Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002


NARRATIVA

 

LA DAMA DE ELCHE

JOSÉ A. MARTÍNEZ CORONEL

 

 


La Dama de Elche, busto de carácter funerario con influencia del
período arcaico griego y del arte púnico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


¿No te das cuenta que siempre he estado sola? Tres hombres en mi vida, y siempre he estado sola. Ahora llegas tú, y tengo miedo a equivocarme de nuevo.
Estoy cansada... Estoy cansada de ser sombra de mi luz. Estoy cansada de no ser yo, de vivir en una casa que no es mía y que me juzguen por lo que no soy. Necesito tiempo. Necesito estar sola. Siempre he deseado una pareja como tú, pero eso empeoraría mi situación en esta casa. No quiero que me digan más que siempre tengo a alguien a retortero, y no quiero ser más satélite de ningún hombre. Estoy cansada de ser madre, madre, madre, cuando quiero ser también mujer, mujer, mujer. No aguanto más. No aguanto más que mis propios padres no me conozcan, que yo sea una extraña para mi madre y que mi padre respete mi privacidad más que ella. Estoy cansada de hombres que llegan para irse, tantos ojos de polvo sobre este cuerpo de tiempo que un día se pudrirá y tal vez ni vayan a mi entierro.
Me gustó verte empinando papalote con Javi. Me gustó jugar con Javi a dar vueltas de carnera y empinar papalote también yo. Nunca lo había hecho. Es bonito, y me daba miedo que se partiera el curricán. Con el viento en la dirección del sol, tenía que hacer sombra sobre mis ojos para ver... ¿Será así la vida? ¿Sólo vemos bien cuando miramos desde la sombra? Estoy harta de ser sombra. ¿Por qué no puedo estar en mi cuarto contigo? ¿Por qué tengo que dormir sola esta noche cuando deseo tanto dormir contigo, por qué debo renunciar a lo que siempre he soñado, por qué mutilarme sabiendo amar? Lo peor es que no estoy segura. No estoy segura de lo que siento. Además, tú no tienes hijos y no es justo que te pierdas eso, y yo no quiero volver a parir. No sabría vivir en tanta soledad con dos niños. Prefiero ser un mogote en tu recuerdo.
Un día escucharé esta música en otra ciudad y pensaré en ti, en esta luz donde tú brillas y en lo hermoso de empinar papalote contigo y un niño gordito, juguetón...
¿Por qué me escribiste eso? ¿Tanta nostalgia sientes, sin haber empezado?
¿Por qué apareciste en mi vida? No son veinticuatro horas en la vida de una mujer: es cada rincón que estremeces, yo puedo sentir tu exitación pero tú no puedes sentir la mía. Me gustan los hombres que saben llorar. A veces me pregunto por qué Martí y Mercedes Matamoros no se casaron, con tanta admiración mutua y tanto fuego en el alma. ¿Por qué Sor Juana Inés tuvo que morir sola, escoger un convento antes que la esclavitud del matrimonio en un mundo de machos? Por qué Alfonsina, Delmira, la Loynaz? ¿Por qué la historia es tan injusta? Vivimos deseando amar, y todo es una preparación para la tristeza, una discoteca de muchas luces y música hueca sin nadie que ame la voz de la hierba.
Y tengo deseos de bailar, reír. Esta casa me está matando. Deseos de bailar y sentarme a ver como la gente baila. Pero tampoco eso puedo hacer. No puedo salir con un hombre sin que me lo estén adosando. Ya no sé si quiero vivir en La Habana. Ya no sé lo que quiero. Quiero estar sola. Anoche hubo lluvia de estrellas y en este pueblo sólo pudimos ver una lluvia de agua. Me levanté a las cinco y miré el cielo, para sólo ver nubes. En esta isla de huracanes y sol, cuando por fin ocurre algo así, ¡llueve de madrugada también!
Tú tienes más que yo. Yo tengo a Javi, pero a veces tengo que ser madre, madre, madre, sin una semana de receso personal. Tú tienes tus cuentos. Vas tejiendo tu vida con ellos. Te gusta verme tejer, cómo alrededor del vacío logro crear figuras que maravillan tus ojos, esos ojos y esa voz que extraño y no quiero perder pero ahora no puedo. No sé si quiero. Y me duele esta cama tan grande para mí sola, ese espejo para mí sola, sin un hombre que me mire mientras me peino y sepa escucharme y beses mi cuello que te gusta y hoy hasta te pedí me lo midieras con la cinta métrica de tu llavero. Veintinueve centímetros: ¡tan ínfimo diámetro para tanto bajo esta piel, tanto fuera de esta piel que soy y un día no seré y dónde estarás tú ese día y la caricia de tus ojos! Me estoy muriendo. Me están matando, están ahogando mi corazón y tengo miedo se parta el curricán y ser como tanta gente seca por la vida. ¿Por qué no dije que fui contigo a las ruinas del ingenio, esa tarde que me regalaste en el campo y vimos el campamento de nuestro séptimo grado? ¿Por qué callar lo que me hace feliz? ¿Te das cuenta que estoy harta? No quiero ser como ellos. Tengo cosas guardadas para mi casa y no las uso en ésta porque no es mi techo, no es mi cocina, no es mi ritmo en estas paredes que tantos miran desde la calle y sólo ven a una mujer en la ventana o mi terracita que ya no es la misma desde que llegaste tú.
He ordenado mis libros, mi mesita de noche, mi escaparate; ¿por qué es tan difícil organizarme?... A veces me pregunto si realmente deseo organizarme, qué encontraré. Tengo miedo de encontrar a una Esmirna que no me guste. ¿Será cierto lo que dices, que me estoy pariendo y por eso me duele este tránsito?
No sé. No sé si eso es parte de mi Leyenda Personal. Es verdad que las dunas cambian y el desierto permanece, y lo que ocurrió dos veces ocurrirá una tercera. Tres hombres, y siempre he estado sola. Era muy joven cuando me casé. Me gustaba, pero nunca me sentí acompañada. Una agonía de casi ocho años. ¿Por qué las mujeres somos así, por qué aguantamos tanto? Entonces apareció Benigno. Encontré en él esa espiritualidad que necesito en un hombre, una pareja que sea también mi amigo y en quien pueda confiar transparente. Sin embargo, fue eso: un amigo muy íntimo del que nunca logré enamorarme. Y al día siguiente de terminar, aparece Orlando. Una conversación en el hospital mientras atendían a una amiga mía y a un tío suyo, diálogo normal, me pidió el teléfono, le pregunté si sabía donde está Yucael y él que eso no importa y un día después me llamó. Le cayó bien a mi mamá, yo no quería, y me invita al Parque Lenin con su niña y Javi y mi mamá empujando, fuimos , la pasamos bien y en dos meses ya éramos novios. Pero seguía sola. Su trabajo no le da tiempo para una intimidad estable. Una noche le pregunto :¿Qué te pasa?, y me responde: Estoy pensando; me dije: ¡OH, eso es grave!, luego se levantó y se fue. regresó al amanecer y me contó lo que había pasado. Lo admiro. Es muy inteligente, pero yo necesito estabilidad. Ya no tengo veinte años. Necesito a un hombre, pero mucho más me necesito a mi misma. Aunque lo deseo, no puedo entregarme a ti ahora. Necesito estar segura.
Esta casa no es Delfos. Lo sabes. Cuando me dijiste que escribirías un cuento con este título y me lo dedicarías, fui a la Biblioteca y busqué en la Enciclopedia. No pude hacerlo como quisiera. Javi estaba conmigo. No tuvo clases ese día. Me dolió la soledad de la pitonisa, también la del auriga. Esta casa no es Delfos porque yo soy Delfos y vengo de Esmirna a habitar un Belalcázar que no llega. Soy la hermana de Shakespeare, soy el Orlando de Virginia Woolf, estoy tan sedienta de amor y mañana iré a trabajar, una mujer en el silencio del alquimista que es ese laboratorio donde se habla más de sexo que de esperanza y, a pesar de esta comedia sexual de los días, creo que por ese trabajo y por ti estoy rechazando la promiscuidad de una ciudad grande y prefiero la sencillez de estos flamboyanes en Yucael.
No me importa lo que piensen de mí. Ya creo que ni el sexo me interesa. Estoy tan cansada. ¿Por qué Orlando se fue tan rápido como vino, por qué no me ha llamado ni su hija tampoco? No quiero volver, pero duele ilusionarse, sentirse importante para una persona y luego todo se desmorone, ni siquiera porque haya otra sino una cuestión de trabajo y que él no tiene casa propia... Jabibi, mi amor. Eso me enseñaste, así se dice en árabe. Mañana de luz. ¿Para qué las palabras? ¿Por qué me entiendes tanto con sólo mirarme? ¿Por qué insistes en amarme, si apenas soy este mosaico en una iglesia sin nombre? Esmirna Sorí Belalcázar: ¿quién soy? Hay tantas cosas que no he dicho. Me gustaría vivir el Cantar de los Cantares contigo. Y es que estoy harta del trípode. Harta de que vengan a consultarme y transformen luego mis dichos, oráculos en un mundo de hombres, ciudades de hombres en una escala de valores establecida por hombres y jamás un banco del parque será lo mismo para un hombre y una mujer solitarios a medianoche. Ya no sé si creo en mi Leyenda Personal, o si la tengo. ¿Para qué leí ese libro?
Santiago salió de Andalucía en busca de su tesoro en las Pirámides de Egipto, y conoció a Fátima en el desierto, encontró al Alquimista en el oasis y se alejó de Fátima para crecer hasta el Alma del Mundo. ¿Y si hubiese sido al revés? ¿Y si su hermana hubiera tenido el sueño y hubiese salido a realizar su Leyenda Personal? ¿Habría salido, habría creído en la posibilidad de salir? ¿Sería lo mismo el Alquimista que la Alquimista?... No, mi amado auriga. Tu carro no es el mío. Tú puedes ganar en las batallas de los hombres, y perderlas en los combates de las mujeres. No conoces la esclavitud del trípode, el dolor del humo que asciende de la grieta y el sabor amargo de tanta hoja de laurel en esa cohíba de Delfos.
Extraño tanto aquellas tardes en la otra casa, ver los trenes cargados de caña, el olor dulzón de un aire que me besaba y creo he vuelto a encontrar en tus besos. Extraño meterme en la zanja y pasar bajo el puentecito del tren y coger guajacones y aquellas palmas a lo lejos, que también miré desde el campamento en séptimo grado. ¿Por qué tuve un hijo con un hombre que nunca amé? ¿Por qué le hice esto a Javi, por qué te hago esto a ti y a mí? ¿Por qué mi mamá no me entiende? Extraño tanto sus besos en la otra casa. Tengo deseos de acostarme y envolverme con su hoja de malanga, acurrucarme dentro de un mogote y vengas a conquistarme en el alcázar del corazón.
Me gustó esa mañana en Río de Cristal. Sentados en el puente. La gente, poca, iba y venía, y nosotros hablando, con los ojos vistiendo las palabras. Por qué eres tan tierno? ¿Por qué te hablé en esa máquina en la autopista y acepté contarte mis cosas? Nunca más el Parque de la Fraternidad será el mismo. Nunca más las ceibas serán las mismas. Me estás haciendo llorar y me siento bien con estas lágrimas. Te regalaría todas mis lágrimas ahora mismo si ahora mismo mi corazón se decidiera a abrirse a ti. Tengo miedo que te vayas. Tengo miedo de una cama grande para mí sola, cada día tan inmenso para mí sola sabiendo que existes tú. Quizás ya llegaste a tu casa que tampoco es la tuya. Una bicicleta en la noche mientras yo escucho este casete de música griega que me prestaste y mi papá me grabó, y al amanecer no poder besarte y decir: ¡Kalimera, Jabibi, Peluchito mío!...
Pero necesito estar segura. No quiero hacerte daño, ni a mí. Y está Javi. No quiero involucrarlo con otro hombre en mi vida.¿Y si tú funcionas bien, y yo no? ¿Volver a empezar, regresar a esta casa? No, estoy cansada. Por eso te pedí alejarnos por un tiempo, auriga mío. Quizás todo fue un espejismo y termine tu enamoramiento. Quizás yo no soy tu oasis o tú el mío. No sé. Sólo sé que ahora no sé escoger. Y lo peor es que llegaste, estás ahí, y te deseo-.
¿Dios mío, una tarde tan hermosa y terminar así!... ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué me están haciendo? ¿Qué me estoy haciendo? Ya no tengo veinte años. Un día moriré ¿ y qué hice con mi vida, esta única posibilidad sobre la tierra? Duele tanto parirme, pero es lo mejor que puedo hacer ahora. Estoy harta del trípode. Harta de hojas de laurel. Necesito defender mi derecho a ser laurel y a sostenerme con mis frágiles raíces que de las ramas cuelgan y de la tierra se nutren para ensanchar esta alegría de vivir. Si Dios lo permite, mi carro se pondrá a la par con el tuyo y recorreremos el camino juntos. Las dunas cambian pero el desierto permanece.
Escúchame en el viento y, por favor, no me llames en estos días. No voy a hablar con la nodriza de Alfonsina. Sólo quiero descansar. Bajar hasta el fondo, para que se den cuenta y cuando necesite gritar, que sepan no tengo a nadie a retortero pero tampoco quiero ser sombra de mis padres en una casa que hace mucho no es mía.
Una lluvia de estrellas...Estoy tejiendo una lluvia de estrellas alrededor del vacío. Me doy el lujo de escoger, en un planeta donde tantos mueren antes de aprender a decir ¡Mamá!, pero ¿qué puedo hacer? Esta es mi vida y la única persona que puede vivirla soy yo. Gracias por acompañarme esta semana en la iglesia. Gracias por tu voz de incienso. Aquí está tu casete, para grabar mi voz. ¿Tanto te gusta, esta voz de mujer clara y oscura? ¿Por qué nos hablamos tan poco en el Pre y la Universidad? Nunca coincidimos en el último piso de la beca, nunca miramos juntos el Almendares desembocar en el Golfo, y has entrado tanto en mí. No sabes cuanto te extraño, pero estoy cansada de ser sombra de mi luz. No sé si sabrás esperar. No te pido que esperes.
También por ti y Javi necesito tiempo para mí. Mi tiempo puede ser tuyo, en el curricán de Dios.

 

 

Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002
José A. Martínez Coronel
(Güines, 1966)
Lic. en Lengua y Literatura Francesa(1989, Univ. de La Habana). Ha recibido diferentes premios y menciones
Este cuento forma parte del Cuaderno «La Danza del Cogito» que recibió Mención en el Concurso Vitral 2002.