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Así se titula la carta que
Roger Schutz, más conocido como el Hermano Roger, ha dirigido a
los jóvenes europeos que, del 29 de diciembre al 2 de enero, se
han reunido en Hamburgo (Alemania) realizando la XXVI peregrinación
de la confianza a través de la tierra organizada por la Comunidad
Ecuménica de Taizé (Francia). París fue el lugar
del encuentro anterior al que acudieron más de 80,000 jóvenes.
Esta iniciativa estimula a los jóvenes a ser peregrinos de
confianza sobre la tierra, comprometiéndose en sus comunidades
de origen con personas de todas las generaciones.
El Hermano Roger (Provence, Suiza, 1915), es fundador y animador de la
comunidad de Taizé, que es actualmente una experiencia de convivencia
ecuménica sin igual. Taizé fue la primera experiencia de
su vida monacal de cristianos evangélicos y actualmente en ella
hay también cristianos de otras denominaciones, incluso católicos,
así que es la primera comunidad fraterna ecuménica de la
historia del cristianismo. Pequeña Primavera la llamó
el beato Juan XXIII quien abrió a los hermanos de Taizé
su gran corazón y dos de ellos tomaron parte en todas las sesiones
del Concilio Vaticano II.
Para el encuentro de este año en Taizé se han recibido mensajes
de diferentes partes del mundo. En su mensaje a los peregrinos de Hamburgo,
el Papa Juan Pablo II subraya que la misión de los jóvenes
consiste en hacer posible que todos los hombres se conviertan cada
día más en un pueblo de hermanos y de hermanas, donde cada
uno sea reconocido no por lo que tiene, sino por lo que es; y señala
a los jóvenes que podáis llevar a los demás,
como sobre vosotros mismos la mirada que Jesús mismo dirige a todo
ser humano, una mirada hecha de ternura, de misericordia y de perdón,
una mirada que nos coloca ante todo sobre el camino de la vida y que abre
un futuro portador de esperanza.
Por su parte el Patriarca ortodoxo Alejo II de Moscú advierte a
los jóvenes acerca de la importancia de compartir la esperanza
con los que tienen al lado, calentar su alma con una palabra de
amor y de fe, testimoniar con los actos la verdad eterna del Evangelio
y les dice que les expresa esto porque en nuestra época es muy
fácil perder los fundamentos interiores de la vida
y renunciar a la llamada exigente del Evangelio para acomodarse
al estilo de los tiempos.
Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury, primado de la Iglesia Anglicana,
expresa a los jóvenes que la Navidad nos habla de las posibilidades
que Dios abre para toda la familia humana, posibilidades de un nuevo modo
de vivir. Aquellos que han sido tocados por el don que celebramos en la
Navidad buscarán día a día realizar estas posibilidades
en sus propias vidas y en las vidas de sus comunidades.
Lo promovido por la comunidad de Taizé afianza nuestra convicción
de que el ecumenismo es posible y que el escándalo de la división
de los cristianos terminará algún día según
el deseo expreso del Señor: Padre Santo, protege en tu nombre
a los que me has dado para que sean uno, como tú y yo somos uno
(Jn17,11).
He aquí la carta del Hermano Roger para la peregrinación
de este año.
Hacia las fuentes de la alegría
Carta 2004-01-21
Tantos jóvenes, a través de la tierra, llevan en ellos una
sed de paz, de comunión, de alegría.
Están atentos también a la pena insondable de los inocentes.
No ignoran, en particular, el crecimiento de la pobreza en el mundo. (1)
No sólo los responsables de los pueblos construyen el futuro. El
más humilde entre los humildes puede construir un porvenir de paz
y de confianza.
Por desprovistos que estemos, Dios nos ofrece poner reconciliación
allí donde hay oposiciones, y la esperanza donde hay inquietud.
Nos llama a hacer accesible, por nuestra vida, su compasión por
el ser humano. (2)
Si los jóvenes se convierten, por su propia vida, en focos de paz,
habrá una luz allí donde se encuentren.(3)
Un día, pregunté a un joven eso que, a sus ojos, era lo
más esencial para sostener su vida. Me respondió: La
alegría y la bondad del corazón.
La inquietud, el miedo a sufrir, pueden quitar la alegría. Cuando
asciende en nosotros una alegría que brota del Evangelio ésta
nos aporta un soplo de vida.
Esta alegría, no la creamos nosotros, es un don de Dios. Es reanimada
sin cesar por la mirada de confianza que Dios dirige sobre nuestras vidas.(4)
Lejos de ser ingenua, la bondad del corazón supone una vigilancia.
Ella puede conducir a correr riesgos. No deja lugar al desprecio del otro.(5)
Ella nos hace estar atentos a los más desprovistos, a los que sufren,
a la pena de los niños. Sabe expresar por el semblante, por el
tono con que habla, que todo ser humano tiene necesidad de ser amado.
(6)
Sí, Dios nos concede caminar con un destello de bondad en el fondo
del alma, que no pide sino convertirse en llama.(7)
¿Pero cómo ir a las fuentes de la bondad, de la alegría,
e incluso a las de la confianza?
Al abandonarnos en Dios, encontramos el camino. Por lejos que nos remontemos
en la historia, multitud de creyentes han sabido que, en la oración,
Dios aportaba una luz, una vida desde dentro. Ya antes de Cristo, un creyente
oraba: Mi alma te ha deseado durante la noche, Señor; en
lo más profundo de mí, mi espíritu te busca.
(8)
El deseo de una comunión con Dios es depositado en el corazón
humano desde toda la eternidad. El misterio de esta comunión alcanza
lo más íntimo, las profundidades del ser.
Así podemos decir a Cristo: ¿A quién iremos
si no a ti? Tú tienes palabras que devuelven la vida a nuestra
alma, (9)
Permanecer delante de Dios en una espera contemplativa no sobrepasa nuestra
medida humana.
En una oración así, un velo se levanta sobre lo inexpresable
de la fe, y lo indecible lleva a la adoración.
Dios está presente también cuando el fervor se disipa y
cuando de desvanecen las resonancias sensibles. Nunca somos privados de
su compasión. No es Dios quien se mantiene alejado de nosotros,
somos nosotros los que a veces estamos ausentes.
Una mirada contemplativa percibe signos de evangelio en los acontecimientos
más simples.
Discierne la presencia de Cristo incluso en el más abandonado de
los humanos. (10)
Descubre en el universo la radiante belleza de la creación.
Muchos se hacen la pregunta:¿qué es lo que Dios espera de
mí? Y he aquí que, leyendo el Evangelio, llegamos a comprenderlo:
Dios nos pide ser en toda situación como un reflejo de su presencia,
nos invita a hacer bella la vida para aquellos que nos confía.
Quien busca responder a una llamada de Dios para toda la existencia, puede
decir esta oración:
Espíritu Santo, si nadie ha sido forjado con evidencia para realizar
un sí para siempre, tú vienes a encender en mí una
hoguera de luz. Tú iluminas las vacilaciones y las dudas, en los
momentos en los que el sí y el no se enfrentan.
Espíritu Santo, tú me haces capaz de consentir mis propios
límites. Si hay en mí una parte de fragilidad, que tu presencia
venga a transfigurarla.
Y he aquí que somos llevados a la audacia de un sí que nos
va a conducir muy lejos.
Este sí es confianza límpida.
Este si es amor de todo amor.
Cristo es comunión. No ha venido a la tierra para crear una religión
más, sino para ofrecer a todos una comunión en él
(11). Sus discípulos son llamados a ser humildes fermentos de confianza
y de paz en la humanidad.
En esta comunión única que es la Iglesia, Dios ofrece todo
para ir a las fuentes: el Evangelio, la Eucaristía, la paz del
perdón... y la santidad de Cristo ya no es inalcanzable, está
ahí, muy cerca.
Cuatro siglos después de Cristo, un cristiano africano, de nombre
Agustín, escribía: Ama y dilo con toda tu vida.
Cuando la comunión entre los cristianos es vida, no teoría,
irradia la esperanza. Más aún: puede sostener la búsqueda
indispensable de una paz mundial. Entonces, ¿cómo pueden
aún los cristianos permanecer separados?
A lo largo de los años, la vocación ecuménica ha
provocado intercambios incomparables. Son las primicias de una comunión
viva entre los cristianos. (12)
La comunión es la piedra de toque. Nace en primer lugar del corazón
del propio corazón de todo cristiano, en el silencio y en el amor.
(13)
En la larga historia de los cristianos, multitudes se descubrieron un
día separados, a veces incluso sin conocer el porqué. Hoy
es esencial hacer todo lo posible para que el mayor número posible
de cristianos, a menudo inocentes de las separaciónes, se descubran
en comunión. (14)
Son innumerables los que tienen un deseo de reconciliación que
toca el fondo del alma. Aspiran a este gozo infinito: un mismo amor, un
solo corazón, una sola y misma comunión. (15)
Espíritu Santo, ven a depositar en nuestros corazones el deseo
de avanzar hacia una comunión, eres tú quien nos conduces
hasta allí.
La tarde de Pascua, Jesús acompañaba a dos de sus discípulos
que iban a la aldea de Emaúz. En ese momento no se daban cuenta
de que él caminaba a su lado. (16)
Nosotros también conocemos períodos en los que no alcanzamos
a tener conciencia de que Cristo, por el Espíritu Santo, se mantiene
muy cerca de nosotros.
Incesantemente él nos acompaña. Ilumina nuestras almas con
una luz inesperada. Y descubrimos que, aunque pueda permanecer en nosotros
alguna oscuridad, hay sobre todo, en cada uno, el misterio de su presencia.
¡Intentemos retener una certeza! ¿Cuál? Cristo dice
a cada uno: Te amo con un amor que no se acabará jamás.
Nunca te dejaré. Por el Espíritu Santo, estaré siempre
contigo. (17)
(1)Una profundización en la vida interior, lejos de conducir a
cerrar los ojos a la situación de las sociedades contemporáneas,
llama a interrogarse. ¿Somos lo suficientemente conscientes de
que, por ejemplo, 54 países del mundo son más pobres hoy
que en 1990? Koffi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas, nos
escribía el año pasado, con ocasión del encuentro
europeo de París: Hay en el mundo tantos jóvenes privados
de perspectivas de futuro. Para ellos cada día es una dura batalla
contra el hambre, la enfermedad, la miseria. Son numerosos los que viven
en regiones afectadas por conflictos armados. Tenemos que hacer todo lo
posible para llevarles esperanza.
(2)(2) El querido Papa Juan XXIII escribía: Todo creyente
es llamado a ser, en el mundo de hoy, como un destello de luz, un centro
de amor y un fermento para toda la masa. Cada uno lo será en la
medida de su comunión con Dios. De hecho, la paz no podría
reinar entre los humanos, si ella no reina primero en cada uno de ellos
(Pacem in terris, 164-165.)
(3)Pablo, el Apóstol, anima a los creyentes a ser hogueras
de luz que brillen en el mundo (ver Filipenses 2,15-16.)
(4)Cuando el Señor venga,...los más pobres y los más
desprovistos tendrán gozo sobre gozo en el Señor (Isaías
29, 18-19). Consuela tu corazón, expulsa la tristeza, pues
la tristeza no te aportará ningún bien (Sirácida
30,21-25.)
(5)En una vida de comunidad, la bondad del corazón es un valor
inestimable. Puede ser uno de los más límpidos reflejos
de la belleza de una comunión.
(6)Desde que es muy pequeño, un niño sabe lo que significa
la bondad del corazón de una madre o de un padre, de una hermana
o de un hermano. Ella es una clara realidad del Evangelio. Para un niño,
saber que es amado es tan importante, le da para toda la vida una posibilidad
de ir lejos, de comprender un día que Dios nos llama a responder
amando a otros.
(7)Durante una visita a Taizé, el filiósofo Paul Ricouer
decía: La bondad es más profunda que el más
profundo mal. Por radical que sea el mal, nunca es tan profundo como la
bondad.
(8)Isaías 26,9.
(9)Cuando algunos iban a abandonar al Cristo, él dijo a sus discípulos:
Y vosotros, ¿también queréis marcharos?
Pedro le respondió: ¿A dónde iríamos?
Tú tienes las palabras de la vida eterna. (Juan 6,67-68)
(10)Vivir en comunión con Dios conduce a vivir en comunión
los unos con los otros. Cuanto más nos acercamos al Evangelio,
más nos acercamos los unos a los otros. El teólogo ortodoxo
Olivier Clément escribe: Cuanto más se convierte uno
en un hombre de oración, más se vuelve un hombre de responsabilidad.
La oración no libera de las tareas de este mundo: nos hace aún
más responsables. Nada es más responsable que orar. Esto
puede tomar la forma concreta de una presencia junto a los que sufren
los abandonos humanos, la pobreza como es el caso, por ejemplo,
para los hermanos de Taizé que viven en los barrios de desheredados
en otros continentes-, nos llama también a ser personas inventivas,
creadoras en todos lo ámbitos, incluido el ámbito económico,
el ámbito de una civilización planetaria, el ámbito
cultural... (Taizé, un sentido a la vida, Narcea, Madrid
1997)
(11) Muy joven, a los 21 años, el teólogo alemán
Dietrich Bonhoeffer forjó la expresión Cristo que
existe como comunidad. Escribió que en Cristo la humanidad
es realmente integrada en la comunidad de Dios (Sanctorum communio,
Berlin 1930.)
(12) Interrogándose sobre la vocación ecuménica,
el patriarca ortodoxo de Antioquia, Ignacio IV, escribía recientemente
desde Damasco: Tenemos necesidad urgente de iniciativas proféticas
para hacer salir al ecumenismo de los meandros en los cuales me temo se
está empantanado. Tenemos necesidad urgente de profetas y de santos
a fin de ayudar a nuestras Iglesias a convertirse por el perdón
recíproco. El patriarca apelaba a privilegiar el lenguaje
de la comunión por encima del de la jurisdicción.
El año pasado, el Papa Juan Pablo II decía al recibir en
Roma a los responsables de la Iglesia ortodoxa de Grecia. Con los
santos, contemplamos el ecumenismo de la santidad que nos conducirá
por fin hacia la plena comunión, que no es ni una absorción,
ni una fusión, sino un encuentro en la verdad y en el amor.
(13) La reconciliación comienza en lo inmediato, al interior de
la persona. Vivida en el corazón del creyente, la reconciliación
adquiere credibilidad, y puede poner en marcha un espíritu de reconciliación
en esta comunión de amor que es la Iglesia. Este camino supone
que no haya humillación para nadie.
(14) ¿Podrá la Iglesia dar signos de una gran apertura,
tan grande que se pueda constatar: aquellos que estaban divididos en el
pasado no están ya separados, viven ya en comunión? Un paso
hacia la reconciliación se franqueará en la medida que se
constate una vida de comunión, realizada ya en ciertos lugares
a través del mundo. Hará falta valor para constatarlo y
adaptarse. Los textos vendrán después. Priviligear los textos,
¿no acabará por alejar la llamada del Evangelio: sin tardanza,
reconcíliate?
(15) Ver Filipenses 2,2.
(16) Ver Lucas 24, 13-35.
(17) Ver Jeremías 31.3 y Juan 14, 16-18.
ZENIT
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