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¡No! No es una opción
sino un hecho. La globalización es un fenómeno irreprimible
de nuestro siglo. Se ha nutrido de los enormes avances de la ciencia y
la técnica que transformaron al mundo en las postrimerías
tormentosas del segundo milenio. Un fenómeno que desdibuja fronteras
y acerca a los pueblos. Una consecuencia del desarrollo abrumador de las
comunicaciones.
En estos días abundan las opiniones más diversas y los juicios
más dispares sobre la inminente reunión del Area de Libre
Comercio de las Américas (ALCA) en la Florida. La Cumbre de las
Américas, que da impulso a esta iniciativa, se reunió por
primera vez en 1994 en la ciudad de Miami con un propósito expreso
de elaborar un Pacto para el desarrollo y la prosperidad del
continente. Después de sendas Cumbres en Santiago de Chile (1998)
y en Québec (2001), regresa a Miami con la seria intención
de convertirla en Sede permanente.
No tengo intención de cambiar el tema. Estamos hablando de globalización
y de uno de sus más recientes exponentes. En este empeño
que intenta emular por otras rutas a la Unión Europea, la elección
de Miami como capital de las Américas descansa en el hecho de que
la población mayoritaria de esa ciudad floridana responde más
a intereses continentales que nacionales, movidos por empresarios, profesionales
y obreros que mantienen lazos muy estrechos con sus países de origen
y fomentan toda suerte de vínculos comerciales, empresariales,
políticos, culturales y familiares allende las fronteras del país
anfitrión.
Podría decirse que los Estados Unidos corren el riesgo de que Miami
aspire con el tiempo a separarse de la Unión americana para convertirse
en un ámbito extraterritorial al servicio de un esfuerzo continental.
Por supuesto, esto hay que decirlo con un guiño picaresco que reconoce
lo improbable, pero que también afirma lo posible, porque la historia
está llena de acontecimientos que en su momento fueron impredecibles.
Lo cierto es que cualquier capital, incluyendo Washington, implicaría
favoritismo para el país beneficiado. Miami, por el contrario,
es una ciudad de inmigrantes, sobre todo de las Américas, con un
mayor equilibrio multinacional que cualquier otra ciudad del mundo. Allí
se da el fenómeno de la globalización como en pocas partes
del mundo. Es crisol de culturas, razas y empresas que conviven volcadas
al mundo más que al interior del país.
Allí también se están dando cita las fuerzas antiglobalizadoras.
Responden a una campaña mundial que encuentra eco en los más
diversos medios para entorpecer las actividades internacionales, no sólo
de iniciativas como el ALCA sino de cuantas reuniones convoquen el FMI,
el OECD, la OMC y tantas otras instituciones que intentan coordinar el
fenómeno globalizador.
Es notable en estas actividades identificar tantas caras conocidas a fuerza
de verlas en tantos lugares. Es notable también encontrar entusiastas
de causas nobles, como los ecologistas, y de causas más irracionales,
como los denostadores de Cristóbal Colón y, en medio de
esa masa heterogénea que incluye a tantos rebeldes sin causa, ver
como destacan grupos que parecen renacer, como el Ave Fénix, de
las cenizas del anarquismo.
Pero estos autodenominados anarquistas son sospechosos de otras causas.
Son sospechosos por fomentar el nacionalismo y soluciones que precisan
del centralismo estatal, todo lo contrario del ideal anarquista. Son sospechosos
por su adoración del Che Guevara, quien predicaba el puño
férreo del Estado para lograr la sociedad igualitaria por la fuerza.
Son sospechosos, porque muchos entre ellos abrazaron otrora el marxismo,
el estalinismo y el maoísmo.
Es evidente que los principales organizadores de estas manifestaciones
tienen abundantes recursos para impulsar una agenda que busca un Estado
fuerte y autoritario que imponga a todos los descreídos y librepensadores
las soluciones mesiánicas del igualitarismo y del internacionalismo
concebido desde un polo de poder absoluto.
Nada de esto es posible con el avance arrollador de la globalización
que, a su vez, implica una difusión cada vez mayor de la participación
democrática de los pueblos en los asuntos nacionales y mundiales.
Por lo tanto, tales grupos manipulan los términos en una confusión
orquestada de conceptos intercambiables y difusos globalización,
globalismo y mundialismo que barajan con propósitos demagógicos.
Es preciso aclarar su significado: desde el punto de vista semántico,
se puede señalar que el globalismo implica un concepto, la globalización
su aplicación y el mundialismo la visión internacional que
se plantea, casi como ideología, para orientar esta tendencia contemporánea
hacia el bien común. La globalización es el fenómeno
en sí, lo que está ocurriendo, lo que estamos analizando
hoy; el globalismo es la gestión política que se vale de
este fenómeno, la tendencia a estructurarlo e institucionalizarlo;
y el mundialismo es la síntesis ideológica que lo propugna
en pro de un mundo mejor. Mi amigo Eduardo García Moure, desde
la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT) sintetiza muy claramente
la mundialización como la etapa superior de la internacionalización
y la interdependencia entre países y continentes.
Oponerse a la globalización equivale hoy día a oponerse
a la revolución industrial o a las máquinas de vapor en
otros tiempo. Y hubo quienes se opusieron, pero esas manifestaciones del
progreso humano no pueden detenerse más que por la fuerza y, aún
así, sólo por un tiempo breve de la Historia.
Es cierto que esta revolución contemporánea trae consigo
tantos males, abusos y crueldades como otrora trajeron la revolución
industrial y otras transformaciones radicales de la humanidad. Empero,
el enorme auge de las comunicaciones implica un desenmascaramiento mundial
de las aberraciones políticas e ideológicas que pugnan por
detener el progreso para poder dominar a las masas y conducirlas inermes
a un mundo que sólo esos iluminados conciben.
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