Revista Vitral No. 59 * año X * enero - febrero de 2004


NUESTRA HISTORIA

 

LUIS MARIANO PÉREZ MARTÍNEZ: UN MAESTRO PINAREÑO EJEMPLAR

LUIS ENRIQUE PÉREZ

Luis Mariano Pérez Martínez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luis con su esposa en un lugar cercano
a la escuela de Limones Cantero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Allá por el año 1936, Luis el Maestro, como se le nombraba, partió de su provincia natal, Pinar del Río, rumbo a la zona de Limones Cantero, ubicada en lo más intrincado del macizo montañoso de la antigua provincia de Las Villas; lo hizo para incorporarse a su labor como maestro en el seno de una comunidad campesina.
Provenía de aquel plan de formación de educadores de las Escuelas Cívico-Rurales, que fueron instituidas para llevar la enseñanza elemental a los lugares más apartados del país. Este movimiento significó un gran paso de avance para el sistema educacional cubano de aquella época, pues posibilitó que millares de niños y jóvenes pudieran cursar los estudios primarios y además adquirir conocimientos en materia de labores domésticas y agrícolas. A los educadores contemplados en este programa se les garantizaba el material de estudio tales como libros de texto, lápices, libretas, etc.
Cierto es que las condiciones socio-económicas en nuestros campos no eran nada favorables, dado los bajos niveles de escolaridad y analfabetismo existentes. En medio de estas premisas, Luis el Maestro, levantó la primera escuela con la ayuda de padres y vecinos y dotó a la misma con los requerimientos mínimos necesarios para hacerla funcionar. Comprendió desde los inicios que para desarrollar una verdadera labor educativa en esas condiciones había que trabajar muy arduamente en el seno del aula, la familia y la comunidad, por lo que siempre puso su empeño en lograr la prosperidad material y espiritual de todos sus miembros. En el aula donde impartía las clases llegó a tener matriculados hasta 70 alumnos, a quienes tenía que atender simultáneamente en los diferentes niveles o grados. Propició de igual forma la incorporación de una gran masa de adultos a las clases nocturnas.

En una reunión de padres y vecinos con motivo de la repartición de juguetes en el Día de Reyes, Luis el Maestro, se dirije a los presentes.


Un elemento complementario de su labor didáctica y pedagógica lo constituyó la formación de valores cívicos y morales en el alumnado y en toda la colectividad, para ello enalteció el valor de los símbolos patrios y fue un divulgador incansable del pensamiento y la obra de nuestro apóstol José Martí. Además fomentó activamente los patrones positivos de conducta , tales como la honradez, la humildad y el amor al prójimo.
Dando muestras de una gran sensibilidad humana y cristiana prestó ayuda a los más necesitados, a los que hacía llegar en ocasiones artículos de primera necesidad como ropa, calzado, medicinas, etc., todo proveniente de su peculio personal. En materia de trabajo comunitario logró vincular a muchos de los pobladores en tareas de saneamiento y limpieza, que iban desde el desbroce de veredas y caminos hasta la creación de letrinas sanitarias alrededor de las viviendas.
En el año 1948 concluyó su labor en esta zona y se incorporó a trabajar en la escuela ubicada en el batey de la finca de Algaba, cercana al pueblo de Condado, en el municipio Trinidad, allí fijó su residencia. Desarrolló su labor con el mismo ímpetu y tesón de antaño, lo que le valió el reconocimiento de aquellos que se formaron bajo los principios de su magisterio. Con el auspicio de Luis el Maestro se creó un Comité Cívico, el cual presidía, que tenía como objetivo fomentar el mejoramiento de las condiciones socio-ambientales y de comunicaciones de aquella zona. Mediante esta iniciativa se construyó el terraplén que va del pueblo de Condado hasta la Torre de Manacas-Iznaga, se edificó el Liceo Cultural y se construyó la primera iglesia católica del pueblo en el año 1950, entre otras obras; todo ello se realizaba acudiendo a colectas públicas. En el año de 1962, después de haber realizado una encomiable labor educativa y social, regresó a su provincia natal, Pinar del Río, donde se incorporó a trabajar en una escuela pública hasta el año 1972 cuando se jubiló.
En su fructífera trayectoria como educador recibió varias distinciones y reconocimientos, entre ellas la Orden Rafael María de Mendive.
Pero ninguno ha sido para él más importante que haber recibido, en su noventa cumpleaños, un álbum donde sus exalumnos le expresan en emotivas dedicatorias el más profundo respeto y agradecimiento por haberles formado como personas instruidas, responsables y conscientes.
Sirva pues este trabajo para perpetuar la memoria de este insigne maestro que con su actuar rindió tributo a aquella frase de otro gran maestro: Don José de la Luz y Caballero cuando dijo: « Instruir puede cualquiera; educar sólo quien sea un evangelio vivo».

Grupo de maestros antes de partir hacia los lugares donde prestarían sus servicios.

 

Transcripción de la carta enviada a «Luis el Maestro»,
por su alumno José Alejandro Zayas Borrell
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Mi querido Maestro:

Recibí su cariñosa carta y no le puedo negar que tengo hoy un poco de cargo de conciencia. Era mi deber haberlo hecho yo primero con Ud. Ya tenía su dirección, que obtuve a través de Sonia durante mi última estancia en Algaba, y también el propósito de hacerlo; pero fueron pasando los días y las obligaciones cotidianas y el trabajo diario, que en nada justifica mi morosidad, hicieron su parte.
Hace muchos años que no lo veo y tener el placer inmenso de abrazarlo y conversar con Ud., pero bastaron aquellos inolvidables años de infancia y temprana juventud, arropado bajo su regazo de preceptor y guía para que quedara en mi mente y en mis afectos, con matices imborrables, la imagen latente para el resto de mis días, de mi Maestro. Está demostrado que es durante los primeros balbuceos de la niñez cuando se echan las bases de la personalidad en los seres humanos. Yo nací y ví el mundo por primera vez en un envidiable entorno campesino y tuve además el honroso privilegio de tener un verdadero Maestro. Con la clara visión del tiempo transcurrido y la experiencia de mis 56 años recién cumplidos, no creo que hayan existido muchos niños en aquella época con la suerte y los privilegios que el azar de la vida nos confirió a todos los que en aquellos años podíamos tener un Maestro. Observe que escribo Maestro con mayúscula, y eso me exonera de entrar en detalles innecesarios. No soy proclive a la lisonja estéril ni a la alabanza inútil con el propósito de halagar y ser cortés. Hoy para Ud., más que con el pensamiento, le hablo con el corazón. Ayer yo fui educando y hoy soy un educador.
Aunque en épocas diferentes y con otros métodos, me siento continuador de su obra. No creo que exista nada más halagüeño, ni que produzca tanto placer y satisfacción en un educador que ver su semilla fructificar y saber que el esfuerzo desplegado durante años y los desvelos, cumplieron sus objetivos y estuvieron muy lejos de ser inútiles y baldíos. Un tiempo después de haberme alejado de su decisiva tutoría, llevado por la propia vida y en plena madurez de la conciencia, fue que vine a darme cuenta a cabalidad de cuán importante fue Ud. para todos nosotros. Fue entonces que vine a interpretar realmente aquel pensamiento de José de la Luz y Caballero que reza: «Instruir puede cualquiera, educar sólo quien sea un evangelio vivo». Y Ud. fue eso precisamente, aunque su excepcional modestia no le permita apreciar en sí mismo tal aserto. De Ud. conocimos por primera vez, un importante número de mujeres y hombres de hoy, las primeras referencias sobre la vida y la obra del Apóstol Con Ud. aprendimos a quererlo. Como un padre amoroso nos hablaba de la herencia dejada por Martí y que todo cubano debe llevar como una preciada reliquia.
El Himno Nacional cantado a viva voz con increíble puntualidad día tras día, de lunes a viernes, año tras año, bajo el sol mañanero y formados a un costado del pedestal de la centenaria campana. La Bandera Cubana en su asta de madera roja, siempre lista para los actos de conmemoración en las fechas patrióticas. El Escudo Nacional, como un símbolo perenne de cubanía, colgado en un cuadro de la pared del aula, y muy cerca otro con la efigie de Martí y aquella mirada serena de perpetua vigilia observando con gozo infinito la obra de sus sueños.
Todos recordamos que mucho antes de mencionarse la palabra alfabetización oficialmente, ya Ud. lo intentaba por propia iniciativa con los campesinos adultos, utilizando sus horas de descanso nocturno. Después lo vimos eufórico disfrutando la materialización de sus sueños, con la eficiencia y el entusiasmo con el que dirigió a aquel grupo de alfabetizadores en plena campaña de 1961 y yo fui uno de ellos ¡Con cuanto sacrificio, abnegación y consagración se le veía trabajar! Era el Escambray tumultuoso de los 60 y nadie lo vio nunca renunciar a sus objetivos. ¡Cuántas anécdotas tendríamos que rememorar! ¡Cuántos recuerdos gratos y edificantes de aquellos tiempos en los que Ud. fue el centro de gravedad de nuestras vidas. Mucho hemos escuchado hablar durante todos estos años transcurridos siempre con admiración, respeto y cariño del hoy casi legendario Luis el maestro. Los más jóvenes quizás no recuerden ni sus apellidos, pues no le conocieron personalmente, pero ¿Qué núcleo familiar en toda esa zona de Algaba, Condado, Limones Cantero y sus alrededores, no ha entablado una conversación durante todos estos años donde no se hable de las cualidades extraordinarias de aquel gran Maestro de probada ejemplaridad? Quiero que me perdone si lo he importunado, pero no podía dejar de decirle todas estas cosas. A los hombres sencillos y modestos les chocan los elogios, por eso le pido disculpas, pero no podía pasar por alto expresarle de esta forma mi admiración, cariño y respeto a una de las personas que más he admirado en mi vida.
Bueno, Maestro, ahora permítame despedirme. Trasmítale mis saludos al resto de su familia. Reciba Ud. mi sincero cariño, que materializo con un fuerte abrazo de quien nunca lo ha olvidado y le reitera su más profunda gratitud por todo lo que hizo por nosotros en aquellos decisivos años de nuestra formación.
Lo quiere siempre, su discípulo:

José Alejandro Zayas Borrell
Sancti-Spíritus
Especialista en Obstetricia y Ginecología y además Profesor Asistente
en la Facultad de Ciencias Médicas de la provincia de Sancti-Spíritus



 


 

   

 

Revista Vitral No. 59 * año X * enero - febrero de 2004
Luis Enrique Pérez Rodríguez
Técnico en suelos. (Jubilado)