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Durante los últimos meses
uno de los países más herméticos del mundo ha saltado
a los planos estelares de la actualidad política internacional:
Corea del Norte. La situación hizo crisis cuando las autoridades
de Pyongyang anunciaron su retirada del Tratado de No Proliferación
Nuclear y expulsaron de allí a los inspectores de la Organización
Internacional de Energía Atómica
Una noticia electrizante
que multiplicó los dolores de cabeza de la comunidad de naciones,
disparó la tensión en el área y dio pie para que
Estados Unidos pusiese el grito en el cielo.
Según Corea del Norte, el paso dado fue consecuencia del incumplimiento
de algunos compromisos contraídos por Washington. Resulta que en
la década del 90 estadounidenses y coreanos del norte llegaron
a un acuerdo para impedir que estos últimos se involucraran en
la fabricación de armas atómicas. Los gobernantes de Pyongyang
se comprometieron a paralizar su central nuclear de Yongbyon, mientras
que EE.UU. garantizaría el suministro de dos reactores de agua
liviana y 500 mil toneladas anuales de petróleo y aceite durante
el tiempo que durase la construcción de la nueva planta.
Alegando la brusca interrupción de la entrega del combustible por
parte de los norteamericanos, el pequeño estado socialista reactivó
otra vez sus instalaciones nucleares, desencadenando una crisis en la
que él y Estados Unidos comparten papeles protagónicos.
Se trata de un diferendo, a ratos explosivo y a ratos menos virulento,
donde no falta la hostilidad mutua ni el peligro de una guerra que sería
catastrófica. No es casual que países como China, Rusia,
Japón y Corea del Sur hayan decidido involucrarse en la búsqueda
de un happy end honorable para todos. Afortunadamente, las negociaciones
parece que avanzan
con muchísimos escollos, pero avanzan.
Y es que lo menos que necesita el mundo ahora es una nueva conflagración.
No conviene a los norteamericanos, quienes ya tienen bastante con Afganistán
e Irak, donde se encuentran empantanados. Su situación es particularmente
crítica en los antiguos predios del dictador Saddam Hussein, pues
lo que en un inicio pareció una victoria rápida y total
ha dado paso a un control agónico que multiplica las pérdidas
humanas y cuesta sumas fabulosas. Pese a todos los esfuerzos publicitarios
que ha hecho el presidente George W. Bush para tranquilizar a la opinión
pública, los descalabros en territorio iraquí ensombrecen
su campaña en pos de la reelección. De manera que durante
un año clave como el 2004, sería nefasto otro foco de tribulaciones.
Una acción militar contra Corea del Norte tendría un costo
altísimo. Los expertos no se cansan de repetir que Pyongyang dispone
de un Ejército calculado en un millón 100 mil hombres, cifra
descomunal si se toma en consideración la pequeñez geográfica
y la pobreza económica del país asiático. Se trata
de una sociedad completamente militarizada que respondería sin
vacilaciones a los norteamericanos y, en un abrir y cerrar de ojos, transformaría
a la región en un polvorín.
La guerra también sería una desgracia para el pueblo norcoreano,
cuyas calamidades son más que suficientes. Durante décadas
los líderes de esa nación se esforzaron por articular un
impresionante poderío bélico que contrasta con las penurias
económicas que sufren sus moradores. Mientras el ejército
absorbe cuantiosos recursos, el hambre merodea por doquier. La ONU calcula
que más de la mitad de la población está mal alimentada.
Las hambrunas son frecuentes y hacen tantos estragos, que diversas instituciones
humanitarias han debido involucrarse para impedir que la muerte atrape
a millones de norcoreanos.
Lo paradójico es que se trata de una de las naciones de Asia más
ricas en recursos, pues dispone de grandes reservas de carbón,
hierro y tungsteno, así como cantidades apreciables de oro, plata,
cobre, plomo y cinc. Sus recursos hidroeléctricos también
son sobresalientes. Pero el excesivo control estatal de la economía
y su ineficaz gestión en sectores esenciales como la agricultura,
la industria y el comercio, han convertido a la economía norcoreana
en una de las más pobres. La necesidad de ayuda extranjera salta
a la vista. De ahí que casi todos los analistas serios subrayen
que detrás de la crisis nuclear desatada en los últimos
meses se esconde el propósito de Pyongyang de presionar a Washington
y a sus aliados para que le proporcionen los recursos económicos
que tanto le urgen.
En mi opinión, uno de los ángulos más desalentadores
de este pleito es la desaceleración del proceso reconciliador que
ha venido desarrollándose hasta ahora entre las dos Coreas. Recordemos
que la península fue arbitrariamente dividida por el paralelo 38
en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial; se constituyeron gobiernos hostiles
al norte y al sur bajo la tutela de la Unión Soviética y
los Estados Unidos, respectivamente, y el sueño de la reunificación
fue esfumándose poco a poco hasta quedar sepultado por la Guerra
de Corea (1950-1953). Desde entonces la zona, una de las que posee mayor
homogeneidad étnica en el mundo, ha debido pagar el altísimo
precio de la división como consecuencia de manejos geopolíticos
extranacionales.
Un suceso único ocurrió a mediados del 2000, cuando los
líderes de ambos estados, Kim Jong Il y Kim Dae Jung, efectuaron
una histórica cumbre en Pyongyang para impulsar el proceso de reconciliación.
Aunque la idea de unir a los dos países en uno solo es impracticable
en estos momentos, dado el abismo político y económico que
separa a las dos Coreas, por lo menos resultan alentadoras las reuniones
que se han celebrado con el ánimo de favorecer el intercambio económico,
impulsar la reconexión de vías férreas y agilizar
el reencuentro de familias separadas durante más de medio siglo.
Todos esos pasos se irían a bolina de incrementarse las tensiones
o estallar una guerra, pues Corea del Sur se alinearía automáticamente
junto a su gran aliado, Estados Unidos, que tiene allí miles de
hombres sobre las armas y un potente arsenal.
Las autoridades de Seúl, al tiempo que rechazan tajantemente las
pretensiones norcoreanas de poseer armas nucleares, hacen lo imposible
por evitar una guerra que transformaría ese territorio en campo
de batalla, destrucción y muerte. Los sudcoreanos se han esforzado
mucho por el progreso de su país como para permitir que este se
esfume de un día para otro.
Corea del Sur es la antítesis de Corea del Norte. Considerada uno
de los tigres de Asia por la pujanza de su economía,
la pequeña nación es referencia en todo el mundo pese a
los tropiezos y a las crisis que ha debido enfrentar. Aunque no dispone
de importantes recursos naturales, su prosperidad es asombrosa y está
asentada en una agricultura eficiente, un vertiginoso proceso de industrialización
y una amplia gama de relaciones comerciales. Sus exportaciones son famosas
en el mundo e incluyen desde productos textiles, medios de transporte,
maquinaria eléctrica y equipos electrónicos, hasta calzado,
productos del mar y acero. El nivel de vida de la población rivaliza
con cualquier otra zona del Primer Mundo.
Incluso en el terreno de la política la evolución sudcoreana
es admirable. Después de cuatro décadas en las que no faltaron
fraudes electorales, golpes de estado, gobiernos autoritarios y violaciones
frecuentes de los derechos humanos, al concluir la década de los
80 se puso en marcha un proceso democratizador que ha revitalizado a la
sociedad, dándole la posibilidad de vivir bajo un estado de derecho
donde se respetan las libertades fundamentales y donde los gobernantes
no llegan al poder para permanecer allí por los siglos de los siglos.
Quizás sea esta una de las diferencias más visibles con
su contraparte norteña. Junto al monopolio político que
ejerce el Partido de los Trabajadores y a su absoluto control de la vida
nacional, hay algo que pone una nota de distinción en Corea del
Norte, es el hecho de que una misma familia haya logrado acaparar el gobierno
durante más de 50 años, imprimiéndole visos de dinastía
a un régimen de inspiración marxista. Desde la proclamación
de la República Democrática Popular de Corea, en 1948, y
hasta el instante de su muerte, en 1994, el poder estuvo simbolizado por
Kim Il Sung, un gobernante al que se le rindió culto como si fuese
un semidiós y quien aún en vida quedó inmortalizado
en estatuas y dio nombre a calles, plazas y universidades. Cinco días
antes de morir, su hijo Kim Jong Il heredó todos los poderes y
hoy encabeza el estado norcoreano.
De su cordura depende en gran medida la solución de la crisis nuclear
que acecha al mundo. Como depende también de los actuales gobernantes
de Estados Unidos, tan aferrados a las soluciones de fuerza. Países
aliados de la Casa Blanca como Corea del Sur y Japón podrían
hacer igualmente una gran contribución al desenlace honorable de
este drama, en el que interponen sus buenos oficios China y Rusia. En
el fondo, la de Corea sería una guerra que a nadie conviene.
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