Revista Vitral No. 69 * año XII * septiembre-octubre de 2005


NARRATIVA

 

UN CASO CURIOSO ENTRE
LA CRIMINOLOGÍA LITERARIA

APOSTILLAS A LA POLÉMICA ENTRE AMAURI FRANCISCO GUTIÉRREZ COTO Y ANTONIO JOSÉ PONTE

OSVALDO CLEGER

 

 

 

 

Amauri F. Gutiérrez Coto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antonio José Ponte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recientemente, en las páginas de Vitral, Amauri Gutiérrez Coto y Antonio José Ponte se han enfrascado en una polémica, generada a partir de un comentario del primero a la colección de ensayos del segundo titulada El libro perdido de los origenistas. Y aun cuando en las polémicas, como en los deportes, he preferido siempre la posición del espectador – que anima desde las gradas o bate palmas sentado frente al televisor de casa, sin mostrar idéntico entusiasmo una vez invitado a tomar parte en las carreras – he decidido terciar, esta vez, en el debate con un par de observaciones que parecen deslizársele a ambos polemistas.
El eje de la discordia aparenta ser el modo histórico como se llevó a cabo la rehabilitación, dentro de Cuba, de la obra de Lezama y de otros intelectuales del grupo de Orígenes. Rehabilitación: palabra curiosa que imagina la obra de los autores como una especie de desván abandonado, cubierto de telarañas y polvo, que un buen día volvió a ver el arribo de la servidumbre trayendo los beneficios de la luz, las diligencias del plumero y una nueva y recién importada mueblería. Rehabilitación de Orígenes: apertura del Museo Lezama Lima en la casa de Trocadero, paseos por los corredores, oficialidades, hipocresías, palabras de brindis y festín pagano.
Afirma Ponte, y cree haberlo demostrado en su libro, que la tal rehabilitación de Lezama se debió a un plan oficial y que fue orquestada desde el gobierno y las esferas de poder en Cuba. Por su parte, Gutiérrez Coto propone un acercamiento a este trozo de historia literaria que tome en cuenta aspectos más directamente literarios, como el horizonte de los gustos y los intereses de la crítica, sin hacer un énfasis excesivo en lo político. Ambas posiciones, en mi criterio, comparten dosis de razón y sinrazones y no son en lo absoluto excluyentes. Se esmeran en dibujar una falsa antítesis. Y mutuamente se culpan por sus excesos respectivos de paranoia o condescendencia hacia los caprichos del poder. Ninguno, sin embargo, parece sospechar que una solución más sencilla del asunto radicaría en darle participación a ambos determinismos. Negar la intervención de la voluntad política dentro de la dinámica histórica de los gustos es una propuesta tan reduccionista como la de otorgárselo todo a los decretos del príncipe y quitárselo a la sociedad lectora.
Pero estamos, en cualquier caso, ante un evento curioso; pues este género de polémicas ilustra, como ningún otro fenómeno de discurso, que la comunicación se estructura a partir del malentendido, como proponía Lacan. Ambos polemistas se enfrascan en ver sólo el lado endeble en las ideas del otro y le corren por encima, con destrezas de sufí, a las propuestas del oponente que muestran una cierta solidez.
Cotos del dominio de Ponte son (además de la buena prosa) el terreno de lo biográfico, de la minucia hechológica, el método inductivo, la acumulación de pruebas y la interpretación suspicaz del dato histórico. Gutiérrez Coto, por su parte, aparece atrincherado tras los bastiones, hoy semiderruidos, de la filosofía de la historia, el método deductivo y las generalizaciones trazadas a priori, que exhiben buen sentido, pero también, dificultades de verificación. Tras las proposiciones de Gutiérrez también podríamos rastrear el esqueleto de una sociocrítica más moderna que, al menos desde la generación de Pierre Bourdieu propone un acercamiento más intrínseco a la dinámica del campo literario, un acercamiento que no acabe por achacárselo todo al homus economicus y al zoon politikon.
Pero sus perspectivas teóricas no le han impedido a Gutiérrez Coto realizar una lectura errática de lo que él ha llamado la “origenología pontiana”. Aquí se halla en mi criterio el origen de todo el malentendido. En su reseña crítica Gutiérrez Coto, implícitamente, propone ver los ensayos que componen El libro perdido de los origenistas como un texto de crítica literaria; les otorga tal autoridad y he aquí el primer desliz de interpretación. El libro perdido de los origenistas no es, ni pretende ser, un texto de crítica literaria. Ésta, aunque sea una claridad de Perogrullo, ha quedado olvidada en medio del debate. El propio autor la reconoce en los párrafos introductorios: “Como buen celador de museo, me interesan menos las obras que la disposición de éstas. Así que ejerzo menos la crítica literaria que la biografía.” Pero este libro está claro que tampoco es una biografía, aun cuando esté plagado de datos biográficos, fechas de publicaciones o de ausencia de éstas, de discusiones y de encuentros misteriosos. Estos elementos le dan al libro materia biografiable, pero no lo convierten en biografía.
¿Qué es este libro, entonces? ¿Cómo clasificarlo? ¿Cómo aproximarse al mismo, sin cometer el error de Gutiérrez Coto, es decir, sin tomarlo por lo que no es? Ponte afirma que es – desdibujada – una ética. Mas tampoco creo necesario tomarse muy en serio esta afirmación, a menos que hablemos de una ética para críos de octavo grado. Me explico: que el autor confiese su temor de perder el placer de la lectura de Lezama porque sus inquisidores lo hayan convertido en pancarta oficial es de una candidez difícilmente ética. Es una pose de indiscutible vigor adolescentario y que tiene que soportar la afrenta de hallarse publicada en los más básicos manuales de psicología del desarrollo. Si el placer de lectura se basara solamente en su flanco clandestino, prohibido, habría muy pocos textos que todavía podríamos disfrutar en la actualidad. Sería imposible leer a Goethe, a quien en Alemania han convertido desde hace décadas en nombre de Instituto; Rimbaud y Baudelaire nos darían náuseas a fuerza de referidos y refritos; el Marqués de Sade – golosina prohibida de nuestros abuelos, esquina última en el inframundo de la clandestinidad – se nos tornaría terriblemente indigesto desde que la generación de Levi-Strauss se dignó citarlo en un mismo párrafo junto al nombre de Emmanuel Kant y Hollywood, más tarde, lo convirtió en fantoche de cine. El propio Lezama no habría pronunciado en vida el nombre de Martí, que desde los mismos comienzos de la República ya era pancarta y cita gratuita en boca de los políticos del miguelismo, del zayismo o del menocalismo, sin importar los bandos.
Si hay una ética en este libro, la misma no descansa en la preocupación por las supuestas inconveniencias que se desprenderían de la rehabilitación oficial de Lezama, ni en la visión cándida que ofrece el autor del placer de la lectura. Si hay una ética en estos textos, esta se afirma en los sucesivos esfuerzos de Ponte por romper con la censura interna, por sacar a discusión el tema mismo de la censura y la manipulación histórica, por inculpar literariamente a los “inquisidores” y “esbirros” que, desde el poder, han obstaculizado y obstaculizan el desempeño intelectual dentro de Cuba. Este último gesto de sus escritos y su quehacer es sin dudas loable.
Los ensayos de Ponte despiertan, además, el interés de leerlos. Son de una lectura nada indigesta. Nos zambullimos en las primeras páginas y hay un gancho que nos atrapa. En una de mis relecturas me preguntaba cuál sería ese gancho y he aquí las dos respuestas que se me ocurren.
Primeramente, algunos de estos ensayos tienen el interés del policíaco, el género narrativo que con más éxito consigue subyugar al lector, someterlo a largas sesiones de lectura hasta que consigue saber quién ha sido el criminal y cómo sucedió todo. El escenario del crimen es, en este caso, la Cuba de las décadas que el libro historia y el inspector es el propio Ponte, quien está a cargo del “caso Lezama”, asesinado, ultrajado y desenterrado, más tarde, por sus propios “inquisidores”. La historia literaria que narra Ponte ilustra, en una de sus aristas, un caso ejemplar de “criminología literaria”. Esto explica en parte que algunos párrafos cargados con minucias biográficas, comentarios de conversaciones o de citas misteriosas puedan ganar tanto interés en el lector. Ponte ha tenido la agudeza de verter su relato dentro de las formas del policíaco, el imaginario de la novela detectivesca. Así nos torna la erudición del libro en algo incluso ameno. Resumiendo, desde el punto de vista de la estructura del relato El libro perdido de los origenistas es un texto literario, más cercano del policíaco que de cualquier tipo de género crítico o histórico.
Hay otro aspecto de estos escritos que genera mi interés: y es que allí donde no se esmera en destejer su trama policíaca, el libro se convierte en literature en su forma más estricta y seductora. Hace ya varias décadas Roland Barthes tuvo la desfachatez de reconocer que al escritor no le interesa, en verdad, decir absolutamente nada, en sus textos. Para un escritor genuino, su texto es un acto intransitivo, que se cierra sobre sí mismo, que no persigue otra finalidad que “decirse”. La literatura no es “contenido” o el tal contenido es su propia forma. El texto no es nunca político, filosófico o ético, es un universo de lenguaje que alcanza su finalidad sin necesidad de escaparse de ese universo discursivo que lo encapsula. El libro perdido de los origenistas parece una excelente manifestación de este concepto literario. Si leemos cuidadosamente su primer ensayo, que da título a la colección, se hace evidente que Ponte “no tiene nada que decir”, más allá de espejear un universo de discurso dentro del cual creció intelectualmente y que lo alucina: el imaginario de Orígenes, del Orígenes de Lezama – y curiosamente – el de Eliseo Diego y Cintio Vitier. Es curioso que “éticamente” Ponte se incline por la versión de Orígenes que da Lorenzo García Vega, cuando estética e imaginariamente se haya atrapado dentro del Orígenes no solo de Lezama, sino también del Vitier de la Poética y sus ensayos de los años 50’, del Eliseo Diego de las narraciones. Estéticamente no vemos herencia de Lorenzo García Vega (ni siquiera de Virgilio Piñera) en el universo imaginario que Ponte recicla. Él esta preso del tipo de prosa (y el universo discursivo) que manejaron Lezama y el Vitier de los años cincuenta, con referencias a Kublai Kan, a Ouroboros, a la serpiente mordiéndose la cola, los gnósticos, el destierro de Zenea, la tradición cubana como ausencia, libro perdido, mito, las últimas palabras en los Paralelos de Lezama, etc.
Si perdemos la perspectiva de que esta colección de Antonio José Ponte no es un texto de crítica sino un texto literario en sí mismo (de literatura bastante disfrutable, por demás, en varios momentos), terminamos otorgándole una autoridad que no reclama ni merece: en este error cae su comentador Gutiérrez Coto. La criminología literaria de Ponte no posee valor como historia de la literatura en cuanto a su visión de lo histórico y de la inserción de lo literario en la historia, le faltan los pilares teóricos. Su acopio de fechas y datos como método histórico crítico carece de valor y actualidad teórica, a menos que nos consideremos habitantes de 1810 y discípulos de Andrés Bello. Su interés es literario, es una muestra excelente de cierto tipo de prosa e imaginación en la literatura cubana de los 90s. Debe ser leído como leemos hoy en día un cromito cubano de Manuel de la Cruz o una Estampa de San Cristóbal de Jorge Mañach.


 

Revista Vitral No. 69 * año XII * septiembre-octubre de 2005
Osvaldo Cleger
(Ciudad de La Habana, 1974)
Reside actualmente en los Estados Unidos. Es Licenciado en Historia y MSc. en Creación Literaria en la Universidad Estatal de Nuevo México, bajo la dirección del Dr. Jesús Barquet. Recibió mención en el Premio de la Gaceta de Cuba por el poemario Variaciones en el aire en 1995. Ha publicado, junto a Patricia Ramos, Amor y conocimiento en Cintio Vitier (Ed. Abril, La Habana, 2002) que fue Premio Calendario de ensayo. Actualmente, es docente y hace su doctorado sobre literatura cubana en Tucson, Arizona.