El mundo de hoy necesita un nuevo CONTRATO CÍVICO internacionalmente acordado y globalmente vinculante.
Encontré sobre la mesa de un amigo el primer número de la revista Contrapunto de América Latina correspondiente a los meses de abril-junio de 2005. Al hojearla me sorprendió la foto de otro amigo, su Director, el Sr. Carlos Carnicero, conocidísimo periodista español que vive entre Madrid y La Habana. Casi al final, luego de firmas muy conocidas, me encuentro con una muy actual crónica cultural a cargo de otro amigo, el narrador y editor Amir Valle.
No es sólo para alegrarme de tener amigos en esta ventana recién abierta, sino para confirmar que la revista es del tipo de publicaciones que, quiera uno o no, se le pega a la mano y a los ojos y no puedes dejar sin agotarla en la lectura y rumiarla en la reflexión. Espero y deseo que sea conocida, leída y debatida en Cuba también.
Pero lo que verdaderamente me ha motivado a escribir este aporte es una de las secciones que más honor hace al nombre y que está a cargo del editor, Santiago Belloch, cuya Carta de Inicio de la publicación es todo un desafío y, un programa “Nacidos para el entendimiento”. La sección mencionada se llama “El Debate de Contrapunto” y la primera propuesta a discusión es “Democracia y Estado de Derecho”.
El artículo comienza planteando un tema que daría, él solo, para un extenso y animado debate: democracia y culturas. ¿Es sano y aceptable para todos el concepto de democracia que hemos acuñado desde la cultura occidental? ¿Es totalmente despreciable para otras culturas o tiene algo universal que aportar a ellas en ese diálogo intercultural y multiétnico que debería abrirse paso cada vez con mayor serenidad y seguridad en este mundo globalizado?
Coincido con lo que dice Belloch de que “Desde esa posición (la estrictamente cultural) la Democracia no sería un bien absoluto, sino la consecuencia directa, e incluso inevitable, de determinadas circunstancias históricas, culturales, económicas y sociales. Esa lectura del significado de democracia implicaría la necesidad de buscar otro referente más estable, menos cultural, para las relaciones entre los países y para la convivencia de los ciudadanos dentro de cada país.” (Contrapunto… p. 58)
En este sentido, yo soy de los que cree que la democracia no sólo debería ser un sistema de gobierno, reducido a reglas y normas jurídicas, centrada en partidos y elecciones, sino que la democracia debería entrar a formar parte del referente cultural de cada ciudadano y de cada pueblo. No se trata, desde mi punto de vista, de imponer el concepto occidental de democracia, que de por sí, creo que puede ser inspirador para otras culturas, sino de compartir la formas de convivencia pacífica y liberadora de todas las potencialidades humanas.
Para ello propondría un gradual proceso de inculturación, respetuoso de las identidades pero en diálogo abierto a una concepción holística de la humanidad y de la creación. Este proceso de comunicación y desarrollo humano integral debería ser entendido como el trasvase de la “esencia” a la conciencia y la contingencia de cada cultura. Otros han llamado a este proceso “transculturación”, aún cuando reconocen y condenan que queden heridas y daños antropológicos propios de las vicisitudes del camino, escogido o impuesto desde fuera. (cf. Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano de la caña y el tabaco). Ese daño-dicho sea de paso- debería evitarse y es éticamente inaceptable aunque a veces lamentablemente inevitable por la invasión cultural de los centros hegemónicos.
Buscando, pues, el contenido de ese diálogo intercultural para que se convierta en el “referente estable” que pide Belloch, me atrevería a resumir la “esencia” de la democracia entendida desde el occidente, en varios puntos -creo yo- trasvasables a otras formas de vivir y convivir, sin dañar la cultura de esos pueblos y regiones, pues considero que pertenecen al patrimonio común de la humanidad:
- la dignidad y soberanía de cada persona humana.
- su dimensión social que lo invita a vivir como ciudadano en comunidad.
- el empoderamiento de cada ciudadano para ejercer su soberanía y
- los mayores grados de participación de los ciudadanos en el entramado social, económico y político que le permitan un desarrollo personal y social armónico y pleno.
De esta forma, el referente pasaría de ser exclusivamente cultural a ser un ethos, un carácter, un perfil antropológico que compartimos todos los seres humanos. De ser así debería buscarse y lograrse un sano discernimiento de lo que constituye la esencia humanista y que Enmanuel Mounier llamó un personalismo comunitario para salvarlo del individualismo liberal y del colectivismo marxista, que emergieron de la post-guerra, en la mitad del siglo XX, convertidos en sistemas totalitarios y hegemónicos que dividieron nuestro mundo en dos, con la llamada Guerra Fría en las relaciones internacionales.
En algunos países aún vivimos con cierta herencia de esa mentalidad que lastra cultural, ideológica y políticamente la democracia, herencia de la Guerra Fría que se anquilosa, perseverante y defensiva en unos, trasnochada y ofensiva en otros, como fantasma que puede regresar y asoma su cabeza detrás de cualquier ensayo de cambios, en muchos.
Esta perniciosa herencia es otro de los condicionantes que hacen más urgente y necesario ese “referente estable” que es como la piedra filosofal del artículo de Belloch.
Cuba es uno de esos países que se debate entre sus referentes históricos y su deseo de una convivencia ad intra y unas relaciones ad extra más centradas en lo ético-cívico que en lo cultural-ideológico. Más al servicio de la dignidad y los derechos de la persona humana, toda ella y de todos ellos y ellas y menos al servicio de estructuras de poder que sólo alcanzarían su legitimidad si logran “homologarse” con esos cuatro puntos éticos que proponemos como esenciales para la Democracia.
En camino hacia una ética de mínimos de la que también nos habla Adela Cortina en su obra Ética mínima, yo agregaría a la propuesta de Belloch lo que podríamos llamar como los cuatro perfiles del ethos democrático que podrían conformar, a mi modo de ver, la dimensión intranacional de ese “marco ético” o “contrato cívico” que estarían constituidos, en su dimensión internacional, por las tres propuestas que nos llegan, como signos de los nuevos tiempos, al final del articulo puesto a Debate por Contrapunto...:
-La definición de un Estado de Derecho no en cuanto a la elección de los tres Poderes del Estado sino en cuanto a la independencia y mutuo control efectivo entre ellos.
-Las garantías jurídicas, no juzgando el contenido del cuerpo legal y normativo de un país, sino su aplicación en general, la no existencia de discriminaciones y que nadie esté por encima de la Ley.
-El acatamiento activo al espíritu y la letra de la Carta Universal de los Derechos Humanos asumida por la ONU en 1948 y que marcaría “los límites a que se obligan las leyes nacionales y la actuación de los poderes públicos.”
Desearía, además comentar dos de los tres puntos que, sin duda, podrían estructurar el ethos internacional de de ese “contrato cívico”. Con respecto al segundo desearía que quedara claro que al decir que no se refiere al contenido del cuerpo legal no significaría que este no sería de la incumbencia del “marco ético internacional” sino que es enmarcado y regulado por el tercero de los puntos clave: La Declaración Universal de los Derechos del Hombre” que es, por cierto, como se le conoce más universalmente. Con referencia a este tercer punto, yo agregaría los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos Sociales y Culturales y los demás Pactos y Convenciones que expresan la voluntad de los pueblos y tienen carácter vinculante para las naciones que lo firmen.
En nuestra revista Vitral, en su editorial 68, de julio-agosto de 2005, abordamos esta necesidad urgente de un “marco ético internacional”, en ese caso especialmente referido al campo de la economía.
Considero que lo que Belloch llama “homologarse”, podría consistir en demostrar que la convivencia ciudadana dentro del país en cuestión y sus relaciones internacionales se encuentran en lo admisible por ese marco ético o contrato cívico y que, por ello, esa Nación puede ser validada por la comunidad mundial como un país que respeta y promueve la dignidad de la persona humana y la solidaridad entre los pueblos. Por otro lado, si algún Estado se colocara a sí mismo fuera de estos límites éticos, verificables y comunes a todos, entonces debería responder por su actuación ante la comunidad internacional representada en esa autoridad mundial que pudiera ser el Tribunal Penal Internacional o una Comisión de Derechos Humanos reformada y con mayor credibilidad.
Personalmente comparto y deseo que se adelante esa “hora de afrontar con seriedad, respeto y realismo la elaboración de un escenario global de convivencia entre ciudadanos y los pueblos”. En verdad, si somos todos “nacidos para el entendimiento” entonces creo que también hemos nacido para la convivencia pacífica, participativa y plural.
Entonces todos habremos sido “descubridores”, o más bien, constructores de ese “territorio de mínimos que pueda ser exigible, sin matices ni paliativos, en el marco de una Sociedad de Naciones con la autoridad y fuerza necesarias para cumplir sus obligaciones.”
En verdad sería como el descubrimiento de ese Continente de la Democracia en el que todas las naciones y culturas sean al mismo tiempo navegantes y aborígenes de un mundo-aldea global lo más participativa, respetuosa de la Dignidad y de los Derechos y Deberes de cada persona humana que entonces podría llegar a ser, gracias a esa participación y a esa dignidad y derechos, ciudadana, centro, fin y protagonista de una nación llamada Soberanía y Solidaridad.