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Helmut Kohl ascendió
en el escalafón gubernamental de Alemania como defensor de
la unión de naciones europeas. Se convirtió en canciller
de Alemania Occidental en 1982.
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El político
holandés Wim Duisenberg fue elegido en 1998 primer presidente
del Banco Central Europeo.
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Romano Prodi,
fue primer ministro de su país (1996-1998) y en 1999 fue
nombrado presidente de la Comisión Europea.
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Jacques Delors
fue nombrado presidente de la Comisión Europea en 1985, cargo
que desempeñó hasta 1994. Fue el inspirador del Acta
Única Europea y del Tratado de Maastricht que creó
la Unión Europea a partir de la antigua Comunidad Europea.
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Tres consecuencias de
la globalización que se dan para la integración europea
y para los conceptos básicos de la filosofía política
y para la teoría de la democracia, van a ser discutidos a continuación:
1.Consecuencias para el concepto de la soberanía.
2.Consecuencias para el concepto de la democracia.
3.Consecuencias para los conceptos de universalidad y de orden mundial.
Es de libre interpretación si en la discusión de las siguientes
interrogantes se fortifica la idea de que, a través de los acontecimientos
de la globalización, la integración europea y los conceptos
básicos de la teoría política se limitan o al contrario
se amplían.
Consecuencias para el concepto de la
soberanía
1.La moderna filosofía política occidental fue siempre
centralizada en el estado. Uno de sus conceptos claves, en todo caso desde
los días de los Tratados de Westfalia, fue el de soberanía.
El concepto tradicional de soberanía, como se formó en el
contexto de la filosofía política occidental, tiene dos
componentes: soberanía estatal y soberanía popular. La larga
y contradictoria evolución de los dos conceptos y sus complejas
historias de realización no pueden ser tratadas aquí. El
concepto de soberanía en todos sus aspectos estuvo siempre ligado
a la historia del estado nacional moderno. A través de ello se
convirtió en concepto modelo para definir las fronteras del territorio
de una comunidad v los límites del entorno político dentro
de ella. El concepto de soberanía se convirtió en una fuerza
legítima para estimular la participación política
y una representación responsable. Lo que se inició lleno
de contracciones internas, llegó a ser una fuerte cohabitación:
La soberanía estatal encontró reconocimiento como una expresión
de la condición de la soberanía popular. La soberanía
popular llegó a ser cuidada y garantizada por la soberanía
estatal. Mientras más débil es un estado, más lesionable
es su soberanía popular y mientras más débil sea
la soberanía popular, mucho más lesivo es un estado soberano.
El concepto de soberanía no fue estático dentro del mundo
occidental, ni tampoco se limitó al mundo occidental. Dentro del
proceso de descolonización el concepto de soberanía se convirtió
en un producto de exportación de primera. En los nuevos estados
del hemisferio sur los dirigentes políticos estuvieron a menudo
inclinados a propiciar soberanía estatal a costilla de la soberanía
popular. La soberanía popular obtuvo a menudo el sabor de una ausente
lealtad estatal que se deja proteger a toda costa luego de la obtención
de la independencia. Al parecer, a veces, fue éste un argumento
irresistible en los comienzos de la formación de estados en el
Tercer Mundo y se siente uno inclinado a comparar el estado de desarrollo
actual de la Unión Europea con esta experiencia vivida. También
en la UE se mantiene aún la lucha entre formación de soberanía
y derecho de democracia.
Usualmente, en el contexto de la UE, se mira el tema de la soberanía
a través de la perspectiva de la experiencia en soberanía
en el ámbito estatal nacional. La integración europea puede
ser rápidamente entendida como una contradicción de las
normas establecidas para el concepto de soberanía ligado al estado,
mientras que, al mismo tiempo, no estaría en capacidad de asegurar
un mínimo de democracia, que en los establecidos estados nacionales
europeos es el aceptable standard mínimo. Mientras la UE socava
la soberanía estatal, dicen los críticos, no es capaz de
garantizar Ia soberanía popular. El proceso de integración
europeo podría, por lo tanto, solo obtener legitimidad mientras
esté en capacidad de renovar las fortalezas de sus estados miembros.
La introducción del euro y otras reconocibles tendencias de la
integración europea señalan en dirección contraria.
Mientras que el estado nacional europeo no se ha convertido en un ente
obsoleto, los procesos de globalización y de integración
europea, sin embargo, le han robado su papel central como actor político
autónomo. Esto tiene consecuencias para el concepto de la soberanía.
El consenso de que la Unión Europea no es solamente una forma política
sui generis, sino que también originó un concepto de soberanía
sui generis, parece crecer, a más tardar, desde la unificación
de la soberanía en materia de política monetaria y financiera.
El analista holandés Peter van Ham habla desde este momento histórico
del soberano europeo. En vista de la continua ausencia de
una unión política consistente, la Unión Europea
se encuentra muy distante de encontrar una forma complementaria para los
establecidos estados nacionales. Ellos han fundado la UE y siguen siendo
sus partes constitutivas. Mientras los estados miembros no reconozcan
la capacidad jurídica de UE, le hace falta un equivalente que haga
juego con la soberanía estatal. Muchos manifiestan, que la UE no
debe nunca llegar a ser semejante a un estado; el estado nacional no deberla
llegar a ser superfluo. Al mismo tiempo se critica a la UE por su déficit
democrático y por su deficiente armonía con la idea
de soberanía popular. En realidad continúa el esmero político,
más fuerte que antes, de encaminar a la UE hacia una verdadera
democracia parlamentaria. La conclusión del trabajo de elaboración
de una constitución europea es una importante etapa intermedia,
no obstante falta transitoriamente un indiscutible concepto de la soberanía
ciudadana o tal vez de la soberanía popular europea. En vista de
la carencia de un pueblo europeo debería, por lo menos, nacer una
forma aceptable de democracia europea equivalente al concepto de la soberanía
popular. Todavía los estados europeos protegen mejor que la UE
los derechos humanos y de ciudadanía. Con la inclusión jurídica
de la Carta de los derechos humanos y de ciudadanía de la UE a!
acquis communautaire podría esto cambiarse en un futuro
cercano.
9
Más fundamental es otra crítica a la crítica del
desarrollo de la soberanía en Europa. Casi toda la crítica
está marcada por un concepto estático de soberanía.
Hay analistas que se inclinan a mirar la integración europea como
un suceso sin dientes políticos, dirigido por dudosos tecnócratas,
incapaces de producir resultados políticos que podrían fortificar
su propia legitimidad. En vista de que parece que esto no sucederá,
no podría Europa causar consecuencias en el campo de la filosofía
y la democracia política. Pero resulta intelectualmente miope querer
comparar la evolución del proceso de la unidad europea con su historia
centenaria en el mundo de los estados. En esta comparación tiene
Europa las de perder, por cuanto ella es simplemente muy joven e inmadura
como para ser comparada con los honorables estados europeos. En este sentido,
a fin de colocar las cosas en su correcta perspectiva, podría ser
más lucrativo comparar a la Unión Europea con la lucha por
la soberanía en el Tercer Mundo.
Esto no quiere decir que la Unión Europea, en un sentido materialista,
podría ser comparada con países del Tercer Mundo, como tampoco
se puede insinuar que la UE puede o debe llegar a ser un estado nacional.
Pero, para recordar la difícil lucha por la soberanía y
reconocimiento en el Tercer Mundo, se debe mirar a través de un
espejo que muestre que el desarrollo de Europa no puede ser entendido
como un desarrollo estático sino solamente orgánico. Ni
en el Tercer Mundo ni en Europa el concepto de soberanía ha tenido
un significado idéntico. Mientras se desarrolle la integración
europea se desarrollará con ella también el concepto de
soberanía.
Europa continuará discutiendo sobre los derechos de soberanía.
Pero en tanto que la Unión Europea ha encontrado reconocimiento
como una forma política sui generis, debe encontrar también
reconocimiento una soberanía europea y un soberano europeo. El
diccionario de la teoría de la filosofía y de la democracia
debe ser ampliado en un concepto adicional. El proceso europeo de integración
está todavía caliente, sus resultados están pendientes
y su carácter de desarrollo es indiscutible. A este proceso ya
no le bastan conceptos estáticos y antiguos de la filosofía
política y de la teoría de la democracia política.
La integración europea trae crecientemente conceptos originarios
de la filosofía política y de la teoría de la democracia.
10
Los Tratados de Westfalia del siglo diecisiete dejaron una concepción
centralista y territorial de lo político que en el desarrollo moderno
del mundo estatal europeo producía un efecto penetrante. Los conceptos
westfálicos de soberanía antes de su proclamación
nunca fueron absolutos y duraderos, y la historia de contradicciones internas
y conflictos desde entonces en Europa, contradicen toda intención
de perpetuar categorías estáticas de lo político.
Globalización e integración europea han acribillado el concepto
de soberanía que tenía sus raíces en los Tratados
de Westfalia. Al mismo tiempo ellos han ampliado la concepción
de la filosofía política y la teoría de la democracia.
La relación entre el poder y la soberanía en el ámbito
europeo permanecerá contradictorio como la relación entre
soberanía y democracia. En el marco de la imaginación tradicional
están muy unidos el estado con la nación. El estado llegó
a ser una especie de administrador de la nación. La existencia
de estados multinacionales, como Suiza, ha puesto en duda este punto de
vista en estas relaciones. La legalización de la doble nacionalidad
en los estados europeos muestra la posibilidad de que los individuos puedan
dividir su lealtad entre dos estados. La introducción de la ciudadanía
europea muestra, que la lealtad no solamente puede ser dividida verticalmente
sino también horizontalmente, no solamente entre dos estados, sino
de igual manera entre un estado y la Unión Europea. El hecho de
que la idea de ciudadanía no esté más ligada al estado
nacional es uno de los logros centrales de la historia de la integración
europea.
El desarrollo dentro de la actual Unión Europea no está
exento de contradicciones. La programada ampliación de la UE hacia
Europa Oriental originará la integración de pueblos y estados
que no solamente no estuvieron expuestos a las experiencias transformadoras
de Europa Occidental en los últimos cincuenta años, sino
que a menudo han hecho experiencias contrarias y por ello muestran sus
más tradicionales conceptos de soberanía nacionalista. Naciones
y alucinaciones acompañarán el largo camino de la unificación
europea como lo ha dicho muy acertadamente el ya mencionado Peter van
Ham.
Al mismo tiempo, a consecuencia de la globalización y crecientes
esperanzas, no solamente en un rol económico sino también
en uno político mundial, la UE continuará el camino de la
unificación de la soberanía. Todavía ha merecido
poca atención en este contexto el papel del Tribunal de Justicia
europeo. Está jurídicamente limitado y también interpretado
desde la perspectiva nacional estatal ligada a la dogmática jurídica,
a pesar de que el Tribunal de Justicia ha sido siempre un inminente órgano
político de la unificación europea y debería continuar
así y tal vez acrecentar su importancia. Los conflictos subliminales
con los tribunales constitucionales nacionales, que reclaman sus derechos,
fueron evidentes cuando el Tribunal Constitucional Federal de Alemania,
en 1993, intentó poner riendas a la UE y solamente aceptó
el Tratado de Maastricht que facilitó el camino hacia el euro,
bajo la condición de que no se llevara a cabo una transferencia
de soberanía automática que suprima los derechos humanos
nacionales. También en el próximo peldaño del desarrollo
europeo continuará la lucha entre conceptos políticos y
jurídicos, intergubernamentales y supranacionales. La relatividad
y relacionalidad europea del concepto de soberanía se confirmará
una u otra vez.
Dentro de este contexto se ha hablado de una soberanía operacional,
que se ha establecido en el nivel de la UE. En la ciencia política
clásica se habló siempre de la integración funcional
y sectorial. Vale la pena tomar dichas investigaciones científicas
como reflexiones en el campo de la teoría de las relaciones internacionales.
Uno de los gurus en esta materia, Robert Keohane, ha establecido
que la soberanía en el mundo moderno no es más una definida
barrera territorial, sino más bien materia de negociación
en el marco de una creciente política marcada por redes y fuentes
transnacionales.
La estructura institucional de la UE no es muy consistente. Sin embargo
el proceso de desarrollo continúa, el mismo ha producido un soberano
europeo sui generis. Prueba de ello son instituciones supranacionales
como el Parlamento Europeo, la Comisión Europea y el Tribunal de
Justicia Europeo, así como también el Banco Central Europeo,
símbolos, como la moneda común, la bandera, el himno y el
día feriado, además de que en ningún momento se ha
agotado el discurso sobre las perspectivas de una unión política
con una constitución, una política de justicia y derecho
y un ejército común.
Cómo y hasta qué punto sincronizará la soberanía
europea con la idea de una soberanía popular. depende de diferentes
factores. Desde el punto de vista de la teoría democrática
es muy importante la pregunta sobre la ampliación del principio
de la mayoría en el marco europeo del proceso formativo de decisiones.
En todo caso ya no es muy honesto rechazar el concepto de un proceso europeo
de desarrollo soberano y una forma específica de democracia europeizada.
La filosofía política y la teoría de la democracia
están frente a una nueva tarea.
Al respecto puede otorgar un estímulo la siguiente observación.
La UE, podría argumentarse, ha empezado a liberarse de las categorías
establecidas de soberanía estatal en la forma que Marsilius von
Padua relató en el siglo XIII el proceso de emancipación
del imperialismo secularizado frente a la Iglesia. Al final de este proceso,
en el siglo XVII, se presentaron los conocimientos objetivos de Jean Bodin
sobre las realidades del nuevo estado nacional europeo. Pero la UE no
ha logrado todavía alcanzar un grado de desarrollo equivalentes
a los conceptos de soberanía popular como los diseñados
por John Locke, Charles de Montesquieu o Alexis de Tocqueville.
La UE enfrenta el reto de la globalización con una creciente y
continua participación de la soberanía regional funcional
bajo la inclusión de autoridad y poder jurídico compartidos
y de una estructura complementaria y multidimensional de la legislación,
mientras que, debido a la deficiencia de una consistente democracia parlamentaria
y derechos constitucionales, permanece premoderno.
Consecuencias para el concepto de la
democracia
2.Los procesos europeos de toma de decisiones han sido comparados con
los de la Europa de la Edad Media, pero sobre todo con las tradiciones
alemanas de medidas de Policey, análogo del cameralismo,
que se adelantaron a los conceptos de la política que conocemos
actualmente. Estas medidas políticas, sobre las que nadie ha trabajado
mejor que Hans Maier, establecieron un proceso pre-moderno, que tenían
la meta de imponer un buen orden desde arriba, mientras que al mismo tiempo
se ahorraba el discurso popular, el cual es de relevancia para la democracia
moderna ¿Es el proceso de decisión política en la
UE una variante post-moderna del estado pre-moderno? ¿Está
formándose la soberanía de la unión, incluso tendrá
que formarse sin que la soberanía ciudadana crezca en igual forma?
Actualmente no puede hacerse ninguna apología científica
sobre la calidad democrática de la UE. No existe, naturalmente,
duda alguna sobre las estructuras democráticas y condiciones del
estado de derecho dentro de cada uno de los estados miembros de la UE.
Democracia, estado de derecho y protección de los derechos humanos
son los principales criterios de admisión en la UE. Pero en el
marco de la estructura de decisión de la UE la situación
no se presenta tan ventajosa. La UE está muy lejana de corresponder
a los estándares de la teoría de la democracia en la forma
que estos son constitutivos de legitimidad para cada uno de los estados
miembros. Responsables de esta contradicción son los mismos miembros
de la UE. Hasta ahora no han querido democratizar en forma adecuada las
instituciones y procesos de decisión de la UE; por tanto es muy
fácil acusar de fracaso a fuerzas anónimas en Bruselas.
La UE está dirigida políticamente y tiene, además,
la obligación de rendir cuentas, pero las decisiones más
importantes permanecen entretanto dependientes de procesos políticos
y consideraciones en los países miembros y sus gobiernos. En ese
sentido la UE es una democracia indirecta con medidas morales muy altas
para la calidad democrática de sus estados miembros. Se podría
estar casi inclinado a afirmar que la UE aún no está lista
para la membresía en la UE, si es que ella solicitara la membresía
de sí misma.
El proceso de desarrollo hacia la democracia parlamentaria ha surtido
efecto en la UE, pero aún no ha llegado a un final satisfactorio.
El papel clave en este proceso lo juega el Parlamento europeo. Desde su
primera elección directa, en el año 1979, el Parlamento
europeo ha logrado poco a poco derechos que hace 30 años habrían
sido inimaginables. Hoy, en el marco del proceso de participación,
el parlamento ha coparticipado en la mayoría de los procesos legislativos
de la UE. También la ampliación de la UE hacia Europa Oriental
no se lleva a cabo sin el voto del parlamento europeo. Las preguntas decisivas,
no obstante, no han tenido respuesta hasta ahora: La definitiva formación
de un poder ejecutivo europeo, que tenga soporte en la mayoría
parlamentaria y sea responsable frente al parlamento. Y, casi mas importante:
El derecho de recaudar impuestos, que es el derecho parlamentario más
sagrado y más antiguo. El Parlamento Europeo funciona bajo la divisa
representation without taxation. En Boston se desató
la revolución americana para lograr lo contrario.
La ampliación de la UE hacia el oriente europeo se organizará
de tal manera, que los nueve nuevos miembros del centro de Europa y de
Europa Suroriental puedan participar en las próximas elecciones
del Parlamento Europeo en el verano del año 2004. Eso puede ser
un caso que cree precedentes para otras admisiones de países en
los años 2009 y 2014. La Carta de los derechos básicos y
derechos ciudadanos de la Unión Europea, presentada en el año
2000, será incluida en la Constitución de la UE, que se
está elaborando y se legalizará. Este paso fortificará
también el carácter de la Unión Europea.
Se puede visualizar claramente la pretensión de los partidos y
fracciones representados en el Parlamento europeo de hacer visible su
perfil político, hoy más que en el pasado. Ellos desean
demostrar que las decisiones políticas en el ámbito de la
UE pueden influir la dirección de los procesos de desarrollo, dependiendo
de si son tomadas por una mayoría de izquierda o de derecha. Hasta
hoy siguen lamentando los críticos el vacío político
que, de hecho, sólo puede ser llenado por los partidos y sus concepciones
en competencia.
No obstante las múltiples y escépticas objeciones, la Unión
Europea ha iniciado el camino de la construcción de una democracia
europea específica. Un proceso de elaboración de la Constitución
se encuentra en marcha. Se ha propuesto que en la UE se debe formar a
largo plazo algo así como un genuino patriotismo constitucional
europeo. En vista de la presencia dominante de los estados nacionales
con sus marcadas tradiciones de identidad, muchos consideran esto irreal,
otros lo consideran indeseable. No solo los indestructibles Euro-optimistas
abogan por paciencia y aconsejan dejar tiempo al tiempo. Entretanto se
ha aglomerado una gran cantidad de componentes al constitucionalismo europeo:
una bandera europea, un himno europeo, un día feriado europeo,
un Parlamento europeo, una moneda europea, una jurisdicción europea
y un poder ejecutivo europeo. Entre las numerosas sugerencias a la Constitución
europea se encuentra el servicio civil europeo, que para el fortalecimiento
de la identidad europea en las generaciones futuras seguramente tendrá
mucha más importancia que las declaraciones políticas. Lo
mismo tiene validez para libros escolares europeos en las materias principales,
que pueden brindar un apoyo interminable al papel del recuerdo en el proceso
de unificación europea.
El incremento de estudios europeos en la Universidades e institutos superiores
de Europa, y también fuera de ella, es una demostración
clara de la creciente demanda de información relacionada cada vez
con más complejos temas de la integración europea.
La búsqueda de las condiciones de una Unión Europea más
democrática está bajo la presión del proceso de globalización,
pero la UE intenta también desde la perspectiva de su propio derecho,
formar su carácter futuro. La globalización ha traído
ya diversas medidas reguladoras a escala mundial, empezando por la protección
ambiental, temas de la justicia y el desarme multilateral hasta el problema
del desarrollo sostenible. Estos son pilares de lo que seguirá
denominándose global governance. El desarrollo del
comercio exterior de la UE y el esfuerzo por la delineación de
la política exterior y de seguridad de la UE, son ejemplos fehacientes
de que formas supranacionales de gobernación no solamente deben
basarse en el poder intergubernamental entre los Estados sino que, en
el marco de la gobernación multifacética en la UE, son crecientemente
dependientes de posiciones y mayorías supranacionales políticas
que reclaman legitimidad. El carácter democrático de la
UE es sin lugar a dudas insuficiente, pero comparado con la legitimidad
democrática del esfuerzo intergubernamental regulatorio de la global
governance en el ámbito mundial la Unión Europea es,
hoy en día, la esencia de la gobernación democrática.Esto
puede ser solamente un pobre consuelo y sigue manteniéndose el
anhelo de una transparencia democrática más fuerte y el
control del proceso de toma de decisiones en la UE. Se podría intentar
argumentar que el esfuerzo por medidas reguladoras, como por ejemplo en
el contexto de la Organización Mundial del Comercio, dificulta
la democratización de la UE. Pero, no obstante todas las articuladas
críticas estereotipadas al déficit democrático de
la UE, vale la pena seguir el camino optimista de la especulación,
con el objeto de incluir las fuerzas propulsoras de la integración
europea, que desde la reciente introducción del euro influirán
en los próximos años en los procesos de identidad y colaboración
de la Constitución de la UE.
La introducción del euro testifica que el proceso de integración
europeo, desde sus inicios en los años cincuenta, ha sido siempre
motivado políticamente pero hasta ahora se ha orientado en instrumentos
y metas económicas. Ahora, luego de la conclusión del mercado
común y la introducción de la moneda común, se abre
un nuevo capítulo con acento más claro y directo en la integración
política.
Alcanzar democracia y estado de derecho a nivel mundial puede ser una
meta muy ambiciosa. Lograr procesos de decisión regulados en el
juego de intercambio de los compromisos de intereses es, por el momento,
y a largo plazo, ciertamente lo más realista en lo referido a global
governance en ese nivel. Pero, en el ámbito regional de estados
normativamente similares, la democracia supranacional no es un idea extravagante,
como lo demuestra el desarrollo europeo. No obstante todos los déficits,
la democracia supranacional ha surgido como una nueva forma sui generis
en la UE. La Unión Europea unifica hoy soberanía supranacional
sui generis en asuntos monetarios y de derecho con democracia parlamentaria
regional sui generis.
Las experiencias de la UE son consideradas mundialmente, y ocasionalmente
examinadas, para una posible aplicación en otras regiones del mundo.
Se puede especular sobre los efectos de este modelo de la UE en la organización
de la gobernabilidad global. En este sentido es sorprendente que nadie,
refiriéndose al modelo del parlamento europeo, haya sugerido una
cámara parlamentaria que complementaría la Asamblea General
de las Naciones Unidas, que es la reunión de los gobiernos del
mundo.¿Podría captar dicha parlamentarización parcial
de la ONU una parte de la crítica a la globalización?
La búsqueda dentro de la UE de cómo sobreponerse a los déficits
continúa. En principio se trata de un mejor balance entre los elementos
intergubernamentales y supranacionales de gobernación en la UE,
que existen ya en esqueleto. Concretamente se trata del fortalecimiento
del papel del Parlamento Europeo como representación supranacional,
elegido directamente por todos los ciudadanos de la Unión frente
al Consejo Europeo como representación inmediata de los gobiernos
democráticos miembros de la UE, cuyos procesos de toma de decisiones
impresionan en forma bizantina.
La idea de que una Unión Europea supranacional podría ser
más democratizada tiene contradicciones. Sin un pueblo europeo
no puede haber democracia, ese es el argumento central de los euroescépticos.
A ellos se les aconseja tomar conocimiento de los amplios debates sobre
los límites de la democracia que hay en todas las democracias occidentales.
Donde no hay una forma pura de democracia, allí puede la democracia
europea, incompleta como es, encontrar su lugar específico. Ella
es democracia sui generis con un fuerte tinte ejecutivo, el cual, hasta
ahora, es solamente controlado democráticamente, de forma indirecta,
por los gobiernos de los estados miembros de la Unión Europea.
Los controles del Parlamento Europeo y la influencia de la Corte de Justicia
europea se incrementan entre tanto. Este camino se debe proseguir junto
con la completa introducción del principio de mayoría en
la toma de decisiones en la UE. Lo que unos temporalmente denominan un
continuo déficit democrático de la UE, puede ser hoy calificado,
con justa razón, como una democracia supranacional con carácter
propio; es decir, como una democracia europea sui géneris.
Con miras al fortalecimiento del papel del ejecutivo, en la mayoría
de las democracias occidentales se habla de formas de gobernación
postparlamentaria. Se debe resistir la tentación de considerar
el desarrollo de la democracia como muy estático. Para los unos
la UE es expresión de gobernación postparlarnentaria. Otros
la ven al inicio de un camino, que requiere más democratización
y obligación de rendir cuentas de sus instituciones. Todo parece
abogar por no desestimar esta última tendencia, incluyendo el hecho
de que los parlamentos nacionales de los estados miembros recién
han empezado a analizar su papel en el proceso de gobernación europeo.
Mientras los efectos de la globalización en las democracias locales,
en la política comunal, han sido motivo de observaciones críticas;
pienso que el proceso de formación de una democracia europea sui
generis podría acrecentarse como consecuencia de la ampliación
global del horizonte de la UE.
En un mundo, donde el entorno político, basado en la ciudadanía
y soberanía estatal, amenaza con desaparecer en favor de la dominación
de las fuerzas de mercado, es lógico que el cambiante concepto
de soberanía también altere el concepto de la democracia.
No obstante la cambiante calidad de la soberanía estatal, el estado
nacional sigue siendo, por el momento, el más importante sujeto
del derecho internacional. Y, no obstante el evidente crecimiento de la
importancia de las fuerzas del mercado, el concepto de democracia continúa
unido a un concepto de apoyo estatal, de un Demos homogéneo.
Este manejo estrecho de conceptos no podrá ser sostenido a largo
plazo. En todas partes se acepta el diagnóstico sociológico
de qué lealtades personales y colectivas pueden ser multidimensionales
. Lo mismo vale para la fuerza de lealtad obligatoria y efectos obligatorios
de una democracia multidimensional.
Gobernación multidimesional, soberanía multidimesional y
democracia multidimensional: Cada uno de los nombrados conceptos ha sido
ampliado y transformado, mediante las experiencias, con los efectos de
los procesos de unificación europea.
Hasta ahora la teoría de la democracia ha tenido dificultad al
ubicar la dimensión europea de la democracia en un sistema de varios
niveles de procesos democráticos, decisiones y mecanismos de participación.
Un aspecto que vale la pena enfatizar, es aquel que pregunta por el proceso
democrático como un juego combinado en la información de
toma de decisiones, tanto entre lo intergubernamental y lo supranacional,
como también entre lo ejecutivo y lo Parlamentario. Sería
más productivo no preguntar en forma estereotipada y estática
en qué estado se encuentra el déficit democrático
de la UE, sino observar si la Unión Europea puede satisfacer las
expectativas tradicionales en el proceso democrático; mientras,
al mismo tiempo, la UE está obligada a solucionar el problema de
eficiencia en la capacidad de decisiones de cada uno de los estados nacionales.
Expectativas tradicionales significa naturalmente responsabilidad en la
obligación de rendir cuentas, una transparencia y el predominio
del derecho. Es claro, que no solamente la teoría de la democracia,
sino también la experiencia práctica influyen nuestro concepto
de democracia.
En el marco de la discusión sobre el asunto de la fragmentación
política, la creciente pérdida de la consistencia social
y centrifugalidad del poder en el mundo occidental es notable la dinámica
pasión con que el parlamento europeo, y aquellos que están
a favor de su línea, abogan por la ampliación de la democracia
parlamentaria en la UE. La democracia parlamentaria supranacional, es
efectivamente, una innovación en las relaciones internacionales
y en la teoría de la democracia. Mientras más permeables
se han vuelto las fronteras y conceptos de soberanía en el mundo
globalizado, mucho más deben reconocer cómo han sido agujereados
nuestros conceptos y categorías de la democracia parlamentaria
como consecuencia del nuevo juego combinado de procesos de decisión
regionales, nacionales, intergubernamentales y supranacionales. Bajo estas
circunstancias la idea de un parlamento europeo sin mencionar su
notorio camino desde 1979- es ya un importante acontecimiento histórico.
Un elemento importante de la teoría de la democracia es el concepto
de libertad de elección política. El electorado debe poder
decidir entre varias opciones. Los Parlamentos deben llegar a acuerdos
sobre la base de opciones, éste es un elemento irrenunciable de
la democracia parlamentaria en la medida que el Parlamento europeo se
transforma poco a poco en un parlamento, sus acuerdos no solamente tienen
efectos , sino que también se basan en opciones políticas,
que puedan ser absolutamente controvertidas entre ellas. Las grandes agrupaciones
políticas en el parlamento europeo probablemente continuarán
ampliando y desarrollando su papel en el proceso de integración
y formación democrática. El tratado de Niza concede al parlamento
europeo el derecho de participar en la elección del futuro Presidente
de la Comisión Europea. Este se llevará a cabo después
de la elección del Parlamento Europeo en el verano del año
2004. Se puede esperar una lucha de poder entre el Parlamento Europeo
y los gobiernos de los estados miembros para ver quién decide cómo
actuar en la etapa preliminar de este importante y determinante evento.
Si los partidos representados en el Parlamento Europeo van a tener éxito
y si el partido que obtenga la mayoría de las urnas europeas determina
al Presidente de la Comisión, esto, naturalmente, en el futuro
solamente será factible de acuerdo con el Consejo Europeo, entonces
se habrá logrado otro paso decisivo en el camino hacia una democracia
parlamentaria supranacional sui generis. El año 2004 será
un año crucial. Un año que decide sobre la valentía
de tomar decisiones fundamentales sobre personas con mandato otorgado
por representantes de los eurociudadanos, aunque los parlamentarios no
tienen previsto esto.
Con esto se toca otro aspecto de la influencia del proceso de integración
europeo sobre la filosofía política y la teoría de
la democracia. Este concierne al concepto de una ciudadanía supranacional.
Con el tratado de Maastricht en 1991 la Unión Europea introdujo
formalmente la ciudadanía europea. En vista del proceso de globalización,
la idea de la ciudadanía europea puede fortificar el sentido de
pertenencia e identidad. Para muchos parecería que esta idea de
la ciudadanía se ha quedado solamente en el papel, si es que realmente
llegó a la conciencia de los europeos, aparte de que, por otro
lado, los pasaportes europeos tienen el mismo formato. Pero la idea de
la ciudadanía europea va más allá de los símbolos.
Ella afecta la pregunta de la identidad de los eurociudadanos y su capacidad
de compartir la lealtad ciudadana como es el caso de los conceptos de
soberanía y democracia. Estas llegan a ser comparativamente categorías
abstractas, pero en el concepto de ciudadanía son concretas tanto
las expectativas como las exigencias.
El Artículo 8 del Tratado de Maastricht
tiene un carácter ejemplar elemental:
Con el presente se establece la ciudadanía europea. Toda
persona que posea la ciudadanía de un estado miembro, es igualmente
ciudadano europeo. El carácter afirmativo de esta formulación,
cuyos autores parece que se armaron de coraje, no excluye que el contenido
normativo expuesto, con el correr del tiempo, pueda ser enriquecido con
vida concreta y sentimiento. El camino desde la afirmación hacia
los hechos es todavía largo, pero se ha empezado. Efectivamente
la UE desea demostrar así la posibilidad de la división
del concepto de ciudadanía a través de la fortificación
de la lealtad frente a la Unión Europea, sin desistir de la lealtad
frente a su propio estado.
El concepto de ciudadanía europea debe ayudar a comprender la UE
como propiedad intelectual y a sentir frente a ella lealtad, sentido del
deber y reconocimiento. La politóloga británica Elizabeth
Meehan ha analizado detalladamente que está naciendo en Europa
un nuevo principio ciudadano, que no es nacional, tampoco cosmopolita,
pero que abarca diversas identidades, derechos y deberes que se manifiestan
en un sistema complejo de procesos políticos de decisión.
Los problemas que conceptualmente están atados a la idea de la
ciudadanía europea no son, en su categoría, diferentes a
los de la ciudadanía nacional. Ciudadanía es, según
su carácter y así ha sido desde la antigüedad, tanto
inclusiva como exclusiva. Esto se demuestra mejor con el hecho de que
en el mundo hay tantas ciudadanías como estados. Al mismo tiempo
la introducción o reconocimiento de una doble ciudadanía
muestra que es tal la división de lealtad entre dos estados o,,
en todo caso, es considerado como posible por la legislación. Lo
que es válido en el ámbito horizontal, tiene validez también
en las relaciones verticales entre los estados europeos y la Unión
Europea: La lealtad ciudadana es divisible, así como los son también
la soberanía y la democracia. Frente a la realización completa
de la idea de una ciudadanía europea se encuentran dos retos entrelazados
entre sí que no son de una naturaleza muy democrática, sino
más bien sacuden la estructura de la identidad europea:
-La pregunta sobre el reconocimiento del Islam como una religión
dentro de la UE, donde ya habitan alrededor de 15 millones de musulmanes
presenta interrogantes tanto sobre la integración social como relacionadas
con la compatibilidad del Islam con un orden político secular.
-La pregunta relativa al poder de decisión final sobre la intervención
de ciudadanos europeos en guerras o solamente en operaciones
pacíficas fuera de la Unión Europea. Esta situación
origina la problemática de la legitimidad de una práctica
consecuente con la política exterior y de seguridad común
de la UE.
Las dos preguntas tocan profundamente los límites del hasta hoy
logrado sense of ownership en la Unión Europea. La
meta no puede ser un concepto homogenizado y estandarizado de una sociedad
europea. Pero ciertamente se trata de fortificar el sentido del concepto
de ciudadanía, que es multifacético y dividido verticalmente
dentro de un sistema de gobernación multidimensional, que sabe
dividir horizontalmente los conceptos como soberanía y democracia.
En cualquier parte de ha UE donde esto se logre se establecerá
una nueva categoría de la filosofía política y de
la teoría de la democracia en lo referente a la divisibilidad de
la lealtad ciudadana.
La creación de un concepto cultural por parte de la UE, como propiedad
de sus ciudadanos, es una tarea difícil. Ella requiere más
de lo que usualmente se diga: Fortalecirniento de la capacidad en idiomas
extranjeros, intercambio de escolares y estudiantes, fomento de los medios
europeos, sincronización de los debates políticos europeos.
No obstante las barreras del idioma y la diversidad cultural, la identidad
europea debe ser definida políticamente al final y en su esencia.
Por eso el actual debate constitucional, con su interrogante central sobre
la limitación de competencias políticas bajo el espíritu
del principio de subsidariedad, es de vital importancia para
incrementar la legitimidad y lealtad ciudadana.
Consecuencias para los conceptos
de universalidad y de orden mundial
3.Con el debate constitucional está muy atada la pregunta sobre
el futuro perfil político mundial de la UE. La apertura del horizonte
continental hacia un genuino papel global de Europa es un elemento constitutivo
más del amplio concepto de integración europea y su
raison detre.
Las conclusiones necesarias que el desarrollo de la integración
debe obtener del desplazamiento de fronteras que trae consigo la globalización,
se relacionan también con el concepto del orden, como ha surgido
en la historia intelectual y política de Europa. En el pasado la
idea de la construcción del orden estuvo siempre relacionada con
Europa misma. Desde el surgimiento del moderno sistema estatal fue Europa
en sí su tarea distinguida. También el colonialismo y el
imperialismo fueron, al final, funciones en la interna pelea europea por
poder e influencia. Las ambiciones europeas fueron proyectadas globalmente,
sin embargo permaneció Europa como foco y meta de las intenciones
subyacentes. Las consecuencias del poder colonial en el juego europeo
por el poder y la hegemonía fueron más importantes que el
futuro de .los territorios coloniales. Bismark comentó a un visitante:
su mapa de África está en Europa. Esto era válido
también para españoles, portugueses, ingleses y franceses,
belgas y holandeses, rusos e italianos. Pueblos y estados europeos pequeños
fueron excluidos a priori de la lucha por el poder en Europa. Al final
el juego por la política del poder y el balance del poder no pudo
ser ganado por nadie. Todos los estados europeos se transformaron en perdedores.
Frente a este trasfondo en la segunda mitad el siglo XX empezó
un verdadero experimento histórico de construcción del orden
en Europa bajo el signo de la cooperación e integración,
del compromiso de intereses y respeto a los grandes y pequeños
estados y pueblos. Complementado con estrechas relaciones transatlánticas
ha surgido un nuevo orden de estados y pueblos en Europa. Fue válido
más de 50 años que esto sucediera para el bien de Europa,
para que aprendiera de las horribles confusiones del pasado y sentar las
bases de la paz y el bienestar. Este comienzo de la construcción
de un nuevo orden europeo fue ampliado después de la caída
de las dictaduras comunistas en Europa central y oriental. Pero la construcción
del orden permaneció como un asunto interno europeo y seguirá
siendo así hasta que la arquitectura pan-europea sea verdaderamente
concluida.En otras palabras, Europa se ha acercado a los postulados y
metas del orden de Immanuel Kant, que en 1795 en su ensayo Hacia ha paz
eterna caracterizó los derechos individuales, el estado de derecho
y la libre unión de estados como constitutivos del orden de paz.
Europa ha llegado a ser aproximadamente una Europa de Kant y es en ese
sentido a que ha permanecido consciente de la fragilidad de sus condiciones.
La guerra yugoslava de sucesión no ha llegado todavía a
su final, también Chechenia pertenece a Europa, aunque sea su periferia.
Con la globalización tecnológica y económica se han
ampliado globalmente los ideales de los derechos humanos, de la democracia
y del estado de derecho sin que, entre tanto, sean reconocidos y practicados
universalmente. Retos intelectuales como la universalidad de los derechos
humanos, como han sido postulados por abogados de un relativismo cultural,
han sido siempre rechazados en todo el mundo por los luchadores de los
derechos humanos y la democracia.
El debate intelectual por la universalidad de los conceptos de los derechos
humanos y conceptos de la democracia ha retornado a Europa. El concepto
europeo ya no es más objeto de preocupación. Él está
más bien orientado a tomar posición frente a las violaciones
de las normas respetadas al otro lado de sus fronteras. Los Balcanes,
Cercano Oriente, Kashmir, Timor, África, la guerra global contra
el terrorismo, Europa no puede continuar presentándose como estado
comercial global y evitar su responsabilidad en el ámbito político
y, si es necesario, también en el ámbito militar. Así
adquiere una nueva dimensión el concepto del orden, en el que Europa
debe trabajar. Se desliga de la unión al mapa de Europa y se vuelve
global. A ello están unidos también los requerimientos al
diálogo intercultural y, en este contexto, se presenta una vez
más la pregunta, cuáles de las normas que forman la identidad
europea son universales y cuáles específicamente europeas.
Con la globalización la ética europea se globalizará
en forma nueva y fundamental y estará expuesta a discursos globales.
Con ello se suscita, como en la antigüedad, la pregunta sobre el
otro, incluso la pregunta sobre el enemigo. Herodoto
supo poner a los persas en contraposición con los griegos. ¿Quién
es hoy, y quién será mañana, el contrario que enfrente
a Europa ? Aristóteles nos ha enseñado que nada es tan difícil
como definir lo bueno de sí mismo. Europa no podrá evitar,
ni intelectual ni prácticamente, la pregunta sobre el otro.
Actualmente el debate se concentra, aunque en forma todavía no
muy clara, en el mundo islámico por un lado y por otro en las relaciones
europeas con Estados Unidos de América. En la asimilación
de las consecuencias del terrible atentado del 11 de septiembre de 2001
se cruzan los dos discursos. Con el fin de la guerra fría y la
aparición de nuevos modelos de amenazas la pregunta sobre la fuerza
futura de los conceptos mundo occidental y civilización
atlántica, ha adquirido nuevos impulsos.
En efecto sería miope y fatal entender el proceso de integración
como antítesis de las estrechas relaciones transatlánticas.
Especialmente en círculos intelectuales se encuentra a menudo esta
tendencia y cualquiera que sean los motivos para eso: la imponente sustancia
de valores, intereses y metas entre Europa y Estados Unidos de América
los hace idénticos o por lo menos complementarios, sobre todo por
la lucha común por la civilización occidental contra la
amenaza terrorista de fanáticos islámicos. Pero sería
también, de igual manera, muy superficial señalar un conflicto
rutinario entre el Occidente y todo el mundo islámico. Europa está
en todo caso llamada a mostrar, juntamente con Estados Unidos de América,
consistencia en la formulación de normas universales en un mundo
globalizado con nuevos conflictos.
Todavía no existe una universalidad de normas occidentales que
sea apropiada, tomando en cuenta la globalización y la tarea de
Europa de colaborar en la construcción del orden mundial.
Un relativismo post moderno puede dificultar la formación inmediata
de un consenso intelectual en este tema. Este no es el lugar para colocar
señales de camino, que podrían ser partes elementales de
tal universalismo globalizado y normativo. Debe ser suficiente la indicación
que la globalización obliga a Europa a aceptar este reto intelectual.
La globalización rompe los límites que han sido trazados
por maniobras de desvío postmodernistas y relativistas.
El relativismo postmoderno es el enemigo intelectual de un perfil normativo
europeo global. Europa debe afrontar en forma nueva el debate de la universalidad.
En vista del enorme pluralismo de valores en la Europa actual no será
tarea fácil sentar acentos europeos específicos y posiciones
invariables en la discusión sobre normas y valores universales.
La discusión ética y normativa sobre la universalidad será
en todo caso impuesta y exigida a Europa como consecuencia de la globalización
material. Europa no solamente podrá subsistir como estado comercial
mundial en la globalización. La globalización rompe los
límites del egoísmo ético y la satisfacción
de sí mismo en Europa.. La idea de la paz de Immanuel Kant expone
a Europa al diálogo ético global, que condiciona un punto
de vista propio. En el campo de la economía Europa se presenta
en forma global y ha tenido una participación activa en el nacimiento
del régimen mundial de comercio bajo el techo de la OMC. Desde
el punto de la política de seguridad el slogan out of area
ha hecho la ronda en Europa. También con miras a normas y valores
y al discurso ético con el mundo debe Europa aprender a pensar
out of area, y actuar en concordancia con sus propias exigencias
y con su comportamiento global. En eso coloca la globalización
un límite a toda inclinación hacia la presunción
europea y, dicho en términos generales, hacia la presunción
occidental atlántica. La ética en el mundo globalizado no
puede ser considerada desde el punto de vista del relativismo post-moderno,
si es que desea ser coherente y consecuente en sus implicaciones. Pero
eso es otro tema.
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