E scribir poesía es una aventura,
el acto de encontrar un sentido más profundo en las cosas más
cotidianas de la existencia supone un proceso de búsqueda, de
penetración en lo desconocido, de iluminación de lo que
ha estado velado, donde se cuenta con un único elemento: la simple
capacidad del poeta para crear la imagen necesaria que motive a quien
la recibe a seguir tras sus sueños. Tal vez por eso a lo largo
de la historia de la humanidad las épocas de grandes descubrimientos
han sido también de grandes poetas.
De un tiempo a esta parte la dimensión de lo conocido ha ido
abarcando los elementos mayores del hábitat humano y quienes
buscan el por qué de las cosas han vuelto sus oficios hacia lo
infinitesimal, lo constitutivo, lo más interno de los fenómenos
en una profundización del microcosmos que significativamente
ha requerido la participación de grupos numerosos y corporaciones
empresariales que han tornado los descubrimientos ahí alcanzados
en logros colectivos; sin embargo, los poetas tradicionales rebeldes
han decidido seguir caminos que los lleven hacia lo más íntimo,
lo más personal, lo más propio, en una soledad tan absoluta
que casi ni de ellos mismos se acompañan, buscando una imagen
tan original e íntima que en ocasiones, al ofrecerla a otros,
muchos la niegan para no verse obligados a profundizar tanto en sí
mismos.
Esa personal profundización en las más interiores esencias
humanas va acompañada de desgarramientos, fragmentaciones y alaridos
que, por ocurrir tan íntimamente, provocan al decir del
poeta un «estruendo mudo» tan estremecedor que nos
invierte el alma y hace que la poesía llegue a tornarse Un ruido
que nadie entiende ahora como ha titulado Anisley Miraz Lladosa el libro
que resultó Gran Premio del Concurso Literario VITRAL 2003.
Este conjunto de versos reviste una especial significación: si
bien es cierto que en su totalidad resulta producto de las peculiaridades
estilísticas y conceptuales de la generación lírica
cubana que se lanza a la poesía en los dos últimos años
del siglo XX, como creación literaria no se parece a nadie; sus
páginas recogen un agitado mundo interior que se proyecta en
una sucesión de imágenes cuya intención no es ilustrar
un estado de ánimo o recrear un ambiente que haya impresionado
a la autora. Más allá de precisiones de una poética
que no ha fijado sus límites, se adentra en la re producción
del choque que le provoca no concretar un canon, establecido antes de
su acto creativo, y que a todas luces es totalmente ajeno al que sus
ideales han modelado.
Lleno de fuerza juvenil y de un lenguaje flexible, la autora ha desplegado
en estos versos una metáfora múltiple donde un entorno
muy querido sucumbe ante los agobios de su universo íntimo y
sin precisar símbolo alguno establece un imaginario cotidiano
en el que los habituales recursos de la memoria (portarretratos, lugares,
viajes, etc.) se diluyen en una conciencia llamada a rediseñar
la función del poeta como gestor de un mundo mejor donde los
vivos no habiten un mundo vació de sueños.
Si como antes decíamos la carencia de un ideal por el cual medir
la realidad cotidiana ha marcado la producción lírica
de nuestros más jóvenes autores, en el caso de Anisley
Miraz esa realidad se ha dimensionado sobre la base de buscar una explicación
para el estruendo que provoca la caída de ídolos y metas,
y si bien es cierto que ese ruido ha sido incomprensible para muchos
para la autora no ha sido así, no porque su origen se asocie
a «pocas nueces»; todo lo contrario: la actual incomprensión
de ese sonido no es más que el anuncio de la tormenta inminente
para la que la autora ya ha señalado magnitudes. Si en todo momento
la lógica recomienda guarecerse de la tempestad, Anisley por
joven y por poetisaadvierte la necesidad de estos truenos a pleno
sol, sus versos no llueven sobre mojado, advierten la oportunidad del
surco. Reclaman su condición de semilla.