Revista Vitral No. 69 * año XII * septiembre-octubre de 2005


PEDAGOGÍA

 

TAMBIÉN POR MEDIO DE LA
CIENCIA SE LLEGA A DIOS


MANUEL CAPOTE CASTILLO


H
ace algún tiempo deseaba escribir este artículo y por una razón u otra no lo hacía. Sin embargo, un hecho que me ha ocurrido hace algunos meses ha acelerado mi compromiso y necesidad, no tan solo de redactarlo, sino de publicarlo para compartir con los demás mis convicciones y experiencias.
En el mes de febrero del año 2005 se celebró en la ciudad de La Habana el Congreso Pedagogía 2005 donde tuve la oportunidad de asistir junto a otros colegas que representábamos a nuestra provincia. En una de esas noches, donde se conversaba de diversos temas en el dormitorio, dos destacados profesores dialogaban y coincidían en el siguiente planteamiento: “No comprendían como profesionales de alta calificación científica, practicaban alguna religión”. En esa oportunidad, con el mayor respeto, les expresé mi discrepancia con sus puntos de vistas y les argumenté mi posición, que ahora pretendo profundizar.
Es cierto que vivimos en una era donde se aprecia un acelerado y significativo progreso de la ciencia y la técnica. Incluso algunos avances tecnológicos que se disfrutan en el mundo contemporáneo, como por ejemplo la Internet, correo electrónico, etc. Nos parecía una irrealidad hace 50 años. No obstante, cada vez que se aumenta la luz de la ciencia se revela con mayor brillantez la mano de un sabio creador, como llaman los masones el Gran Arquitecto del Universo. Se han hecho estupendos descubrimientos, pero muchos de sus autores reconocen con humildad que nada existiría sin el poder y la presencia omnipotente de Dios. Veamos algunas de las razones que avalan mi fe y la de otros:
Primeramente veamos lo que dice la Biblia sobre la fe. “Tener fe es tener la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos” (Hebreos, 11:1)

1. Nuestro Universo fue diseñado y ejecutado por un gran ingeniero de la inteligencia y la sabiduría

En nuestro planeta existen múltiples relaciones y leyes que tienen una precisión matemática que su violación provocaría verdaderos desastres:
La tierra rota sobre su eje a 1 000 millas por hora; si ella se moviera a una menor velocidad, digamos a 100 millas por hora, nuestros días y noches tendrían una duración diez veces mayor. En ese caso el caliente sol quemaría nuestra vegetación en esos enormes días, mientras que en las largas noches ningún retoño sobreviviría al frío.
Se sabe que el Sol, fuente de energía y vida, tiene en su superficie una temperatura de 10 000 grados Fahrenheit. Nuestra Tierra está lo suficientemente distante para que ese “eterno fuego” nos caliente solo lo necesario y no demasiado. Si el Sol disminuye sus actuales radiaciones o se aleja mucho, nosotros nos congelaríamos y si por el contrario, aumentara las radiaciones o se acercara mucho más a nosotros, sencillamente nos asaríamos.
La inclinación de la Tierra en un ángulo de 23 grados nos permite tener las cuatro estaciones. Si la misma se modificara los vapores procedentes de los océanos amontonarían continentes de hielo.
Si la Luna estuviera a 50 000 millas de la Tierra, en lugar de la distancia actual, entonces las mareas serían tan enormes que dos veces al día todos los continentes estarían sumergidos en las aguas, incluso las montañas serían erosionadas.
Si la corteza terrestre fuera 10 pies más gruesa que la actual, entonces no hubiera oxígeno, por lo que la vida animal moriría.
Si los océanos fueran unos metros más profundos, entonces el dióxido carbónico y el oxígeno serían absorbidos y ninguna vida vegetal existiría.
Estos y otros ejemplos nos ilustran la precisión con que está construido el Universo, nada es accidental.

2. La impresionante armonía de la vida es una manifestación de una penetrante inteligencia

La vida es un escultor de todas las formas con las dimensiones, tamaños, texturas, etc. precisos para la función que les corresponde realizar; es un artista que diseña cada hoja de cada árbol según el tamaño pertinente y le da el color adecuado a cada flor; es un músico que ha enseñado a cada pájaro a cantar su canción de amor (precisamente mientras escribo esto me acompañan los acordes privilegiados de un sinsonte que lo confirma) y a cada animal llamar a su semejante con el sonido preciso; es un sublime químico, que le da el sabor a las frutas, especias, alimentos, y el perfume a cada flor para que sea más agradable su presencia, nos ofrece el oxígeno para que los animales y plantas tengan el soplo de vida.
Cuando viajamos al diminuto mundo de las células contemplamos una casi invisible gota de protoplasma, transparente, gelatinosa, mística. Esta simple celda sostiene en sí misma el germen de la vida y tiene el poder de distribuir esta vida a cada ser viviente, grande o pequeño. El poder de estas gotitas es tan inmenso que nuestra vegetación, animales y personas viven de ellas.
Ahora bien, dentro del núcleo de estas células se encuentran unas diminutas partículas llamadas genes que condicionan la transmisión de los caracteres hereditarios. Son tan pequeños que si se pudieran acumular todos los de las personas vivas del planeta no llenarían un dedal. No es sorprendente que este pequeño recipiente contenga las características de más de tres billones de seres humanos.
Si aceptáramos la teoría de la evolución de las especies proclamada por Charles Darwin quién nos respondería la siguiente interrogante: ¿Quién creó la primera célula humana y vegetal en este planeta? ¿Podremos ser tan ingenuos de pensar que fue obra de la casualidad? Toda obra casi perfecta tiene que ser creada por un ser superior con extrema sabiduría y omnipotencia.
Por otra parte, no deja de asombrarnos nuestro ecosistema y apreciamos como la flora y la fauna de cada región del planeta corresponde a sus características y necesidades. Precisamente el equilibrio ecológico, que el hombre con frecuencia viola indiscriminadamente, garantiza que unos seres se alimenten de otros, y que exista de cada especie la cantidad suficiente y tengan la estructura dimensión y peculiaridades que le son adecuados.
Un ejemplo donde el hombre ha tratado de modificar el entorno con consecuencias catastróficas puede ser el siguiente:
Hace algunos años se trasladó una especie de cactus de otro país a Australia, para sembrarlo como una cerca protectora. Como no había insectos enemigos en este país, el cactus pronto comenzó a crecer impetuosamente de tal manera que la planta cubrió un área tal como Inglaterra, ocupando pueblos y villas y destruyendo sus campos. Buscando una defensa a tal situación, los entomólogos recorrieron el mundo hasta que encontraron un insecto que se alimenta exclusivamente de los cactus. Así los animales vencieron el vegetal y los cactus retrocedieron, lográndose con ello el equilibrio deseado.
Vale la pena reflexionar: ¿Por qué en su rápido crecimiento los insectos no dominan la tierra? Porque ellos no tienen pulmones como el hombre. Ellos respiran a través de tubos, pero cuando los insectos crecen, estos tubos no crecen proporcionalmente al incremento de su cuerpo. Es por ello, que no existe un insecto de gran tamaño. Precisamente esta limitación del crecimiento es lo que mantiene el control. Si este control físico no existiera, el hombre no pudiera sobrevivir. ¡ Imaginemos que nos encontremos con una avispa o alacrán del tamaño de un león o de un elefante!

3. La sabiduría animal y el poder de la razón del hombre hablan de un indiscutible Creador

El salmón nace en los ríos, luego pasa años en el mar y después retorna nuevamente al río de donde salió. ¿Qué es lo que le hace regresar de forma tan precisa? Es más, si por alguna razón es trasladado a uno de los afluentes de su río, al momento se dará cuenta que está fuera de su lugar y volverá a su río original.
Otra de las criaturas asombrosas y misteriosas son las anguilas. Estos sorprendentes animales migratorios, con una perfección cronométrica, viajan desde el río o poceta donde nacieron a través de miles de kilómetros de océano. Allá ellos procrean y mueren. Lo admirable es que los hijos, sin ninguna experiencia, comienzan el regreso y encuentran el camino de sus predecesores hasta el mismo río o poceta de donde aquellos partieron originalmente. ¿Qué les hace dirigir sus impulsos sin antecedentes?
Pudiéramos seguir buscando múltiples ejemplos donde se demuestren la sabiduría natural de muchos animales. Sin embargo, ningún animal tiene la capacidad de contar diez elementos de un conjunto y mucho menos comprender su significado. Tampoco de escribir poesía, disfrutarla e interpretarla. Utilizar su inteligencia para su propio desarrollo, confort y, lamentablemente también para su autodestrucción: eso solo le corresponde al hombre. El prodigio de la mente humana contiene todas las notas de todos los instrumentos de una gran orquesta.

4. El hecho de que el propio hombre puede concebir la idea de Dios es en
si misma una única prueba

La concepción de la existencia de Dios se levanta como una facultad divina del hombre, no compartida con el resto de los habitantes del mundo. Esta facultad, como dijimos al inicio, consiste en la fe y en la imaginación. Solo al hombre le cabe la posibilidad de encontrar evidencias de las cosas no vistas. La perfecta imaginación del hombre se convierte en una realidad espiritual, él puede discernir en todas las evidencias de diseños y propósitos de la gran verdad que el cielo tiene, donde quiera y como quiera: que Dios es omnipresente, sobre todo en nuestros corazones.
Lo anterior también tiene una enorme trascendencia ética. La Biblia es un libro de profecía, historia, oración y de conocimiento acerca de Dios, pero sobre todo es el más importante tratado de ética que jamás se haya escrito. ¡Cuánto bien le hace al hombre la lectura de sus libros, en particular los del Nuevo Testamento donde las lecciones de Jesucristo, el hijo de Dios, muerto en la cruz para salvarnos, nos invitan a imitarlo en su comportamiento para ser mejores seres humanos!
Veamos lo que nuestro apóstol José Martí escribió al respecto: “Todo pueblo necesita ser religioso. No sólo es esencialmente, sino que por su propia utilidad debe serlo. Es innata la reflexión del espíritu en un ser superior, aunque no hubiera ninguna religión, todo hombre sería capaz de inventar una, porque todo hombre la siente. Es útil concebir un GRAN SER ALTO; porque así procuramos llegar por natural ambición a su perfección...El ser religioso está entrañado en el ser humano. Un pueblo irreligioso morirá porque nada en él alienta la virtud” (José Martí, Obras Completas, tomo 19, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 392)
Ahora bien, la base de todo autoperfeccionamiento humano reside en tener y brindar AMOR. En la primera carta de San Pablo a los Corintios, el Capítulo 13, ha sido llamado el “himno del amor”. De él tomaremos los siguientes versículos:
“...si tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada, Y si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y aún si entrego mi propio cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve. Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse, ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo. El amor jamás dejará de existir”.

 

 

Revista Vitral No. 69 * año XII * septiembre-octubre de 2005
Manuel Capote Castillo
(1945-)
Es Doctor en Ciencias Pedagógicas. Profesor Auxiliar del Instituto Superior Pedagógico “Rafael María de Mendive”. Graduado en la especialidad de Matemática en ese propio Instituto. Posee 37 años de experiencia en la docencia en los diferentes niveles de enseñanza.