Durante muchos años
el tema de la mayoría, las masas, las multitudes, ha sido verdaderamente
controvertido. Consideramos oportuno exponer algunas reflexiones al
respecto del Dr. J. Gómez Nerea, que aparecen en su libro Freud
y la perversión de las masas (Editorial TOR, Río
de Janeiro-Buenos Aires, 1942). En él analiza las causas del
comportamiento tan diferente de un individuo aislado respecto del mismo
individuo cuando está integrado a la multitud, pues puede ocurrir
que individualmente se piense de una manera y se obre colectivamente
de otra. La explicación de esta contradicción estriba
en que, cuando el individuo forma parte de la masa, su pensamiento real
se oculta o se ve modificado por la imposición de intereses
particulares. El Dr. Nerea recuerda que el propio sicoanalista
austriaco, desde sus primeros años en la Universidad, acostumbraba
a figurar en las filas de la oposición y fuera de la mayoría
compacta, para dotarse así de una cierta independencia
de juicio.
Criterios y conclusiones similares aparecen en un librito muy famoso,
Psicología de las multitudes, del prestigioso sociólogo
francés Gustavo Le Bon. Sobre esta base, el Dr. Nerea retoma
el descubrimiento de que la masa impone modificaciones síquicas
al individuo, que borra el aporte de cada personalidad, quedando constituidas
en algo así como un cocktail. Es decir, que los individuos
que integran las multitudes poseen cualidades nuevas, de las que antes
necesario es decirlo- carecían; el Dr. Nerea encuentra
la explicación a tal fenómeno en tres factores diferentes:
El Primero:
El individuo integrado en una multitud adquiere por el solo hecho del
número, un sentimiento de potencia invencible, que antes como
individuo aislado hubiera refrenado forzosamente y se abandonará
gustoso a tales instintos por ser la multitud anónima y en consecuencia
irresponsable. Desaparecerá para él el sentimiento de
responsabilidad, poderoso y constante freno de los impulsos individuales.
El individuo que entra a formar parte de la multitud se sitúa
en condiciones que le permiten suprimir las represiones de sus tendencias
inconscientes. Los caracteres aparentemente nuevos que entonces manifiesta
son precisamente exteriorizaciones de lo inconsciente individual; sistema
en el que se halla contenido en germen todo lo malo existente en el
alma humana.
La desaparición en estas circunstancias de la conciencia o el
sentimiento de la responsabilidad, es un hecho.
El nódulo de lo que denominamos conciencia moral era la angustia
social.
El segundo:
El contagio mental
Enlazado a los fenómenos de orden hipnótico.
Dentro de una multitud todo sentimiento y todo acto son contagiosos,
hasta el punto de que el individuo sacrifica muy fácilmente su
interés personal al interés colectivo, actitud contraria
a su naturaleza y de la que el hombre solo se hace susceptible cuando
forma parte de una multitud.
El tercero:(El más
importante):
La sugestibilidad.
El individuo sumido algún tiempo en el seno de una multitud activa
cae pronto en un estado particular, muy semejante al estado de fascinación
del hipnotizado entre las manos de su hipnotizador. Se paraliza la vida
cerebral del sujeto hipnotizado, se convierte éste en esclavo
de todas sus actividades inconscientes, que el hipnotizador dirige a
su antojo; quedan abolidas ciertas facultades y pueden ser llevadas
otras a un grado extremo de exaltación, se lanzará con
ímpetu irresistible a la ejecución de ciertos actos, la
sugestión se intensificará al hacerse recíproca.
Perdidos todos los rasgos personales para convertirse en un autómata
sin voluntad.
Freud señala que el contagio y la sugestibilidad deben ser considerados
de la misma naturaleza, pues el contagio es un efecto de la sugestibilidad.
Le Bon expresa que por el sólo hecho de formar parte de una multitud,
el hombre desciende varios peldaños en la escala de la civilización,
en multitud es un istintivo y por lo tanto un bárbaro. Tiene
la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también los entusiasmos
y heroísmos de los seres primitivos.
El hombre solo puede ser hasta inteligente pero cuando se junta con
otros se vuelve torpe. Para algunos hombres de ciencia la masa es la
personificación de la necedad. ( pág. 31-36)
Según Le Bon: la multitud es impulsiva, versátil e irritable
y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente. El mismo instinto
de la conservación se apaga y se anula ante ésta, obedece
a impulsos del más variado valor moral; nobles o bajos, valientes
o cobardes, pero siempre imperiosos. Hombres tímidos, posiblemente
cobardes, incapaces de matar una mosca, son verdaderas y heroicas fieras
dentro de una muchedumbre.
Se podría asegurar que una muchedumbre de cobardes se convierte
en una muchedumbre de valientes, que afrontan todos los riesgos con
un coraje fantástico. Lo único que se requiere para que
esa reacción heroica del individuo se produzca, es que la fusión
de éste con la multitud sea completa, es decir que halla una
suerte de olvido total de que él es un individuo. La multitud
no sabe pensar tampoco por cuenta propia; nada más fácil
que hacerle creer todo a la multitud, no tiene sentido crítico;
solo cuando se disgrega, cuando los individuos readquieren su personalidad,
empiezan a hacer el examen de lo que oyeron.
Es fácil obtener la adhesión de una muchedumbre, es dificilísimo
conseguir la de un hombre. Tanto el niño como la multitud exageran
el sentimiento negativo hasta el punto de que una simple antipatía,
casualmente nacida, se transforma de inmediato en un odio feroz. También
ocurre que la multitud y el niño adquieren los afectos con la
misma rapidez.
Al hombre a quienes las multitudes consagran ídolo es fácil
y frecuente verlo mañana polarizando sus odios.
La multitud es dominada, seducida rápidamente por frases brillantes
o imágenes vivas, por alardes enfáticos y ademanes aparentemente
heroicos. Es tan autoritaria como intolerante, respeta las fuerzas y
no ve en la bondad sino una especie de debilidad que le impresiona muy
poco.
Lo que la multitud exige de sus héroes es la fuerza e incluso
la violencia; abriga en el fondo irreducibles instintos conservadores
y como todos los primitivos, un respeto fetichista por las tradiciones
y un horror inconsciente por las novedades susceptibles de modificar
sus condiciones de existencia.
La masa suele llegar a asumir actitudes de desinterés y sacrificio.
Es verdaderamente curioso el efecto mágico que ciertas
palabras y ciertas fórmulas ejercen sobre la multitud. Provocan
en ellas las más violentas tempestades o los júbilos más
estruendosos. De allí la confianza que en sus artes tienen ciertos
caudillos; no importa que ellos sean unos necios y que contra ellos
actúen hombres de talento y responsabilidad moral y política;
los argumentos y las razones de estos quedarán anulados ante
ciertas palabrejas que los caudillos saben decir a sus huestes y las
cuales dominan por entero.
Las aspiraciones de la multitud son ilusorias o mejor dicho, vive
siempre deseando la realización de sus ilusiones y dando
preferencia a lo fantástico sobre lo real o, peor todavía,
no hacen distingo alguno entre lo fantástico y lo real.
Según Freud este predominio de la imaginación y de la
ilusión es un fenómeno característico de la psicología
de las neurosis. Para un neurótico no presenta ningún
valor la realidad objetiva y sí solamente la realidad psíquica.
El síntoma histérico se funda en la fantasía y
no en la reproducción de lo realmente vivido. Un sentimiento
obsesivo de culpa reposa en el hecho real de un mal propósito
nunca llevado a término. Igual que sucede en el sueño
y en la hipnosis, en la actividad anímica de la masa la prueba
por la realidad sucumbe a la energía de los deseos cargados de
afectos. Señala que la multitud necesita un jefe y es preciso
que éste se halle dotado de ciertas condiciones personales, que
tenga intensa fe en una idea, sin lo cual no sería capaz
de hacer surgir la fe en las multitudes.
Le Bon afirma que el conductor de multitudes debe ser dueño de
una voluntad potente e imperiosa, como para domeñar a la multitud
y sugestionarla dándole ánimos, ya que la multitud carece
de voluntad por naturaleza. En el director de multitudes existe un poder
misterioso e irresistible al cual se da el nombre de prestigio
y éste es una suerte de fascinación ejercida sobre nuestro
espíritu por un individuo, una obra o una idea. Esta fascinación
paraliza nuestras facultades críticas y llena nuestra alma de
asombro y de respeto. Los sentimientos provocados son inexplicables,
del mismo orden que la sugestión experimentada por un sujeto
magnetizado. (pág. 37 45)
Teniendo en cuenta todo lo expuesto, considero que vale la pena reflexionar
respecto a nuestra conducta social, respecto a nuestras relaciones con
los diversos tipos de grupos, pues la práctica como criterio
valorativo de la verdad, indica que los razonamientos del hombre, alcanzados
por su evolución biosocial durante muchos siglos, no deben sucumbir
ante lo instintivo, ante lo inconsciente. De hecho, lejos de evolucionar,
nos hundiríamos cada día más en el lodo
de la involución humana.