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Luis Mariano
Pérez Martínez
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Luis con su
esposa en un lugar cercano
a la escuela de Limones Cantero.
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Allá por el año 1936,
Luis el Maestro, como se le nombraba, partió de su provincia natal,
Pinar del Río, rumbo a la zona de Limones Cantero, ubicada en lo
más intrincado del macizo montañoso de la antigua provincia
de Las Villas; lo hizo para incorporarse a su labor como maestro en el
seno de una comunidad campesina.
Provenía de aquel plan de formación de educadores de las
Escuelas Cívico-Rurales, que fueron instituidas para llevar la
enseñanza elemental a los lugares más apartados del país.
Este movimiento significó un gran paso de avance para el sistema
educacional cubano de aquella época, pues posibilitó que
millares de niños y jóvenes pudieran cursar los estudios
primarios y además adquirir conocimientos en materia de labores
domésticas y agrícolas. A los educadores contemplados en
este programa se les garantizaba el material de estudio tales como libros
de texto, lápices, libretas, etc.
Cierto es que las condiciones socio-económicas en nuestros campos
no eran nada favorables, dado los bajos niveles de escolaridad y analfabetismo
existentes. En medio de estas premisas, Luis el Maestro, levantó
la primera escuela con la ayuda de padres y vecinos y dotó a la
misma con los requerimientos mínimos necesarios para hacerla funcionar.
Comprendió desde los inicios que para desarrollar una verdadera
labor educativa en esas condiciones había que trabajar muy arduamente
en el seno del aula, la familia y la comunidad, por lo que siempre puso
su empeño en lograr la prosperidad material y espiritual de todos
sus miembros. En el aula donde impartía las clases llegó
a tener matriculados hasta 70 alumnos, a quienes tenía que atender
simultáneamente en los diferentes niveles o grados. Propició
de igual forma la incorporación de una gran masa de adultos a las
clases nocturnas.
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En una reunión
de padres y vecinos con motivo de la repartición de juguetes
en el Día de Reyes, Luis el Maestro, se dirije a los presentes.
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Un elemento complementario de su labor didáctica y pedagógica
lo constituyó la formación de valores cívicos y morales
en el alumnado y en toda la colectividad, para ello enalteció el
valor de los símbolos patrios y fue un divulgador incansable del
pensamiento y la obra de nuestro apóstol José Martí.
Además fomentó activamente los patrones positivos de conducta
, tales como la honradez, la humildad y el amor al prójimo.
Dando muestras de una gran sensibilidad humana y cristiana prestó
ayuda a los más necesitados, a los que hacía llegar en ocasiones
artículos de primera necesidad como ropa, calzado, medicinas, etc.,
todo proveniente de su peculio personal. En materia de trabajo comunitario
logró vincular a muchos de los pobladores en tareas de saneamiento
y limpieza, que iban desde el desbroce de veredas y caminos hasta la creación
de letrinas sanitarias alrededor de las viviendas.
En el año 1948 concluyó su labor en esta zona y se incorporó
a trabajar en la escuela ubicada en el batey de la finca de Algaba, cercana
al pueblo de Condado, en el municipio Trinidad, allí fijó
su residencia. Desarrolló su labor con el mismo ímpetu y
tesón de antaño, lo que le valió el reconocimiento
de aquellos que se formaron bajo los principios de su magisterio. Con
el auspicio de Luis el Maestro se creó un Comité Cívico,
el cual presidía, que tenía como objetivo fomentar el mejoramiento
de las condiciones socio-ambientales y de comunicaciones de aquella zona.
Mediante esta iniciativa se construyó el terraplén que va
del pueblo de Condado hasta la Torre de Manacas-Iznaga, se edificó
el Liceo Cultural y se construyó la primera iglesia católica
del pueblo en el año 1950, entre otras obras; todo ello se realizaba
acudiendo a colectas públicas. En el año de 1962, después
de haber realizado una encomiable labor educativa y social, regresó
a su provincia natal, Pinar del Río, donde se incorporó
a trabajar en una escuela pública hasta el año 1972 cuando
se jubiló.
En su fructífera trayectoria como educador recibió varias
distinciones y reconocimientos, entre ellas la Orden Rafael María
de Mendive.
Pero ninguno ha sido para él más importante que haber recibido,
en su noventa cumpleaños, un álbum donde sus exalumnos le
expresan en emotivas dedicatorias el más profundo respeto y agradecimiento
por haberles formado como personas instruidas, responsables y conscientes.
Sirva pues este trabajo para perpetuar la memoria de este insigne maestro
que con su actuar rindió tributo a aquella frase de otro gran maestro:
Don José de la Luz y Caballero cuando dijo: « Instruir puede
cualquiera; educar sólo quien sea un evangelio vivo».
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Grupo de maestros
antes de partir hacia los lugares donde prestarían sus servicios.
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Transcripción de la carta enviada
a «Luis el Maestro»,
por su alumno José Alejandro Zayas Borrell.
Mi querido Maestro:
Recibí su cariñosa carta y no le puedo negar que tengo
hoy un poco de cargo de conciencia. Era mi deber haberlo hecho yo primero
con Ud. Ya tenía su dirección, que obtuve a través
de Sonia durante mi última estancia en Algaba, y también
el propósito de hacerlo; pero fueron pasando los días y
las obligaciones cotidianas y el trabajo diario, que en nada justifica
mi morosidad, hicieron su parte.
Hace muchos años que no lo veo y tener el placer inmenso de abrazarlo
y conversar con Ud., pero bastaron aquellos inolvidables años de
infancia y temprana juventud, arropado bajo su regazo de preceptor y guía
para que quedara en mi mente y en mis afectos, con matices imborrables,
la imagen latente para el resto de mis días, de mi Maestro. Está
demostrado que es durante los primeros balbuceos de la niñez cuando
se echan las bases de la personalidad en los seres humanos. Yo nací
y ví el mundo por primera vez en un envidiable entorno campesino
y tuve además el honroso privilegio de tener un verdadero Maestro.
Con la clara visión del tiempo transcurrido y la experiencia de
mis 56 años recién cumplidos, no creo que hayan existido
muchos niños en aquella época con la suerte y los privilegios
que el azar de la vida nos confirió a todos los que en aquellos
años podíamos tener un Maestro. Observe que escribo Maestro
con mayúscula, y eso me exonera de entrar en detalles innecesarios.
No soy proclive a la lisonja estéril ni a la alabanza inútil
con el propósito de halagar y ser cortés. Hoy para Ud.,
más que con el pensamiento, le hablo con el corazón. Ayer
yo fui educando y hoy soy un educador.
Aunque en épocas diferentes y con otros métodos, me siento
continuador de su obra. No creo que exista nada más halagüeño,
ni que produzca tanto placer y satisfacción en un educador que
ver su semilla fructificar y saber que el esfuerzo desplegado durante
años y los desvelos, cumplieron sus objetivos y estuvieron muy
lejos de ser inútiles y baldíos. Un tiempo después
de haberme alejado de su decisiva tutoría, llevado por la propia
vida y en plena madurez de la conciencia, fue que vine a darme cuenta
a cabalidad de cuán importante fue Ud. para todos nosotros. Fue
entonces que vine a interpretar realmente aquel pensamiento de José
de la Luz y Caballero que reza: «Instruir puede cualquiera, educar
sólo quien sea un evangelio vivo». Y Ud. fue eso precisamente,
aunque su excepcional modestia no le permita apreciar en sí mismo
tal aserto. De Ud. conocimos por primera vez, un importante número
de mujeres y hombres de hoy, las primeras referencias sobre la vida y
la obra del Apóstol Con Ud. aprendimos a quererlo. Como un padre
amoroso nos hablaba de la herencia dejada por Martí y que todo
cubano debe llevar como una preciada reliquia.
El Himno Nacional cantado a viva voz con increíble puntualidad
día tras día, de lunes a viernes, año tras año,
bajo el sol mañanero y formados a un costado del pedestal de la
centenaria campana. La Bandera Cubana en su asta de madera roja, siempre
lista para los actos de conmemoración en las fechas patrióticas.
El Escudo Nacional, como un símbolo perenne de cubanía,
colgado en un cuadro de la pared del aula, y muy cerca otro con la efigie
de Martí y aquella mirada serena de perpetua vigilia observando
con gozo infinito la obra de sus sueños.
Todos recordamos que mucho antes de mencionarse la palabra alfabetización
oficialmente, ya Ud. lo intentaba por propia iniciativa con los campesinos
adultos, utilizando sus horas de descanso nocturno. Después lo
vimos eufórico disfrutando la materialización de sus sueños,
con la eficiencia y el entusiasmo con el que dirigió a aquel grupo
de alfabetizadores en plena campaña de 1961 y yo fui uno de ellos
¡Con cuanto sacrificio, abnegación y consagración
se le veía trabajar! Era el Escambray tumultuoso de los 60 y nadie
lo vio nunca renunciar a sus objetivos. ¡Cuántas anécdotas
tendríamos que rememorar! ¡Cuántos recuerdos gratos
y edificantes de aquellos tiempos en los que Ud. fue el centro de gravedad
de nuestras vidas. Mucho hemos escuchado hablar durante todos estos años
transcurridos siempre con admiración, respeto y cariño del
hoy casi legendario Luis el maestro. Los más jóvenes quizás
no recuerden ni sus apellidos, pues no le conocieron personalmente, pero
¿Qué núcleo familiar en toda esa zona de Algaba,
Condado, Limones Cantero y sus alrededores, no ha entablado una conversación
durante todos estos años donde no se hable de las cualidades extraordinarias
de aquel gran Maestro de probada ejemplaridad? Quiero que me perdone si
lo he importunado, pero no podía dejar de decirle todas estas cosas.
A los hombres sencillos y modestos les chocan los elogios, por eso le
pido disculpas, pero no podía pasar por alto expresarle de esta
forma mi admiración, cariño y respeto a una de las personas
que más he admirado en mi vida.
Bueno, Maestro, ahora permítame despedirme. Trasmítale mis
saludos al resto de su familia. Reciba Ud. mi sincero cariño, que
materializo con un fuerte abrazo de quien nunca lo ha olvidado y le reitera
su más profunda gratitud por todo lo que hizo por nosotros en aquellos
decisivos años de nuestra formación.
Lo quiere siempre, su discípulo:
José Alejandro Zayas Borrell
Sancti-Spíritus
Especialista en Obstetricia y Ginecología y además Profesor
Asistente
en la Facultad de Ciencias Médicas de la provincia de Sancti-Spíritus
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