Revista Vitral No. 69 * año XII * septiembre-octubre de 2005


TESTIMONIO

 

LOS CAMINOS DE DIOS
SON IMPREDECIBLES
PARA LOS MORTALES

VLADIMIRO ROCA ANTÚNEZ

Vladimiro Roca Antúnez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


C
ada vez que repaso mi vida y cómo llegó mi conversión a la fe cristiana me reafirmo en la certeza de la afirmación anterior. Me doy cuenta de cómo Dios, con su sabiduría y paciencia, fue conformando mi camino hacia Él.
Hablar de mi conversión es hablar de una etapa dolorosa y crítica de mi vida, pero al mismo tiempo es hablar de la apertura de la puerta hacia la esperanza, la alegría, el amor, la paz; en fin, es hablar de luz y de futuro.
Jesús comenzó a entrar en mí en un momento muy difícil de mi vida. Yo estaba atravesando una crisis muy grande. Acababa de perder a mi esposa Gudelia por cáncer de pulmón en agosto de 1988 y, casi año y medio antes, en abril del 87, a mi padre.
A esto se suma que desde principios de los 80 había comenzado a tomar conciencia de que los criterios míos no coincidían con los del gobierno en aspectos básicos de economía, política y libertades democráticas y comprobé que en Cuba existía la doble moral, que las personas piensan una cosa y actúan de otra diferente y yo nunca he podido pensar de una forma y actuar de otra.
Las presiones en el trabajo, la familia, las organizaciones sociales, etc.; la certeza de que el modelo cubano de sistema social no era con lo que yo había soñado, me hicieron entrar en una crisis de conciencia. Entonces me empecé a sentir mal aquí. Conocí los métodos que se usan para controlar a la gente, que se ejercía la violencia, aunque no tanto física como psicológica. Que se compulsa al miedo para que la gente actúe con esa doble moral. La crisis fue tan profunda que casi perdí el interés por la vida.
Yo tenía por dentro una lucha muy fuerte por lo que tenía que hacer y lo que pensaba. Había un estado de violencia muy grande dentro de mí. Sabía que tenía que buscar un camino, que aquello debía tener una solución. Estaba explosivo, irritable. La violencia es mala, te lleva a hacer cosas de las cuales después te arrepientes. Y me dije “tengo que manifestarme como soy”. Comienzo entonces a buscar algo que me guíe espiritualmente, que me ayude a superar la frustración, violencia e irritabilidad que tenía. Y entonces me acordé de lo que me había dicho un amigo de Gudelia: el único que da amor es Dios.
Es aquí que se inicia mi camino hacia Dios, a través de Jesucristo: cuando comencé a rechazar las imposiciones de odio, rencor y rechazo que promovía el gobierno, y me percaté que el futuro de la humanidad no podía estar basado en el odio, la guerra, la violencia, la intolerancia, sino en todo lo contrario: en el amor, la paz, la fraternidad, la tolerancia, la reconciliación; y que todo eso estaba en la prédica y el ejemplo de Jesucristo. Corría el año 1990.
A partir de la toma de conciencia de esta realidad que estaba viviendo y que me golpeaba con mucha fuerza, y con la ayuda de monseñor Carlos Manuel de Céspedes, a quien había conocido a través de un amigo, comencé a realizar un análisis retrospectivo de mi vida y pude comprobar que, ciertamente, tenía más evidencias de la existencia de Dios que de lo contrario y todo basado en las propias experiencias de mi vida. En hechos concretos de cuestiones que me sucedieron y que solo tenían explicación a partir de la creencia en la existencia de un Dios.
A estas alturas de las cosas me puse a buscar algo de literatura religiosa, sobre todo de Jesucristo, y cayó en mis manos un folleto para personas que no tienen conocimiento de Dios, como era mí caso. Era un librito ilustrado para niños que se llama La historia más bonita del mundo. Es la vida de Cristo en historieta. También comencé a leer la Biblia en una versión popular, que me permitió comprender muchas cosas que antes no tenían explicación para mí.
Así me fui dando cuenta, a la luz de la lectura de la Biblia, cuántas veces había estado Dios en mi vida para salvarme de cosas muy concretas que se me quedaron grabadas. Vi que Dios estaba conmigo, Cristo está en mí. Y empecé a ir a la Iglesia para prepararme para hacer la Comunión, pero primero tenía que recibir el Bautismo. La asistencia, en forma regular, a la Iglesia comenzó a mediados de 1996.
En julio de 1997 soy detenido, al salir de mi casa y dejar a mi esposa Magali, por primera vez en mi vida traté de hacer una oración pidiéndole a Dios que ayudara a Maga en esos momentos tan duros por los que estaba pasando.
Al llegar al lugar de confinamiento, una gran sensación de tranquilidad y paz me invadieron y es cuando comencé a sentir la manifestación de la presencia de Jesús ayudándome, apoyándome, como siempre había hecho, aunque yo no lo entendiera, en los momentos más difíciles de mi vida.
Fue la presencia de Jesucristo, el ejemplo salvador que reconforta y ayuda en las horas de duda, de debilidad, de vacilación y de desesperanza lo que me ayudó fundamentalmente a soportar una experiencia tan dura como la prisión.
El momento en que sentí más fuerte la presencia de Jesús fue a mi llegada al área de las celdas de seguridad, en la prisión de Ariza en Cienfuegos, pues cuando entré en el pasillo de las celdas y choqué con la imagen de que aquello parecía más un lugar de encierro de fieras salvajes que celdas para seres humanos, sentí que el alma se me caía, que yo no iba a poder soportar aquello; en ese momento me encomendé a Dios diciendo: Señor, que sea lo que Tú quieres.
Otros factores que me ayudaron a soportar el encierro y aislamiento de los primeros años fueron:
- El amor y apoyo que recibí de mi familia y amigos, especialmente de mí esposa, la cual, sin estar preparada para ello, asumió la situación con mucho amor, a pesar de las afrentas, vejaciones y dificultades que tuvo que enfrentar. Pienso ahora que Dios estaba con ella y la ayudaba para que ella pudiera ayudarme;
- La certeza de lo injusto de la sanción;
- El saber que lo que padecí fue porque las autoridades, entiéndase la Seguridad del Estado a sus máximas instancias, así lo quisieron, con vistas a hostigarme y tratar de quebrantar mi voluntad de continuar luchando, y eso, lejos de quebrantarme, me sirvió de estímulo para seguir adelante, apoyado por lo que dice el apóstol Pedro: “Porque es mejor que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal” (1 Pedro 3, 17).
Debo aclarar, en honor a la verdad, que en la etapa que no era religioso, no me consideraba ateo, sino no creyente. Esto lo adquirí de pequeño de mi padre; por una discusión que tuve con un amiguito mío acerca de Dios, en la que manifesté que Dios no existía. Él (mi padre) estaba escuchando y al finalizar la discusión, me llamó y me preguntó si yo podía probar de manera irrefutable que Dios no existía; esta pregunta me desconcertó, pues, en realidad, no podía decir nada que fuera concluyente. Entonces mi padre me dijo que para afirmar que Dios no existía, había que tener pruebas contundentes y que por el momento nadie las tenía, por lo tanto, se debía decir que no se creía en Dios, pero no se podía negar, después me dijo que también había que respetar las creencias de cada persona y me puso el ejemplo de mi abuela, cuyas creencias mi padre respetaba.
Creo que puedo resumir mi experiencia religiosa de la forma siguiente: cuando abrimos nuestro corazón y nuestra vida a la acción de la verdad y el amor en busca de nuestro mejoramiento espiritual y de las personas que nos rodean la presencia de Dios y de Jesucristo se harán manifiestas en forma ostensible para nosotros siempre y cuando no nos neguemos la posibilidad de esa experiencia tan hermosa y enriquecedora.


Revista Vitral No. 69 * año XII * septiembre-octubre de 2005
Vladimiro Roca Antúnez
(La Habana. 21 de diciembre de 1942)
Profesión: Licenciado en Relaciones Económicas Internacionales; otra profesión: expiloto de combate de las Fuerzas Aereas Revolucionarias desde 1961 hasta 1971.