus juntas y conferencias para el apostolado seglar y los sacó después a la plaza pública, a la tribuna y a las columnas de la prensa, a conquistar el respeto y a decir la verdad acerca de la iglesia y de los católicos, a intervenir como tales en la vida cívica, cultural y social, a dar el ejemplo6.
Era la respuesta que estaba exigiendo un medio social donde se solía afirmar que la religión era cosa de mujeres y de niños. Pero no sólo esto; así como la Orden de Caballeros de Colón, desde Estados Unidos, había desarrollado activas campañas “en contra de la subida de los aranceles del azúcar cubano y a favor del justo reconocimiento de la soberanía cubana sobre la Isla de Pinos”, ahora la rama cubana, según el mismo comentarista, ha sabido llegar a las escuelas públicas para inculcar la moral cristiana por medio de premios en oposición y de conferencias, cómo ha combatido los proyectos de leyes antirreligiosas, cómo ha extendido la caridad y la alegría de la Navidad con su reparto de víveres y ropa, cómo contribuyó en la miseria a combatir el hambre con sus cocinas económicas, cómo inició la calificación acerca de la moralidad de las películas cinematográficas, cómo escaló temprano la radio-tribuna y sostuvo atractivas temporadas de radio, cómo fue la primera que se encargó en casi todos los templos habaneros, de la colecta para las Misiones parroquiales.7
Y no puede olvidarse la campaña emprendida a iniciativa de los Caballeros de Colón, cuando se redactaba la Constitución de 1940, para hacer que se escuchara la voz de los católicos por los convencionales. Y esto fue posible sobre todo gracias a una personalidad de acusado relieve en la Orden, Manuel Dorta Duque, también convencional, autor del proyecto de un código cubano de Reforma Agraria que fue considerado el más importante, completo y serio estudio realizado en Cuba en materia de reforma agraria, anterior a la legislación actualmente vigente.8

La convocatoria a la juventud

En el informe sobre las deliberaciones de una Conferencia de los arzobispos y obispos de Cuba, celebrada en el mes de diciembre de 1922, se decía, entre otras cosas, lo siguiente con referencia a la acción social católica:
Es igualmente necesario agrupar a los jóvenes y especialmente a los que han recibido formación en los colegios católicos. De no hacerlo así, después de haber salido de los Colegios, fácilmente se olvidarán de la sana y religiosa educación recibida frustrándose de esa manera tan buena semilla, hábilmente sembrada9.
No sabemos si los obispos dieron como continuación de esta propuesta algún proyecto de agrupación de los jóvenes católicos egresados de más de un centenar de escuelas católicas establecidas en la Isla. Pero sí sabemos que en 1920 existía ya una Asociación de Jóvenes Católicos y en 1927 un Club Católico Universitario. Y aunque estas dos agrupaciones fueron esfuerzos efímeros, ellos condujeron en 1928 a fundar la Federación de la Juventud Católica Cubana que, como querían los obispos, recogía y dinamizaba el esfuerzo formativo de los colegios católicos que ya empezaban a ofrecer el fruto de una incipiente dirigencia católica. Precisamente, la Federación surgía de la actitud beligerantemente anti-católica de un Congreso Nacional de Estudiantes celebrado en 1925 en la Universidad de La Habana, donde participaron católicos aún no muy bien definidos políticamente junto a otros estudiantes que se movían ideológicamente dentro de una tendencia izquierdista que en buena parte se decantaba hacia el comunismo. El Congreso lo presidió Julio Antonio Mella. Estos orígenes de la Federación no pudieron menos que marcar su futuro10.
Tres años después nacería pujante la Agrupación Católica Universitaria con un intento de “formación de selectos” que influyeran positivamente en el ámbito universitartio.11
Aunque no de un modo explícito ni en sus orígenes ni en su organización, había en estas asociaciones un marco idóneo para encuadrar a los jóvenes católicos y la base para ofrecer el testimonio de una doctrina que tenía cosas que decir y defender en la plural sociedad republicana que se construía en la nueva Nación. De hecho, “agrupados” y “federados” aportaron en la”Colina Universitaria” un modo de “dignidad estudiantil” que no pudo menos que atraer a líderes y simples estudiantes de aquel medio que tan decisivamente influyó en la marcha de la Cuba republicana. Un “federado” llegó a ser Presidente de la FEU (Federación Estudiantil Universitaria).
Otro presidente de la FEU, éste procedente de las filas de los Caballeros de Colón, fue José Antonio Echevarría, de heroico comportamiento revolucionario en la “Colina”, al pie de la cual cayó bajo las balas batistianas en 1957, tras pronunciar por radio palabras que resultaron su testamento. Entre ellas, estas: “Confiamos en que la pureza de nuestra intención nos traiga el favor de Dios para lograr el imperio de la justicia en nuestra patria,~12. Palabras que quiso borrar el fanatismo.

La Acción Católica en el horizonte

Desde estos inicios se manejaron en el ámbito católico de Cuba términos como “acción social católica” o “acción católica”, aunque casi siempre de un modo genérico hasta que se concretó en la organización que se llamó la Acción Católica Cubana. Es decir, que esta organización eclesial que llegó a constituirse con vida propia a partir del inicio de los cuarenta del siglo XX, tuvo un proceso de preparación y asentamiento de agrupaciones afines.
La fundación de la Acción Católica el 28 de marzo de 1943 fue la consagración de asociaciones que ya presentían en el horizonte un movimiento de envergadura: así la Federación de la Juventud Católica Cubana, hecha organizativamente a imagen y semejanza de la Acción Católica, la Liga de Damas de la Acción Católica, creada en 1942 ex profeso para ser una de sus ramas, y la Asociación de Caballeros Católicos de Cuba, que en 1929 fue constituida como consecuencia de una exigencia y un reto...
El reto provino de un incidente en la villa de Sagua la Grande que un cercano observador cuenta así:
Aquel 7 de diciembre de 1925, la logia masónica de Sagua la Grande celebraba una «solemne tenida» en memoria del General Maceo,• cuando escucharon un repique de campanas en la parroquia ordenado por el párroco para convocar a los fieles a la acostumbrada Salve a la Santísima Virgen bajo su advocación de la Inmaculada Concepción cuya festividad es el 8 de diciembre.
Uno o más de los masones reunidos malinterpretaron el repique de campanas, afirmando que era una manera del párroco de manifestar su alegría por la muerte de Maceo y arengando a los reunidos se dirigieron en plan de ataque a la iglesia produciendo graves destrozos...13

Rvdo. P. Fray Pablo de Lete, nombrado en 1935, Consiliario
General de la Federación de la Juventud Católica Cubana.


Este suceso estimuló el logro de un propósito que venía exigido por las circunstancias: la oportunidad de unir a un laicado católico disperso en diversas asociaciones. Es así como “el 4 de enero de 1929, en Sagua la Grande, Las Villas, se funda con 470 socios que ya estaban agrupados en asociaciones locales de hombres católicos que toman a partir de la fecha antes señalada, el nombre de «Uniones». En aquel mismo año de 1929 llegan a un total de 22 uniones”, radicadas en las entonces seis provincias cubanas’4.
Uno de los fundadores, Luis C. Bello, planteaba así las dimensiones de la acción que se proponían los Caballeros Católicos de Cuba:
Yo he insistido mucho en cubanizar nuestra Asociación, entiendo por cubanizar afincarla en aquellos lugares donde la cubanidad se presenta con toda su esplendidez, y he podido advertir que muchos han confundido mi gestión atribuyéndole un carácter «guajiro», que no me ofende, pero que no es precisamente el que yo pretendo darle. Nuestra Asociación debe pretender que su movimiento sea envolvente, es decir, naciendo en lo más ignorado del campo cubano, posesionarse del pueblo, llegar a la ciudad y de ahí a la capital’5.
Como así ocurrió prácticamente: de aquellas 22 Uniones implantadas ninguna lo estaba en la capital de la Isla.

¿Feminismo católico?

En marzo de 1925 se convocó a un Congreso de Mujeres al que concurrió una nutrida representación católica, constituidas ya las dos principales asociaciones femeninas en el seno de la iglesia: las Católicas Cubanas y las Damas Isabelinas, rama femenina de los Caballeros de Colón. En ese tiempo estaba en el candelero la concesión del voto a la mujer y se esperaba que fuese un tema central del Congreso; pero la agenda contemplaba otras temáticas de urgente implementación en aquella sociedad cubana que daba sus primeros pasos de un justo juridicismo. “Una católica” rubricaba esta aseveración en el Semanario Católico:
No hay ningún motivo de justicia ni de moral, para que se niuegue a la mujer, un derecho que le corresponde tan naturalmente como al hombre. La Iglesia no prohíbe a la mujer el ejercicio del derecho de sufragio; al contrario, reconoce que por este medio ella puede ejercer una influencia bienhechora y la anima a ejercitarlo16.
Dos años más tarde, en 1927, en Cuba se concedía a la mujer el derecho del sufragio.
En el Congreso se enfrentaron, según el comentarista de la misma revista católica, las feministas cristianas, sensatas y mesuradas, y “las feministas laicas y librepensadoras, quisquillosas, rabiosillas, gritonas y epilépticas”; aunque reconoce el comentarista que entre las “izquierdistas” había algunas superiores en cultura y oratoria. Ironías aparte, parece que el Congreso se convirtió en campo de Agramante cuando se realizaron planteamientos inaceptables para las católicas, que éstas rechazaron y por ello fueron calificadas con epítetos escasamente cultos y les achacaron el fracaso del congreso, que con la espectacular retirada del recinto de las “progresistas” se dio por terminado abruptamente.17.
Examinadas las listas de las mujeres que aparecen como dirigentes de las asociaciones católicas de entonces, se reconocen los nombres de quienes asumieron el liderazgo femenino en años sucesivos, en fundaciones como la Casa Cultural de Católicas, de las Damas Isabelinas, creada en 1939 para “forjar culturalmente a la mujer cubana, de modo que esté ella en disposición de tomar parte activa en las luchas civiles”. Si bien es verosímil que la “Casa Cultural” haya sido una répliça a la laicista sociedad “Lyceum”, fundada en 1928, es lo cierto que cumplió una función forjadora del “feminismo católico”. Lo mismo que la Asociación de Católicas Cubanas, pionera en estas lides, con un programa a la vez ambicioso y generoso de intenciones.

Una “nueva cristiandad”

En 1949 apareció en la revista Lumen, publicada por la Agrupación Católica Universitaria, la traducción del portugués de un artículo titulado “Los cuatro evangelistas de la nueva cristiandad”, que aludía a los autores franceses Jacques Maritain, Leon Bloy, Charles Péguy y Georges Bernanos’8. Los jóvenes de la Federación de la Juventud de Acción Católica encajaron el golpe: el artículo, en clave irónica y demoledora, se publicaba como una crítica sesgada al entusiasmo de los jóvenes católicos por los escritores y pensadores franceses de esa generación, cuyo jefe de fila era Maritain, en los que encontraban una visión del mundo y de las cosas, efectivamente “nueva”, distinta de la de los escritores católicos españoles, por ejemplo, que aspiraban a ser los abanderados de la “hispanidad”. Quizás injustamente admiraban a Maritain y no a Morente, a Claudei y no a Pemán, que debían estar más cerca de su sensibilidad; pero así estaban las cosas y esta preferencia por los intelectuales católicos franceses los situaba —y obligaba— a la profesión de un “progresismo” que podía ser ingenuo, pero también sincero y enriquecedor. La revista de la Federación se convirtió a un formato de periódico y asumió un tono combativo con verdaderas “pedradas” lanzadas en gruesos titulares de primera página contra todo lo que se consideraba denunciable de las miserias de la sociedad cubana.

Distintivos de las distintas concentraciones Nacionales.

 

Orígenes ¿una revista católica?

Un comentarista aseguró recientemente que algún miembro del grupo de Orígenes o, como se decía, de la “generación de Orígenes”, se había desvinculado de ese grupo por no estar de acuerdo con la orientación general de la revista. Esa orientación no podía ser otra que la cristiana o católica. Basta considerar al grupo mismo y a muchos de los textos que se publicaban —estudio que está por hacer— para darse cuenta no sólo de que existía esa orientación, sino que había una cierta preferencia hacia los que se habían denominado irónicamente “los cuatro evangelistas de la nueva cristiandad” y los que se podían asimilar a éstos: escritores de la vanguardia católica más moderna. Orígenes publicó nada menos que una obra de teatro completa de Paul Claudel: “El canje” (“L’Otage”), en traducción de Cintio Vitier, así como textos de León Bloy, Chesterton, T. S. Eliot , María Zambrano o Tomás Merton, y entre los cubanos, Emilio Ballagas. También de los propios miembros del grupo, confesionalmente católicos, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Eliseo Diego u Otavio Smith y, naturalmente, de la figura sobresaliente en la generación: el P. Ángel Gaztelu, autor de la más bella y profunda poesía religiosa hecha en Cuba’9. El mismo Lezama, creador y animador de la revista tenía hermosa poesía religiosa, por lo menos cuatro sonetos a la Virgen, y otro miembro del grupo, Virgilio Piñera, un bello poema: “ San Sebastián ha dicho...”, estos últimos publicados en primicia en el Semanario católico20, que en rigor puede considerarse un antecesor de Orígenes no sólo por haberse hecho vocero de estos poetas, sino por los vínculos que los unían a uno de los directores del Semanario, el P. Ignacio Biaín.
Orígenes no puede, sin más, clasificársele como revista católica, porque no lo era en sentido estricto; pero la publicación que tanto influyó en el curso de la cultura cubana, más en intensidad que en extensión, puede considerarse, como se decía entonces, una revista de “inspiración cristiana”.

La Bandera de la Federación,
creación del Hermano Victorino

 

Gracia y desgracia de la revista "La Quincena"

Cuando en 1955 comenzó a aparecer en La Habana la revista La Quincena, pareció colmarse el vacío que había señalado en un comentario editorial la revista Lumen de la Agrupación Católica Universitaria: “Ni siquiera hemos sido capaces de formar una revista común de verdadero empuje. Estamos todavía a merced de los vientos que soplan nuestros enemigos desde los cuatro rincones del mundo, o aún dentro de las fronteras nacionales, sobre la opción cubana corriente”21. La Quincena resultó ser una tercera transformación de la revista que desde 1910 publicaban los padres franciscanos: San Antonio (1910-1938), Semanario Católico (1938-1955) y La Quincena (1955-1961). Evidentemente había una voluntad de “desacralizar” el título, al compás de lo que se quería lograr con el contenido de la revista. Su proyección en la sociedad cubana se basaba en el nuevo lema: “Una respuesta cristiana a los problemas de hoy”. Considerando el momento socio-político en que salió a la palestra pública, podrá comprenderse cómo esta concepción editorial ideada por quien fue su fundador y director hasta los momentos más críticos, el P. Ignacio Biaín, fue su gracia y su desgracia.
Dar una respuesta crítica a los problemas del momento en Cuba, no se podía hacer impunemente. Las críticas acerbas comenzaron a llegar desde dos flancos: la misma autoridad religiosa y las instancias del poder civil, a la sazón producto del golpe de estado de Fulgencio Batista. La situación del país era explosiva y también sangrienta. Por mucho que La Ouincena juzgara con mesura, pero con firmeza, lo que estaba pasando en la Isla, no podía menos que despertar inquietudes en el revuelto panorama cubano. La revista no sólo sufrió la “censura” directa ejercida —se sabía— desde el Palacio Presidencial; también la jerarquía eclesiástica intervino tratando de neutralizar algunos pronunciamientos considerados “imprudentes” desde sus páginas. Mucho más rudimentario fue el acto de hacer desaparecer ediciones completas arrojándolas al mar de la bahía de La Habana: era ahogar al mensajero.
Pero La Quincena no era sólo una publicación combativa, o no lo era en absoluto; sus páginas estamparon principios de doctrina católica escritos por las primeras plumas nacionales e internacionales que avalaban su orientación doctrinal.
Antes que la revista terminara de modo traumático su periplo, el P. Biaín había abandonado la dirección, víctima de una grave angustia vital por tensiones inevitables que lo llevó a la muerte. El siguiente director, el P. Mariano Errasti no lo tuvo más fácil, aunque trató, tal vez a sugerencia de sus superiores, de suavizar algo el tono crítico de la revista.
La mirada del P. Biaín había avistado otros horizontes: su idea inicial fue entregar la revista a un grupo de laicos que la condujeran, separándola definitivamente de la tutela de la orden franciscana. Todo fue inútil. La Quincena pasó de la “desgracia” de un camino escabroso, a la “gracia” de estar inscrita en la historia de las publicaciones católicas cubanas como un intento, tal vez único, de mostrar a la sociedad cubana una vía venturosa inspirada por la fe católica.

Diálogo con la cultura

Una insistente preocupación de los hombres y mujeres de fe a partir del primer tercio del siglo XX, fue establecer un diálogo con la cultura cuyo proceso evolutivo adquiría más fuerza entonces en la Isla. Uno de sus aspectos más modernos y extendidos era el cine como expresión de arte, además de los aspectos industriales, comerciales y sus repercusiones morales. A la acción sobre este medio se dedicaron privilegiadamente los católicos cubanos.
Inicialmente el modo de abordar el medio en lo que entonces se llamaba “apostolado del cine” era sólo informar a los fieles católicos acerca del valor moral de las películas. Y los primeros que lo hicieron, como lo habían hecho en otros aspectos de la proyección social de la fe, fueron los Caballeros de Colón, publicando listas de las películas que se proyectaban en La Habana, con la indicación de a qué público podría estar destinada tal o cual película o cuáles no debían verse según un criterio prudencial basado en la moral católica. Era el criterio que, en general, primaba en la actuación de los cristianos sobre ese medio de difusión y fue confirmado por el Papa Pío XI en la encíclica Vigilanti cura de 1936,22 aunque este documento papal ya apuntaba también otros aspectos del “apostolado del cine” como la promoción de las buenas películas, entendido esto como las que no ofrecían reparos morales.

Himno de la Acción Católica

Juventud, porvenir de la Patria
Juventud, porvenir de la Fe,
el futuro descansa en tus brazos,
tus espaldas serán su sostén.

Con la estrella y la cruz como emblema
ha de ser nuestra marcha triunfal
¡Viva Cuba, creyente y dichosa!
Viva Cristo, Monarca Ideal.

Adelante es el grito de guerra
adelante cual fuerza de paz
la doctrina de Cristo se encierra
en el dulce mandato de amar.


En este mismo año de 1936, y seguramente por el estímulo de la encíclica, la Federación de la Juventud Católica Cubana asumió esta actividad, que siempre tenía como referencia la pujante “Legión de la Decencia” de los Estados Unidos, que publicaba puntualmente listas de películas clasificadas moralmente según los públicos: una especie de “index” cinematográfico. El nombre del organismo estadounidense era desafortunado y las actividades que durante cierto tiempo lo ocuparon más desafortunadas aún. El tristemente celebre “Código Hayes” que promovió, es visto hoy por los historiadores del arte cinematográfico como causa deuna cierta decadencia del cine norteamericano de la época.23
El “apostolado del cine” se enmarcaba entonces en la Federación bajo un Secretariado de Campañas Moralizadoras. Cuando la rama masculina de la Federación de la Juventud Católica Cubana se integró como Rama B de la Acción Católica, se le asignó como una de sus prioridades “la campaña por la decencia del cine y de los espectáculos de diversión pública”.
Pero aumentaba la inconformidad con esta proyección apostólica hacia el cine y bastó la presencia en Cuba en 1948 del Secretario General de la Oficina Católica Internacional del Cine (OCIC) para que se abrieran perspectivas inéditas y que nuevos aires corrieran entre las filas católicas. El Secretario de la OCIC, André Ruszkowski, un polaco especialista en cine, traía en su equipaje dos películas para ilustrar su empeño de lograr que los católicos hicieran discurrir por otras vías el “apostolado del cine”. Las reuniones con Ruszkowski evidenciaron —según Walfredo Piñera— “cómo la realización influye sobre el contenido, y la importancia de los elementos expresivos del cine: guión, fotografia, actuaciones... en la trasmisión del mensaje que, intencionalmente o no toda película tiene”24.
De aquí a comprender que el juicio sobre una película debía incluir más que un simple criterio moral y moralizador, había sólo un breve paso.
Bajo este presupuesto, un nuevo rumbo se iniciaba. La Junta Nacional de Acción Católica creó un Secretariado bajo el nombre de Centro Católico de Orientación Cinematográfica que agrupó a los que se entusiasmaban por el cine viéndolo bajo una nueva concepción: ni solo un objeto de preocupación moralizadora ni un divertimento intranscendente, sino la forma de expresión artística nacida y desarrollada en la contemporaneidad y una manifestación cultural con la fuerza de lo popular por su carácter industrial y comercial inesquivable. Algunos del CCOC quisieron profundizar en el conocimiento del fenómeno asistiendo al curso que dictaba en la Escuela de Verano de la Universidad de La Habana el critico José Manuel Valdés Rodríguez sobre “El cine: industria y arte de nuestro tiempo”. 25
Las iniciativas no se hicieron esperar. En 1952 el CCOC fundó un Cine-Club. No era la primera vez que se celebraban sesiones de cine en La Habana con intenciones de goce artístico. En 1951 se había creado la Cinemateca de Cuba con el fin de exhibir, en sesiones memorables, “clásicos del cine”, primero con filmes prestados por la Cinemateca Francesa y en una segunda etapa por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Pero el Cine-Club católico tenía una finalidad añadida, inédita: las proyecciones de las películas eran seguidas de un debate entre el público asistente que tenía el propósito de crear en los espectadores una actitud crítica del fondo y la forma de la obra cinematográfica, que consiguiese un disfrute mayor de la película y un discernimiento de los contenidos. El éxito fue grande y los Cine-Clubes se extendieron a otros lugares de la Isla y a algunos colegios. Dos momentos cimeros en el Cine-Club de La Habana fueron la exhibición , en estreno absoluto, de películas como “El diario de un cura rural”, de Robert Bresson, y “Dos centavos de esperanza” de Renato Castellani. Con todo ello, llegó a ser imprescindible contar con los Cine-Clubes católicos en las iniciativas destinadas a elevar a un nivel humano y artístico el conjunto de las películas exhibidas en Cuba, casi siempre elegidas por los distribuidores con un criterio pedestre, meramente comercial.
Con la publicación por el CCOC en 1953 de la revista Cine Guía llegaba a su culmen la tarea de diálogo con la cultura que se proponía en el medio cinematográfico. En su primer número se presentaba así la revista:
Cine Guía llega para ser un nuevo auxiliar de la gran tarea que tenemos entre manos de dar al cinematógrafo la categoría artística y humana que le corresponde. Para ello pretendemos mostrar al público la entraña de ese arte maravilloso y nuevo, la belleza de sus formas dinámicas, plásticas y sonoras, sus posibilidades inexplotadas de arte en embrión, y su poderosa influencia sobre las masas, capaz de transformar la humanidad26.
Cine Guía se publicó durante ocho años con entregas mensuales ininterrumpidas. Sus páginas reflejaron la actualidad cinematográfica en Cuba entre 1953 y 1961 e incluyeron, además, estudios sobre técnica y estética del cinematógrafo. Como las pocas revistas de cine que se editaban en Cuba solían ser superficiales y deficientemente informadas, Cine Guía llegó a gozar de predicamento entre los buenos aficionados.
El CCOC quiso promover el cine de aficionados y hasta creó un incipiente Centro de Experimentación, con sesiones teóricas de estudio y prácticas de filmación para preparar realizadores cristianos.
El rigor y seriedad de la actividad del CCOC lo hizo acreedor de la confianza de los organizadores del ICAIC, llamando a algunos de sus miembros a colaborar en su seno.
Esta labor católica hacia el cine ha tenido continuidad y hoy se realizan actividades que son dignas sucesoras de las que se hicieron hacia la mitad del pasado siglo XX.

Desfile de la Juventud Católica, con motivo de sus Bodas de Plata.

 

Proyecciones políticas

A pesar de las suspicacias que despertaba entre la clase burguesa cualquier intervención directa en la acción política en Cuba, que era un campo lleno de todas las malezas de ambiciones, intereses creados y corrupciones, pronto algunos católicos supieron que la manifestación de su fe en la vida social, incluía entrar en ese campo casi inaccesible de la política. Estos “pioneros” de una acción política desde la fe, precisamente lo hacían desde la plataforma de las asociaciones laicales fundadas al surgir la República: Caballeros de Colón, Agrupación Católica Universitaria, Federación de la Juventud Católica. La vida civil cubana entraba entonces en un período crítico casi interminable con el Gobierno del Presidente Machado y su caída traumática. Allí estuvieron algunos que vieron claro cómo la fe cristiana, sí se proyectaba hacia un horizonte escatológico, hacia la tierra nueva y cielos nuevos del Evangelio, comenzaba a realizarse aquí mismo, como más tarde enseñó el Concilio Vaticano II.
Unas intuiciones que tenían el arraigo y solidez de las enseñanzas que brotaban desde el hontanar inagotable del Magisterio de la Iglesia católica, encontraron eco una vez más; los jóvenes católicos rompieron con el conformismo de manifestaciones públicas sólo piadosas, y en los actos del Día de la Juventud Católica Cubana del año 1949 decidieron, como señaló un comentarista contemporáneo, que “ es hora ya de gritar la verdad cristiana en medio de la calle con toda su integridad, con todas sus implicaciones y exigencias, sin eufemismos ni circunloquios” 27. Así, uno de los actos del “Día” fue un mitin en el Parque Central de La Habana repleto de público. Los jóvenes oradores federados irrumpieron en el bullir de la noche habanera alegre y confiada con vigorosas denuncias de que la situación política del país empezaba a hacerse intolerable.
De que los dardos de los discursos dieron en la diana de la realidad cubana es buena señal el comentario negativo que publicó al día siguiente el conservador Diario de la Marina en primera página bajo una rúbrica desconocida : Orencio del Valle, que todos sabían era un seudónimo de Gastón Baquero, entonces Jefe de Redacción del periódico. 28
Al año siguiente hubo otro mitin. Ya los jóvenes de la Acción Católica habían elegido una nueva vía sin retorno: la denuncia “profética” de los males sociales desde la mirada de la fe cristiana.
Entre los dos actos del Parque Central habanero se habían sentado las bases de un movimiento con claro destino de acción política directa: el Movimiento Humanista, inspirado sobre todo en los principios de una acción política cristiana fundamentados en las ideas del filósofo francés Jacques Maritain en una obra fundamental: Humanismo integral, que había inspirado a movimientos semejantes en América Latina, especialmente en Chile, y había un componente “humanista” en las declaraciones iniciales de Fidel Castro sobre el contenido la Revolución29.
Por su parte, la Agrupación Católica Universitaria, en una de sus asambleas apostólicas, la de 1948, había dado calor a la idea de La política como apostolado después de que en 1946 un “agrupado” se había postulado para lograr un escaño de Representante a la Cámara y fue elegido por una alta votación. El movimiento Acción Cubana, que se creó entonces, quiso servir de apoyo y estímulo a este esfuerzo político por alcanzar poder y así contribuir a que la vida de relación en Cuba se realizase con limpieza y rectitud30.
El golpe de estado de Fulgencio Batista en 1952 pareció confirmar la validez de todos estos esfuerzos, pero a la vez la interrupción del ritmo democrático en los turnos de poder que supuso el cuartelazo, detuvo cualquier posibilidad de reforma política, en beneficio de la acción para recuperar la vida constitucional y derribar la tiranía.
No obstante, surge en 1954 el Movimiento de Liberación Radical como fruto de la efervescencia política entre los jóvenes católicos. Lo formaron un grupo de dirigentes de la Juventud de Acción Católica y un cristiano evangélico (protestante). El Movimiento de Liberación Radical no pudo sustraerse a las luchas que entonces se iniciaban. Fidel Castro conocía el Movimiento y se acercó a él para atraérselo y completar así, cualitativamente, el cuadro dirigente del incipiente Movimiento 26 de Julio. Un miembro de Liberación Radical que asistió a estos acercamientos, en definitiva fallidos, dijo después:
La idea de que podía haber estado tratando de asociarse públicamente con gente que proyectaba una imagen respetable, con un grupo que además tenía visos intelectuales y hasta religiosos, parece bastante razonable31.

Por un cristianismo social

La encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII, considerada hoy como la “Carta Magna de la sociología católica”, fue promulgada en Roma el 15 de mayo de 1891, y publicada en La Habana poco más de un mes después en un suplemento especial del Diario de la Marina, lo que suscitó una cierta expectación en los círculos católicos cubanos más interesados por los temas sociales. Uno de estos círculos fue la Congregación Mariana de la Anunciata, fundada en el habanero Colegio de Belén en 1875, y en cuya Academia se reunían bachilleres y profesionales a la sombra del antiguo colegio jesuítico. Allí los jóvenes de La Anunciata daban los primeros pasos en la fundación de una academia nocturna obrera para atraer a la juventud trabajadora, y tal vez sustraerla de la influencia de líderes anarquistas españoles que habían establecido sus cuarteles en la calle Dragones de la capital. Como fruto de estos afanes los congregantes fundaron el Círculo Católico para estudiar las cuestiones laborales y también crearon una sociedad de jóvenes obreros con los ex alumnos del floreciente Catecismo de la Anunciata. En 1915 se constituyó la Congregación Mariana Obrera de la Caridad y San José, animada particularmente por el jesuita P. Jorge Camarero.
El escaso resultado de estas primeras experiencias de gremialismo católico animaron al P. dominico Francisco Vázquez y al jurisconsulto Mariano Aramburo, que habían fundado en 1922 la Academia Católica de Ciencias Sociales, a crear una Unión Nacional del Trabajo con características que se anticipaban a los tiempos: tenía carácter laical y no confesional. Intento generoso de los fundadores, pero que no encontró por parte de quienes fueron puestos a cargo de la organización una actitud semejante; antes bien, aprovecharon la apertura y libertad concedida a la organización por motivos tácticos, para medrar desde ella32.
En 1941, el jesuita P. Manuel Foyaca, considerando que para realizar cualquier tarea de cristianismo social había que divulgar la doctrina social de la Iglesia, poco conocida y mal comprendida, fundó el mivimiento Democracia Social cristiana. Así definió sus orígenes el mismo fundador.
Nació este movimiento de unos cuantos cubanos que aspiraban a realizar en su patria las obras múltiples del catolicismo social. Proclamaron, en siembra pródiga, los principios sociales cristianos por toda la Isla; e, impacientes, porque su ideal no admitía espera, quisieron, ya enseguida, recoger en una organización nacional —no existía aún la Acción Católica Cubana—, las voluntades generosas prestas al trabajo33.
Con la colaboración principalmente de profesionales católicos pertenecientes a las asociaciones ya constituidas y en marcha, celebró numerosos actos públicos, muchas veces al aire libre en calles y plazas, a lo largo de la Isla, para dar a conocer la doctrina social católica y su aplicación a problemas candentes de la sociedad. Resultado sorprendente, aún entre los católicos: para muchos esa doctrina era en extremo exigente y hasta destructora de unos esquemas conservadores establecidos por la clase burguesa. Pero, ¿acaso no era ese el efecto esperado y tal vez deseado?
En 1947 se funda un movimiento que iba a ser un momento de inflexión en el desarrollo del “catolicismo social”: la Juventud Obrera Católica (JOC). Surge en el seno de la Federación de la Juventud de Acción Católica como una de las secciones especializadas en que habría de subdividirse la organización, como la de estudiantes secundarios y la de universitarios, aunque con autonomía por insertarse la JOC dentro de un movimiento internacional que establecía sus filiales en 73 países y contaba con varios millones de afiliados en todo el mundo.
Los fines confesados de la JOC eran: “conquistar a la juventud trabajadora y difundir entre ella la doctrina social cristiana”. Pero había otra finalidad in pectore:
“la necesidad de formar cuadros dirigenciales con vistas a implantar un régimen social y político netamente cristiano en Cuba”.
Cómo iba a lograr estos fines se sabría pronto. Las circunstancias políticosociales de Cuba arrastrarían a la JOC a actividades y compromisos muy cercanos a sus propósitos. Para la formación de lideres aptos que contribuyan a lograr una transformación de los esquemas socio-económicos predominantes, inicia una labor pedagógica de gran envergadura: círculos de estudios, jornadas, semanas nacionales, seminarios, conferencias, y actos públicos34.
Para dar a conocer su ideario publica un periódico mensual: Juventud Obrera y un programa radial importante.
La crisis institucional provocada por el golpe de estado de Batista en 1952 los lanzó a insertarse más intensamente en el marco socio-político cubano. Encabezaron la organización de huelgas, ya sindicales, ya políticas como la bancaria de 1955. Hasta el asesor eclesiástico de la JOC tomó partido públicamente en defensa de las luchas en las que participaban los jocistas y tuvo que tomar el camino del exilio3.
Después del triunfo revolucionario de 1959 entregaron también su esfuerzo con esperanza y generosidad. Lograron puestos de primera responsabilidad en los organismos sindicales y lucharon siempre por su compromiso enunciado de construir un régimen social y político cristiano, es decir, justo. No pudo ser.

Máximos dirigentes de la Federación, al arribar esta a sus Bodas de Plata. Son ellos los presidentes de los consejos diocesanos y los precidentes nacionales. De izquierda a derecha: Dora Ortiz (P. del Río), Teresa Fajardo (Cienfuegos), Carlota Vidaud (Camagüey), Marta More (Presidenta Nacional), Mercedes Lecha (Santiago de Cuba), Esther García Robés (La Habana). María Teresa de Rojas (Matanzas), se encontraba ausente al tomarse la foto. Lorenzo Hernández (P. del Río), Vicente Fernández (La Habana), Diego Echemendía (Matanzas), Andrés Valdespino (Presidente Nacional), Sebastián Mirandés (Cienfuegos), Jaime Vallvey (Camagüey) y Miguel A. Cabanach (Santiago de Cuba).

 

Obras de beneficio público

En 1953 se publicó en La Habana, por el Secretariado Económico Social de la Junta Nacional de Acción Católica Cubana, en forma de catálogo, las iniciativas sociales católicas existentes en Cuba. Se relacionaban allí 255 obras educativas, asistenciales y sanitarias sostenida por católicos36.
Cifra importante para una iglesia que a mediados del siglo XX aún se reponía de crisis anteriores y, por lo tanto, no abundaba en medios ni en personal. Sólo un espíritu que dimanaba de las enseñanzas del Evangelio pudo permitir que instituciones de beneficencia se crearan y se mantuvieran, casi sin ayuda estatal, llenando un vacío asistencial que llegaba hasta los menos favorecidos.
Sería muy mezquino contar sólo estadísticamente esta acción de la Iglesia si no se pone de relieve el amor que la preside. Se ha manifestado por actuales dirigentes políticos cubanos cuánto se hace con reducidos medios; pero pocas veces se ha reconocido explícitamente esta dimensión amorosa sin la cual no tendría sentido para quienes se mantienen en ellas al pie del doliente. Por las 255 iniciativas asistenciales relatadas en el Catálogo circula una vida del espíritu alimentada por la caridad cristiana, aunque no tengan un lugar entre las influencias sociológicas comprobables.

El futuro

Se ha llegado a decir que movimientos católicos, no arraigados actualmente en la Isla, aguardan el advenimiento de un cambio en los destinos del catolicismo cubano y, por lo tanto, la posibilidad de que inspiren una transición desde la óptica de la doctrina católica.
La fe militante en Cuba ha tenido un protagonismo en los destinos patrios que sólo los ciegos voluntarios no ven. La historia no se repite y no hay un eterno retorno de las cosas, si bien los procesos históricos puedan tener un cierto cariz de semejanza.
¿Cómo será en el futuro?
Los documentos del ENEC y del ECO, las enseñanzas pastorales de los obispos y algunas reflexiones laicales aportan claridades avaladas por años de entrega generosa a favor de un mejor futuro de la Patria cubana. Aquí, desde donde tienen lugar los gozos y las fatigas, las alegrías y los dolores, los amaneceres y los ocasos; los que creen y esperan, llevarán otra vez en el corazón la palabra que da vida y esperanza.

Referencias:
1 Emilio Roig de Leuchsenring, “13 Conclusiones Fundamentales Sobre la Guerra Libertadora Cubana de 1895”. en Jornada 34, México, El Colegio de México, Centro de Estudios Sociales.
2 Manuel Fernández Santalices, “El laicado en la reorganización de la Iglesia~’, en Presencia en Cuba del catolicismo. Caracas, Ed. Fundación Konrad Adenauer. ODCA. 1998. pág. 16.
3Leonel Antonio de la Cuesta (Comp.), Constituciones cubanas, desde 1812 hasta nuestros días. New York. Ediciones Exilio, 1974, pág. 139.
4Juan Martin Leiseca, Apuntes para la historia eclesiástica de Cuba. La Habana. Talleres Tipográficos de Carasa y Ca., 193 8,pág. 196.
5lbidem,pág. 229.
6 Jorge Hyatl “La Orden de los Caballeros de Colón”, en Semanario Católico, La Habana, año XL, nº - 1210 al 1213, 1950, págs. 42 – 44.
7Ibidem.
8Manuel Fernández Santalices. op. cit., pág. 64.
9 (S:A) La voz de la Iglesia en Cuba, 100 documentos episcopales, México, D.F., Ed. Obra Nacional de la Buena Prensa, A. C., 1995, pág. 24
10 Fernández Santalices. op. cit., pág. 24.
11 Ibidem.
12 René Anillo. “José Antonio Echevarría, apud Carlos Franqui, Diario de la Revolución cubana.Barcelona, Ediciones R. Torres, 1957, pág. 230.
13Manuel Rodríguez Bustamente, “Los Caballeros Católicos”, en 1905, boletín Lasallista. La Habana. año XI, nos.121-122, enero-febrero, 1996, pág. 72.
14 José Montó Sotolongo. “Los Caballeros Católicos”, en Semanario Católico, La Habana, año XL. Nos. 1210 al 1213. 1950, págs. 32 – 36.nos 1210 al 1213. 1950, págs. 32-36.
15 Luis Cancio Bello. “El futuro católico de Cuba a través de la Asociación “Caballeros Católicos”, en Semanario Católico, La Habana. año 1, 1938, pág. 18.
16 (Una católica). “Página femenina”, en San Antonio, La Habana, marzo 25 de 1925, pág. 177.
17 Marianófilo [P. Mariano García de Andoín) “De la vida ambiente”, en San Antonio, La Habana,año XVI, n0 9. mayo 10 de 1925, págs. 255-257.
18Mesquita Pimentel, en Lumen, La Habana.
19 Vid. Orígenes. (Índice de autores). Edición facsimilar, vol. 1, Edciones Turner. Madrid. 1989.
20 José Lezama Lima, “Sobre unos sonetos marianos”, en Semnarío Católico, La Habana. año II. nº 69. octubre 1989. págs. 26 y 27; Virgilio Piñera, “San Sebastián ha dicho...”, en Semanario Católico. La Habana, año II. n0 55,25 de junio de 1939. pág. 27.
21 “Invitación a la mirada”. en Lumen, La Habana, año IV. n0. 2, junio, 1947. pág. 10
22 Pío XL “Vigilanti cura”. Mundo cinematográfico. Documentos pontificios. La Habana. Centro Católico de Orientación Cinematográfica. 1956.
23 Walter Kerr. “Los problemas católicos del cine americano~’, en Cine Guía, La Habana, año II, nº 8,octubre 1954, págs. 3-6.
24 Walfredo Piñera y María Caridad Cumaná. Mirada al cine cubano, la Iglesia Católica y el cine en Cuba. Bélgica. OCIC, 1999, págs. 109 – 117.
25 Ibidem, pág. 112
26 “Primer plano”, en Cine Guía, La Habana, nº 1, marzo de 1953, pág. 1.
27 Ali Presalde (Luis de Zabala), “El mitin de la Juvenud Católica”, en Semanario Católico, La Habana, año XXXIX, nº 1170 – 1171, septiembre 18 y 25 de 1949, pág.12.
28 Orencio del Valle, “...”, en Diario de la Marina, La Habana.
29 Rubén Darío Rumbaut, “El humanismo y la Revolución”, en La Quincena, La Habana, año V, nº 8, abril de 1959, págs. 16- 19 y 29 –31.
30 José M. Hernández, Agrupación Católica Universitaria. Los primeros cincuenta años, Miami, Florida, (s.e.), 1981,pág. 36.
31 Mario Lerena, La Revolución insospechada. Origen y desarrollo del castrismo, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos aires, 198l, pág. 36.
32 Felipe Zapata. “Las obras del cristianismo social en Cuba”, en ~Semanario Católico, La Habana. año XL. nos. 12 10-1213. 1950.págs. 38-41.
33Justícía Social Cristiana. La Habana. segunda época, vol. 1. no. 1. enero-marzo. 1951. pág. 3.
34 Rodolfo Riesgo. Cuba: el movimiento obrero y su entorno socio-político, 1865-1983. MiamiCaracas, Saeta ediciones. Colección Realidades, 1985, págs. 3944.
35 Ibidem.
36 Secretariado Económico Social de la Junta Nacional de Acción Católica Cubana, Primer catálogo delas obras sociales católicas de Cuba, compuesto por el Secretariado Económico Social de la Junta Nacional de Acción Católica Cubana, La Habana, Ed. Lex, 1953.

 

 

Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002
Manuel Fernández Santalices
La Habana, fue director del periódico Juventud, órgano de la rama masculina de la Acción Católica Cubana,
co-fundador y Redactor-jefe de la revista católica
La Quincena, creó y dirigió durante varios años la revista Cine Guia. Ha publicado varios libros y
numerosos ensayos.
Fotos: Tomadas del libro Juventudes de Acción Católica, que se editó con motivo de sus Bodas de Plata.