«La Iglesia está
llamada a dar su testimonio de Cristo,
asumiendo posiciones valientes y proféticas
ante la corrupción del poder político o económico;
no buscando la gloria o los bienes materiales;
usando sus bienes para el servicio de los más pobres
e imitando la sencillez de la vida de Cristo».
(Homilía del Papa en Santiago de Cuba. No. 4)
La corrupción es un mal
que está presente en el mundo entero. Es difícil que no
nos encontremos diariamente con alguna noticia de hechos y actitudes
corruptos en cualquier país, organización o institución.
Algunos aseguran que la corrupción es el mal de la libertad.
Es decir, surge precisamente porque se liberan los controles autoritarios
y las personas e instituciones no saben, no han aprendido a usar la
libertad. En algunos países que acaban de transitar hacia la
democracia resulta que ahora lamentan la irrupción de otros males
sociales igualmente dañinos: la corrupción y las mafias.
Desde 1998, en su inolvidable visita a Cuba, el Papa advertía
a la Iglesia sobre su deber de asumir posiciones proféticas ante
esta falla personal y social.
Todos los ciudadanos, sin embargo, tienen este mismo deber, pues todos
somos de alguna manera responsables de que la corrupción nazca
y crezca.
Lo primero es identificarla. Es decir, ponernos de acuerdo sobre qué
es la corrupción. Para Alain Etchegoyen de la Universidad de
Bruselas, citado por Arias Calderón, la corrupción «es
la transformación de un intercambio no mercantil en un intercambio
mercantil y se localiza siempre en relación con un poder cualquiera».
De modo que cada vez que alguien o algunos se aprovechan de su posición
empresarial, social o política, e incluso religiosa, para mercantilizar
relaciones e intercambios no comercializables o cuando alguien, o algunos,
utilizan esa misma posición o puesto de responsabilidad para
enriquecerse o para negociar influencias o privilegios, estamos en presencia
de la corrupción.
Así, pues, para que aparezca y crezca la corrupción no
se necesita nada más que convertir un intercambio desinteresado
en un negocio. Cambiar privilegios por dinero, usar la empresa pública
o estatal para acumular dinero mal habido, bienes materiales e influencias
para cambiar por beneficios particulares y rapaces.
Debemos aclarar aquí, por razones que todos conocemos, que no
debemos confundir la corrupción con cualquier persona que progrese
honestamente, ni acusar de corrupción o enriquecimiento ilícito
a personas que por sus méritos propios, por sus conocimientos
eminentes, por su talento artístico o literario, por su capacidad
de gestión honesta y probada, por su iniciativa personal o comunitaria
y por su espíritu emprendedor, han podido acceder a posiciones
preponderantes en la sociedad. En toda sociedad hay ciudadanos que acceden
por las vías de la honradez y el trabajo a posiciones económicas,
políticas o sociales destacadas. Eso es válido y debe
ser un ejemplo y acicate para los demás. No se trata de esto
cuando aquí tratamos el concepto de corrupción. Se trata
de los que han optado por la vía de la trampa, del robo de cosas
o de posiciones, de aquellos que todo lo quieren «resolver»
con dinero o con violaciones de la ley o el derecho de los demás.
Estas formas de degeneración de las relaciones pueden darse en
gran escala, involucrando a empresas, corporaciones, bancos, e incluso
ministerios, gobiernos y organizaciones internacionales
o pueden
quedarse en pequeña escala, al nivel de las relaciones interpersonales,
entre pequeños grupos humanos o pequeños negocios. En
ambos casos, la corrupción descompone las relaciones humanas
y pudre el tejido social. En ambos casos, un comején muchas veces
imperceptible en la oscuridad, por dentro de las estructuras va comiéndose
la médula, el corazón de las instituciones y las empresas,
va destruyendo por dentro la gobernabilidad de la sociedad en su conjunto.
Un viejo refrán enseña, con sabiduría popular,
que «el poder corrompe y que el poder absoluto, corrompe absolutamente».
De modo que si, según la definición que hemos citado,
toda corrupción está relacionada con una cierta cuota
de poder, ya sea económico, financiero, político o de
influencias, donde quiera que alguien ejerza cualquier tipo de poder,
por muy pequeño que sea, debe existir una instancia, un equipo,
una comisión, una estructura que controle y a la cual quien ejerce
el poder deba someter todas sus gestiones y acatar sin dilaciones las
decisiones de esa instancia de control.
Los daños de la corrupción son de incalculables proporciones.
Y sólo pueden ser precisados cuando salen a la luz, y cuando
el comején sale a la luz ya el mueble está carcomido;
entonces nos preguntamos por qué se ha desvencijado tan estrepitosamente
ese mueble si hasta ayer lo veíamos igual que hace muchos años
en la sala de nuestro hogar nacional.
Por ello, si el primer paso contra la corrupción es identificarla
en su esencia, el segundo paso es ponerla a la luz: La transparencia
es el arma más eficaz y preventiva contra la corrupción.
Hacer visibles, públicas y comprobables todas las cuentas, finanzas
y negocios de las empresas estatales, instituciones públicas
y gobiernos, es la única manera de sacar a la luz lo que está
sucediendo en ellas. El Tribunal de Cuentas fue, en la década
del 40 en Cuba, un serio empeño en esta instancia de prevención
de aquella corrupción que tanto criticaron algunos cubanos cuando
proponían «vergüenza contra dinero». El actual
Ministerio de Auditoría y Control, luego de décadas sin
este servicio público, viene a llenar aquel vacío.
La transparencia en las gestiones de las empresas y de los ministerios
y de todas las instancias del Estado es un derecho de los ciudadanos.
Todas esas instancias y organizaciones existen para servir al pueblo,
para gestionar la economía de la nación. Y la nación
no son las estructuras, somos todos los ciudadanos. Nosotros somos los
que ostentamos la soberanía. Por tanto, la transparencia y visibilidad
de la ejecución de los presupuestos y de toda gestión
desde la más pequeña empresa hasta el nivel central no
es sólo recomendable, no es sólo necesaria para prevenir
y curar la corrupción, es, sobre todo, un derecho de los contribuyentes,
de los ciudadanos de un país donde el pueblo es el soberano.
Así, si el poder corrompe es también verdad que el poder
puede desenmascarar la corrupción que, desde abajo, desde siempre,
en la oscuridad de lo cotidiano, incubaba el simple ciudadano que en
el futuro accederá al poder, al que ha accedido sin que sus conciudadanos
le hayan dado importancia a sus pequeñas corruptelas. No dudemos
que estas se convertirán en grandes corrupciones cuando su poder
aumente. Eso está demostrado por la historia universal y nacional.
Las actuales mafias, que organizan el crimen y la corrupción
en algunos países del Este de Europa y en otros de cualquier
latitud, no surgieron de pronto al caer los regímenes totalitarios,
no nacieron de la noche a la mañana, venían incubándose
y cultivándose desde hacía mucho tiempo bajo el manto
de la falta de transparencia de la prensa y de las instituciones que
cuidaban la imagen de una «sociedad perfecta», donde nada
malo pasaba. Aquella falta de luz, aquella imagen que repetía
incansablemente que todo dentro del país era bueno y prometedor
y todo fuera del país era malo y desastroso, trajeron estos lodos
de hoy. ¿Por qué se ven ahora? No porque hayan surgido
ahora, sino porque ahora han salido a la luz. La sociedad ha ganado
un grado mayor de transparencia en los medios de comunicación
social y en las instituciones públicas. Ya se ha expresado en
otras ocasiones, varias veces, en esta misma publicación: «Más
vale precaver que tener que lamentar».
Pero, vayamos a la raíz del problema. La historia de nuestro
país y de todos los rincones de este mundo nos ha enseñado
que la corrupción no se acaba sólo con inspecciones, auditorías,
controles y debates públicos sobre la ejecución de los
presupuestos y gestiones empresariales. La causa profunda de la corrupción
está en lo profundo de cada persona. La corrupción es
una falla en la ética de la persona que tomó la decisión
de transformar sus relaciones no lucrativas en intercambio mercantil.
Esa persona pudo haber decidido lo contrario, es decir, pudo haberle
cerrado la puerta a las pequeñas corruptelas a su alrededor o
pudo haber parado en seco la gran corrupción que se le proponía
bajo cualquier justificación o manto de falsa bondad.
Esta es la instancia en la que nadie puede decidir por uno, es el sagrario
de la conciencia de cada persona: es allí donde los principios
éticos pueden más que el dinero y las ventajas, pueden
más que las posiciones y privilegios, pueden más que las
prebendas y beneficios mal habidos.
Esto también lo han demostrado cubanos y personas alrededor del
mundo. Ellos han podido y han sabido vencer la tentación del
poder, del tener y del gozar, mal habidos y mal tenidos. Y si a lo largo
de nuestra propia historia personal y nacional han existido personas
así, nosotros y todos los cubanos podemos y debemos seguir ese
ejemplo de probidad, integridad personal y resistencia a las ocasiones
de corrupción.
La raíz ética de la corrupción no es sólo
una responsabilidad personal de aquellos que, por propia decisión,
optan por corromperse ellos mismos. La corrupción es también
un problema ético cuando los que tienen una cuota de responsabilidad,
pequeña o grande, permiten en su entorno un ambiente que facilite
la aparición de rasgos corruptos. Dice también el refranero
popular: «tanta culpa tiene el que mata la chiva como el que le
aguanta la pata». Y es en este sentido en el quienes ostentan
algún poder, ya sea empresarial, económico o político
tienen siempre parte de la responsabilidad cuando en su entorno, o en
sus colaboradores o subordinados, se dan casos de corrupción.
Claro, que siempre queda la libertad humana y en los mejores ambientes
y familias, en las más probadas gestiones puede salir una «oveja
negra» que haciendo uso de su libertad personal, la usa mal y
cede a la corrupción. No es a esto a lo que nos referimos, se
trata de que cuando se crea tal atmósfera de secretismo, de falta
de comunicación, de ausencia de transparencia, de oscuridad de
gestiones, por otros motivos no financieros o no económicos,
se puede favorecer, aún sin querer, aún sin preverlo,
un «hábitat» para la corrupción. Incluso las
decisiones políticas o las opciones filosóficas, como
el materialismo de cualquier signo, que se consideran a sí mismas
lo más alejadas de la economía pueden, en ocasiones, ser
permisivas para la descomposición de las gestiones empresariales
y financieras.
La corrupción es un lastre del mal uso de la libertad. Puede
ser el flagelo del orden político, sea autoritario o democrático.
De hecho, las actuales democracias del mundo están siendo puestas
a prueba por su capacidad para combatir, prevenir y curar la corrupción.
Cerrarle el paso a la corrupción es tarea de años. Se
necesita paciencia histórica y perseverancia incansable. No basta,
ya lo hemos dicho, con controles que puedan coartar la necesaria libertad
y el derecho de las personas y los pueblos. Las auditorías, las
inspecciones y los tribunales pueden servir, y de hecho sirven, para
prevenir, para atajar o para castigar a los responsables corruptos,
pero no curan la corrupción.
En nuestra opinión la corrupción encuentra su verdadera
curación y prevención en tres ámbitos principales:
la familia, la escuela y la sociedad civil.
Si aceptamos que la raíz de las actitudes corruptas es de carácter
ético, entonces es en la familia donde se aprende a vivir éticamente.
Si los padres permiten que sus niños vengan a la casa con cosas
que no son de su propiedad o llaman «cosas de niños»
a acciones típicas de degeneración de intereses malsanos,
esa familia está fomentando actitudes y contravalores que son
caldo de cultivo para la corrupción. En un país donde
los niños, adolescentes y jóvenes han sido, consciente
y obligatoriamente, separados por largos períodos de tiempo de
su familia, por razones de becas, de trabajos lejanos, de misiones,
etc. es un país donde la familia es desintegrada en aras de intereses
políticos y esas familias desintegradas son la primera causa
de la desintegración ética y por tanto de la corrupción
administrativa o política.
Si aceptamos que la raíz de la corrupción es la formación
de valores y principios morales que capacitan a las personas para rechazar
por sí mismas las tentaciones de prevaricación, entonces
comprenderemos que otro de los ámbitos que deben prevenir la
corrupción es un sistema de educación que priorice la
formación ética y cívica de los estudiantes, no
sólo con asignaturas que estuvieron y están alejadas de
los programas escolares, si no por la actitud de los profesores y directores,
por el tipo de relaciones entre maestros y estudiantes, por el ambiente
en los internados y albergues y el estado de estos ambientes. Todos
tenemos suficientes elementos para considerar la desintegración
moral y la relajada concepción humanista de estos ambientes.
Es increíble que en el sistema de educación de un país
no exista la materia de Ética, y que durante varias décadas
estos asuntos fueran considerados como rezagos pequeño-burgueses.
Sin contar que la religión y las creencias no sólo fueron
abolidas de las opciones de los padres para la formación escolar
de sus hijos, sino que fueron y son consideradas como «problemas»
en la educación de las jóvenes generaciones.
La Iglesia y las demás organizaciones autónomas de la
sociedad civil, son y deben ser también espacios donde se debe
formar para la eticidad y la honestidad pública tanto de los
ciudadanos, como de los empresarios y funcionarios del Estado. Formar
para la probidad cívica, para la transparencia como valor en
las gestiones de las empresas públicas y particulares, formar
para no dejarse sobornar por un artículo electrodoméstico
o por una «comisión de venta», educar para no dejarse
vencer por la tentación de un privilegio o el acceso a un puesto
administrativo, para no dejarse comprar por prebendas o tráfico
de influencias, es un reto y un deber de toda la sociedad civil. Ella
debe educar para la honradez y controlar la transparencia de los presupuestos
y las gestiones. Este no sólo es un incalculable servicio cívico
sino un indeclinable deber moral.
Si en una sociedad u organización cualquiera nos encontramos
un ambiente de simulación, un clima de doble moral, unas personas
que no dicen lo que piensan, ni actúan como sienten; si en una
sociedad o empresa cualquiera vivimos en la dinámica constante
de la mentira, de la ocultación pervertida de la verdad por proteger
intereses y poder, estamos en presencia de una sociedad o institución
que resbala peligrosamente hacia mayores grados de corrupción.
Esto está demostrado por la experiencia histórica de muchos
países.
Educarnos y educar para vivir en la verdad, educarnos y educar para
poder vivir en la honestidad, educarnos y educar para poder vivir y
trabajar con transparencia es el gran desafío para garantizar
que en el futuro de Cuba no tengamos que lamentar la corrupción,
achacándole a la libertad y a la democracia lo que es fruto y
consecuencia de décadas y siglos de simulación y de materialismos
de todo tipo.
En fin, décadas de abandono del cultivo de la espiritualidad
de la gente y de la abolición del derecho público de la
religión, en aras de una esperada sociedad distinta, han venido
a desembocar en una sociedad que enfrenta hoy, luego de la larga espera
de un paraíso que no llegó nunca, las mismas lacras y
otras manifestaciones de corrupción que desde el principio combatió.
¿Qué ha fallado? La concepción del hombre, de la
persona humana, que había en la raíz del proyecto que
puso en el materialismo dialéctico y en el «desarrollo»
económico de las fuerzas productivas los dos ejes fundamentales
del avance de la sociedad. Mientras abandonaba, en la cuneta de la historia
y de la sociedad, aquella dimensión subjetiva, espiritual, inmarcesible,
inseparable de toda persona humana: su alma.
He aquí, en nuestra opinión, el origen y la fuente de
toda corrupción y de todo mal. Apresurémonos en redimir
la subjetividad de las personas, es decir, rescatar y curar su alma
dañada por el materialismo y por el ateísmo filosófico
o práctico. Curar con eticidad y espiritualidad. Curar y cultivar
el alma de las personas con la verdad, la bondad y la belleza; y curar
el alma de un pueblo que, por su tradición y por sus talentos,
por su talante y por su historia, merece tener un espíritu sano
y robustecido por valores trascendentes.
Por este camino Cuba no tendrá que lamentar un futuro peor. Este
desafío no tiene que esperar a otros cambios. Es tarea inminente
y cotidiana. Deben continuarla con mayor ahínco los que siempre
han estado comprometidos con ella. Podemos emprenderla ya, porque el
futuro apremia.
Pinar del Río, 2 de enero de 2004.