El Apóstol del pensamiento cubano se refirió, al menos en ocho de los escritos que publicó en Patria, a la institución que era, a su juicio “…la más alta y meritoria de las Sociedades de Cuba”.(1) Evoca, en algunas de esas ocasiones, a compatriotas que habían desempeñado con rigor y dignidad responsabilidades en el seno de la misma: a José de la Luz, a quien llama “el padre amoroso del alma cubana”(2), y a Bachiller y Morales, que para él es “alma de la Sociedad”(3)… expresa su júbilo al saber que el meritorio Gabriel Millet y Raimundo Cabrera “…acaban de llevar al hermano mulato, al noble Juan Gualberto Gómez, a la casa ilustre donde han tenido asiento los hijos más sagaces y útiles de Cuba.”(4) El Maestro se refería a la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana, la cual fue útil para la renovación del pensamiento de los criollos y, por ende, para la formación de la nacionalidad.
En 1790 se hizo cargo del gobierno superior de Cuba el general don Luis de las Casas, hombre culto con experiencia en esos trajines. No demoró en advertir que la prosperidad que se abría paso en la Isla –sobre todo en La Habana y su jurisdicción- no se correspondía con el atraso material y cultural de la misma. Pero el gobernador halló en La Habana un grupo de criollos que lo sorprendió por su cultura, y tuvo el talento de apoyarse en ellos para desarrollar sus planes de gobierno.
Veintisiete habaneros de las familias más distinguidas delegaron en don Francisco Joseph Basave, el conde de Casa Montalvo, don Juan Manuel O’Farrill y don Luis Peñalver y Cárdenas, para que se dirigieran al Capitán General de la Isla (alentados por él mismo), para solicitar la formación de una Sociedad Económica de Amigos del País similar a las existentes en España, fundadas por don Pedro Rodríguez, conde de Campomanes (1723-1813), mérito histórico que le reconoció don Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811). Desde 1787 había sido autorizada una institución de ese tipo en Santiago de Cuba, pero por lo reducido del grupo de patricios que la fundaron y el ambiente cultural en que se movían, no trascendió.
El 9 de enero de 1793, ante la presencia de las personas más ilustradas de la ciudad, se celebró en el Palacio de Gobierno (hoy Museo de la Ciudad) la sesión inaugural de la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País de La Habana (erigida por real decreto del 6 de junio de 1792). Su primer presidente fue don Luis de las Casas.
El objetivo de esta institución, según sus Estatutos, era “promover la agricultura y comercio, la crianza de ganado e industria popular, y oportunamente la educación e instrucción de la juventud…”(5)
De acuerdo con estas direcciones, nació con cuatro secciones: Ciencias y Artes; Agricultura; Industria popular y hermosura del pueblo y Comercio.
A la sección de Ciencias y Artes se encomendó todo lo relacionado con la instrucción, porque la dedicada específicamente a la Educación y su Comisión de Literatura surgirían hacia 1817, cuando ya la Sociedad había adquirido mayor conciencia de sus fines y tenía mayores recursos. Entre las primeras tareas que acometieron se encontraban las encaminadas a promover una Escuela de Química (requerimiento de la industria azucarera), la fundación de una biblioteca pública (la más antigua de Cuba y una de las primeras de América) y el apoyo a los proyectos científicos del médico-filósofo doctor Tomás Romay. No relegaron hurgar en la educación y para eso designaron a Fray Félix González, quien debía redactar un informe sobre el estado de las escuelas de primeras letras a partir de la investigación que debía realizar. Luego quedaría constituida una Comisión, integrada por el P. José Agustín Caballero, Francisco Isla y el propio Fray González, con el propósito de escribir una Memoria que normase todo lo concerniente a las escuelas que habrían de formarse. El resultado de la investigación fue desolador y del seno de esa Comisión surgió el primer documento de organización escolar de Cuba.
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Retrato de José Martí en Washington, según
el patriota puertorriqueño Sotero Figueroa. |
La Sociedad Económica constituyó un verdadero laboratorio, un centro de análisis de las necesidades de la comunidad; en su seno surgirían las más fecundas iniciativas, los más serios y trascendentes planteamientos. Por eso, a pesar de los obstáculos de todo tipo que fue necesario salvar, fue, a mi juicio, taller, trinchera y tribuna del pensamiento cubano que iba surgiendo.
Una institución de esa naturaleza habría de interesar al hombre que, desde 1802, regiría pastoralmente durante casi un tercio de siglo la diócesis de La Habana y cuyo influjo personal llegaría más allá de las fronteras de lo estrictamente eclesiástico: el Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, quien sustituyó al Obispo Felipe José de Trespalacios y Verdeja. El prelado ya había pertenecido a una institución de este tipo en Salamanca y esto le proporcionó una amplia experiencia en el funcionamiento de organizaciones similares.
En la junta general que celebró la Sociedad el 10 de diciembre de 1802, su presidente, el Marqués de Someruelos presentó una grata noticia: el Obispo Espada había expresado su deseo de ingresar en ella. Por “esa sola vez”, recoge el Acta, se alteró el orden acostumbrado y se le nombró socio de número, pero como era necesario el cambio de los miembros de su gobierno, Espada fue designado por unanimidad para ocupar el cargo de Director.
Aquella fue una noche trascendente para la formación de la nacionalidad y la cultura cubanas. El Obispo había palpado una profunda preocupación en el ambiente. Por las palabras del Censor, José Arango, comprendió que la función cultural, educacional y social de la institución se hallaba profundamente limitada. El Obispo tomó posesión de su cargo el 13 de enero de 1803.
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Entrada principal del Seminario
San Carlos y San Ambrosio en tiempos
del P. Caballero, Varela y Luz. |
Como el padre José Agustín Caballero, también se inscribe el Obispo en la corriente ilustrada y humanista del catolicismo español. Había nacido en Arróyave, provincia de Álava, el 20 de abril de 1756, en el seno de una familia acomodada. Estudió en la universidad de Salamanca donde obtuvo el Doctorado en Teología. En esa misma ciudad fue ordenado sacerdote y, siendo Rector del Colegio San Bartolomé, fue diputado a las Cortes de Cádiz. En esa época tenía autorización para leer libros prohibidos por el INDEX. Su amistad con Manuel Godoy,”el príncipe de la paz” le valió su designación para la diócesis de La Habana el 11 de agosto de 1800.(6) Esta diócesis se extendía entonces desde el Cabo de San Antonio, en el extremo occidental de la Isla, hasta más allá de Sancti Spíritus, por la zona de la actual provincia y diócesis de Ciego de Ávila.
Si el proyecto económico-social de la Ilustración Reformista Cubana se encuentra expuesto, desde 1792, en el Discurso sobre la agricultura de La Habana y medios de fomentarla, de Francisco de Arango y Parreño, hacia 1802 comienza a observarse otra corriente en el movimiento que se aglutina alrededor del Obispo Espada y tiene como lugares claves el Real y Conciliar Colegio-Seminario de San Carlos y San Ambrosio y la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País. Pero la actividad de este grupo se dirigió más a la esfera social y a la del pensamiento que a la económica. “Desde el punto de vista político el movimiento no es homogéneo, aunque todos sus integrantes muestran la adhesión a las ideas políticas modernas, una tendencia descentralizadora y autonómica y la ponderación de lo cubano en formación en cuyo proceso quiere incidir.(7) El Obispo Espada –que era antitratista y antiesclavista- consideró que el fundamento era la agricultura pero, a diferencia de Arango y Parreño, pensaba que en la aplicación de este principio la prioridad debía estar en la pequeña propiedad y no en el latifundio.
La Isla debía convertirse –según su pensamiento- en un país de agricultores, para lo cual se encontraba con la dificultad de la falta de brazos pues apenas llegaban, en 1806, a un tres por ciento de los que necesitaban.8 Espada –como antilatifundista- asumió un proyecto de desarrollo sobre la base de la pequeña propiedad agraria. Junto a él, identificados con su propuesta social, se aglutinaron y proyectaron inicialmente el P. Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz, Felipe Poey y Domingo del Monte, a quienes el doctor Torres-Cuevas llama la pentarquía creadora.9 Examinemos brevemente ese proyecto social.
Asistencia social
A inicios del siglo XIX subsistían en La Habana tres instituciones benéficas dirigidas a resolver algunos problemas candentes de la sociedad habanera:
-La Casa de Beneficencia, cuyo origen se remontaba a los días de Las Casas y Trespalacios, fruto, principalmente, de la generosidad y la voluntad de Luis Peñalver y Cárdenas, provisor del obispado. Era atendida por la Sociedad Económica y tenía el propósito de proteger y educar a los niños huérfanos;
-La Casa de Expósitos, remonta su fundación a los tiempos del Obispo Compostela y fue recuperada, hacia 1705, por el Obispo Jerónimo Valdés. Su propósito era recoger a los niños abandonados en las calles y caminos. También estaba bajo la égida de los Amigos del País; y
-La Casa de Recogidas (fundada en 1772), ubicada en el callejón de La Sigua, en la cual podían ser cobijadas, según el reglamento, tres clases de mujeres: las sin recursos, las desamparadas y las rechazadas por la sociedad. Su fin era prepararlas para trabajos útiles y honestos y procurarles, después, empleos.
Separadas apenas sobrevivían esas instituciones, pensó el Obispo, y consideró que debían fusionarse debido al precario funcionamiento que todas tenían y la naturaleza de sus fines. ¿Cómo resolvió el problema? A título de Director de la Sociedad envió un informe al Marqués de Someruelos (3 de febrero de 1803) y fundamentó así su proyecto: la Casa de Recogidas sería restaurada por la Mitra y ocupada por ella, se explotaría a favor de la Casa de Beneficencia donde los niños y las recogidas se iban a refundir, asegurando los espacios necesarios para unos y otros. Contaría con 4 600 pesos de ingresos, la mayor parte abonados por el Obispado.(10) Así se hizo. A propuesta de Someruelos, eligieron al Obispo diputado al gobierno de la Casa de Beneficencia; aquí los niños, según el decir de Espada, podrían ser individuos de brazos útiles a la sociedad y las niñas se formarían para laboriosas madres de familias.
No demoró el prelado en requerir la atención de los Amigos del País al colegio de San Francisco de Sales (fundado por el Obispo Compostela), institución de servicio público cuyo objetivo era la educación y protección de las niñas huérfanas; Espada explicó que se torcía el objetivo primordial del plantel (instruir y preparar a las alumnas para la vida) pues permanecían en el colegio a pesar de haber terminado los estudios. ¿Qué hizo el Obispo? Accedió a que el colegio fuera visitado y asignó una dote a cada pupila para garantizar su porvenir o favorecer el posible casamiento. Resultado: el alumnado se fue renovando, Espada incrementó con su propia bolsa las rentas del colegio y los Amigos del País se sintieron tranquilos.
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Francisco de Arango y Parreño. |
Los presos también hallaron espacio en la obra de la Sociedad bajo la dirección del buen Obispo. La visita de su Director a la cárcel habanera lo preocupó y alarmó; consideraba, según escribió al Capitán General, que aquel lugar era un foco de inmoralidad y corrupción, mansión de todos los pecados y escuela de malvados. En la junta del 24 de febrero de 1807 el Director explicó a los colegas sus puntos de vista al respecto, la respuesta no se hizo esperar: acuerdan instituir un premio para quien demuestre en una Memoria cómo deben vivir los presos en la cárcel. El premio consistía en otorgar la distinción de Socio de Mérito a quien lo mereciera. En esa reunión el Director insistió en estas ideas:
·la cárcel debe ser instrumento para purificar a los presos,
·evitar la vagancia (madre de todos los vicios),
·la necesidad de que los presos trabajaran.
El plan del Obispo Espada sobre los reclusos respondía a la formación y proyección ilustradas de su autor. Su concepción al respecto, nos dice César García Pons, “se adelantó cuarenta años a la elaboración conceptual y jurídica de las ideas krausistas.”(11)
Salud Pública
La primera visita pastoral del prelado a su diócesis (1804) le permitió ampliar su visión sobre la precaria situación higiénica del pueblo y el estado crítico de la salud pública. Hasta entonces sólo conocía directamente los problemas de la capital de la Isla. No había sacudido aún el polvo del camino y ya se hacía más enérgica su acción contra todas las epidemias, sobre todo en lo que se refiere a la vacuna para impedir la viruela. Atendiendo a la sugerencia del doctor Francisco Javier de Balmis, el 13 de julio de 1804 la Sociedad procedió a crear la Junta Central de la Vacuna, la que constituyó con elementos de la institución y algunos técnicos que se incorporaron. Sabía Espada que la batalla contra la enfermedad causante de tantos muertos, sobre todo en la niñez, había que librarla simultáneamente en todas partes, por eso en la reunión ofreció costear las expediciones médicas que se utilizarían para llevar la vacuna a donde fuera necesario. Así, de acuerdo con su médico y amigo, Tomás Romay, se inició, con palabras de García Pons “la más admirable y atrevida campaña sanitaria que recuerdan los anales del siglo”.
De modo que a los cuatro años de iniciada la campaña, que tuvo carácter permanente, se habían vacunado en Cuba 22,226 posibles víctimas de la viruela. El mal cedía y reducía sus estragos.
Otra vertiente significativa del trabajo de la Sociedad, bajo la dirección de Espada, en el rubro de la higiene colectiva, fue la lucha para evitar los enterramientos en las iglesias y crear un cementerio general o universal.
Es obvio que cuando Fernández de Landa asumió la mitra de La Habana ya traía ese asunto en cartera: dos semanas después de tomar posesión de la dirección de la Sociedad Económica, es decir, el 27 de enero de 1804, abogó en la Asamblea por el estudio y establecimiento subsiguiente de un cementerio universal en las afueras de la ciudad. Él sabía que esa era una tarea compleja y difícil que toparía con obstáculos y enemigos abundantes, por eso señaló que era necesario aunar las voluntades de las autoridades, divulgar el asunto entre los socios y concentrar los medios suficientes para formar lo que llamó “una masa de fuerzas” superior a todos los obstáculos. No se equivocó. Pero contra vientos y mareas logró que se dispusiera la bendición del cementerio para el 2 de febrero de 1806; en forma simbólica fueron escogidos para recibir allí definitiva sepultura, estrenando el camposanto, los restos del Mariscal de Campo Diego Manrique, y los del prelado José Manuel González de Cándamo, Obispo de Milasa, fallecidos los dos debido al vómito negro. Quince años después (31 de diciembre de 1821) el obispado anotaba que en el cementerio de Espada, (así lo llamaban todos), se habían enterrado 55 846 personas.
Educación y cultura
Cuando el Obispo Espada asumió la dirección de la Sociedad Económica, la educación y la cultura eran patrimonio de las clases altas de la Isla, y no era extraño que esto ocurriera aquí y en las otras colonias hispanoamericanas puesto que ese mal provenía de la Metrópoli.
Comúnmente se habla de la carencia de escuelas de enseñanza primaria o elemental en aquellos tiempos, lo cual es cierto; pero no sólo en España y sus colonias puesto que la enseñanza antes señalada fue un aporte del célebre pedagogo suizo Juan Enrique Pestalozzi en el siglo XIX, como lo fue de Herbart la enseñanza secundaria.
Ocurría que los hijos de familias ricas y acomodadas recibían instrucción en el propio hogar, por lo general mediante un preceptor y, en escasas ocasiones, por medio de una institutriz o maestra, casi siempre procedente del extranjero; luego pasaban, bien al Seminario San Basilio el Magno en Santiago de Cuba, o al habanero Seminario de San Carlos –y con el tiempo a otros planteles que irían surgiendo-, con frecuencia como paso previo para ingresar en la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana, fundada y a cargo de la Orden de los Predicadores. Algunas familias, de las más ricas, preferían enviar a sus hijos a estudiar a otros países, por ejemplo, a México o a Colombia, si no lograban enviarlos a la Metrópoli.
Antes me referí a la preocupación de Los Amigos del País, desde la fecha de la fundación, por los problemas de la educación. Realmente el informe que entonces hizo Fray Félix González fue impresionante: sucede que enseñaban lo que sabían y como podían negros y mulatos libres en sus humildes viviendas, a cambio de alimentos o de las monedas que fueran posible. Niños blancos y negros, juntos, y muchas veces varones y hembras, aprendían a rezar y lo que la improvisada “maestra” pudiera trasmitirles: leer y escribir a veces, otras a sacar cuentas, en todos los casos las niñas aprendían labores de la casa y los varones el oficio que tuviera el hombre de la casa. Estas escuelitas fueron denominadas “de amigos y amigas” y constituyen el germen de los planteles privados de barrios que pervivieron durante la República. Una acotación al respecto: las “escuelas de amigas” existieron en las otras colonias hispanoamericanas pero con características diferentes a las nuestras, según ha demostrado en las investigaciones que realizó por ejemplo en Colombia, México y otros países, la doctora Sor Pilar Fox y Fox. En aquéllas las “maestras” eran mujeres viudas o solteras provenientes de la Península para trasmitir instrucción, no enseñaban oficios y aunque los documentos dicen que tenían una escasa instrucción, sor Juana Inés de la Cruz asistió a una de ellas y refiere que de aquella “maestra amiga” recibió el interés hacia la lectura.
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Buró y retrato de José de la Luz y Caballero. |
Los Amigos del País tuvieron a su cargo, desde 1794, el cuidado y la vigilancia de la enseñanza pública, pero poco pudieron hacer entonces porque no lograron el apoyo del Obispo Trespalacios.
Cuando el Obispo Espada asumió la dirección de la institución había en la ciudad 71 escuelas a las que asistían 2000 niños de ambos sexos; en mejor estado se hallaban las de Belén –donde el sacerdote enseñaba gratuitamente a leer y a escribir por aliento de un ministerio evangélico-, la de Beneficencia y además las de Francisco Wandaran, Jorge Arrostra y la señora Perovani que enseñaba idiomas preferentemente. Seguían proliferando las escuelitas de los negros y mulatos que, paradójicamente, trasmitían lo que sabían hacer en los mismos predios en donde a sus consanguíneos, los esclavos, les estaba vedada toda esperanza.
Ante esa deplorable situación orientó concentrar el trabajo en dos direcciones: la ayuda que fuera posible prestar a las escuelitas que existían y la atención cuidadosa a las que pudieran provenir, o fundarse, a partir de un auténtico afán científico. Se sentía optimista porque tenía en sus manos ese gran instrumento que para el pensamiento renovador de entonces constituyó la Sociedad Patriótica y él sabía como utilizarlo. Visitó los planteles y como no encontró, en rigor, ni alumnos ni maestros, procuró de inmediato que los hubiera de verdad. Su preocupación fue más allá de la existencia material de las mismas: propuso a la Sociedad, y se aprobó, que el presbítero Juan Bernardo O’Gavan viajara a Madrid e ingresara como alumno observador en el Instituto Pestalozziano que allí funcionaba; O’Gavan permaneció en tal condición hasta que las conmociones políticas acaecidas en España determinaron la caída de Godoy y por ende el cierre de la importante institución. Los gastos ocasionados por ese viaje fueron sufragados por el Obispo. El 18 de diciembre de 1808, El Aviso daba cuenta a los habaneros de la tarea realizada por O’Gavan.
¿Qué deseaba el Presidente de la Sociedad? Nada menos que introducir la teoría pestalozziana en Cuba, sueño hermoso que provocó conflictos ¿acaso el proyecto que elaboró Fray Manuel Quesada, en 1801, no prescribía, entre otras cosas, que el maestro enseñara, según la esfera de su capacidad, lo que debía enseñar nada más? ¿y qué debía enseñar?... ¿acaso no planteaba que ningún maestro debía enseñar a leer y a escribir a ciertos esclavos?... No existían, aún, las condiciones para llevar a cabo la aspiración del ejemplar Presidente; se imponía trabajar para renovar el pensamiento de ciertos Amigos del País.
Mientras tanto, Espada se ocupó de estimular a los maestros y a los alumnos: instituyó premios en metálico para los primeros y medallas para los segundos, facilitó textos que consideró adecuados, recomendó que se ajustaran los planes de estudio atendiendo a requerimientos didácticos y cooperó al sostenimiento de las escuelas públicas con la mitad de la cifra que tenían asignada en el fondo permanente constituido a ese fin. De él fue la iniciativa de que los maestros más esforzados pudieran ser considerados Amigos del País.
Tanto se preocupó y ocupó el Obispo de los problemas de la cultura y la instrucción del pueblo que cuando cesó su labor al frente de la Sociedad, en 1807, se mantuvo vinculado a la misma en todos los aspectos manteniendo la ayuda económica a las obras que realizaban, muy especialmente a las propias de la Sección de Educación.
Algo tenía que mostrar la capital de la Isla en orden de valores arquitectónicos, pero nada tenía de mérito en lo relativo a la escultura y la pintura, salvo alguna talla y tal vez uno u otro lienzo importado, la mayoría de los templos presentaban una pobreza rudimentaria similar a la que el Obispo observara en la enseñanza.
El atraso en que se encontraba la población hacía casi inútiles –escribió Bachiller y Morales-, por nada fructuosas, las bellas artes hasta entrado el siglo XIX, es decir hasta la presencia de Espada en esta ciudad a la que amó tanto. ¿Quiénes eran los escultores y los pintores entonces en Cuba?... Gente sin escuela, sin tradición artística, sin maestros, en fin, pobres aficionados cuyas producciones eran de mayor o menor gusto.
La coyuntura para influir en estas aristas de la cultura se le ofreció al prelado al establecerse el Cementerio Universal: contrató a José Perovani, formado en Roma, para que realizara la pintura de la Capilla del Cementerio donde, detrás del altar, dejó un fresco, La resurrección de los muertos. Y no marchó el artista a México sin antes haber trabajado cosas de monta en la Catedral de La Habana, en la cual Espada decidió iniciar la reforma artística. Como hombre de la Ilustración no gustaba del arte barroco ni del gótico, prefería el neoclásico. Recuérdese que el neoclasicismo logró su expansión como consecuencia de la Revolución Francesa; la Revolución lo escogió “…como el estilo más acorde con su ideología. Amor a la libertad y a la Patria, heroísmo y espíritu de sacrificio…”(13) El Obispo creía en la influencia social de la obra artística, no sólo porque representaba una lengua para el espíritu, sino por lo que actuaba sobre éste jerarquizándolo y cultivándolo. Su sentido de los valores estéticos no estaba en pugna con la fidelidad a su fe y a la Iglesia que mantuvo hasta el final de sus días. Sus preferencias artísticas imprimieron profunda huella en La Habana y hasta en las regiones más apartadas de la diócesis. Cedieron a su empuje, en la Catedral, los altares para ser sustituidos por otros de caoba tallada de estilo clásico, las imágenes fueron retiradas para colocar en su lugar buenas copias de firmas universales. La talla debía ser buena para justificar su presencia. Desechó el lienzo que consideró pobre, este fue el caso del que reproducía el embarque forzado por los ingleses, en 1762, del Obispo Morell de Santa Cruz. El cuadro tenía verdadero valor histórico y en esto estaba la razón de conservarlo, pero el Obispo sobrepuso a ello su gusto estético.
El arte de Perovani también dejó sus huellas en la Catedral; bajo las indicaciones del prelado realizó dos frescos: La Cena de los Doce Apóstoles y La potestad de la Iglesia dada a San Pedro. Pero como su obra quedó inconclusa, el Obispo hizo venir a un pintor francés: Juan Bautista Vermay, de la escuela neoclásica de David, que pintó los techos de la Catedral y terminó las obras pendientes en la misma.
Tal vez más importante que dejar buenas obras era lograr seguidores formados en el gusto estético del neoclasicismo… ¿qué hacer?... Vermay abrió, bajo la protección de Espada, una Escuela de Pintura en el Convento de San Agustín, y unos meses después, asumió la dirección de la Escuela de San Alejandro, fundada por el intendente Alejandro Ramírez. Allí se esforzó por echar las bases de nuestra cultura pictórica.
Es cierto que la revolución artística que Espada realizó generó detractores y nuevos enemigos. Pero el arte anduvo de su mano mientras le quedó aliento para difundirlo e imponerlo.
Años fecundos fueron también para la Sociedad Económica los que estuvieron bajo la directa orientación del intendente Alejandro Ramírez: inició su vida la Sección de Educación la cual, en su primera reunión (22 de agosto de 1816) se encargó además de las tareas ya habituales en cuanto a la enseñanza, de traducir y divulgar trabajos que exponían el sistema de enseñanza mutua lancasteriano el cual llega a implantarse en algunas escuelas. La Sección se ocupó de la educación de la mujer y fomentó la enseñanza de la Química, la Física y la Economía Política, tan importantes para el desarrollo del país, y favoreció la existencia de la Academia de Música Santa Cecilia, que se fundó a principios de ese año. Por esas fechas la sociedad logró extenderse a varias poblaciones y crear el Jardín Botánico y el Museo Anatómico.
Se distinguieron por esos años debido a sus trabajos: don José María de Montalvo, Nicolás Ruíz y, sobre todo, el presbítero Félix Varela Morales quien el 20 de febrero de 1817 pronunció su disertación: Demostrar la ideología en la sociedad y medios de demostrar este ramo, donde expuso ideas pedagógicas novedosas. Fue aceptado como socio de número y se incorporó a la Sección de Educación, siendo sus primeras tareas emitir un juicio crítico sobre el Tratado de Gramática Castellana del padre Laguardia y de Elementos de la Lengua Castellana de Manuel Vázquez de la Cadena.
La década del veinte y del treinta serían años de confrontación cada vez más fuertes entre los jóvenes intelectuales y los seguidores de las ideas de O’Gavan y otros miembros de la Sociedad.
En 1834, el grupo de jóvenes ilustrados que lidereaba José Antonio Saco se independizó de la Sociedad Económica al instalarse la Academia Cubana de Literatura, pero sería por breve tiempo, Antonio Zambrana, como secretario de la Sociedad Económica de Amigos del País, impugnó la creación de la Academia; continuaron los ataques de la Sociedad a la Academia. El 25 de abril Saco publicó la Justa defensa de la Academia Cubana de Literatura; con este trabajo se enfrentó a las viejas concepciones del grupo encabezado por Claudio Martínez de Pinillos, intendente de Hacienda, y Juan Bernardo O’Gavan, presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País. El Capitán General expulsó a Saco de La Habana; también lo expulsaron de la Sociedad y Saco inició su expatriación en septiembre del mismo año.
Ya había fallecido, el 13 de agosto de 1832, el ejemplar Obispo Espada. De él, que había escrito en una pastoral en 1820: “La juventud que hoy descuella es el apoyo y la esperanza de la patria”, diría, con motivo de su funeral, quien fuera su admirador y amigo José de la Luz: “Marcaba el camino para la civilización sin preguntar y aún saber qué rumbos seguirán otros. Eso también lo caracterizaba en sus grandes ejemplos de firmeza. Aquí es verdaderamente extraordinario y aún fue realmente único.”(15)
De él ha escrito un historiador cubano contemporáneo: “Allí, en los orígenes mismos de la cultura cubana, está su mano, su obra y su pensamiento. Porque la primera expresión intelectual de esa cultura tiene la huella indeleble del vasco que durante 30 años vivió como cubano y sirvió a nuestra patria hasta que esta tierra cálida lo acogió en su seno. Hay hombres que son como su época, nacen y mueren sobre el lecho de un volcán.”(16)
En el seno de la Sociedad Económica de Amigos del País se discutieron proyectos que favorecían el progreso de Cuba y la preparación de la juventud para los nuevos tiempos que de todas formas llegarían; como ejemplo no es posible olvidar el de crear un Instituto Cubano que garantizara la formación de los técnicos y los maestros que la patria demandaba (presentado por José de la Luz en 1833). El Instituto Cubano fue aprobado por los amigos del país, pero fue engavetado por falta de los recursos necesarios.
De 1835 a 1842 se manifestó un período de intensa actividad en el seno de los Amigos del País, a pesar de la escasez de recursos materiales y de los conflictos que no cesaban. El análisis de las actas y memorias de esos años, en los cuales estuvo al frente de ella, como vicedirector primero y como director después, José de la Luz y Caballero, permite precisar las direcciones fundamentales del quehacer de la Sociedad, entre ellas las siguientes:
·La educación popular, la reforma de la biblioteca pública de La Habana para que también fuera útil a los artesanos y a los padres de familia.
·El incremento de la instrucción pública: creación de nuevas escuelas; preocupación por crear textos cubanos.
·La preparación pedagógica y metodológica de los maestros. Su presidente había dicho: “Tengamos el magisterio y Cuba será maestra”.
·No lograron fundar planteles en los campos por falta de recursos económicos: en 1816 los fondos asignados a la Sociedad por parte del gobierno ascendieron a $32 140; pero a partir de 1825 fluctuaron de acuerdo con los criterios de los gobernadores; y ya en 1833 el Conde de Villanueva fijó el suministro anual de $8 000 para todos los gastos de la corporación;
·El impulso al aprendizaje de artes y oficios, interesados en que los jóvenes estudiaran la máquina de vapor.
Por los años 1842-1844 el gobierno metropolitano promulgó el Plan de instrucción pública para Cuba y Puerto Rico, que incluía la creación de una Inspección de Estudios dependiente de la Administración, es decir, del Capitán General. Debe considerarse este hecho como una agresión directa a la Sociedad Económica: se extinguía la Sección de Educación, el más poderoso instrumento de que disponía a favor de la nacionalidad cubana. A partir de ese momento proliferaron los colegios privados a lo largo de la Isla y eran Amigos del País la mayoría de los maestros que seguieron realizando en esas aulas la misión de educar a los niños cubanos.
Epílogo
La casa ilustre, que con acentuado interés promoviera las investigaciones históricas y la publicación de obras de ese género, siguió viviendo durante los primeros sesenta años de vida republicana. Fue fiel a sus tradiciones científicas y culturales. Mantuvo su obra a favor de la educación hasta que un aire fuerte entornó sus ventanas.
La casa ilustre reabrió sus puertas hace unos años, y a partir de su trayectoria histórica aúna esfuerzos para seguir adelante. La casa ilustre sigue trabajando.
Referencias:
1.José Martí: Obras completas, T.4, p.418.
2.Ibídem.
3.Ibídem, T.5, p.417.
4.Ibídem.
5.“Estatutos para una Sociedad de Amigos”, en Recopilación para la historia de la Sociedad Económica Habanera, La Habana, 1920, p.179.
6.Carlos Manuel de Céspedes: Pasión por Cuba y por la Iglesia. Aproximación biográfica al Padre Varela, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1998, p.58.
7.Eduardo Torres-Cuevas: Historia de Cuba 1492-1898, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, pp. 130,131.
8.César García Pons: El Obispo Espada y su influencia en la cultura cubana, Publicaciones del Ministerio de Educación, La Habana, 1951, p. 177.
9.Ibídem 7.
10.Ibídem 8, p. 100.
11.Ibídem, p. 106.
12.Ibídem p.77.
13.Arnold Hausser: Historia social de la literatura y el arte, Edición Revolucionaria, La Habana, 1966, T.II, p. 16.
14.Ibídem 8, p. 121.
15.José de la Luz y Caballero: “Apuntes para la nota necrológica del Señor Obispo Espada”, en Diario de La Habana, 20 de agosto de 1832.
16.Eduardo Torres-Cuevas: Obispo Espada-Papeles, Biblioteca de Clásicos Cubanos, Imagen Contemporánea, La Habana, 2002, p.134.