Tal vez las recientes noticias acerca
del traslado del cuerpo del Papa Juan XXIII, encontrado incorrupto después
de 38 años desde su muerte, han despertado nuevo y saludable
interés con respeto a su vida que, como la de todos los grandes
hombres de Dios inspira y fomenta las mejores virtudes.
Por eso me comprometí en documentarme, resumir y brindarles estas
noticias acerca de las etapas de su vida, los rasgos más fascinantes
de su personalidad, las motivaciones que llevaron a la autoridad de
la Iglesia a levantarlo, en tan breve tiempo, a los honores de los altares,
pues hoy lo veneramos como el Beato Juan XXIII.
El futuro Papa Juan XXIII nació en Sotto il Monte, pintoresco
pueblecito de la provincia de Bérgamo en el norte de Italia,
el 25 de noviembre de 1881. Era el cuarto hijo de Mariana y Bautista
Roncalli; después nacerán otros hermanos. Era el primer
varón después de tres hermanitas. La fe de sus familiares
y la preocupación de consagrarlo al Señor cuanto antes
era tan grande que, el mismo día, dejando a la mamá descansar
en su cama después de las fatigas del parto, papá Bautista
y tío Severo fueron a buscar al párroco Don Rebuzzini
para hacerlo bautizar enseguida dándole el nombre de Angelo Roncalli.
Angelito creció en un clima familiar muy sano de arraigadas costumbres
cristianas y de amor a la tierra y al trabajo campesino. Los Roncalli
eran medieros y tenían que repartir la recolección con
los dueños de la hacienda. Llegado a la edad escolar, pudo cursar
hasta el primer grado en su pueblecito con buenos resultados. Más
difícil fue proseguir sus estudios en Celana, pueblo para llegar
al cual Angelito tenía que recorrer en compañía
de un amigo 7 kilómetros a pie a veces obstaculizado por la lluvia
o la nieve.
En aquella época los maestros a menudo eran los mismos párrocos.
Y su párroco y maestro, Don Francesco Rebuzzini, pronto se transformó
para Angelito también en su modelo de vida.
El 1 de octubre de 1893 entraba en el Seminario de Bérgamo. En
1895, cuando tenía apenas 14 años, empezó a escribir,
de acuerdo con su padre espiritual, aquellas frecuentes notas que, cuadernillo
tras cuadernillo, terminaría por constituir su famoso Diario
del Alma que por cierto tiempo se convirtió en uno de los
libros más leídos del mundo. Recientemente Juan Pablo
II lo juzgaba Una rica herencia espiritual. En sus páginas
se puede admirar de cerca el esfuerzo diario con el que, ya desde los
años del seminario, el nuevo beato quiere corresponder plenamente
a la Acción del Espíritu Santo.
En octubre de 1898, después de haber cursado con buenos resultados
los estudios clásicos, empezaba la Teología. Pero a los
20 años tuvo que presentarse en Bérgamo al 73º regimiento
de infantería para cumplir con el servicio militar y lo hizo
de manera ejemplar ganándose pronto los galones de cabo y después
de sargento.
Al terminar el servicio militar obligatorio, sus superiores lo enviaron
a concluir sus estudios teológicos en Roma. Era consagrado sacerdote
el 10 de agosto de 1904. Por su buena inteligencia, después de
haber celebrado su Primera Misa en Sotto il Monte entre el gozo y la
felicidad de sus padres, familiares, amigos y paisanos, el obispo volvía
a enviarlo a Roma para cursar dos años y doctorarse en Derecho
Canónico.
En 1905 el nuevo obispo de Bérgamo Mons. Radini Tedeschi lo nombraba
su secretario. En Mons. Radini Tedeschi Don Angelo Roncalli encontró
a un obispo incansable en su trabajo pastoral y al mismo tiempo de delicada
bondad y gran humildad. Mons. Radini murió el 21 de agosto de
1914, cuando a Europa ya enfurecía la Primera Guerra Mundial.
El 23 de mayo de 1915 también Italia entraba en guerra contra
Austria, lanzando a las trincheras de los Alpes casi un millón
de soldados y 23.000 oficiales para reconquistar los territorios alpinos
siempre considerados naturales confines de la Patria.
También Don Angelo Roncalli recibía la cartulina precepto.
Su destino era el hospital militar de Bérgamo donde ya llegaban
desde el frente los primeros heridos. Entre ellos Don Angelo no tuvo
descanso, alternándose entre la tarea de vendar las heridas de
sus cuerpos y sanar las de sus almas, recogiendo los últimos
deseos de moribundos y acompañándolos al encuentro con
Dios.
Por más de tres años, hasta el 4 de noviembre de 1918,
cuando finalmente para Italia llegaba la victoria definitiva y la paz,
Don Angelo estuvo a la cabecera de cientos de pobres soldados destrozados
en uno de los frentes de aquella guerra que había dejado a Europa
con un saldo de 40 millones de muertos.
En 1921, el Papa Benedicto XV lo nombraba su Prelado Doméstico
y lo llamaba a Roma para dirigir la obra de la Propaganda de la Fe.
Don Angelo dejaba con pena a su querida Bérgamo aceptando con
humildad y obediencia y comprometiéndose con diligencia en el
nuevo encargo.
Al Papa Benedicto XV, que falleciera el 22 de enero de 1922, le sucedía
el cardenal de Milán, Aquiles Ratti, a quien Mons. Roncalli,
acompañándolo en visita a algunas iglesias de Roma poco
antes del Cónclave, le había dicho: ¿Puedo
augurarle que el Espíritu Santo descienda sobre usted?.
En 1925, el nuevo Papa, que había asumido el nombre de Pío
XI, llamaba a Mons. Angelo a otra difícil tarea: la de visitador
apostólico en Bulgaria: nación entonces destrozada por
la guerra y donde la religión oficial era la ortodoxa y los 50
mil católicos estaban en una situación de extrema pobreza
y abandono. Consagrado obispo cuando no tenía 44 años,
Mons. Ángelo llegaba a Sofía el 25 de Abril de 1925. La
capital búlgara se encontraba como en un estado de asedio por
un reciente atentado contra la vida del rey Boris III.
Diez años duraba la problemática misión diplomática
de Mons. Roncalli en aquella delicada frontera, hasta el otoño
de 1935 cuando era nombrado Delegado Apostólico de Turquía
y Grecia. Llegaba a Estambul el 6 de enero de 1935. También allí
lo esperaba una delicada misión diplomática. La capital
turca todavía no se había levantado del todo de las ruinas
de la primera guerra cuando, Hitler, en 1939, con el signo de la cruz
gamada, lanzaba su gigantesco ejército a la conquista de Europa:
estallaba la II Guerra Mundial. El corazón del Papa Pío
XI, que había hecho lo posible para detener la guerra, cedía
de golpe. Le sucedía el Papa Pío XII (P.Pacelli). En aquel
período Mons. Angelo perdía a su anciana madre Mariana.
En octubre de 1940 también Mussolini envía varias divisiones
italianas, primero a las fronteras de Grecia y Albania, y más
tarde de Rusia, mientras también en África se combate.
El cerco de guerra se cierra alrededor de Grecia y Mons. Roncalli se
muda para Atenas : Tengo que estar allí, entre los que
mueren de hambre. Al fin en enero de 1942 el Papa Pío XII
y la Cruz Roja, hacen llegar a Grecia 8, 000 toneladas de trigo, solicitadas
por el futuro Papa.
Al mejorar la situación en Grecia, vuelve a Estambul donde, gracias
a sus negociaciones, pudo llevar a un puerto seguro un barco de niños
hebreos que huían de la locura genocida de Hitler.
Su solicitud vuelve hacia Grecia a mediados de 1944, cuando también
sus gestiones y mediaciones consiguen que Atenas sea reconocida Ciudad
abierta y no sea minada por los alemanes y volados al aire sus
históricos monumentos, al llegar a la ciudad la primera columna
inglesa.
En noviembre de aquel mismo año (1944), era nombrado Nuncio Apostólico
de Francia y enviado a París a donde llegaba en avión
al aeropuerto de Orly, el 30 de diciembre. Francia también estaba
sufriendo los últimos terribles meses de la guerra en un clima
de gran tensión y nerviosismo. De Gaulle le reservó al
nuevo Nuncio una acogida bastante fría y formal, mientras que
escuetas y sencillas, pero ricas de humanidad fueron las palabras de
respuesta de Mons. Roncalli. También allí se reveló
el hombre del equilibrio y de la conciliación. Su gran calma
y lealtad lograron solucionar cuestiones muy candentes, entre ellas
la liberación de los mismos soldados alemanes al finalizar la
guerra, la disminución de 30 a sólo 3 de los obispos que
los comunistas franceses exigían que dimitieran. Terminada la
guerra, se dedicaba sobre todo a ayudar a la Iglesia francesa en su
difícil tarea por falta de sacerdotes. Le preocupaba la difusión
del laicismo y comunismo, pero al mismo tiempo lo entusiasmaba el dinamismo
de los católicos cuyos representantes más prestigiosos
fueron el P. Claudel y Moriac.
El secreto de su mansedumbre y serenidad constantes estaba en aceptar
todo como venido de la mano de Dios: la vida, la muerte, el éxito
como la humillación.
En 1951, firmado por Mons. Montini, futuro Papa Pablo VI, le llegaba
a Mons. Roncalli el telegrama de su nombramiento de cardenal. Será
el presidente francés Auriol, socialista y anticlerical, pero
su gran amigo y admirador, por los lazos humanos que Mons. Roncalli
sabía tejer, quien le puso el birrete rojo.
Poco después de la muerte de Mons. Carlo Agostini, patriarca
de Venecia, era llamado a reemplazarlo.
Llegaba a la ciudad de las góndolas el 15 de mayo de 1953, calurosamente
acogido por los venecianos, con los cuales pronto instauraba relaciones
muy sencillas y familiares, haciéndose fama de hombre muy cercano
al pueblo: paseaba por las calles, hablaba con la gente como uno cualquiera,
viajaba en el vaporcito como la gente común, se divertía
con los palomos de la Plaza de San Marcos, era muy atento a los problemas
de los obreros de los astilleros, de los niños y ancianos, muy
cercano a sus sacerdotes.
Al mismo tiempo se mostraba capaz de llamar eficazmente la atención
sobre los sacrosantos valores morales cristianos en la Venecia del boon
turístico, del Festival cinematográfico, de la Bienal
de Arte, del Casino, del Lido, etc. En Venecia, para visitar a su gran
amigo Roncalli, llegaba hasta el presidente de Francia Auriol.
En la tarde del 9 de octubre de 1958 fallecía el Papa Pío
XII, Mons. Roncalli dejaba la ciudad de la Laguna rumbo a la ciudad
eterna para participar en las exequias del Papa y después en
el Cónclave para la elección del nuevo pontífice.
Alguien le recordaba como su predecesor, el cardenal Sarto después
Papa Pío X, había cometido el error de pagar el billete
de ida y vuelta y le invitaba a no repetirlo por si acaso el Espíritu
Santo le preparase la misma sorpresa. Al que Mons. Roncalli respondía:
¡Qué Dios me libre de tal desventura!
Al terminar las ceremonias fúnebres de Pío XII y acercarse
el comienzo del Cónclave, sobre todo la prensa italiana, irreverente
y fastidiosa en este sentido, pronosticaba quien habría sido
el nuevo papa. El nombre de Roncalli estaba lejos de entrar en los pronósticos
que, como en otras circunstancias, el Espíritu Santo desbarataba
en pleno.
Pues la undécima fumarada de la chimenea de la Capilla Sixtina,
el 25 de octubre de 1958, anunciaba que la Iglesia Católica tenía
a su nuevo pontífice en el Cardenal Angelo Roncalli, que tomaba
el nombre de Juan XXIII : Me llamaré Juan. Es el nombre
de mi papá, y el nombre del apóstol del amor...
Al recibir la noticia por la radio y por primera vez las imágenes
televisivas de lo que precede, acompaña y sigue inmediatamente
a la elección de un Papa directamente desde Roma, las campanas
de las Iglesias de Bérgamo y de Venecia se lanzaban al cielo
con incontenible alegría.
Sin embargo, el comentario de la gente al dejar la Plaza de San Pedro,
después de haber visto y recibido el primer paternal saludo del
nuevo papa era: ¿Roncalli? ¿Quién es? Ah,
ese viejecito de Venecia. Entonces han nombrado a un papa de transición...
Otros añadían: No es guapo, pero tiene cara de bueno:
Pero otra vez el Espíritu Santo preparaba sus sorpresas. Los
primeros encuentros del Papa Roncalli con las muchedumbres resultaron
de una familiaridad y sencillez impresionante, pronto la gente lo bautizó
definitivamente como el papa bueno, no porque los demás
papas fueran malos, sobre todo los del siglo XX, sino porque la bondad
y la mansedumbre, fruto de un don de la naturaleza y de una conquista
personal al mismo tiempo, eran tan transparentes y comunicativas en
este hombre que, toda maldad y empuje polémico quedaban desarmados
al encontrarse delante de él. Cultos y sencillos, todos con él
se encontraban bien y se caían todas las máscaras:
Les habla el hijo del viñador Roncalli les dice a un grupo
de campesinos- y si el buen Dios no hubiera hecho de mí un Papa,
me habría gustado ser campesino como ustedes...
Innumerables serían las anécdotas que contar y que lo
hicieron sentir tan cercano al pueblo y al mismo tiempo capaz de acercar
el pueblo a la bondad de Dios. Señalaba a los hombres los caminos
de Dios con la naturalidad del viandante que enseña el camino
a otro viandante. Y a la gente, tras la primera sorpresa, le gustaba
un mundo que el Papa estuviera así.
Además, el viejito de Venecia, el Papa de transición,
el Buen abuelito de la Iglesia en breve asombraría
a todo el mundo dando vivas iniciativas y cambios extraordinarios y
colocándose al centro de acontecimientos epocales.
En su sencillez conocía a fondo las amenazas que se cernían
sobre el horizonte de la humanidad: el Marxismo ateo, el nuevo paganismo
y consumismo occidental, el hambre del tercer mundo, y la
división de los cristianos. Era para empujar a toda la cristiandad
a enfrentarse con más lucidez con estos grandes problemas que,
a los 81 años de edad, convocaba el Concilio Vaticano II, invitando
a Roma a todos los 2700 obispos del mundo. Algunos por sus graves condiciones
de salud no pudieron participar, pero eran 2498 los que presenciaron
el comienzo de la gran asamblea. La ceremonia inaugural, trasmitida
por muchas televisiones de Europa y de América, resultaba un
espectáculo grandioso y conmovedor. Durante muchos años
y varias veces la televisión italiana, y quizás otras,
volverán a trasmitir las palabras con las cuales el Papa Juan
XXIII saludaba la inmensa muchedumbre que, en aquella misma noche, se
había congregado alrededor de los obispos proviniendo en procesión
de los 4 puntos cardinales de Roma: Continuemos queriéndonos
bien. Mirémonos así, en el encuentro, para quedarnos con
lo que une, olvidando lo que nos puede mantener desunidos. Al volver
a casa, haced una caricia a vuestros niños y decidles que es
la caricia del Papa. E invitaba a mirar a lo alto, a la linda
luna que en aquella noche parecía demorarse sobre el cielo de
Roma a mirar, encantados, aquel espectáculo de fe. Y además
de las palabras, para los acostumbrados al idioma italiano, era el tono
tan paterno, sosegado y cariñoso con el cual las pronunciaba
para golpear los corazones.
Pero precisamente pocos días después el mundo, que parecía
haber finalmente encontrado a un pobre universal tan capaz de comunicar
confianza en el futuro, se encontraba de improviso al borde del abismo,
de una tercera guerra mundial y esta vez: nuclear. El 16 de octubre
de 1962 el presidente de Estados Unidos Kennedy era informado y se les
comprobaba con fotografías tomadas por los U-2 en sus vuelos
sobre la Isla de Cuba, que allí técnicos soviéticos
estaban rápidamente montando rampas para cohetes de cabeza nuclear.
A las 19 horas del día 22 de octubre todas las televisiones norteamericanas
interrumpieron sus trasmisiones para dar espacio a la intervención
del presidente que declaraba: Cuba se ha empeñado con el
tratado de Montevideo a no ceder ninguna base militar a naciones no
americanas. Ahora ha permitido a los rusos instalar cohetes atómicos
a setenta millas de los Estados Unidos. Esto no puede permitirlo nuestro
país si queremos que amigos y enemigos sigan creyendo en nuestro
valor y nuestro arrojo... Naves y submarinos soviéticos
y americanos surcaban en gran cantidad el Atlántico en aquellos
días de gran incertidumbre y angustia para todo el mundo.
Mientras en la ONU se conferenciaba, el Papa dirigía su llamado
a los más directos responsables de los acontecimientos para que
conjuraran una amenaza tan desastrosa para le entera humanidad. Pero
en Cuba el trabajo de las rampas no se paraba. El 27 de octubre Kennedy
enviaba su última advertencia a Krushev: Si no se desmantelan
las rampas en el término de 24 horas, América recurrirá
a las armas: En la noche de la espera de la respuesta el Papa
Juan XXIII transcurre largas horas de oración ante el Santísimo
en su capilla. Cuando sale, aún no se sabe nada al respecto de
las redes de información pero el rostro del Papa está
sereno y: No se preocupe le dice a su secretario Mons. Capovilla-
la cosa va a resolverse positivamente. ¿Habrá recibido
algún mensaje desde el cielo? De hecho, a las 9 del 28 a la Casa
Blanca llega la respuesta de Krushev: He dado orden de desmantelar
las bases de Cuba., Ya no hay motivo para que existan, puesto que el
presidente Kennedy me ha asegurado que la Isla no será atacada.
Coincide con la jornada dominical aquel 28 de octubre y el mundo respira
aliviado mientras el Papa da gracias a Dios desde el balcón de
la Plaza de San Pedro.
Por lo demás, el Papa Juan XXIII marcaba un hito en las relaciones
entre el Vaticano y Rusia recibiendo en audiencia a la hija del propio
Krushev, Rada Kruscheva, y el director del diario soviético Izvestia.
Era el comienzo del descongelamiento de estas relaciones.
Un mes después, Juan XXIII publicaba la Pacem in terris,
carta encíclica que es sencilla y al mismo tiempo profunda invitación
a la paz, a la verdad y a la justicia. El propio presidente Kennedy
se declaraba muy complacido de este documento.
Pero otros tabúes había roto, en aquellos años,
el Papa Juan XXIII. Si por ejemplo los otros papas después de
su selección se habían quedado siempre en el Vaticano
él, aunque con sus breves viajes a Asís y Loreto, inauguró
la época de los papas viajeros y misioneros como Pablo VI, y
sobre todo el actual Papa Juan Pablo II. Si estaba prohibido a los peregrinos
subir a la cúpula de San Pedro en la hora en que el Papa paseaba
por los jardines vaticanos, esta prohibición terminaba por voluntad
del propio Papa que a menudo, desde los mismos jardines, respondía
con la mano al clamor de los saludos que le llegaban desde arriba.
El peso de los años sin embargo y los síntomas de una
grave enfermedad empezaron a hacerse sentir sobre todo al comienzo del
año 1963. Entre una crisis y otra logró llevar hacia adelante
con gran sacrificio su difícil tarea, pero en el mes de mayo
las condiciones de su salud empezaron a deteriorarse de día en
día.
El 21 de mayo se asomaba por última vez con gran esfuerzo para
saludar a la muchedumbre reunida en la Plaza San Pedro en vísperas
de la fiesta de la Ascensión: ¿Feliz fiesta queridos
hijos? ¿Feliz fiesta de la Ascensión? Corremos tras el
Señor que se eleva... ¿Saludos! ¿Saludos?
Algunos, como el que escribe, que vivía en Italia en aquellos
años, recordarán las imágenes televisivas cotidianas
de la multitud que, desde la plaza de San Pedro, rezaba, miraba hacia
la ventana del Papa acompañándolo en su agonía
con el afecto de quienes lo sentían como el más entrañable
padre.
Hasta el 3 de junio duró la agonía del Papa bueno
que, desde su cama, seguía dando lecciones de gran humanidad
de franciscana entrega a la hermana muerte que llegaba para él
a las 19,49 de aquel día.
Pocos años después para el hijo del viñador Roncalli,
empezaban las etapas de su camino hacia la gloria de los santos. Casi
enseguida Sotto il Monte y su casa natal, donde se podía visitar
hasta el cuartico donde mamá Mariana lo había dado a luz,
se habían transformado en meta de peregrinación por muchas
comitivas. Era posible entonces encontrar todavía vivo alguno
de sus ancianos hermanos Saverio o José, gente genuina del campo
que en su bondad y sencillez reflejaban y recordaban las de su más
famoso hermano que, de los surcos de la hacienda la Colombera, había
llegado a la cátedra de Pedro.
Peter Hebblethvaite al escribir una de las más valiosas biografias
del Papa Juan XXIII admitía su asombro por la bondad, valentía,
la sobrenaturalidad y constancia para caminar hacia las metas que iba
viendo. Sin embargo no ocultaba lo que pudieran ser ingenuidades
de este hombre de Dios y el hecho que algunas de sus decisiones pudieran
ser imposiciones del ala más conservadora de la curia Romana.
Todas estas cosas le hacían considerar poco probable la beatificación
del Papa Juan.
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El cuerpo
incorrupto de Juan XXIII
con una proteción de cera en rostro y manos.
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Pero el Espíritu Santo es capaz de sorprender hasta los más
agudos historiadores. Pues en el Año santo 2000 llegaba a una
conclusión positiva todo el largo y escrupuloso proceso canónico
ejecutado a tal fin. No faltaba tampoco la prueba de un milagro logrado
por intercesión del nuevo beato: la curación prodigiosa
de sor Caterina Capitán. Así que el 3 de septiembre del
mismo Año Santo Jubilar 2000 el Papa Juan XXIII y otros 4 nuevos
beatos, entre ellos el Papa Pío IX cuya beatificación
había sido tan auspiciada por el propio Juan XXIII, eran proclamados
beatos en una solemne ceremonia celebrada en una plaza de San Pedro
repleta.
Fue en aquella ocasión que Juan Pablo II, resumiendo lo esencial
de la vida y santidad de su predecesor, habló de un hombre que
Conmovió al mundo por la afabilidad de su trato, que reflejaba
la singular bondad de su corazón. Y añadió:
Ha quedado en el recuerdo de todos la imagen del rostro sonriente
del Papa Juan y sus brazos abiertos para abrazar al mundo entero. ¿Cuántas
personas han sido conquistadas por la sencillez de su corazón,
unida a una amplia experiencia de hombres y de cosas? Ciertamente la
ráfaga de novedad que aportó no se refería a la
doctrina, sino más al modo de exponerla, era nuevo su modo de
hablar, y actuar, y era nueva la simpatía con que se acercaba
a las personas comunes y a los poderosos de la tierra. Recordaba
cómo había sorprendido a todos y había dado un
impulso extraordinario a la Iglesia y orientaciones útiles al
mundo entero convocando el Concilio Vaticano II, llevado después
a su conclusión por el Papa Pablo VI.
En fin, rememoraba el testamento por él entregado a la Iglesia
en sus últimos momentos: Lo que más vale en la vida
es Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la
bondad.
Pero no era esta la última sorpresa del buen Papa Juan.
Como ya aludimos, al abrir la urna que contiene los restos mortales
para la necesaria pericia en ocasión del proceso canónico,
su cuerpo se encontraba incorrupto. Era sometido, por disposición
de Juan Pablo II, a un tratamiento con vistas a su veneración
en el altar de San Jerónimo, en la Basílica de San Pedro.
En fin, en la solemnidad de Pentecostés de este año, el
domingo 3 de junio, la urna que contiene los venerados restos era llevada
en solemne procesión junto al altar donde el Papa Juan Pablo
II celebraba, en la Plaza de San Pedro, la Misa de esta gran festividad
del Espíritu Santo a cuya acción subrayaba el papa
en su homilía- Juan XXIII había sido docilísimo
como sacerdote, como obispo y como pontífice. Y todo el contenido
de la propia homilía era una resonancia de algunas de las profundas
reflexiones del mismo Juan XXIII sobre el Espíritu Santo, hasta
concluir con una linda oración por él mismo compuesta
a la Tercera Persona de la santísima trinidad.
El Plan Pastoral que, en nuestra Iglesia cubana y pinareña, hace
hincapié en la espiritualidad, en el encuentro con el Cristo
Vivo, por eso parece oportuno concluir con estas otras palabras del
Papa Juan Pablo II que, siempre hablando de Juan XXIII, subrayaba como
su ejemplo nos enseña que: La evangelización requiere
la santidad y esta, a su vez, necesita la savia de la vida espiritual:
la oración y la unión íntima con Dios mediante
la Palabra y los sacramentos; en suma, necesita la vida personal y profunda
en el Espíritu
Fuentes bibliográficas utilizadas
-El Papa Bueno Teresio Bosco- Ediciones Paulinas
-Lòbservatore Romano n. 36-8 de septiembre del 2000
y n. 23- 8 de junio del 2001.
-El buen Papa Juan Vida Nueva 3 de junio del
2001.