Requiem por un
muerto que aún vive
Soy un auto americano
de inicios de los cincuenta,
la geriatría en su cuenta
ya me tiene por anciano.
Fui de un médico cubano
cerca del cine Payret.
Era raudo como un jet
con orgullo de monarca;
no recuerdo bien mi marca,
creo que era Chevrolet.
Me queda intacto el honor,
pero no soy el de antes;
después de tantos transplantes
me duele mucho el motor.
Sufro del carburador
que hace poco se me puso.
Ya vencido por el uso
me refugio en mis tristezas,
cada una de mis piezas
lleva un letrerito ruso.
Meses de chapisterías
me volvieron camioneta;
y fui, con dueño maceta,
transporte de fechorías.
Escapé a los policías
muchas veces por azar.
Soy un auto de pasear,
sólo sirvo para eso.
Mi dueño al fin cayó preso
y lo van a condenar.
Ahora no me va tan mal,
hasta mi aspecto progresa.
Me asignaron a una empresa
y tengo chapa estatal.
Mi estructura de metal
vibra con nuevos pistones.
Ya libre de restricciones
me emplean todos los días,
en iguales fechorías
que aquí se llaman gestiones.
El peso cubano
Yo soy el peso cubano,
aún me dicen así;
pero de aquello que fui
ya soy un recuerdo vano.
Yo fui el orgullo antillano;
compraba playas y hoteles,
cafeterías, burdeles,
automóvil y comida.
Yo era el centro de la vida,
y eran millones mis fieles.
A mí siempre me asustó
el dólar como enemigo;
hace tiempo fue mi amigo,
pero al fin me derrotó.
Su victoria no bastó
para saciar su arrogancia;
y con esta petulancia
de sadismo vil y cruel,
me ha dejado hecho un papel
sin la menor importancia.
Tan destrozado quedé
que resultó al fin y al cabo
valer menos que el centavo
que otrora representé.
Me arrojan de un puntapié
de cualquier cafetería,
y es tan pobre mi valía
que con todo lo que integro
sólo en el mercado negro
compro alguna bobería.
Soy paga del pobre obrero
que venido a menos viene;
vive igual el que me tiene,
que el que vive sin dinero.
Me desprecia el mundo entero,
dicen que no valgo nada;
sólo compro jamonada
de soya y sobres de sopa,
o alguna pieza de ropa
que aquí llaman reciclada.
Viaja el dólar de etiqueta
en guaguas que son mansiones;
yo viajo solo en camiones,
y a veces en bicicleta.
Al dólar se le respeta,
Él es todo un caballero.
Donde él oye el lisonjero:
¿Qué desea usted, señor?,
yo escucho lleno de horror:
No puede entrar, compañero.
San Dollar
Soy un trozo de papel,
cuando a mano, buen amigo;
y corrompo al enemigo
hasta serlo ser infiel.
Soy corrupto hasta lo cruel,
mido a todos con mi vara.
Si mi poder desampara,
la vida es todo derrota.
No creo ni en el patriota
que represento en mi cara.
Ostento tanto poder
que si llamo con empeño
los hombres cambian de dueño
si así me logran tener,
Si devaluado he de ser,
cual vieja moneda etrusca,
mi enemigo más se ofusca
encerrado en su parodia,
y siendo quien más me odia,
con más frenesí me busca.
Yo soy parte del hogar,
sea bueno o sea malo;
vengo siempre de regalo
y me presento al azar.
El que me logra alcanzar,
con mi poder se reviste.
La vida sin mí no existe,
yo soy de la vida el centro,
allí donde yo no entro,
nadie come ni se viste.
Soy el Genio de Aladino
haciendo cumplir deseos;
hoy hasta los más ateos
creen en mi poder divino.
Soy la llave del buen vino;
sin mí no hay pasta de dientes,
jabones ni detergentes,
carne, queso ni sardinas;
y doy hasta concubinas
a los ancianos dementes.
Identidad
Yo soy la cubanidad
y llevo como envolturas
mezcla de varias culturas
que hacen una identidad.
Soy múltiple en mi unidad,
y así indivisible y sola
yo soy la sangre española,
sangre de caldo fecundo
Que vino del viejo mundo
como una errante amapola.
Soy el compendio antillano
que allá en su remoto origen
surgió de sangre aborigen
y sufrimiento africano.
Así nació lo cubano:
como flamante crisol.
Cañaveral bajo el sol
que en la hoja y el cogollo
se vio tan verde y criollo
que no fue más español.
No soy indio ni africano,
y español, de ningún modo;
resumo en los tres un todo
que se hace llamar cubano.
A menudo tengo a mano
un islámico ojalá;
creo en Dios y en Yemayá,
y visto en forma sencilla:
con pitusa de mezclilla
y un collar de Obatalá.
Prefiero el arroyo al mar,
el ron puro a los jaiboles,
y el arroz y los frijoles
me gustan más que el caviar.
Me gusta oír el trinar
del monte con su canción.
Soy rueda de un carretón
que traza en chirreante giro
la silueta del guajiro
símbolo de la nación.