«¿Llegaremos a tecnología
100, pensamiento 0?»
José Saramago
"... No hemos sabido / construir / los puentes / que debimos /
y hoy andamos / sin brújula y caminos", escribí en
Cartagena de Indias en 1994. Hoy, siete años después,
por unas baratijas de bisutería -la historia se repite- se sigue
deslumbrando nuestra capacidad de percepción y se aminora nuestra
memoria. Las luces del escenario presente son tan fuertes que resulta
difícil mirar hacia el pasado y el futuro. Luces de candilejas,
decorados falsos, que nos hacen perder calado intelectual y rumbo humano.
Estamos, sin pretenderlo, hasta sin saberlo, aceptando la relegación
de lo universal, enraizado desde siglos, en aras de unos conceptos y
estilos impuestos desde poderosas instancias de injerencia espiritual.
Cada vez mayor uniformidad, cada vez las hebras del tejido popular de
más pálidos colores... ¿Ciegos, sordos, insensibles?
No. Confusos, desconcertados. Sumergidos en noticias escandalosas, en
catastróficos sucesos. Cada vez mayor el ruido, cada vez mayor
la dificultad de sintonizar con nosotros mismos.
Revistas y programas de televisión «del corazón»,
noticias de los «famosos» (!), eventos deportivos, «conectados»
a la Red o a la telefonía móvil..., distracción,
evasión, espectadores de casi todo y actores de casi nada, por
lo que cada día tenemos menos tiempo para pensar, para reflexionar,
para elaborar respuestas propias -que en esto consiste la educación-,
para participar, para sentir, para disentir, para protestar, para contar
como ciudadanos y no sólo ser contados. Cada vez más receptores
pasivos, cada vez menos protagonistas activos. Lo que realmente es importante
para los ciudadanos, aparece en ráfagas casi inadvertidas. Como
el drama de quienes, por tantas promesas incumplidas, llegan con otro
color de piel y otras creencias a las costas de la Europa de la abundancia.
Cada vez -ahora que, por fin y a qué precio, disfrutamos de libertad
irrestricta de expresión- menor capacidad para manifestar nuestros
puntos de vista, un léxico más restringido... Chats en
los que, con excepciones, la conversación se reduce a convencionalismos
y simplezas y, a continuación, el uso de «los portátiles»
con sintéticos mensajes. Y el tiempo de aprender, de leer y de
escuchar se escapa irremediablemente. Se hace realidad una nueva esclavitud:
la que nos impide meditar y conduce a un vocabulario reducido para elaborar
y transmitir nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, para explicar
aquello en que creemos, que soñamos, que amamos, que rehusamos.
Sin brújula propia, cada vez más guiados por itinerarios
ajenos, por dictados interesados en hacernos consumidores obedientes,
el sometimiento se hace mayor. Cada vez, más respuestas de fuera,
menos de dentro. Cada vez, más silencio, mayor docilidad, mayor
sumisión. Las «horas vuelven y nos hallan instalados y
dóciles», escribió Jesús Masip en su Libro
de horas. Sí, aquellos alegatos, aquellas convicciones, aquella
rebeldía que otrora nos llenaba de palabras, de gritos, de alegría
de vivir, de razones para vivir, se ha ido desvaneciendo, difuminando,
extinguiendo. Se ha sustituido por artificios, por los bolsillos más
colmados y la mente más vacía, distraída, apresurada.
Y sobreviene la rutina, la monotonía, la dependencia de artificios,
el empobrecimiento espiritual. La incapacidad de argüir, de inventar,
de opinar. Tendremos que cambiar para que no se haga realidad la terrible
pregunta de José Saramago. Sería otra forma de dependencia.
De estar, pero no ser. Otra forma de sometimiento, de expropiación
espiritual, de abdicación de la soberanía personal.
»Un lenguaje, una forma de pensar», constituye una de las
más graves amenazas que pesan en estos momentos sobre la humanidad.
Rodeados de artefactos, los jóvenes de la sociedad saciada se
mueren con frecuencia de aburrimiento y de desidia. Rodeados de todo,
no tienen casi nada que valga algo. No piensan en los demás.
Sólo en ellos. Sólo en su soledad acompañada, sin
asideros ni puntos de referencia para hacer frente a las cuestiones
esenciales. Quizás nos están diciendo, con su actitud,
que están cansados de cachivaches que no pidieron, de bienes
materiales que no han soñado, que no carecen de nada y que les
falta todo, que buscan ahora el consuelo que no hallaron antes, la mano,
la caricia, la sonrisa que, con el ritmo de la vida moderna y los desconchados
del espacio familiar, no alcanzaron a tiempo sus mejillas y sus labios.
Con frecuencia se transfieren a la escuela responsabilidades que pertenecen
de lleno a los progenitores. Pero el comportamiento no se compra, se
construye día a día, pieza a pieza, lazo a lazo. ¿No
será que expresan el desencanto hacia una sociedad que permanece
insensible al espectáculo -que a Miguel Hernández le dolía
«como una grandiosa espina» -de los niños que se
mueren de hambre, que son explotados por unos desalmados -de los que
somos cómplices- en la calle, en los tajos de trabajo, en los
batallones de mercenarios...?
Estamos acelerando de nuevo la maquinaria de guerra para la defensa
de nuestras fronteras, estamos comprando aviones y tanques para protegernos
de eventuales y poco probables ataques a la integridad de nuestros territorios...,
mientras sus habitantes y el medio ambiente se deterioran; mientras
se trivializan las cosas esenciales y el espíritu se expropia.
El único legado, el único regalo que podemos hacer a nuestros
hijos y nietos es el del futuro que, según la promesa de Antonio
Machado, no está todavía escrito. Y no permitiremos que
nadie lo escriba en su nombre.
¿Alguien tiene mérito por su raza, por su lugar de nacimiento,
por el color de su piel? ¿Alguien eligió ser hombre o
mujer? ¿Alguien eligió existir? Nuestro mérito
empieza con la acción. Depende de nuestro comportamiento. Es
este comportamiento cotidiano, que constituye la máxima definición
de cultura, el que debe permitir a cada ser humano, capaz de crear,
desmesurado, impredecible, inmensurable -»barro iluminado, mas
barro luminoso»-, construir este edificio nuevo que anhelamos,
para iluminar nuestro horizonte común con los valores democráticos
de justicia, libertad, igualdad y fraternidad.
La democracia, la voz del pueblo, constituye el único contexto
en que los actuales derroteros torcidos pueden enmendarse. Pero la democracia
necesita traspasar las fronteras, situarse a la altura de los grandes
desafíos: progresivamente, los Estados se han asociado en las
agrupaciones regionales. Las grandes empresas han formado conglomerados
de gran fuerza política, económica, tecnológica
y mediática. La voz del pueblo, representada por las organizaciones
no gubernamentales y por las instituciones de toda índole que
representan una visión, una cultura, unos objetivos, deberán
asociarse igualmente para alcanzar los niveles de interlocución
apropiados. De otra manera, no podrán ser escuchados sus planteamientos
y reivindicaciones por quienes constituyen estas colosales estructuras
de poder.
La democracia es la solución. Pero asegurando su autenticidad
y perfeccionamiento constante, empezando por los países que imponen
los modelos de desarrollo a los demás. Democracia en todo el
mundo, sí; democracias «vigiladas» -el recuerdo de
la siniestra Operación Cóndor está demasiado presente
todavía- por los países más poderosos y las instituciones
por ellos ahormadas, no.
No carecemos de orientaciones ético-jurídicas. No estamos
faltos de asideros morales a escala mundial: quiero citar, por parecerme
especialmente relevantes, la Declaración Universal de los Derechos
Humanos (1948), la Declaración sobre la Tolerancia (1995), la
Declaración sobre el Genoma Humano (1997), la Declaración
y Plan de Acción sobre una Cultura de Paz (1999) y, en el ámbito
ecológico, la Agenda 21 (1992) y la Convención de Kyoto
(1998). Sin embargo, no se cumplen. ¿Por qué? En primer
lugar, porque las Naciones Unidas son débiles y se pretenden
reducir -cada vez con menos medios- a una agencia de acción humanitaria
y de mantenimiento (que no de construcción) de la paz. En segundo
lugar, porque no se consiguen aplicar a escala nacional los criterios
universales, único camino para que no permanezcan impunes las
transgresiones. En tercer lugar, por la fragilidad progresiva del Estado
y la aglomeración de poder público y privado comentada
más arriba.
La gran posibilidad, la gran esperanza es el clamor del pueblo: lograr
que se escuche la voz de la gente. ¿Cómo hacerse oír?
Uniendo todas las voces. Todos juntos, todos distintos. Tejiendo una
gran red de redes que, gracias a los modernos medios de telecomunicación,
nos permita llegar a los oídos de los decisores. Facilitando
a los parlamentarios, a los medios de comunicación, a los gobernantes,
elementos para la definición de políticas y estrategias
que se basen en el rigor científico y en la anticipación.
La misión principal de las Universidades y los centros de investigación
-torres de vigía y fuentes de conocimientos- es diseñar
los escenarios posibles y procurar que se corrijan los rumbos de tal
manera que se descarten aquellos que son más negativos para la
especie humana en su conjunto. Saber para prever, prever para prevenir.
»La respuesta es tecnología», dijo sir John Daniel,
rector a la sazón de la Universidad Abierta del Reino Unido.
Y añadió con ironía: «¿Cuál
era la pregunta?». La respuesta -quedó bien claro después-
es educación para todos a lo largo de toda la vida. Educación
que confiere «soberanía personal», capacidad de participación,
plena ciudadanía. Tendremos que, urgentemente, en una vasta acción
educativa de gran calado -familia, escuela, parlamentos, consejos municipales,
medios de comunicación-, distinguir bien los fines de los instrumentos,
los valores de los precios. Y no recortar las alas del espíritu
ni, sobre todo, expropiarlo. Darle, bien al contrario, el espacio infinito
que le corresponde.