Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002


RELIGIÓN

 

PAPA JUAN XIII:
DE LOS CAMPOS DE LA COLOMBERA A LA CÁTREDA DE SAN PEDRO

P. Joaquín Gaiga

El Papa Juan XXIII

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Tal vez las recientes noticias acerca del traslado del cuerpo del Papa Juan XXIII, encontrado incorrupto después de 38 años desde su muerte, han despertado nuevo y saludable interés con respeto a su vida que, como la de todos los grandes hombres de Dios inspira y fomenta las mejores virtudes.
Por eso me comprometí en documentarme, resumir y brindarles estas noticias acerca de las etapas de su vida, los rasgos más fascinantes de su personalidad, las motivaciones que llevaron a la autoridad de la Iglesia a levantarlo, en tan breve tiempo, a los honores de los altares, pues hoy lo veneramos como el “Beato Juan XXIII”.
El futuro Papa Juan XXIII nació en Sotto il Monte, pintoresco pueblecito de la provincia de Bérgamo en el norte de Italia, el 25 de noviembre de 1881. Era el cuarto hijo de Mariana y Bautista Roncalli; después nacerán otros hermanos. Era el primer varón después de tres hermanitas. La fe de sus familiares y la preocupación de consagrarlo al Señor cuanto antes era tan grande que, el mismo día, dejando a la mamá descansar en su cama después de las fatigas del parto, papá Bautista y tío Severo fueron a buscar al párroco Don Rebuzzini para hacerlo bautizar enseguida dándole el nombre de Angelo Roncalli.
Angelito creció en un clima familiar muy sano de arraigadas costumbres cristianas y de amor a la tierra y al trabajo campesino. Los Roncalli eran medieros y tenían que repartir la recolección con los dueños de la hacienda. Llegado a la edad escolar, pudo cursar hasta el primer grado en su pueblecito con buenos resultados. Más difícil fue proseguir sus estudios en Celana, pueblo para llegar al cual Angelito tenía que recorrer en compañía de un amigo 7 kilómetros a pie a veces obstaculizado por la lluvia o la nieve.
En aquella época los maestros a menudo eran los mismos párrocos. Y su párroco y maestro, Don Francesco Rebuzzini, pronto se transformó para Angelito también en su modelo de vida.
El 1 de octubre de 1893 entraba en el Seminario de Bérgamo. En 1895, cuando tenía apenas 14 años, empezó a escribir, de acuerdo con su padre espiritual, aquellas frecuentes notas que, cuadernillo tras cuadernillo, terminaría por constituir su famoso “Diario del Alma” que por cierto tiempo se convirtió en uno de los libros más leídos del mundo. Recientemente Juan Pablo II lo juzgaba “Una rica herencia espiritual. En sus páginas se puede admirar de cerca el esfuerzo diario con el que, ya desde los años del seminario, el nuevo beato quiere corresponder plenamente a la Acción del Espíritu Santo.”
En octubre de 1898, después de haber cursado con buenos resultados los estudios clásicos, empezaba la Teología. Pero a los 20 años tuvo que presentarse en Bérgamo al 73º regimiento de infantería para cumplir con el servicio militar y lo hizo de manera ejemplar ganándose pronto los galones de cabo y después de sargento.
Al terminar el servicio militar obligatorio, sus superiores lo enviaron a concluir sus estudios teológicos en Roma. Era consagrado sacerdote el 10 de agosto de 1904. Por su buena inteligencia, después de haber celebrado su Primera Misa en Sotto il Monte entre el gozo y la felicidad de sus padres, familiares, amigos y paisanos, el obispo volvía a enviarlo a Roma para cursar dos años y doctorarse en Derecho Canónico.
En 1905 el nuevo obispo de Bérgamo Mons. Radini Tedeschi lo nombraba su secretario. En Mons. Radini Tedeschi Don Angelo Roncalli encontró a un obispo incansable en su trabajo pastoral y al mismo tiempo de delicada bondad y gran humildad. Mons. Radini murió el 21 de agosto de 1914, cuando a Europa ya enfurecía la Primera Guerra Mundial. El 23 de mayo de 1915 también Italia entraba en guerra contra Austria, lanzando a las trincheras de los Alpes casi un millón de soldados y 23.000 oficiales para reconquistar los territorios alpinos siempre considerados naturales confines de la Patria.
También Don Angelo Roncalli recibía la cartulina precepto. Su destino era el hospital militar de Bérgamo donde ya llegaban desde el frente los primeros heridos. Entre ellos Don Angelo no tuvo descanso, alternándose entre la tarea de vendar las heridas de sus cuerpos y sanar las de sus almas, recogiendo los últimos deseos de moribundos y acompañándolos al encuentro con Dios.
Por más de tres años, hasta el 4 de noviembre de 1918, cuando finalmente para Italia llegaba la victoria definitiva y la paz, Don Angelo estuvo a la cabecera de cientos de pobres soldados destrozados en uno de los frentes de aquella guerra que había dejado a Europa con un saldo de 40 millones de muertos.
En 1921, el Papa Benedicto XV lo nombraba su Prelado Doméstico y lo llamaba a Roma para dirigir la obra de la Propaganda de la Fe. Don Angelo dejaba con pena a su querida Bérgamo aceptando con humildad y obediencia y comprometiéndose con diligencia en el nuevo encargo.
Al Papa Benedicto XV, que falleciera el 22 de enero de 1922, le sucedía el cardenal de Milán, Aquiles Ratti, a quien Mons. Roncalli, acompañándolo en visita a algunas iglesias de Roma poco antes del Cónclave, le había dicho: “¿Puedo augurarle que el Espíritu Santo descienda sobre usted?”.
En 1925, el nuevo Papa, que había asumido el nombre de Pío XI, llamaba a Mons. Angelo a otra difícil tarea: la de visitador apostólico en Bulgaria: nación entonces destrozada por la guerra y donde la religión oficial era la ortodoxa y los 50 mil católicos estaban en una situación de extrema pobreza y abandono. Consagrado obispo cuando no tenía 44 años, Mons. Ángelo llegaba a Sofía el 25 de Abril de 1925. La capital búlgara se encontraba como en un estado de asedio por un reciente atentado contra la vida del rey Boris III.
Diez años duraba la problemática misión diplomática de Mons. Roncalli en aquella delicada frontera, hasta el otoño de 1935 cuando era nombrado Delegado Apostólico de Turquía y Grecia. Llegaba a Estambul el 6 de enero de 1935. También allí lo esperaba una delicada misión diplomática. La capital turca todavía no se había levantado del todo de las ruinas de la primera guerra cuando, Hitler, en 1939, con el signo de la cruz gamada, lanzaba su gigantesco ejército a la conquista de Europa: estallaba la II Guerra Mundial. El corazón del Papa Pío XI, que había hecho lo posible para detener la guerra, cedía de golpe. Le sucedía el Papa Pío XII (P.Pacelli). En aquel período Mons. Angelo perdía a su anciana madre Mariana.
En octubre de 1940 también Mussolini envía varias divisiones italianas, primero a las fronteras de Grecia y Albania, y más tarde de Rusia, mientras también en África se combate. El cerco de guerra se cierra alrededor de Grecia y Mons. Roncalli se muda para Atenas : “Tengo que estar allí, entre los que mueren de hambre”. Al fin en enero de 1942 el Papa Pío XII y la Cruz Roja, hacen llegar a Grecia 8, 000 toneladas de trigo, solicitadas por el futuro Papa.
Al mejorar la situación en Grecia, vuelve a Estambul donde, gracias a sus negociaciones, pudo llevar a un puerto seguro un barco de niños hebreos que huían de la locura genocida de Hitler.

El Papa Juan XXIII

Su solicitud vuelve hacia Grecia a mediados de 1944, cuando también sus gestiones y mediaciones consiguen que Atenas sea reconocida “Ciudad abierta” y no sea minada por los alemanes y volados al aire sus históricos monumentos, al llegar a la ciudad la primera columna inglesa.
En noviembre de aquel mismo año (1944), era nombrado Nuncio Apostólico de Francia y enviado a París a donde llegaba en avión al aeropuerto de Orly, el 30 de diciembre. Francia también estaba sufriendo los últimos terribles meses de la guerra en un clima de gran tensión y nerviosismo. De Gaulle le reservó al nuevo Nuncio una acogida bastante fría y formal, mientras que escuetas y sencillas, pero ricas de humanidad fueron las palabras de respuesta de Mons. Roncalli. También allí se reveló el hombre del equilibrio y de la conciliación. Su gran calma y lealtad lograron solucionar cuestiones muy candentes, entre ellas la liberación de los mismos soldados alemanes al finalizar la guerra, la disminución de 30 a sólo 3 de los obispos que los comunistas franceses exigían que dimitieran. Terminada la guerra, se dedicaba sobre todo a ayudar a la Iglesia francesa en su difícil tarea por falta de sacerdotes. Le preocupaba la difusión del laicismo y comunismo, pero al mismo tiempo lo entusiasmaba el dinamismo de los católicos cuyos representantes más prestigiosos fueron el P. Claudel y Moriac.
El secreto de su mansedumbre y serenidad constantes estaba en aceptar todo como venido de la mano de Dios: la vida, la muerte, el éxito como la humillación.
En 1951, firmado por Mons. Montini, futuro Papa Pablo VI, le llegaba a Mons. Roncalli el telegrama de su nombramiento de cardenal. Será el presidente francés Auriol, socialista y anticlerical, pero su gran amigo y admirador, por los lazos humanos que Mons. Roncalli sabía tejer, quien le puso el birrete rojo.
Poco después de la muerte de Mons. Carlo Agostini, patriarca de Venecia, era llamado a reemplazarlo.
Llegaba a la ciudad de las góndolas el 15 de mayo de 1953, calurosamente acogido por los venecianos, con los cuales pronto instauraba relaciones muy sencillas y familiares, haciéndose fama de hombre muy cercano al pueblo: paseaba por las calles, hablaba con la gente como uno cualquiera, viajaba en el vaporcito como la gente común, se divertía con los palomos de la Plaza de San Marcos, era muy atento a los problemas de los obreros de los astilleros, de los niños y ancianos, muy cercano a sus sacerdotes.
Al mismo tiempo se mostraba capaz de llamar eficazmente la atención sobre los sacrosantos valores morales cristianos en la Venecia del boon turístico, del Festival cinematográfico, de la Bienal de Arte, del Casino, del Lido, etc. En Venecia, para visitar a su gran amigo Roncalli, llegaba hasta el presidente de Francia Auriol.
En la tarde del 9 de octubre de 1958 fallecía el Papa Pío XII, Mons. Roncalli dejaba la ciudad de la Laguna rumbo a la ciudad eterna para participar en las exequias del Papa y después en el Cónclave para la elección del nuevo pontífice. Alguien le recordaba como su predecesor, el cardenal Sarto después Papa Pío X, había cometido el error de pagar el billete de ida y vuelta y le invitaba a no repetirlo por si acaso el Espíritu Santo le preparase la misma sorpresa. Al que Mons. Roncalli respondía: “¡Qué Dios me libre de tal desventura!”
Al terminar las ceremonias fúnebres de Pío XII y acercarse el comienzo del Cónclave, sobre todo la prensa italiana, irreverente y fastidiosa en este sentido, pronosticaba quien habría sido el nuevo papa. El nombre de Roncalli estaba lejos de entrar en los pronósticos que, como en otras circunstancias, el Espíritu Santo desbarataba en pleno.
Pues la undécima fumarada de la chimenea de la Capilla Sixtina, el 25 de octubre de 1958, anunciaba que la Iglesia Católica tenía a su nuevo pontífice en el Cardenal Angelo Roncalli, que tomaba el nombre de Juan XXIII : “Me llamaré Juan. Es el nombre de mi papá, y el nombre del apóstol del amor...”
Al recibir la noticia por la radio y por primera vez las imágenes televisivas de lo que precede, acompaña y sigue inmediatamente a la elección de un Papa directamente desde Roma, las campanas de las Iglesias de Bérgamo y de Venecia se lanzaban al cielo con incontenible alegría.
Sin embargo, el comentario de la gente al dejar la Plaza de San Pedro, después de haber visto y recibido el primer paternal saludo del nuevo papa era: “¿Roncalli? ¿Quién es? Ah, ese viejecito de Venecia. Entonces han nombrado a un papa de transición...” Otros añadían: “No es guapo, pero tiene cara de bueno”:
Pero otra vez el Espíritu Santo preparaba sus sorpresas. Los primeros encuentros del Papa Roncalli con las muchedumbres resultaron de una familiaridad y sencillez impresionante, pronto la gente lo bautizó definitivamente como el “papa bueno”, no porque los demás papas fueran malos, sobre todo los del siglo XX, sino porque la bondad y la mansedumbre, fruto de un don de la naturaleza y de una conquista personal al mismo tiempo, eran tan transparentes y comunicativas en este hombre que, toda maldad y empuje polémico quedaban desarmados al encontrarse delante de él. Cultos y sencillos, todos con él se encontraban bien y se caían todas las máscaras: “ Les habla el hijo del viñador Roncalli –les dice a un grupo de campesinos- y si el buen Dios no hubiera hecho de mí un Papa, me habría gustado ser campesino como ustedes”...


Innumerables serían las anécdotas que contar y que lo hicieron sentir tan cercano al pueblo y al mismo tiempo capaz de acercar el pueblo a la bondad de Dios. Señalaba a los hombres los caminos de Dios con la naturalidad del viandante que enseña el camino a otro viandante. Y a la gente, tras la primera sorpresa, le gustaba un mundo que el Papa estuviera así.
Además, el “viejito de Venecia”, el “Papa de transición”, el “Buen abuelito de la Iglesia” en breve asombraría a todo el mundo dando vivas iniciativas y cambios extraordinarios y colocándose al centro de acontecimientos epocales.
En su sencillez conocía a fondo las amenazas que se cernían sobre el horizonte de la humanidad: el Marxismo ateo, el nuevo paganismo y consumismo occidental, el hambre del “tercer mundo”, y la división de los cristianos. Era para empujar a toda la cristiandad a enfrentarse con más lucidez con estos grandes problemas que, a los 81 años de edad, convocaba el Concilio Vaticano II, invitando a Roma a todos los 2700 obispos del mundo. Algunos por sus graves condiciones de salud no pudieron participar, pero eran 2498 los que presenciaron el comienzo de la gran asamblea. La ceremonia inaugural, trasmitida por muchas televisiones de Europa y de América, resultaba un espectáculo grandioso y conmovedor. Durante muchos años y varias veces la televisión italiana, y quizás otras, volverán a trasmitir las palabras con las cuales el Papa Juan XXIII saludaba la inmensa muchedumbre que, en aquella misma noche, se había congregado alrededor de los obispos proviniendo en procesión de los 4 puntos cardinales de Roma: “Continuemos queriéndonos bien. Mirémonos así, en el encuentro, para quedarnos con lo que une, olvidando lo que nos puede mantener desunidos. Al volver a casa, haced una caricia a vuestros niños y decidles que es la caricia del Papa.” E invitaba a mirar a lo alto, a la linda luna que en aquella noche parecía demorarse sobre el cielo de Roma a mirar, encantados, aquel espectáculo de fe. Y además de las palabras, para los acostumbrados al idioma italiano, era el tono tan paterno, sosegado y cariñoso con el cual las pronunciaba para golpear los corazones.
Pero precisamente pocos días después el mundo, que parecía haber finalmente encontrado a un pobre universal tan capaz de comunicar confianza en el futuro, se encontraba de improviso al borde del abismo, de una tercera guerra mundial y esta vez: nuclear. El 16 de octubre de 1962 el presidente de Estados Unidos Kennedy era informado y se les comprobaba con fotografías tomadas por los U-2 en sus vuelos sobre la Isla de Cuba, que allí técnicos soviéticos estaban rápidamente montando rampas para cohetes de cabeza nuclear.
A las 19 horas del día 22 de octubre todas las televisiones norteamericanas interrumpieron sus trasmisiones para dar espacio a la intervención del presidente que declaraba: “Cuba se ha empeñado con el tratado de Montevideo a no ceder ninguna base militar a naciones no americanas. Ahora ha permitido a los rusos instalar cohetes atómicos a setenta millas de los Estados Unidos. Esto no puede permitirlo nuestro país si queremos que amigos y enemigos sigan creyendo en nuestro valor y nuestro arrojo...” Naves y submarinos soviéticos y americanos surcaban en gran cantidad el Atlántico en aquellos días de gran incertidumbre y angustia para todo el mundo.
Mientras en la ONU se conferenciaba, el Papa dirigía su llamado a los más directos responsables de los acontecimientos para que conjuraran una amenaza tan desastrosa para le entera humanidad. Pero en Cuba el trabajo de las rampas no se paraba. El 27 de octubre Kennedy enviaba su última advertencia a Krushev: “Si no se desmantelan las rampas en el término de 24 horas, América recurrirá a las armas:” En la noche de la espera de la respuesta el Papa Juan XXIII transcurre largas horas de oración ante el Santísimo en su capilla. Cuando sale, aún no se sabe nada al respecto de las redes de información pero el rostro del Papa está sereno y: “No se preocupe –le dice a su secretario Mons. Capovilla- la cosa va a resolverse positivamente.” ¿Habrá recibido algún mensaje desde el cielo? De hecho, a las 9 del 28 a la Casa Blanca llega la respuesta de Krushev: “He dado orden de desmantelar las bases de Cuba., Ya no hay motivo para que existan, puesto que el presidente Kennedy me ha asegurado que la Isla no será atacada”.
Coincide con la jornada dominical aquel 28 de octubre y el mundo respira aliviado mientras el Papa da gracias a Dios desde el balcón de la Plaza de San Pedro.
Por lo demás, el Papa Juan XXIII marcaba un hito en las relaciones entre el Vaticano y Rusia recibiendo en audiencia a la hija del propio Krushev, Rada Kruscheva, y el director del diario soviético Izvestia. Era el comienzo del descongelamiento de estas relaciones.
Un mes después, Juan XXIII publicaba la “Pacem in terris”, carta encíclica que es sencilla y al mismo tiempo profunda invitación a la paz, a la verdad y a la justicia. El propio presidente Kennedy se declaraba muy complacido de este documento.
Pero otros tabúes había roto, en aquellos años, el Papa Juan XXIII. Si por ejemplo los otros papas después de su selección se habían quedado siempre en el Vaticano él, aunque con sus breves viajes a Asís y Loreto, inauguró la época de los papas viajeros y misioneros como Pablo VI, y sobre todo el actual Papa Juan Pablo II. Si estaba prohibido a los peregrinos subir a la cúpula de San Pedro en la hora en que el Papa paseaba por los jardines vaticanos, esta prohibición terminaba por voluntad del propio Papa que a menudo, desde los mismos jardines, respondía con la mano al clamor de los saludos que le llegaban desde arriba.
El peso de los años sin embargo y los síntomas de una grave enfermedad empezaron a hacerse sentir sobre todo al comienzo del año 1963. Entre una crisis y otra logró llevar hacia adelante con gran sacrificio su difícil tarea, pero en el mes de mayo las condiciones de su salud empezaron a deteriorarse de día en día.
El 21 de mayo se asomaba por última vez con gran esfuerzo para saludar a la muchedumbre reunida en la Plaza San Pedro en vísperas de la fiesta de la Ascensión: “¿Feliz fiesta queridos hijos? ¿Feliz fiesta de la Ascensión? Corremos tras el Señor que se eleva... ¿Saludos! ¿Saludos?”
Algunos, como el que escribe, que vivía en Italia en aquellos años, recordarán las imágenes televisivas cotidianas de la multitud que, desde la plaza de San Pedro, rezaba, miraba hacia la ventana del Papa acompañándolo en su agonía con el afecto de quienes lo sentían como el más entrañable padre.
Hasta el 3 de junio duró la agonía del “Papa bueno” que, desde su cama, seguía dando lecciones de gran humanidad de franciscana entrega a la hermana muerte que llegaba para él a las 19,49 de aquel día.
Pocos años después para el hijo del viñador Roncalli, empezaban las etapas de su camino hacia la gloria de los santos. Casi enseguida Sotto il Monte y su casa natal, donde se podía visitar hasta el cuartico donde mamá Mariana lo había dado a luz, se habían transformado en meta de peregrinación por muchas comitivas. Era posible entonces encontrar todavía vivo alguno de sus ancianos hermanos Saverio o José, gente genuina del campo que en su bondad y sencillez reflejaban y recordaban las de su más famoso hermano que, de los surcos de la hacienda la Colombera, había llegado a la cátedra de Pedro.
Peter Hebblethvaite al escribir una de las más valiosas biografias del Papa Juan XXIII admitía su asombro por “la bondad, valentía, la sobrenaturalidad y constancia para caminar hacia las metas que iba viendo”. Sin embargo no ocultaba lo que pudieran ser ingenuidades de este hombre de Dios y el hecho que algunas de sus decisiones pudieran ser imposiciones del ala más conservadora de la curia Romana. Todas estas cosas le hacían considerar poco probable la beatificación del Papa Juan.

El cuerpo incorrupto de Juan XXIII
con una proteción de cera en rostro y manos.


Pero el Espíritu Santo es capaz de sorprender hasta los más agudos historiadores. Pues en el Año santo 2000 llegaba a una conclusión positiva todo el largo y escrupuloso proceso canónico ejecutado a tal fin. No faltaba tampoco la prueba de un milagro logrado por intercesión del nuevo beato: la curación prodigiosa de sor Caterina Capitán. Así que el 3 de septiembre del mismo Año Santo Jubilar 2000 el Papa Juan XXIII y otros 4 nuevos beatos, entre ellos el Papa Pío IX cuya beatificación había sido tan auspiciada por el propio Juan XXIII, eran proclamados beatos en una solemne ceremonia celebrada en una plaza de San Pedro repleta.
Fue en aquella ocasión que Juan Pablo II, resumiendo lo esencial de la vida y santidad de su predecesor, habló de un hombre que “Conmovió al mundo por la afabilidad de su trato, que reflejaba la singular bondad de su corazón”. Y añadió: “Ha quedado en el recuerdo de todos la imagen del rostro sonriente del Papa Juan y sus brazos abiertos para abrazar al mundo entero. ¿Cuántas personas han sido conquistadas por la sencillez de su corazón, unida a una amplia experiencia de hombres y de cosas? Ciertamente la ráfaga de novedad que aportó no se refería a la doctrina, sino más al modo de exponerla, era nuevo su modo de hablar, y actuar, y era nueva la simpatía con que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra”. Recordaba cómo había sorprendido a todos y había dado un impulso extraordinario a la Iglesia y orientaciones útiles al mundo entero convocando el Concilio Vaticano II, llevado después a su conclusión por el Papa Pablo VI.
En fin, rememoraba el testamento por él entregado a la Iglesia en sus últimos momentos: “Lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la bondad”.
Pero no era esta la última sorpresa del “buen Papa Juan”. Como ya aludimos, al abrir la urna que contiene los restos mortales para la necesaria pericia en ocasión del proceso canónico, su cuerpo se encontraba incorrupto. Era sometido, por disposición de Juan Pablo II, a un tratamiento con vistas a su veneración en el altar de San Jerónimo, en la Basílica de San Pedro. En fin, en la solemnidad de Pentecostés de este año, el domingo 3 de junio, la urna que contiene los venerados restos era llevada en solemne procesión junto al altar donde el Papa Juan Pablo II celebraba, en la Plaza de San Pedro, la Misa de esta gran festividad del Espíritu Santo a cuya acción –subrayaba el papa en su homilía- Juan XXIII había sido docilísimo como sacerdote, como obispo y como pontífice. Y todo el contenido de la propia homilía era una resonancia de algunas de las profundas reflexiones del mismo Juan XXIII sobre el Espíritu Santo, hasta concluir con una linda oración por él mismo compuesta a la Tercera Persona de la santísima trinidad.
El Plan Pastoral que, en nuestra Iglesia cubana y pinareña, hace hincapié en la espiritualidad, en el encuentro con el Cristo Vivo, por eso parece oportuno concluir con estas otras palabras del Papa Juan Pablo II que, siempre hablando de Juan XXIII, subrayaba como su ejemplo nos enseña que: “La evangelización requiere la santidad y esta, a su vez, necesita la savia de la vida espiritual: la oración y la unión íntima con Dios mediante la Palabra y los sacramentos; en suma, necesita la vida personal y profunda en el Espíritu

Fuentes bibliográficas utilizadas
-“El Papa Bueno” – Teresio Bosco- Ediciones Paulinas
-“Lòbservatore Romano” n. 36-8 de septiembre del 2000 y n. 23- 8 de junio del 2001.
-“El buen Papa Juan” – Vida Nueva – 3 de junio del 2001.


 

Revista Vitral No. 50 * año IX* julio-agosto 2002
P. Joaquín Gaiga
Italia, (1947)
Párroco de Jesús Nazareno de Los Palacios, Diócesis de Pinar del Río. Ha escrito múltiples artículos en varias publicaciones.