¿Hubo o no censura en Cuba de la obra literaria de Lezama Lima? ¿En qué época fue? ¿Fue una censura política o fue moral y religiosa? ¿En qué aspecto se concretó? ¿Su causa es la política cultural imperante, el cerco de funcionarios o la mentalidad reinante? ¿Por qué no se publica Lezama Lima de 1973 a 1975? A estas y otras preguntas trataremos de darle respuesta aquí. Téngase en cuenta, además, que, a diferencia de muchos de nuestros contemporáneos, no vivimos esos momentos y nuestras conclusiones vienen de testimonios individuales de actores del proceso, de fuentes documentales y sobre todo de un empeño de interpretar esos datos de manera desprejuiciada. Hay demasiadas pasiones que se agitan detrás de nuestra historia cultural reciente. Mucho se ha publicado en una u otra orilla pero en ambas es posible hallar ciertas inconsistencias. Ojalá estos artículos más los de Ponte que los míos, sirvan para echar un poco de luz sobre el pasado. Decía Rine Leal refiriéndose al quinquenio gris que había que arrojar luz encima de él1. Ojalá estas letras cruzadas a las que nos hemos visto arrastrados, animen a otros a echar luz sobre estos años y espanten los fantasmas que los rondan.
Después de la publicación de mi comentario inicial sobre el libro de Ponte muchos se me han acercado a compartir conmigo un riquísimo anecdotario sobre el tema. Ojalá toda esa tradición oral, a pesar de su carácter legendario en algunos casos, no caiga en el olvido y se vea alguna vez en letra impresa. No todo lo que se cuenta es cierto, pero mucho lo es y buena parte de ello es susceptible de verificaciones documentales. No quiero que se interprete con esto que soy partidario de una historia apegada al dato positivista. Mi postura es muy contraria a esa tendencia.
Todos los que se han acercado a mí, sin excepción, coinciden en que hay parte de razón en mis palabras pero me objetan que es innegable la censura. Al menos uno de los aspectos positivos de mi anterior acercamiento es que el período de censura de Lezama fue reducido al período de 1973 a 1975. Eso traslada su inicio desde la publicación de Paradiso y el caso Padilla a unos años después del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971. Durante este período la publicación de la obra de Lezama desaparece. Es decir, a partir de la celebración pública de su sesenta cumpleaños, desaparece prácticamente del universo literario hasta su muerte. Si fue censura o si fue ignorada la obra de Lezama durante este período eso es algo que no nos interesa por el momento aclarar. Cuando decimos que “la biografía literaria de Lezama entre 1968 y 1976 se puede reconstruir sin ninguna dificultad”; no decimos que su obra impresa no se haya visto afectada durante los años del quinquenio o decenio gris, sin entrar en la definición tan polémica del anterior período2. La obra de Lezama continuó durante esos años publicándose fuera de Cuba y la hermana del poeta fue muchas veces la intermediaria. Su biografía literaria, por tanto, continuó y no se detuvo como la de otros autores. Lo que sí nos parece digno de subrayar es el carácter y la historia de su rehabilitación. Ya veremos por qué razones.
Por otro lado, las causas de esa censura y de ese olvido son varias. Hay mil testimonios sobre el apoyo generalizado a la norma estética y disciplinar concretada en política por el Congreso en el cual hubo muchísimos participantes. La responsabilidad de esa política cultural no hay que atribuirla solo al Ministerio de Cultura u otros ministerios, tal y como dice Ponte. Buena parte de la responsabilidad la tienen todos aquellos que apoyaron normas estéticas y disciplinares equivocadas. Muchos de ellos, gente con verdadero talento u olfato real para reconocerlo. Atribuir responsabilidad al sistema ofrece también el facilismo de no ver responsabilidad en las individualidades involucradas. Es otro acomodo el no valorar la función de la mentalidad o el espíritu de época dentro de todo ese proceso. Si se deja toda la responsabilidad en el Estado, todos los individuos que creyeron sinceramente en la veracidad de normas erradas, se ven libres de cualquier cuestionamiento. ¿Dónde queda la responsabilidad individual? ¿No hubo una parte de la cultura letrada que se atrincheró en los valores verdaderos? ¿Quiénes fueron? ¿Cuáles son los raros? Se celebraron 2656 asambleas de base y participaron en ellas 116203 trabajadores que hicieron unas 7846 recomendaciones a los 1800 delegados que participaron en el Congreso. ¿Fue acaso el Estado el único responsable de esa política cultural y moral?
El funcionarillo, de cual hablo como arquetipo juniano y no como sujeto concreto, no hizo solo las políticas culturales. Como es de suponer, entre mi funcionarillo y el cerco de funcionarios de Vitier no hay muchas diferencias. Hubo quienes vieron correcta la necesidad de generalizar, por todos los medios posibles, ciertas normas estéticas y disciplinares a los artistas. ¿Les faltó sinceridad? Eso no lo sabemos pero la historia ha demostrado que estaban equivocados.
La desarmante pregunta de por qué tan diminuto funcionario y sin respaldo oficial logra salirse con la suya; se contesta un poco con lo anterior. Nunca dijimos que el funcionarillo o el cerco de ellos fuera diminuto y no tuviera el respaldo oficial que le dio un Congreso en el cual se logró un consenso del criterio de aquellos que buscaban a toda costa: “ese discurso épico ejemplar de la nación”. ¿A quién apelar si casi todos piensan que se está haciendo lo correcto? Sobre todo aquellos entre los cuáles, repito, hay gente con talento No obstante, el tema de las responsabilidades también me parece secundario por el momento.
Frente a la pregunta de por qué no apeló a instancias superiores, parece que Lezama sí lo hizo. La respuesta vino en 1975 con una visita de Carneado a su casa en la que se disculpó personalmente por la actitud de ciertos funcionarios. Esta anécdota, que me contó de viva voz un testigo presencial, requerirá para otros una futura verificación.
¿Por qué me parece imprescindible reflexionar acerca de lo premeditado o no de la rehabilitación? Hay una razón muy sencilla, si la rehabilitación hubiera sido planeada, eso sería signo de la imposibilidad de la sociedad cubana para imponer, poco a poco, una verdad por su propio peso. Creo por varios signos de esa “rehabilitación” o “regreso póstumo”, de los cuáles ya he hablado, que hay algo espontáneo que se fue haciendo norma indiscutible y fue echando por tierra criterios erróneos otrora legítimos. Creo en ello, no por la fe, aunque como es conocido no carezco de ella, creo por la naturaleza no solo de los hechos históricos sino sobre todo de las mentalidades. La historia no es solo hecho, es además mentalidad común de una época. Una historia reducida a los hechos sería muy positivista para mi gusto. La historia es también posibilidad y en su interpretación hay espacio para dignificar o destruir. El discurso de la persecución, del genio maligno que hace todo por nosotros, anula el peso axiológico de la verdad y el empuje de aquellos que se dieron cuenta del error. Esa historia castrada de futuridad carece de una mirada objetiva. Incluso el análisis más positivista de la historia reconoce el efecto actuante de la verdad dentro de ella. Me parece que independientemente de las políticas culturales hay que decir: muchos cubanos se equivocaron y muchos cubanos rectificaron. Ellos hacen las políticas, las revoluciones y los sistemas. Frente a la postura de la historia en la que el hombre queda siempre reducido y aplastado por un sistema, sea cual sea, que lo anula como actor, me resisto a buscar los pequeños y silenciosos signos de su acción. Hay dos historias: una que dignifica al hombre y otra que lo humilla. Tiene el historiador una importante responsabilidad frente al pasado de la nación y no es otra que dignificarlo. Dignificar no es obviamente engañar, sino hacer una lectura asertiva de las épocas ya transitadas siempre a favor del hombre. La historia dignifica el pasado, no fabulando con él, sino comprendiéndolo; es decir, explicándolo. Me niego a creer que el valor ontológico de la verdad no se impuso por sí mismo, que no hubo hombres que se percataron de que se vivía en el reino de la mediocridad, como ha dicho con tanta lucidez Ambrosio Fornet3, y lucharon contra él. La historia no aplasta al hombre, lo comprende. La historia reciente de Cuba es más que una historia de decretos. Hay una literatura del quinquenio gris que se publicó en los ochenta y finales de los setenta que estudiar. Hay una historia de resistencia y de debates que reconstruir. No aceptar estas verdades sería cometer el pecado - ya sé que es una palabra muy fuerte - de seguir alentando falsos mitos históricos. Tal vez por esa razón nuestras letras no han dado nunca un libro como la España ininteligible de Julián Marías. Nos falta ese afán de dignificar el pasado que sintió imprescindible la España post-franquista.
Quedan algunos temas en el tintero, por qué no publica nuevos libros Lezama Lima de 1973 a 1975 y qué pasó con el famoso Anuario martiano de 1972. Ese pequeño Comte que llevamos dentro me obliga necesariamente a no dejarlos pasar. Quiero colaborar a la hechología histórica con mi modesta interpretación, si está equivocada que salte en este espacio un quijotesco historiador a refutarme. Vengan los nuevos datos y los testimonios orales vuélvanse escritos.
En cuanto a las publicaciones lezamianas en Cuba durante el período de 1973 a 1975, hay que añadir que, si hubiera escrito otros libros durante ese período, ellos se habrían publicado en el extranjero y no apareció allí en esa época ninguno inédito. Además, a la muerte de Lezama, habría un sin número de libros inéditos para publicar y, como es harto conocido, solo quedaron Oppiano Licario y Fragmentos a su imán, ambos libros con un sinnúmero de retoques pendientes, basta revisar los manuscritos de ellos en el fondo de la Biblioteca Nacional José Martí. Quizás es cierto que muchos de sus libros se debieron de reeditar durante ese período. Las nuevas generaciones tenían una avidez enorme por su obra, muestra de ello lo es el siguiente poema de Armando Álvarez Bravo de 1973:
“... lo empiezan a citar en voz baja, siempre le han citado así,
y recorren las librerías de viejo buscando sus libros
y sueltan en medio de una conversación, venga o no al caso,
como quien acaba de descubrir el Mediterráneo, el clásico:
Ah, que tu escapes...”4
Respecto al Anuario martiano de 1972 hay que decir, o al menos así yo lo veo, que se trató de una censura moral más que política de Lezama. Hubo en esa publicación dos asuntos distintos que llevaron a la renuncia de Vitier a su dirección. La primera fue una objeción que le hizo un funcionario a cierto artículo suyo donde hablaba de Martí y de Lezama. La segunda fue su divulgación de las actividades de la Fundación José Martí de California que fundó Manuel Pedro González. De la primera diremos que al funcionario en cuestión le pareció un sacrilegio poner a Martí al lado de Lezama porque este último después de la publicación de Paradiso era un apóstol de los homosexuales. Aquí lo que salta a la vista es una censura moral y no política, hecha por un político de la cultura. Eso sí es cierto. El heterosexismo se hizo política cultural por una Revolución en la cual esta postura moral estaba muy arraigada en la mentalidad común del cubano, aún hoy lo está un poco. Cuando a Baudelaire el Ministerio de Instrucción Pública francés le censuró algunos poemas por su contenido moral, nadie pensó en censura política. ¿Qué nos lleva entonces a ver en le caso de Lezama solo una censura política? ¿Será que aquella politización de todos los sectores de la vida civil que tanto criticamos, se nos ha colado tan dentro que no somos capaces de ver más allá de ella? Sé que no faltará quién se pregunte por los límites de la política y sacará la política del incidente de abajo de la manga. Tiene una connotación política en sentido amplio, como la tuvo el incidente de Baudelaire.
A pesar de lo trillado del tema, me gustaría detenerme en cierto aspecto de la obra lezamiana. En la Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura dice:
“En el tratamiento del homosexualismo la Comisión llegó a la conclusión de que no es permisible que por medio de la ‘calidad artística’ reconocidos homosexuales ganen influencia que incida en la formación de nuestra juventud”5.
Unos años antes, Jesús Díaz, posteriormente director de la revista Encuentro, ya se preocupaba por ese efecto nocivo de Paradiso en la juventud, se trataba de una novela que “por medio de la calidad artística” tocaba el tema de la homosexualidad. El entonces profesor de filosofía decía:
“A muchos nos ha preocupado la publicación de Paradiso y la influencia que dicha novela pueda ejercer sobre la juventud. Esta preocupación, si se encuentra fundamentada, si es racional, es justa; pero, independientemente de la opinión que nos pueda merecer Paradiso, no hay que olvidar que de ella solo se editaron 4000 ejemplares y que hay depositado en esa obra un trabajo. Mientras que en cualquier esquina de La Habana se encuentra al aire libre, un kiosco con los comics, las novelitas de Corín Tellado, los muñequitos de Superman y Batman, con todo su veneno anticomunista, las obras que narran las hazañas de FBI, los libros pornográficos descubiertos u otros libros que no son más que pornografía con nombres indúes. Todo ese veneno ideológico y cultural y moral, veneno a pulso, no se vende, se cambia mediante el pago de una prima. Usted lleva cinco libritos, los cambia por otros cinco y paga 20 centavos de prima: un verdadero mercado negro.”6
La opinión anterior, como muchas otras, refuerza nuestra tesis de la corresponsabilidad entre las políticas culturales y los individuos que las vivieron, refuerza la idea de una mentalidad común, arraigada incluso antes del Primer Congreso. Este último evento se preocupaba también por la imagen internacional de la Revolución Cubana que los intelectuales del patio daban a conocer:
“Que se debe evitar que ostenten una representación artística de nuestro país en el extranjero cuya moral no corresponda al prestigio de nuestra revolución”7.
De lo anterior se infiere que Paradiso no era precisamente un paradigma de la moral revolucionaria y su publicación en el extranjero, muy copiosa durante el período de 1972 a 1976, no colaboraba al prestigio de Cuba, tal y como lo creía el Primer Congreso. Por ello debemos suponer que esas ediciones extranjeras de la novela durante esta etapa no tuvieron los permisos requeridos entonces. Parte de la correspondencia entre Lezama y su hermana Eloísa en Miami, refuerzan esta tesis pues el poeta delega en ella la gestión con sus editores extranjeros8. No debemos olvidar que era este un momento que la sola correspondencia con familiares del extranjero se consideraba una falta revolucionaria. Toda esta coyuntura histórica, que también pertenece a la biografía literaria de Lezama, contribuyó a su silencio durante el período.
El asunto del pobre Manuel Pedro González es mucho más triste. Un hombre que contribuyó de manera decisiva a la permanencia de Vitier al lado de la revolución cubana por solo citar un ejemplo, fue acusado de enemigo al servicio del imperialismo yanqui por el solo hecho de residir en los Estados Unidos. Esto llevó a Luis Pavón, a la sazón Presidente del Consejo Nacional de Cultura, a afirmar lo siguiente sobre esta institución:
“En el caso de Martí esto es evidente y el intento de reducir sus perfiles revolucionarios trastocándolos en favor de los actuales propósitos imperialistas son obvios. Para lograrlos se apela, por supuesto, a gusanos de la peor catadura. Pero no sólo a estos. Se articula y se organiza el ataque contra Martí: Se junta a escritores de la ideología burguesa - que colaboraron con Santovenia y la tristemente célebre Comisión del Centenario - en torno a la Fundación José Martí con base a la Universidad en California. Esta es una de las iniciativas más sutiles y engañosas cuidadosamente gestadas por el enemigo de clase”
A pesar del anterior comentario, los implicados en esa institución han demostrado a lo largo de los años su apoyo incondicional a la revolución cubana, como es el caso de Iván Schulman. Hubo un aislamiento de la obra de Lezama del panorama literario cubano en algún momento, tal y cómo la hubo de otros escritores cubanos por diversas causas. Vitier se refiere a este asunto de la siguiente manera:
“Mi ánimo en aquellos días [se refiere a agosto de 1961] se hallaba hondamente turbado por conflictos ideológicos y de conciencia. Después de un 1 de enero inolvidable y dos años de exultación patriótica sólo amargada por el veneno de los oportunistas, empezaron a surgir en nosotros - aludo a un pequeño grupo de poetas católicos - los inevitables problemas que nos planteaba el creciente perfil marxista de la Revolución. Por una parte identificados con sus medidas populares y con su decisión antimperialista, por otra absolutamente desarmados en el campo teológico, con una Iglesia tan impregnada como nosotros mismos, sin autoridad histórica, sospechosa de connivencias reaccionarias, la ola arrolladora que se veía venir nos golpeó, sin escudo posible, en pleno pecho. La Revolución cubana, en suma, que desde su triunfo había acometido una obra de justicia social sin precedentes en América Latina, se había declarado aquel año 1961, el año cruel de Playa Girón, marxista-leninista y por lo tanto oficialmente atea. Tal era el nudo de la cuestión”9.
Como vemos el cristianismo, según este testimonio, fue fuente de conflictos ideológicos y de conciencia para los escritores católicos. Al igual que lo fue para ellos, debió serlo para los otros a los cuales les tocó animar la vida cultural de la época. Esta reflexión de Vitier sobre la cuestión nos parece muy esclarecedora de las posibles causas del aislamiento de los poetas creyentes de Orígenes que permanecieron en Cuba. Faltaría por precisar tal vez en qué se concretó ese aislamiento pues muchas veces resulta difícil establecerlo. A pesar de ello, es necesario aclarar que diferimos en un pequeño punto con el autor de esta frase. La Iglesia católica cubana sí se venía preparando para el cambio social que necesitaba la sociedad cubana10.
No obstante, a pesar de la censura, ya sea política o religiosa, Ponte no deja de reconocer la adherencia de los escritores origenistas que permanecieron en la Isla a la revolución cubana:
“A la pregunta de qué hacían los origenistas por los caminos de una teleología, por los caminos de la isla como peregrinos, esa misma teleología fundada por ellos, inventada dentro de Orígenes, responde con esta palabra de cuatro sílabas y un acento: Revolución. Durante décadas la gente de Orígenes ha tendido sus arcos sobre el vacío, ha buscado sentido. La teleología y el ceremonial fueron vías para ello. Pero al encontrar sentido es otra vez vacío lo que encuentran. Se hace arduo discernir si el vacío está allí, los rodea, o son ellos, sin saberlo muy bien, quienes llevan vacío adonde quiera. Los origenistas, desganados de siempre por la historia política, encuentran en la revolución cubana de 1959 el final de los tiempos, la Parusía, el mejor de los mundos posibles, la venida segunda del Cristo Martí, el Estado Prusiano de Hegel, la última de las eras imaginarias y un último esfuerzo de imaginación histórica”11.
Notas
1 Leal, Rine.
“Asumir la totalidad del teatro cubano. Invitación al debate a partir de una reveladora antología”. Gaceta de Cuba, septiembre-octubre de 1992. p. 8.
2 Recuérdese:
“En cuanto al proceso denominado ‘parametración’ (no cumplir con los parámetros establecidos por las resoluciones del Primer Congreso de Educación y Cultura, 1971) tuvo hasta su plasmación jurídica al aprobarse la ley 1267 publicada en la Gaceta Oficial el 12 de mayo de 1974...”
Ibidem.
3 Padura Fuentes, Leonardo. “Tiene la carabina el camarada Ambrosio. Entrevista homenaje a Ambrosio Fornet en su sesenta cumpleaños.” Gaceta de Cuba, septiembre-octubre de 1992. p. 6.
4 Álvarez Bravo, Armando. “Lezama de una vez”. Relaciones. Ed. UNEAC, La Habana, 1973. p. 105
5 “Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura”. Gaceta de Cuba, No. 90-91, marzo-abril, 1971. p. 10.
6 Díaz, Jesús. “Para una cultura militante”. Lecturas de filosofía. Tomo II, Ed. Instituto del Libro, La Habana, 1968. p. 621.
7 “Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura”. Gaceta de Cuba, No. 90-91, marzo-abril, 1971. p. 10.
8 Lezama Lima, José. “A Eloisa Lezama Lima“. “Como las cartas no llegan”. Gaceta de Cuba, mayo-junio de 1994. p. 18. Triana. José (Comp.). Cartas a Eloísa y otra correspondencia. Ed. Verbum, Madrid, 1998.
9 Vitier, Cintio. “En Cuba: antes y después”. Prosas leves. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1993. pp. 43-44.
10 Recuérdese la edición preparada por Mons. Boza Masvidal de la Doctrina Social de la Iglesia contenida en el Magisterio. No la citamos aquí pues extraviamos lamentablemente el ejemplar. Véase además el artículo Domingo Cuadriello, Jorge. “Misión formadora de tres sacerdotes españoles en Cuba durante un año crucial: 1958”. Españoles en Cuba. Ed. Renacimiento, Sevilla, 2004. pp. 285-314.
11 Ponte, Antonio José. El libro perdido de los origenistas. Ed. Renacimiento, Sevilla, 2004. p. 96.