|
|
Con motivo de la visita que en estos
días el Patriarca Bartolomé I ha hecho a La Habana algunos
han preguntado acerca de la Iglesia Ortodoxa.
Como sabemos el cristianismo surgió en tiempos del Imperio Romano.
Jesús de Nazaret, fundador y fundamento de la Iglesia, era judío
en tiempos en que ese territorio formaba parte de aquel imperio. Los primeros
cristianos procedían del judaísmo. Muchos opinan que la
realidad del imperio romano facilitó que el Evangelio fuera predicado
hasta los confines del mundo entonces conocido.
En el año 313 el emperador Constantino promulgó el llamado
Edicto de Milán por el que daba a todos los ciudadanos del imperio
el poder de seguir libremente la religión que cada uno deseara.
Cuando a partir del año 324 el Emperador quedó como dueño
absoluto del Imperio al derrotar a Licinio, decidió trasladar la
capital del Imperio a Bizancio, en lugar de Roma. Y llamó Constantinopla
a Bizancio (la actual Estambul). Constantino se erigió en protector
de la Iglesia. Hasta ese momento los cristianos habían tenido que
proteger su fe contra las amenazas, ahora eran ellos los protegidos. La
Iglesia pasó de una vida subterránea a una vida pública.
Los obispos pasaron de ser personas perseguidas y acosadas a ser importantes
personalidades respetadas por el poder político y dotadas de prestigio.
En el año 380 el Emperador Teodosio promulgó el Edicto de
Tesalónica que convirtió al cristianismo en la religión
oficial del Imperio. Y este mismo emperador decidió que el Patriarca
de Constantinopla tuviera un rango ligeramente inferior al Obispo de Roma.
Con la muerte de Teodosio en el año 395 se consuma la división
del Imperio Romano. Hasta la caída de Constantinopla en poder de
los turcos (año 1453), Bizancio supuso la conservación del
espíritu clásico; conoció épocas de esplendor
político, cultural y religioso. Se ve a sí mismo como la
cabeza del mundo, la continuidad del Imperio, y aspiró también
a ese liderazgo religioso.
Durante el pontificado del papa Nicolás I, Ignacio, Patriarca de
Constantinopla, fue depuesto por el Emperador de Bizancio y en su lugar
colocó al laico Focio. El Papa depuso a Focio y restituyó
a Ignacio. Pero ni Focio ni el emperador se dieron por enterados. Éstas
y otras circunstancias ayudaron a que tanto el mundo latino como el bizantino
se encerraran en sí mismos, ocasión aprovechada por Focio
para lanzar acusaciones contra la Iglesia de Occidente y llegar hasta
deponer al Papa en el año 867. Comenzaba así el Cisma de
Oriente. Con los años esta situación se fue agravando; hubo
acusaciones de ambas partes, acusaciones de carácter doctrinal
(como por ejemplo, la negación de los bizantinos a admitir que
el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo), litúrgico
(por ejemplo, el uso del pan ácimo en la liturgia eucarística
latina) y disciplinar( por ejemplo, los bizantinos acusaban a los latinos
de imponer el celibato a los clérigos).
Y se llegó en el año 1054 a la excomunión, por parte
del Papa, del patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, y éste
respondió haciendo lo mismo. La Iglesia quedó dividida en
dos campos: la Iglesia Ortodoxa oriental y la Católica Romana,
sin unificación hasta hoy. Hoy estas excomuniones felizmente no
están vigentes como consecuencia de la decisión de retirarlas
tomada el 7 de diciembre de 1965 por el papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras.
Así pues, se conoce con el nombre de ortodoxas a las Iglesias orientales
separadas de Roma por el Cisma de Oriente. Al principio estuvo constituida
por los patriarcados de Constantinopla (que aún hoy conserva su
primacía de honor), Alejandría, Antioquía y Jerusalén.
Con el tiempo fue aumentando su número: Rusia, Grecia, Servia,
Rumanía, Bulgaria. Independientes unas de otras, lo que une a las
Iglesias Ortodoxas es su doctrina y organización, muy semejantes
en lo esencial, y su mutuo reconocimiento como tales.
Sobre todo a partir del concilio Vaticano II se ha incrementado el diálogo
entre la Iglesia Católica y las Iglesias orientales. Todos deseamos
que no demore el día de la unidad entre los dos pulmones
de la única Iglesia de Cristo.
Independientemente de la imagen que se proyecte por los medios de comunicación
y de la interpretación que muchos le den según su modo particular
de ver las cosas, me complace la visita a La Habana del Patriarca Bartolomé
I para la inauguración de un templo de la Iglesia Ortodoxa en esa
ciudad. Y me complace que la ubicación del mismo sea muy cerca
del puerto habanero, así los tripulantes ortodoxos de los barcos
que atraquen en el puerto podrían tener cerca su templo para la
atención pastoral que necesitan.
Pinar del Río, 2 de enero de 2004.
Memoria de San Basilio Magno, Obispo de Cesarea de Capadocia
y de San Gregorio Nacianceno, Obispo de Constantinopla.
|