Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002


OPINIÓN

 

LA MAYORÍA COMPACTA:
¿SOLUCIÓN O ENAJENACIÓN?

Wilfredo Denie Valdés

 

Durante muchos años...

El Primero

El segundo


El tercero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Durante muchos años el tema de la mayoría, las masas, las multitudes, ha sido verdaderamente controvertido. Consideramos oportuno exponer algunas reflexiones al respecto del Dr. J. Gómez Nerea, que aparecen en su libro “Freud y la perversión de las masas” (Editorial TOR, Río de Janeiro-Buenos Aires, 1942). En él analiza las causas del comportamiento tan diferente de un individuo aislado respecto del mismo individuo cuando está integrado a la multitud, pues puede ocurrir que individualmente se piense de una manera y se obre colectivamente de otra. La explicación de esta contradicción estriba en que, cuando el individuo forma parte de la masa, su pensamiento real se oculta o se ve modificado por la “imposición de intereses particulares”. El Dr. Nerea recuerda que el propio sicoanalista austriaco, desde sus primeros años en la Universidad, acostumbraba a figurar en las filas de la oposición y fuera de la “mayoría compacta”, para dotarse así de una “cierta independencia de juicio”.
Criterios y conclusiones similares aparecen en un librito muy famoso, “Psicología de las multitudes”, del prestigioso sociólogo francés Gustavo Le Bon. Sobre esta base, el Dr. Nerea retoma el descubrimiento de que la masa impone modificaciones síquicas al individuo, que borra el aporte de cada personalidad, quedando constituidas en “algo así como un cocktail”. Es decir, que los individuos que integran las multitudes poseen cualidades nuevas, de las que antes –necesario es decirlo- carecían; el Dr. Nerea encuentra la explicación a tal fenómeno en tres factores diferentes:


El Primero:

El individuo integrado en una multitud adquiere por el solo hecho del número, un sentimiento de potencia invencible, que antes como individuo aislado hubiera refrenado forzosamente y se abandonará gustoso a tales instintos por ser la multitud anónima y en consecuencia irresponsable. Desaparecerá para él el sentimiento de responsabilidad, poderoso y constante freno de los impulsos individuales.
El individuo que entra a formar parte de la multitud se sitúa en condiciones que le permiten suprimir las represiones de sus tendencias inconscientes. Los caracteres aparentemente nuevos que entonces manifiesta son precisamente exteriorizaciones de lo inconsciente individual; sistema en el que se halla contenido en germen todo lo malo existente en el alma humana.
La desaparición en estas circunstancias de la conciencia o el sentimiento de la responsabilidad, es un hecho.
El nódulo de lo que denominamos conciencia moral era la angustia social”.

El segundo:

“El contagio mental”
Enlazado a los fenómenos de orden hipnótico.
Dentro de una multitud todo sentimiento y todo acto son contagiosos, hasta el punto de que el individuo sacrifica muy fácilmente su interés personal al interés colectivo, actitud contraria a su naturaleza y de la que el hombre solo se hace susceptible cuando forma parte de una multitud.

El tercero:(El más importante):

“La sugestibilidad”.
El individuo sumido algún tiempo en el seno de una multitud activa cae pronto en un estado particular, muy semejante al estado de fascinación del hipnotizado entre las manos de su hipnotizador. Se paraliza la vida cerebral del sujeto hipnotizado, se convierte éste en esclavo de todas sus actividades inconscientes, que el hipnotizador dirige a su antojo; quedan abolidas ciertas facultades y pueden ser llevadas otras a un grado extremo de exaltación, se lanzará con ímpetu irresistible a la ejecución de ciertos actos, la sugestión se intensificará al hacerse recíproca. Perdidos todos los rasgos personales para convertirse en un autómata sin voluntad.
Freud señala que el contagio y la sugestibilidad deben ser considerados de la misma naturaleza, pues el contagio es un efecto de la sugestibilidad.
Le Bon expresa que por el sólo hecho de formar parte de una multitud, el hombre desciende varios peldaños en la escala de la civilización, en multitud es un istintivo y por lo tanto un bárbaro. Tiene la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también los entusiasmos y heroísmos de los seres primitivos.
El hombre solo puede ser hasta inteligente pero cuando se junta con otros se vuelve torpe. Para algunos hombres de ciencia la masa es la personificación de la necedad. ( pág. 31-36)
Según Le Bon: la multitud es impulsiva, versátil e irritable y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente. El mismo instinto de la conservación se apaga y se anula ante ésta, obedece a impulsos del más variado valor moral; nobles o bajos, valientes o cobardes, pero siempre imperiosos. Hombres tímidos, posiblemente cobardes, incapaces de matar una mosca, son verdaderas y heroicas fieras dentro de una muchedumbre.
Se podría asegurar que una muchedumbre de cobardes se convierte en una muchedumbre de valientes, que afrontan todos los riesgos con un coraje fantástico. Lo único que se requiere para que esa reacción heroica del individuo se produzca, es que la fusión de éste con la multitud sea completa, es decir que halla una suerte de olvido total de que él es un individuo. La multitud no sabe pensar tampoco por cuenta propia; nada más fácil que hacerle creer todo a la multitud, no tiene sentido crítico; solo cuando se disgrega, cuando los individuos readquieren su personalidad, empiezan a hacer el examen de lo que oyeron.
Es fácil obtener la adhesión de una muchedumbre, es dificilísimo conseguir la de un hombre. Tanto el niño como la multitud exageran el sentimiento negativo hasta el punto de que una simple antipatía, casualmente nacida, se transforma de inmediato en un odio feroz. También ocurre que la multitud y el niño adquieren los afectos con la misma rapidez.
“Al hombre a quienes las multitudes consagran ídolo es fácil y frecuente verlo mañana polarizando sus odios.”
La multitud es dominada, seducida rápidamente por frases brillantes o imágenes vivas, por alardes enfáticos y ademanes aparentemente heroicos. Es tan autoritaria como intolerante, respeta las fuerzas y no ve en la bondad sino una especie de debilidad que le impresiona muy poco.
Lo que la multitud exige de sus héroes es la fuerza e incluso la violencia; abriga en el fondo irreducibles instintos conservadores y como todos los primitivos, un respeto fetichista por las tradiciones y un horror inconsciente por las “novedades susceptibles de modificar sus condiciones de existencia”.
La masa suele llegar a asumir actitudes de desinterés y sacrificio. Es verdaderamente curioso el “efecto mágico” que ciertas palabras y ciertas fórmulas ejercen sobre la multitud. Provocan en ellas las más violentas tempestades o los júbilos más estruendosos. De allí la confianza que en sus artes tienen ciertos caudillos; no importa que ellos sean unos necios y que contra ellos actúen hombres de talento y responsabilidad moral y política; los argumentos y las razones de estos quedarán anulados ante ciertas palabrejas que los caudillos saben decir a sus huestes y las cuales dominan por entero.
Las aspiraciones de la multitud son ilusorias o mejor dicho, “vive siempre deseando la realización de sus ilusiones” y dando preferencia a lo fantástico sobre lo real o, peor todavía, no hacen distingo alguno entre lo fantástico y lo real.
Según Freud este predominio de la imaginación y de la ilusión es un fenómeno característico de la psicología de las neurosis. Para un neurótico no presenta ningún valor la realidad objetiva y sí solamente la realidad psíquica. El síntoma histérico se funda en la fantasía y no en la reproducción de lo realmente vivido. Un sentimiento obsesivo de culpa reposa en el hecho real de un mal propósito nunca llevado a término. Igual que sucede en el sueño y en la hipnosis, en la actividad anímica de la masa la prueba por la realidad sucumbe a la energía de los deseos cargados de afectos. Señala que la multitud necesita un jefe y es preciso que éste se halle dotado de ciertas condiciones personales, “que tenga intensa fe en una idea”, sin lo cual no sería capaz de hacer surgir la fe en las multitudes.
Le Bon afirma que el conductor de multitudes debe ser dueño de una voluntad potente e imperiosa, como para domeñar a la multitud y sugestionarla dándole ánimos, ya que la multitud carece de voluntad por naturaleza. En el director de multitudes existe un poder misterioso e irresistible al cual se da el nombre de “prestigio” y éste es una suerte de fascinación ejercida sobre nuestro espíritu por un individuo, una obra o una idea. Esta fascinación paraliza nuestras facultades críticas y llena nuestra alma de asombro y de respeto. Los sentimientos provocados son inexplicables, del mismo orden que la sugestión experimentada por un sujeto magnetizado. (pág. 37 – 45)
Teniendo en cuenta todo lo expuesto, considero que vale la pena reflexionar respecto a nuestra conducta social, respecto a nuestras relaciones con los diversos tipos de grupos, pues la práctica como criterio valorativo de la verdad, indica que los razonamientos del hombre, alcanzados por su evolución biosocial durante muchos siglos, no deben sucumbir ante lo instintivo, ante lo inconsciente. De hecho, lejos de evolucionar, nos hundiríamos cada día más en el “ lodo de la involución humana”.


 

Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002
Wilfredo Denie Valdés
(San Luis. Pinar del Río)
Licenciado en Historia. Fue historiador de la ciudad de Pinar del Río durante muchos años.