Hace cien años nació en La Habana Alejo
Carpentier Valmont. Desde muy joven mostró
una singular capacidad integradora para el arte y la cultura universal al extremo de poder singularizar los elementos constitutivos de la cultura latinoamericana en el maremagnum estético del siglo XX, a partir de su Teoría de los Contextos y el concepto de lo real maravilloso. Sin embargo hoy, cuando se festeja su nacimiento, se tiene en cuenta más su amplia y profunda producción novelística y no esa genuina cultura raigalmente humanista que sirve de fundamento a su obra.
Como «Honrar honra» Vitral quiere unirse a los homenajes que se le hacen y hemos escogido un breve artículo que publicara precisamente el día de su cumpleaños en el diario El Nacional de Caracas; a muchos llamará la atención el asunto que en él se desarrolla, más aún si se toma en cuenta el año, sin embargo han sido esas cuestiones las que realmente han definido a través de los tiempos la genuina cultura ecuménica. Esa que, a pesar de los años transcurridos, distingue a los hombres que –participando en el más amplio ritual colectivo– saben encontrar la sencilla fe que además hacerlos humanos los distingue del rebaño.
Rafael A. Bernal Castellanos.
El gran ritual colectivo
Navidades mexicanas: niños que van de casa en casa pidiendo posada, cantando el más lindo villancico que pueda imaginarse; Misas del Gallo bajo los artesonados barrocos, y, en Yucatán, el perfume –tan autóctono- de chalupas y vaporcitos, cuya fórmula culinaria se remonta a los días de la Conquista, cuando al maíz americano se añadieron viandas traídas en los arcones de los compañeros de Bernal Díaz del Castillo...Navidades cubanas: el lechón puesto a asar, en horno de tierra, sobre una camada de hojas de guayaba, bajo la aspersión del mojo de ajo, orégano y naranja ácida; los plátanos verdes puestos a freír junto a la gran olla de moros y cristianos...
Navidades de Madrid, con sus inacabables mercados de juguetes, instalados bajo las arcadas de la Plaza Mayor, en las aceras de la Plaza de la Cebada, cerca del isabelino restaurante de San Millán. Y el gran río humano particularmente alborotoso en ese atardecer, que desciende por la Gran Vía, frente a las mesas del Café Molinero...Navidades de París, siempre melancólicas, en cuanto a la calle, pero regocijadas en los hogares, donde se prepara la oca tradicional, acompañada de puré de castañas, que será rociada con los incomparables vinos de la Borgoña o de Arbois. Y las vitrinas de «Les Galeries Lafayette», llenas de juguetes animados, de trenes miríficos, cuya contemplación es ininterrumpida, de cuando en cuando por el: Circulez, s’il vous plaît, de policías que gozan del espectáculo, tanto como los niños, mientras los muñecos eléctricos de Jacopozzi animan escenas de circo entre los cuerpos del edificio...
Navidades caraqueñas, que con sus Misas de madrugada, sus patinadores, sus aguinaldos –demasiado olvidados en otros países del Continente- acompañados de cuatro, furruco y maracas, en un ámbito que, este año, ha sido más pródigo que el pasado en pesebres y nacimientos, con el orgullo de una parroquia -¡loor a ella!- que se ha jactado de contar más de doscientos en sus hogares, haciéndose retroceder un tanto, con ello, la ofensiva exótica del muérdago, de los renos y de un Santicló que nos viene de los países nórdicos...
En todas partes se ha observado la grata costumbre de los obsequios, felicitaciones y ágapes tradicionales que, cada año, mezcla a los hombres en los mismos regocijos, prácticas y alabanzas. Por su general aceptación, incluso por parte de quienes no alientan una fe, la Navidad es la única celebración que, cierta noche, impone normas idénticas a las gentes de los más diversos idiomas y razas. Así, una vez más, nos hicimos partícipes de un vasto ritual colectivo- el único, tal vez, que el hombre moderno haya conservado tan universalmente.
Alejo Carpentier Valmont
26 de diciembre de 1953.
Tomado del diario "El Nacional" de Caracas